El vals de las apariencias 25 Los días que empiezan a cerrarse #3
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25 Los días que empiezan a cerrarse #3

—Thiago…

—No. —Él alzó una mano, deteniéndola—. Ya he sido suficiente caballero por los dos.

La frase quedó suspendida un segundo, afiladísima.

Luego Thiago se volvió y se fue.

No corriendo, no quebrado en apariencia, pero la rigidez de la espalda, esa que tanto había aprendido a controlar, le delataba por fin la furia, la decepción y el amor no correspondido volviéndose otra cosa, algo más seco, distante, más peligroso para su propia dulzura.

Elettra lo vio alejarse y sintió, por encima del ardor de la mejilla y del desastre entero del día, una tristeza nueva. No por perderlo como amante, por haber conseguido, al fin, romper una parte de la bondad que más había querido proteger.

Brand llevó a Elizaveta de regreso a la casa Rostov en silencio durante las primeras tres calles.

No porque no hubiera nada que decir, sino porque había demasiado.

La lluvia había vuelto, leve, rítmica, golpeando el techo del coche con una paciencia insoportable.

Dentro olía a cuero, humedad y perfume alterado por el miedo.

Elizaveta iba sentada frente a él, más pálida ahora, con la mano derecha cerrada sobre el guante arrugado y la izquierda apoyada, casi inconsciente, sobre el vientre.

Fue ella quien habló primero.

—No tenías derecho a gritarme delante de ella.

Brand volvió lentamente la cabeza.

—¿Y tú a golpearla?

—La odio.

La respuesta fue tan desnuda que durante un segundo no hubo nada elegante que hacer con ella.

Brand sostuvo la mirada.

—Eso no te da permiso.

—A ti te dio permiso acostarte conmigo.

El golpe habría sido certero otra noche. Esa ya no. Brand estaba demasiado cansado de sus mecanismos.

—No uses esa noche como justificación para cada bajeza nueva.

Elizaveta apretó más el guante entre los dedos.

—No me hables como si yo fuera la única culpable.

—No lo hago.

—Sí lo haces. Con esa voz, con esa cara, con esa forma de mirarme como si yo hubiera inventado sola la cama y el miedo.

Brand sintió el asco volverle con más nitidez. No hacia ella. Hacia el hecho de que incluso en esa discusión seguían obligados a volver a la misma habitación, a la misma noche, al mismo error.

—No eres la única culpable —dijo al fin—. Por eso sigo aquí.

Elizaveta lo miró como si quisiera creerle algo mejor de lo que él estaba ofreciendo. No lo había. Solo responsabilidad, hastío y la clase de corrección que no consuela a nadie.

—No te soporto cuando eres razonable.

Brand dejó la cabeza apoyada un instante en el respaldo.

—Yo no te soporto casi nunca.

La frase la hirió, se le notó esta vez. No hizo un escándalo. Bajó la vista, la mano aún sobre el vientre, y por un segundo pareció tan cansada de sí misma como él de ella. Afuera, la ciudad seguía deslizándose oscura y brillante junto a la ventanilla.

—Ella te sigue queriendo —murmuró.

Brand no respondió.

Elizaveta levantó los ojos.

—Lo vi hoy. Aunque se haya ido, se aleje y me odie. Lo vi.

Él la sostuvo con una frialdad que ya no era solo defensa. Era el modo de impedirse confirmar algo que, si lo nombraba en voz alta, iba a volverse más insoportable todavía.

—No hables de ella.

Elizaveta sonrió con tristeza.

—Siempre terminas diciendo para escudar tus sentimientos.

El coche se detuvo.

La casa Rostov se alzaba frente a ellos, luminosa y entera como una sentencia arquitectónica. El mayordomo ya esperaba bajo el pórtico con dos criados y paraguas abiertos, pero al entrar en el vestíbulo, Brand comprendió al instante que algo más los estaba aguardando.

No estaban solos.

Alekséi estaba junto a la chimenea del salón principal. William, frente a él, ninguno tenía copa en la mano, eso ya bastaba para anunciar la clase de conversación que había ocurrido antes.

Elizaveta sintió el aire cambiar, se irguió y Brand también lo hizo.

Alekséi fue el primero en hablar.

—Bien. Ya que todos estamos aquí, no tiene sentido seguir posponiendo lo inevitable.

William volvió el rostro hacia su hijo.

La decepción seguía en él. Ahora, sin embargo, iba mezclada con otra cosa: determinación familiar. La clase de dureza que los padres de ciertas casas reservan para cuando el individuo ya ha perdido y solo queda proteger el apellido.

