25 Los días que empiezan a cerrarse #2
No sonó encantador, solo herido.
Camille lo vio y, contra su mejor criterio, algo en ella respondió, pero no cedió. Nick tomó las camelias otra vez, las había traído para dejar una cosa hermosa y salir mejor que como entró; terminar con ellas en la mano le pareció de pronto una justicia poética demasiado fina para merecerla.
Antes de abrir la puerta, Camille habló de nuevo.
—No vuelvas a buscarme solo porque te distraigo de tu dolor. —Su voz se volvió más baja—. También me lastimas así.
Nick se quedó inmóvil.
No se giró enseguida, eso fue lo único digno que le salió.
—Lo sé —murmuró y salió con las flores en la mano como si fueran el resumen más humillante de toda la escena.
Y mientras una mujer se controlaba, otra se perdía en la locura. Fue Elizaveta quien perdió el control y lo hizo en Saint-Michel, que fue, entre todos los lugares posibles, el peor y el más revelador.
Había insistido en ir. Dijo que quería ver a Lilianne para hablar de unas mantas nuevas, de una donación, de un listado del orfanato.
Nadie le creyó del todo, pero tampoco pudieron negárselo con la crudeza suficiente sin convertirlo en escándalo.
Brand fue con ella, no como acompañante amoroso, sino como escolta de la situación.
La lluvia había cesado, pero el día seguía gris, húmedo, con ese cielo bajo que aplasta incluso las conversaciones más pequeñas.
Cuando entraron al corredor principal, Elettra estaba al fondo, junto a la sala de costura, revisando una caja de vendajes con Thiago a su lado. No hacían nada impropio y eso fue precisamente lo que encendió a Elizaveta, porque no vio pasión, vio algo peor: facilidad.
Thiago se inclinaba a escucharla sin invadir. Elettra le mostraba una lista y, al hacerlo, el rostro se le soltaba un grado, apenas uno, esa pequeña distensión que solo aparece cuando una mujer está junto a un hombre que no la obliga a defenderse de sí misma.
Brand lo vio todo y también vio a Elizaveta verlo.
La tensión le subió a ella desde el cuello, los celos subieron por sus venas como un veneno que no podía controlarse hasta salir de ella.
No dijo nada al principio. Caminó hasta ellos con el cuerpo entero contenido, la palidez aún visible bajo el sombrero pequeño y la mirada tan fija que Elettra supo antes de que hablara de que esa visita no había venido por mantas.
—Mademoiselle Rinaldi —dijo Elizaveta.
La voz le salió demasiado limpia.
Elettra levantó la cabeza, no retrocedió, nunca lo hacía.
—Mademoiselle Rostov.
Thiago se irguió junto a ella, no protector todavía, pero sí atento. Elizaveta miró la caja, las vendas, el corredor, la luz gris, y por último a Brand, que ya estaba acercándose con una velocidad controlada.
—Veo que la distancia le sienta bien —murmuró, mirando a Elettra.
La frase iba envuelta en seda. El veneno, en cambio, era viejo.
Elettra apoyó la tapa de la caja sobre la mesa.
—No sé a qué se refiere.
—Claro que sí.
Thiago dio medio paso adelante.
—Basta, Elizaveta.
Ella giró la cabeza hacia él.
—No te metas.
—Ya estoy metido.
La respuesta salió sin aspereza, pero con una firmeza que le hizo a Brand un daño extraño, porque estaba defendiendo a Elettra, lo hacía con derecho moral, porque esa escena le pertenecía de una manera de la que Brand estaba siendo expulsado por su propio pasado.
Elizaveta volvió hacia Elettra con la cara ya sin máscara suficiente.
—Todo esto por ti —dijo—. Todo este teatro de distancia, de deber, de nobleza repentina… Él habría cumplido conmigo sin tanta resistencia si tú no hubieras estado aquí para volverlo ridículo.
La acusación no solo tocó a Elettra. Tocó a Brand de lleno. Porque contenía, deformada y monstruosa, una verdad insoportable: desde que Elettra había aparecido, la posibilidad de una vida con Elizaveta se le había vuelto no solo indeseable, sino imposible de respirar.
—No —dijo Elettra con una frialdad súbita—. Esto no tiene nada que ver conmigo. Esto es por ti y por él.
Elizaveta sonrió y el gesto tuvo algo roto.
—Qué fácil es decir eso cuando no eres la mujer a la que van a entregar a la infelicidad de un matrimonio.
La frase podría haber despertado compasión en otra circunstancia, pero venía demasiado tarde. Venía después de la mentira, de la amenaza, del cálculo premeditado.
Elettra sintió una punzada, sí. Pero no de piedad. De rabia.
—No me conviertas en el paño donde secas tus desgracias —dijo.
Elizaveta dio un paso. Luego otro. Brand ya estaba demasiado cerca. Thiago también. Pero la violencia, cuando viene del orgullo herido, a veces encuentra rendijas minúsculas.
—Tú no entiendes nada —susurró Elizaveta.
—Y tú entiendes demasiado bien cómo destruir.
Fue la frase. No el tono. La frase.
Elizaveta levantó la mano con una rapidez blanca, perfecta, instintiva, y le abofeteó el rostro a Elettra antes de que nadie pudiera sujetarla. El sonido del golpe fue pequeño, más obsceno por eso.
Elettra se quedó inmóvil solo un segundo, el tiempo exacto del ardor subiéndosele a la mejilla y de la humillación encendiéndosele debajo. Luego respondió, no con elegancia, sino con reflejo.
