26 Lo que deciden los demás
Las decisiones verdaderamente importantes rara vez se toman donde late el corazón.
Se toman en salones cerrados, con la luz precisa, las copas intactas y los hombres de pie, apoyados apenas en el respaldo de una silla o en el borde de una chimenea, hablando de vidas ajenas con la sequedad con que otros hombres hablan del precio del trigo o del trazado de un puente.
El amor puede desordenar a una familia; el deber, en cambio, la reorganiza.
Fue así como empezó.
Alekséi encontró a William en la biblioteca pequeña de la casa Rostov, no la grande ni la vistosa, sino aquella otra donde se discutían las cosas que no debían salir todavía al salón principal.
Llovía apenas sobre los cristales. La lámpara baja dejaba en los lomos de cuero una luz ámbar, casi tibia, pero el cuarto entero olía a algo más severo que el fuego: resolución.
William estaba de pie junto a la mesa redonda, con los guantes aún puestos y el periódico cerrado bajo una mano. No levantó la vista enseguida al oír entrar a Alekséi. No por desdén. Por cálculo.
—Hay otra salida —dijo Alekséi sin preámbulo.
William alzó entonces los ojos.
No parecía más cansado que los días anteriores. Parecía más viejo.
—¿La hay?
Alekséi se acercó a la chimenea, su bastón quedó apoyado en el marco de mármol como una línea oscura, había pensado la conversación. Eso, en él, siempre era mala señal.
—He investigado a la muchacha —dijo.
William no necesitó preguntar cuál.
—Elettra Rinaldi.
El nombre, en ese cuarto, sonó casi como una herramienta.
—Pertenece a una familia rica. Los Rinaldi no son una improvisación ni una aventurera con buena educación.
Su primo Matteo y su esposa Micaela han levantado media fortuna moderna a base de inventos, patentes y una inteligencia que humilla a muchos hombres mejor nacidos —hizo una pausa—. No es inferior para Thiago.
William sostuvo la mirada. No respondió. Alekséi prosiguió.
—Y Thiago está enamorado de ella. Lo ve cualquiera que no se dedique a negar la evidencia por razones sentimentales.
—Se inclinó apenas hacia el escritorio—.
Es una forma de atar dos cabos. Por un lado, aseguras la felicidad de tu segundo hijo; por el otro, provocas que Brand se desligue de una vez por todas de esa muchacha.
Sin ambigüedades, sin espera, sin escenas.
La lluvia marcó dos golpes pequeños en el cristal.
William volvió los ojos al periódico cerrado, como si los nombres de sus hijos pudieran leerse también allí, en tinta ya impresa y sin derecho a corrección.
—Y tú ganas que la maestra salga de la órbita de mi hijo mayor.
Alekséi no sonrió.
—Yo gano paz para mi hermana.
William dejó escapar aire muy despacio. La propuesta era brutal, precisamente por eso resultaba eficaz, no implicaba salvar corazones, implicaba recolocar piezas.
Thiago, que amaba. Elettra, cuya reputación ya empezaba a rozarse con nombres demasiado altos.
Brand, al fin arrancado del todo del margen de esa posibilidad.
Elizaveta, protegida de la humillación continua de ser prometida a un hombre que seguía mirando a otra.
Y, de fondo, la estructura entera de dos familias que ya no podían permitirse otro escándalo.
—Thiago no es moneda —dijo William.
—No. —La voz de Alekséi permaneció baja, calculada—. Pero tampoco es ciego y ya ha empezado a sufrir por algo que, si se deja abierto, terminará pudriéndose peor.
William se volvió hacia la chimenea. En el reflejo del cristal de la biblioteca se veía su propia silueta, recta y cansada, la silueta de un padre obligado a elegir no qué era justo, sino qué podía seguir sosteniendo sin que la casa entera se le viniera abajo.
—Acepto —dijo.
La palabra cayó con una suavidad obscena.
Alekséi asintió una sola vez.
—Haré venir a los Rinaldi.
Y la alianza quedó sellada en ese cuarto como se sellan las cosas peores: sin escándalo, sin emoción visible, con la precisión de una firma ya ensayada mentalmente mucho antes de tocar la pluma.
Los Rinaldi llegaron dos días después.
No eran una familia de aparición discreta, pero tampoco vulgar.
Había en ellos esa forma particular de riqueza hecha por inteligencia, no solo por herencia, que vuelve a ciertas personas menos necesitadas de exhibirse.
Matteo bajó primero del coche, alto, moreno, con los ojos negros y claros al mismo tiempo, como les ocurre a algunos hombres capaces de pensar una máquina y un matrimonio con el mismo rigor.
Micaela, a su lado, llevaba un abrigo color vino y un sombrero pequeño del que escapaban dos mechones oscuros.
Seguía siendo prima de los trillizos incluso en la manera de entrar en una casa ajena: mirando primero, entendiendo después, y solo entonces, cuando ha reconocido el terreno, permitiéndose sonreír.
Matteo saludó a William. Luego a Alekséi. Después a Delaila, a quien besó la mano con una cortesía menos social que afectuosa. Cuando vio a Elettra al fondo del salón, junto a la ventana, el rostro se le ablandó apenas. Lo suficiente para delatar que antes de ser su pariente, había sido su refugio.
