26 Lo que deciden los demás #2
No llegó a pasar de la puerta del jardín.
Thiago la encontró primero, no parecía un carcelero, ni un prometido vigilante. Llevaba el abrigo oscuro abierto, el cabello algo revuelto por el viento y ese cansancio suyo que ahora se le estaba volviendo más seco, más consciente, la vio con la maleta y se detuvo en medio del sendero de grava.
—¿En serio? —preguntó.
No levantó la voz, no le hizo falta.
Elettra apretó más la manija.
—No empieces.
Thiago dio dos pasos hacia ella.
—¿Prefieres huir antes que casarte conmigo?
La pregunta cayó sin adorno y por eso la obligó a mirarlo de frente.
—No es por ti.
Él dejó escapar una risa pequeña, amarga.
—Eso nunca arregla nada.
Hubo un silencio largo. El jardín olía a tierra húmeda y hojas muertas. Detrás de los muros, París seguía funcionando con su habitual crueldad elegante.
—No quiero que me obliguen otra vez —dijo Elettra, y al decirlo comprendió que había dicho algo más hondo de lo que pretendía.
Thiago la observó y entendió.
—Yo no soy tu padre.
La frase le dolió de una manera especialmente limpia.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si esta puerta fuera la misma.
Elettra bajó la vista.
No tenía respuesta que no sonara miserable, porque esa era la otra parte atroz de todo: casarse con Thiago no era igual que casarse con un monstruo, precisamente por eso la atrapaba más, no podía odiarlo, no podía usarlo como enemigo para justificar su huida.
Lilianne apareció entonces por el corredor lateral.
No venía corriendo, caminaba con esa calma marcial suya que siempre anunciaba que ya lo había entendido todo y no pensaba regalarte la ilusión de sorprenderla.
—Deja la maleta —dijo.
Elettra no se volvió.
—No.
Lilianne se acercó lo suficiente para ver el pequeño equipaje, la mano blanca en la manija, el temblor mínimo en la muñeca.
—No tienes adónde ir que no termine costándole algo a alguien.
Elettra cerró los ojos.
—Estoy cansada de que me hablen de costos.
—Entonces acostúmbrate. —Lilianne se plantó frente a ella—. Porque las mujeres de nuestro tipo, incluso cuando nos creemos libres, siempre terminamos pagando algo por haber querido elegir.
No había ternura en la frase. Solo verdad. Thiago guardó silencio, sabía que esa conversación ya no le pertenecía del todo.
—Si me caso con él —dijo Elettra—, quizá no sea tan terrible.
La frase salió como si la estuviera probando por primera vez en voz alta.
Thiago volvió la cabeza hacia ella, no parecía esperanzado, eso habría sido vulgar.
Parecía otra cosa, más quieta, frágil precisamente por lo mucho que había esperado ya sin derecho a esperar.
Lilianne la miró con esa severidad suya que a veces resultaba casi maternal.
—No. —La corrigió con severidad—. Si te casas con él, al menos no estarás sola con la caída.
Elettra dejó la maleta en el suelo.
El sonido fue pequeño, decisivo y entonces volvió del todo la memoria de Matteo, de la puerta que le abrió, de las libertades que le dio sin necesidad, de la vida que le construyó sin cobrarle obediencia.
No podía faltarle de ese modo. No ahora.
No cuando su nombre empezaba a mancharse junto al suyo.
No cuando él, sin obligación real, había sido todo lo contrario de un padre.
Casarse con Thiago. La idea volvió, ya no como sentencia pura, como posibilidad.
Sería bueno, amable, no la golpearía ni le pediría que callara lo indecible con una sonrisa educada, no la obligaría a defenderse de él todo el tiempo.
El problema no era Thiago, era ella, lo que deseaba peor, lo que había deseado.
Aun así, mientras el frío le entraba por los guantes y Lilianne la observaba como si esperara que, de una vez, la adultez la alcanzara por completo, Elettra pensó que quizá el mundo no siempre ofrece el amor; a veces ofrece un hombre bueno y la posibilidad de no romper del todo a los que ya la protegieron demasiado.
—No me dejes sola ahora —murmuró.
No supo si se lo decía a Lilianne o a Thiago, pero los dos, de maneras distintas, entendieron que aquella era la rendición más cercana al sí que podía dar en ese momento.
El compromiso de Thiago y Elettra fue anunciado dos noches después.
No con la pompa obscena de Brand y Elizaveta.
Esta vez William decidió hacerlo en la casa Charpentier, en un salón más pequeño, frente a un grupo escogido de familiares, aliados y esas amistades suficientemente íntimas como para fingir alegría antes de empezar a calcular lo que significaba.
Matteo y Micaela estaban presentes. Lilianne también, con un vestido negro que parecía una negación elegante de todo júbilo. Delaila llegó al brazo de Alekséi. Philip y Nick, juntos, pero con la distancia nueva de dos hermanos ya no tan seguros de estar hechos del mismo material.
Y Brand… Brand no estuvo en el salón cuando se anunció.
Lo oyó desde el corredor.
William levantó la copa. Thiago, pálido y sereno.
