25 Los días que empiezan a cerrarse
Los días posteriores al compromiso no tuvieron forma de tiempo, sino de trámite, médicos, visitas, papeles, de silencios largos en corredores donde antes todavía podía caber una esperanza si uno se movía con suficiente torpeza.
París siguió igual de hermosa, igual de cruel, igual de húmeda bajo la luz de invierno; pero para quienes estaban dentro de aquella historia, los días dejaron de parecer días y empezaron a sentirse como puertas cerrándose una detrás de otra.
Brand visitó a Elizaveta tres veces en una misma semana.
No por ternura, no por deseo, ni siquiera por obediencia pura.
Lo hizo porque la posibilidad ya no podía dejarse a la imaginación.
Había médicos, sí, y consultas y frases prudentes sobre “indicios” y “signos compatibles”, pero a cierta altura el cuerpo mismo empieza a escribir su propio informe.
Y el cuerpo de Elizaveta, para desgracia de ambos, empezaba a comportarse como si hubiera elegido una respuesta antes que todos los demás.
La primera vez la encontró en el pequeño salón blanco de la casa Rostov, junto a una ventana apenas abierta.
No estaba tendida dramáticamente sobre un diván, ni rodeada de sales aromáticas, ni convertida en una pintura de mujer enferma.
Elizaveta siempre había sido demasiado inteligente para caricaturizar su propia fragilidad.
Estaba sentada recta, con un chal gris sobre los hombros y un libro cerrado sobre las rodillas.
Parecía casi normal, salvo por dos cosas: el color más apagado de la piel y la manera en que una criada se llevó de inmediato, al entrar Brand, la bandeja de chocolate caliente que ella no había querido probar.
—No hacía falta que vinieras —dijo.
Brand se quitó los guantes sin prisa.
—Sí hacía.
Elizaveta alzó apenas la vista hacia él.
Había aprendido ya a registrar la diferencia. Antes, la voz de Brand podía sonar fría porque aún estaba llena de lucha. Ahora sonaba fría porque ya había decidido no regalarle más calor del necesario.
—Qué considerado te has vuelto —murmuró.
Brand no respondió a la provocación, se limitó a observarla.
La forma en que mantenía la espalda pese al cansancio. La taza intacta. La leve sombra bajo los ojos. La mano, demasiado quieta, apoyada sobre la falda a la altura exacta donde el futuro —o la amenaza— había empezado a organizarlo todo.
—¿Comiste? —preguntó.
Elizaveta sonrió apenas.
—Suenas como un marido ya entrenado.
Él desvió la vista un segundo hacia la bandeja apartada.
—No. Sueno como un hombre que prefiere no descubrir tarde una negligencia por parte de la madre de su hijo.
La frase le dolió a ella, se le notó solo en la boca.
—Tomé caldo.
—¿Y lo sostuviste?
—No soy una niña, Brand.
—No. —La mirada volvió a ella—. Precisamente por eso no me obligues a preguntarte dos veces cosas simples.
Elizaveta bajó los ojos al libro cerrado.
Aquel era el rasgo nuevo de la relación entre ambos: él no era tierno, pero tampoco se permitía la brutalidad cómoda del desprecio.
La trataba con una corrección rigurosa, casi severa, como si comprendiera que el error había sido de dos y que humillarla abiertamente sería solo otra cobardía.
Eso, para una mujer como ella, resultaba a veces más difícil de soportar que el odio.
La segunda visita fue peor, porque la encontró en mitad de una náusea. No una escena grande, no había lágrimas ni descomposición teatral. Simplemente ese momento vulgar y miserable en que el cuerpo decide por la mujer y la deja sin derecho a la elegancia.
Elizaveta acababa de levantarse de la mesa del desayuno cuando el perfume de la mantequilla caliente le revolvió el estómago.
Brand la vio detenerse junto al marco de la puerta, con una mano sobre la boca, la otra agarrándose al respaldo de una silla, y durante un segundo ambos quedaron despojados de cualquier mito; no eran un prometido frío y una futura esposa orgullosa, eran dos personas atrapadas por una posibilidad corporal que había dejado de parecer frase.
Brand fue hacia ella antes de pensar.
No la abrazó, no la sostuvo con intimidad, le apartó el cabello de la nuca y llamó a la criada con una sequedad tan rápida que rozó la autoridad de marido y la repugnó a ella tanto como la alivió.
Cuando pasó, Elizaveta se limpió la boca con un pañuelo y lo miró con una furia humillada.
—No me mires así.
Brand dejó el vaso de agua sobre la mesa cercana.
—¿Así cómo?
—Como si ya me creyeras.