La conversación formal ocurrió en el salón verde.
Se habló de reputaciones, de la situación, del nombre de Elettra arrastrado ya por demasiados corredores, del afecto evidente de Thiago, de la conveniencia de resolver aquello antes de que París lo resolviera por su cuenta.
Micaela permaneció casi todo el tiempo callado, observando.
Delaila también. Alekséi expuso la proposición con un tono tan impecable que convertía una maniobra casi violenta en un gesto de razón.
William apoyó el acuerdo con la gravedad seca de quien ya no tiene espacio para pudores sentimentales.
Matteo escuchó hasta el final sin interrumpir.
Luego dijo:
—Hablaré con ella.
No pidió permiso, no le hacía falta.
La encontró sola unos minutos después, en la galería lateral que daba al jardín interior.
La luz de la tarde había empezado a ponerse gris de invierno otra vez, filtrándose en diagonal entre los cristales altos y volviendo más nítido el cansancio de su rostro.
Elettra había dejado los guantes sobre el alféizar y apretaba una y otra vez la tela del pañuelo entre los dedos.
Al verlo, no corrió hacia él, no era niña ya, pero algo en la rigidez de su espalda cedió apenas.
—Matteo.
Él se acercó, no la abrazó, le sostuvo el rostro con una sola mirada, larga, minuciosa, la de quien la había visto llegar años atrás más asustada que orgullosa y había decidido entonces, sin obligación real, abrirle un sitio.
—¿Qué piensas? —preguntó.
Elettra miró el jardín vacío.
—Pienso que estoy cansada de que los hombres hagan arquitectura con mi vida. No soy una pieza más que pueden emplear a placer.
Matteo dejó escapar aire por la nariz.
—Eso no responde a nada.
—No quiero casarme.
—Lo sé.
—No quiero que me obliguen.
—Lo sé.
Ella giró por fin hacia su tan amado primo, y en los ojos se le veía el cansancio más que la rebeldía.
—Entonces no aceptes.
Matteo la sostuvo en silencio un instante, luego apoyó una mano en el borde del alféizar junto a la suya.
—Te di todas las libertades que pude.
La frase le llegó a Elettra con una violencia suave.
—Lo sé.
—Te dejé estudiar. Trabajar. Quedarte sola cuando lo necesitaste. Elegir. Aprender. —La voz se mantuvo firme—. Te protegí precisamente para que fueras una mujer libre dentro de un mundo que no sabe qué hacer con una mujer libre.
Elettra cerró los ojos un segundo.
—No me lo cobres ahora.
—No te lo cobro. —Matteo la miró con una dureza extrañamente tierna—.
Te lo recuerdo, porque fuiste tú quien decidió meterse con familias poderosas.
Con hombres que arrastran no solo su nombre, sino el de todos alrededor y cuando una entra ahí, no puede fingir después que no entiende las consecuencias.
La frase la dejó sin aire, no era injusta, eso la hizo peor.
—Entonces ¿qué quieres que haga? —preguntó ella.
Matteo tardó un segundo.
—Ceder en alguna parte —dijo al fin—. O desaparecer del todo.
Elettra bajó la vista al pañuelo.
La palabra desaparecer le rozó algo viejísimo. El impulso de irse, de tomar un tren, un coche, un barco, cualquier cosa que le devolviera la ilusión de una salida que no exigiera entregar el cuerpo, el apellido o el alma. Quiso aferrarse a esa idea. Quiso huir.
Matteo la vio pensarlo.
—No.
Ella alzó la mirada.
—¿No qué?
—No te adelantes con esa cara, ya sé que estás pensando en irte.
La conocía demasiado bien.
—Tal vez sea lo mejor.
—No. —La voz de Matteo se endureció—. Lo mejor sería que el mundo te dejara en paz, eso no va a ocurrir, lo siguiente mejor es elegir la forma menos destructiva de quedarte.
Y esa fue, quizá, la frase que más se le quedó clavada después.
Elettra lo intentó de todos modos.
No con maletas, no con espectáculo, con la vieja sobriedad de quienes han escapado antes: una maleta pequeña ya lista, dos vestidos de lana, dinero suficiente para llegar al sur, los papeles metidos dentro del forro de un abrigo.
Había aprendido eso en otra vida, cuando aún era hija de una casa donde el padre gritaba, empujaba y decidía con las manos lo que la madre luego cubría con silencio.
Recordarlo seguía oliendo a cuero, a la oficina de su padre, a licor, al ruido de una silla arrastrándose, a la voz de su madre pidiéndole luego, en voz baja, que no provocara más.
Recordaba todavía la puerta cerrándose una noche, ella con quince años, la mejilla ardiendo y la certeza súbita de que si seguía ahí terminaría pareciéndose a su madre en la peor forma posible: volviéndose espectadora de su propio abuso.
Fue entonces cuando huyó hacia Matteo. Cuando él aún no se había casado en Inglaterra, cuando todavía no era leyenda de invenciones sino un hombre demasiado joven ya lleno de proyectos y paciencia.
La recibió, la dejó estudiar, le abrió una vida.
Pensar en traicionarlo ahora, después de eso, le provocaba vergüenza y, sin embargo, el impulso de irse seguía respirándole debajo de la piel.