Elettra, gris perla, con el cuello alto y el rostro entero sostenido por una dignidad que a Brand le resultó más insoportable que el llanto.
La palabra prometidos cruzó el aire con la suavidad criminal de las frases bien educadas.
Hubo aplausos, hubo esa música leve de cristales y respiraciones que sigue siempre a los momentos donde una vida es colocada en su sitio por otras manos.
Brand dio media vuelta antes del primer brindis.
Se fue al antiguo salón de invierno, vacío a esa hora, y cerró la puerta detrás de sí con más cuidado del que el cuerpo le estaba pidiendo.
La habitación olía a polvo viejo, flores secas y un fuego encendido demasiado tarde.
Se quedó en medio del cuarto, inmóvil al principio, como si el cuerpo todavía no terminara de entender que el acto ya había ocurrido, que alguien había dicho en voz alta una unión capaz de arrancarle de pronto toda posibilidad de seguir llamando equivocación a lo que sentía por Elettra.
Luego llegó la cólera, no una cólera noble, ni una de salón.
Le entró por el pecho como un hierro candente, rápida, humillante, física.
Dio un paso, luego otro, como un animal encerrado en una habitación demasiado pequeña para la intensidad del deseo y del deber al mismo tiempo.
Tomó el vaso de cristal que descansaba sobre la repisa de la chimenea y lo arrojó contra la pared.
El estallido fue seco, hermoso de tan feo.
Los fragmentos cayeron sobre la alfombra persa como una lluvia brillante y breve.
Brand apoyó ambas manos en la repisa y bajó la cabeza, respirando por la boca como si le costara todavía aceptar la obscenidad de todo aquello: él, prometido a una mujer que no soportaba; Elettra, entregada a un hombre bueno; Thiago, al fin con lo que siempre quiso y, aun así, no del modo en que nadie decente desearía obtener una esposa.
—Mierda.
La palabra, en su boca, sonó casi religiosa de puro sincera. No oyó la puerta abrirse. Solo se dio cuenta de que no estaba solo cuando una sombra blanca se reflejó en el cristal oscuro de la ventana.
Elizaveta.
Había entrado sin hacer ruido y ahora lo miraba desde el umbral, pálida en su vestido marfil, más delgada de lo habitual por el cansancio y el malestar que ya nadie se atrevía a llamar otra cosa más que embarazo.
Había visto el vaso roto, había visto la rabia, había visto —eso fue lo peor— por quién era.
No dijo nada al principio y precisamente por eso la escena se volvió más terrible. Brand se volvió despacio. No intentó explicar, no había explicación bastante.
Elizaveta lo sostuvo con los ojos ya llenándosele de una humedad que, por una vez, no parecía ni performance ni arma, solo dolor.
—Así que era verdad —murmuró.
La frase cayó entre el vidrio roto.
No una acusación, solo una constatación.
Brand la miró un segundo más y la peor parte, la realmente vil, fue no sentir alivio por verla al fin herida como él.
Solo cansancio, un cansancio tan hondo que casi parecía piedad.
Elizaveta se llevó la mano a la boca, luego al vientre, luego la dejó caer a un costado, como si de pronto no supiera dónde poner el cuerpo entero.
—Me odias por algo que todavía ni siquiera sé si es cierto —dijo.
Brand no respondió.
La falta de respuesta la terminó de quebrar, lloró sin ruido, eso la hizo insoportablemente humana por un momento.
La mujer que siempre supo herir, la que convirtió el deseo en cálculo, la que arrastró a todos al terreno del honor y la sangre, estaba de pie junto al umbral llorando como si acabara de comprender la verdadera forma de su victoria: un hombre que rompía cristal por otra.
Fue Delaila quien la encontró así.
Entró pocos segundos después, atraída por el estallido, y la vio: Elizaveta llorando, Brand inmóvil frente a la chimenea y los restos del vaso regados como una pequeña constelación rota a sus pies. Entendió de inmediato, no necesitó que nadie le explicara nada.
—Ven —dijo a Elizaveta.
La tomó del codo y la condujo fuera del salón antes de que Brand pudiera decir o no decir algo peor. Solo cuando estuvieron en el corredor lateral, bajo la luz apagada de una lámpara de pared, Delaila se volvió hacia ella.
Elizaveta seguía temblando, no mucho, pero lo suficiente.
—Quiero que me quiera —susurró.
La frase, desnuda así, le dolió a Delaila más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Lo sé.
—Quiero que me ame como la ama a ella.
Delaila sostuvo la mirada de su cuñada con una serenidad dura.
—Entonces lo primero que tienes que hacer es dejar de victimizarte y de manipular a todo lo que respira.
Elizaveta recibió el golpe como quien recibe agua helada en una herida abierta. Quiso enfurecerse, pero no le salió, solo volvió a llorar con más cansancio que ruido.
Delaila bajó un poco la voz.
—No puedes exigir amor donde antes sembraste miedo, no puedes pedir ternura después de haber usado a las personas como piezas.
Elizaveta apartó la vista. Había demasiado de cierto en esa frase como para discutirla sin degradarse más, así que decidió convertirlo en verdad, intentó cambiar, lo hizo casi con desesperación.