—Hemos decidido la fecha —dijo.

Brand sintió el cuerpo entero ponerse en guardia.

No del tipo heroico, del tipo con que uno recibe el golpe que ya sabía venir y aun así no logra volver menos físico.

—¿Qué fecha? —preguntó Elizaveta antes que él.

Alekséi la miró con esa mezcla temible de ternura y mando que tan bien manejaban ciertos hermanos.

—Dos meses.

El silencio posterior fue tan limpio que la lluvia en el exterior pareció sonar de repente el doble. Brand miró a William y él sostuvo su mirada sin pestañear.

—No voy a permitir más demora.

La frase cayó como la hoja final de una guillotina y por primera vez desde la consulta del médico, desde el anuncio, desde la noche en la que todo se torció, Brand comprendió con una nitidez brutal que el tiempo se había acabado de verdad.

A la misma hora, en el barrio de los periódicos, Philip subía la escalera estrecha del edificio donde se imprimía Le Courrier du Soir.

El periódico pertenecía, en teoría, a un consorcio discreto de inversores y herederos ilustrados.

En la práctica, la mitad del mundo medianamente informado sabía que era de Lefevre.

No su cara visible, claro, eso habría sido demasiado personal, pero sí su inteligencia, su tono, su inclinación obstinada por las columnas demasiado bien escritas y las ironías que parecían inocentes hasta que alguien de poder se descubría, de pronto, caricaturizado entre líneas.

El edificio olía a tinta, papel húmedo, humo de cigarro y café recalentado. Era un olor infinitamente más honesto que el de cualquier salón de la semana.

Philip encontró a Lefevre en la sala de pruebas, inclinado sobre una mesa larga donde varios pliegos ya corregidos esperaban la edición del alba.

La luz de las lámparas de trabajo le dejaba sombras elegantes en la cara y volvía más nítida la concentración de sus manos, largas, secas, con manchas leves de tinta en el borde del índice derecho.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la cabeza en seguida.

Philip se quitó los guantes.

—Mi familia se empeña en seguir proporcionando material trágico.

Lefevre alzó por fin los ojos.

La media sonrisa que le dedicó fue brevísima y, precisamente por eso, más íntima de lo que la época permitía nombrar.

—Entonces tuviste una noche productiva.

Philip se acercó a la mesa.

No se tocaron, no era posible, pero había entre ambos una cercanía más refinada que el contacto: la familiaridad de los silencios no incómodos, la manera en que Philip inclinó el cuerpo para leer por encima del hombro de Lefevre, la forma en que este no se apartó, como si el espacio compartido ya fuera suyo por costumbre.

—Escribes muy bien cuando estás de mal humor —dijo Philip.

Lefevre dejó la pluma.

—Y tú apareces tarde cuando necesito que alguien me diga eso.

La frase habría pasado por simple inteligencia de no ser por el modo en que ambos dejaron que flotara más de lo necesario.

Philip sonrió.

No con la ligereza de sus hermanos, con algo más sobrio, más raro, más peligroso precisamente porque no se malgastaba.

—Quizá empiezo a tener mal hábito.

Lefevre sostuvo la mirada.

—Hay hábitos peores.

La imprenta seguía viva en el piso de abajo.

El ruido de la maquinaria subía como una respiración metálica y constante.

La ciudad entera parecía escribirse debajo de ellos mientras Philip y Lefevre permanecían uno junto al otro en la pequeña isla de luz donde todavía cabía una conversación sin nombre.

Philip bajó la vista a la columna central.

—¿Publicarás algo sobre el compromiso Rostov-Charpentier?

Lefevre recogió la pluma otra vez.

—No esta noche.

—Qué misericordioso.

—No es misericordia. —La mirada se desplazó hacia él—. Es criterio. Algunas cosas conviene dejarlas sangrar un poco.

Philip entendió y no respondió, se quedó allí, a su lado, viendo cómo la pluma volvía a deslizarse sobre el margen y corrigiendo de vez en cuando una palabra, una coma, una ironía mal calibrada.

El mundo los habría llamado socios en esa mesa, conocidos cultivados, dos hombres inteligentes compartiendo trabajo a deshora.

Nadie con sentido común habría dicho más.

No en 1926. No en París. No en ese piso.

Y, sin embargo, cuando Lefevre empujó hacia él el borrador ya corregido para que lo leyera primero, antes que nadie más, el gesto tuvo el peso exacto de una intimidad.

Philip lo aceptó sin comentarlo. A veces lo más cercano al amor que una época permite es el privilegio del primer lector.