Le tomó la muñeca a Elizaveta y la empujó hacia atrás con una fuerza desesperada, intentando apartarla más que dañarla.
Pero la otra, ya desbordada, volvió sobre ella con uñas, con rabia, con esa clase de violencia baja a la que llegan algunas mujeres cuando el orgullo, el miedo y el amor se les mezclan demasiado.
Thiago llegó primero.
Sujetó a Elizaveta por ambos antebrazos, tirándola hacia atrás con una firmeza que ya no tenía nada de apacible.
Brand llegó en el mismo segundo a Elettra, no para tocarla, sino para verificar si estaba de pie, si respiraba, si la mejilla roja era solo mejilla roja y no algo peor.
La escena duró apenas unos segundos. Pareció interminable.
—¡Basta! —la voz de Brand sonó por fin alta.
Elizaveta forcejeó una vez entre los brazos de Thiago.
—Suéltame.
—No —dijo él, y ahora sí había furia limpia en la voz.
Brand fue a tomar a Elizaveta del brazo. No con dulzura. Con autoridad y miedo mezclados.
—¿Te has vuelto loca?
La pregunta, dicha así, baja y brutal, la frenó de golpe. Elizaveta lo miró con el cabello suelto en la sien, la respiración rota y la humillación ya asomándole en los ojos. Durante un segundo entero pareció más joven, más desesperada, más perdida dentro de sí misma.
—No vuelvas a hacer esto —dijo Brand, acercándola hacia sí con una mano firme en el codo—. No en tu estado.
La frase, precisamente esa, fue la que terminó de herir a Elettra.
No el golpe ni la escena. Eso. “En tu estado.”
La forma en que el cuidado masculino entraba de pronto a sustituir la ira.
La manera en que Brand, por necesaria que fuera su intervención, se inclinaba ya sobre Elizaveta con la gravedad de un hombre que no puede permitirse el lujo de olvidar lo que tal vez crece dentro de ella.
Elettra sintió un celotipia tan rápida y vergonzosa que le endureció todo el cuerpo.
Thiago soltó a Elizaveta en cuanto Brand la tomó y se volvió enseguida hacia Elettra.
—¿Te hizo daño?
Ella apartó la vista de Brand y de Elizaveta.
La dignidad fue lo único que encontró a tiempo.
—No.
La mejilla le ardía, la garganta también, pero ninguna de esas cosas importaba tanto como el hecho de haber visto a Brand inclinarse hacia la otra desde ese nuevo deber, ese nuevo centro. La escena le dejó por dentro una frialdad corrosiva.
Se recompuso el vestido y enderezó la espalda.
No miró a Brand cuando habló.
—Me voy.
Thiago dio un paso detrás de ella. Elizaveta quiso decir algo más, quizá insultar, quizá llorar, quizá romperse otra vez, pero Brand la sostuvo con una mano más firme y la calló con una sola mirada.
Elettra ya estaba cruzando el corredor.
Thiago la siguió hasta el jardín trasero.
La tarde había empezado a oscurecerse y Saint-Michel olía a tierra húmeda, piedra fría y ese silencio raro que queda después de una escena cuando nadie sabe todavía cómo volver a la normalidad.
Elettra se detuvo junto a la fuente seca, el mismo lugar donde Brand había intentado convencerla de una imposibilidad días antes.
El aire estaba helado. La mejilla golpeada le ardía aún más en el frío.
Thiago se acercó despacio.
—Déjame ver.
Elettra negó con la cabeza.
—No necesito eso.
—No te estoy preguntando si lo necesitas.
—Y yo no te lo estoy permitiendo.
La dureza de la respuesta lo hizo fruncir apenas el ceño. No por ofensa. Por impotencia.
—No tienes por qué quedarte sola con esto.
Elettra soltó una risa breve, deshecha.
—¿Y con qué quieres que me quede? ¿Contigo? ¿Con tu bondad? ¿Con lo bien que haces todo lo que no duele?
La frase le salió peor de lo que quiso, más sucia e injusta. Thiago la recibió como se reciben algunas bofetadas: de pie y sin glamour.
—No soy un castigo por comparación —dijo.
Ella cerró los ojos un segundo.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablarme como si lo fuera.
Elettra se volvió hacia él.
La mejilla aún roja, los ojos oscuros, la boca tensada por demasiadas cosas. Había una belleza feroz en ella cuando ya no le quedaba paciencia para fingir que el dolor la volvía más amable.
—No soy buena para ti —dijo.
Thiago sintió la frase bajar como plomo.
—No me digas eso.
—Es verdad.
—No. —Ahora sí dio un paso más, la rabia asomando por fin no como violencia, sino como herida cansada—. Eso es lo que te dices para no admitir otra cosa.
Elettra lo miró con un agotamiento casi cruel.
—Eres demasiado amable. Demasiado bueno. Y yo…
Se interrumpió.
Porque ahí estaba, brutal, indecente, imposible de embellecer: deseaba a otro. A uno peor para ella. A uno más oscuro, más difícil, más lleno de lodo moral. Y ninguna frase elegante iba a purificar eso.
Thiago completó por ella.
—¿Y tú qué? ¿Prefieres a un hombre que te descomponga? ¿Eso querías decir?
El silencio entre ellos fue respuesta suficiente. La ira se le subió entonces, por fin, completa; no una ira escandalosa, una más triste.
—No vuelvas a usar mi bondad como una forma refinada de rechazarme —dijo—. No me lo debes y yo no lo merezco.
Elettra dio un paso hacia él.