Él la sostuvo con la mirada un segundo largo.
—No sé si te creo. —La voz fue baja, exacta—. Sé lo que veo.
Y esa frase la acompañó el resto del día.
La tercera visita ocurrió después de la consulta siguiente con el doctor Beaulieu.
El hombre seguía sin conceder una certeza absoluta, pero empezaba a hablar en un tono cada vez más cauto, más inclinado hacia la confirmación que hacia la sospecha.
Reposo. Cuidado. Evitar sobresaltos. Elizaveta había salido del gabinete más pálida, más callada.
Brand la acompañó de vuelta a la casa Rostov en el coche y apenas hablaron.
Solo al entrar en el vestíbulo, cuando una criada ofreció té y ella lo rechazó con un gesto cansado, él habló.
—Debes dejar de moverte tanto de noche.
Elizaveta volvió la cabeza.
—¿Te preocupa mi salud?
—Me preocupa la situación.
Elizaveta dejó escapar una exhalación breve, ni risa ni suspiro.Algo más triste, pero al mismo tiempo, socegado.
—Siempre tan generoso con las palabras correctas.
Brand se quitó el abrigo.
—No confundas mi falta de dulzura con desinterés.
Ella sostuvo la mirada y por un momento, solo uno, pareció una mujer a punto de pedirle algo.
No amor ni siquiera consuelo, tal vez solo una forma menos dura del futuro.
No lo pidió. Ya empezaba a entender que en Brand la dureza no siempre era crueldad, a veces era la única manera que tenía de no pudrirse más.
Nick empezó a buscar a Camille casi con la misma insistencia con que, antes, había buscado a Elizaveta.
La diferencia era que ahora lo hacía sin brillo.
Camille trabajaba en la administración del negocio textil de su familia, una casa de importación cerca de la rue du Faubourg Saint-Honoré donde las telas llegaban de Lyon, de Milán, de Bruselas, y las cuentas debían cuadrar incluso cuando los hombres creían que el lujo se sostenía solo con apellido.
Tenía un despacho pequeño en el segundo piso, más práctico que elegante, con una ventana larga sobre la calle y una mesa llena de cartas, muestras de seda, libros de pedidos y tijeras de mango de plata.
Allí pasaba varias horas al día, no porque necesitara hacerlo, sino porque le gustaba comprender cómo respiraba el mundo cuando no estaba siendo adornado para los bailes.
Nick apareció una tarde lluviosa con un ramo de camelias blancas que, por una vez, no consiguió parecer encantador.
La secretaria levantó la vista, lo reconoció de inmediato y lo dejó pasar con la mezcla habitual de fascinación y desconfianza que él inspiraba en las mujeres bien educadas.
Camille estaba inclinada sobre un libro de cuentas cuando lo oyó entrar, no se puso de pie enseguida.
Eso, ya de entrada, le marcó el territorio.
—Qué improbable —dijo, sin dejar la pluma—. Creí que los hombres como tú solo aparecían donde hay música.
Nick dejó las camelias sobre la mesa.
—A veces también me convocan las mujeres ocupadas.
Camille levantó por fin la vista.
No iba vestida para impresionar. Justamente por eso lo impresionó más.
Llevaba un vestido de lana azul oscuro, el cabello recogido con simplicidad y los puños doblados apenas por encima de las muñecas.
La tarde gris le hacía la piel más clara y los ojos más atentos.
No parecía una muchacha esperando ser elegida.
Parecía una mujer que ya sabía cuánto valía su tiempo.
—No me convoques con flores —dijo—. Es muy tarde para eso.
El golpe le arrancó a Nick una media sonrisa cansada.
—¿Tarde?
—Sí. —Camille cerró el libro de cuentas—. Tarde para fingir que esto tiene algo de espontáneo. Vienes porque necesitas distraerte de otra mujer. Y tal vez de tu hermano. Y quizá un poco de ti mismo.
La precisión fue tan limpia que Nick solo pudo mirarla.
—Eres menos dócil de lo que recordaba.
Camille apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No. Tú eras más cómodo cuando me pensabas dócil.
La verdad le pegó con una intensidad absurda. Porque, incluso herido por ella, no podía dejar de registrar lo viva que se volvía cuando dejaba de ofrecerle la antigua paciencia.
Nick dio un paso más cerca.
—No vine a usarte.
Camille inclinó apenas la cabeza.
—Eso no es cierto. Pero no te culpo. Los hombres suelen acercarse a las mujeres que creen bondadosas justo cuando otra los ha dejado llenos de espinas.
La frase, dicha así, sin reproche lloroso, le resultó a Nick casi insoportablemente hermosa.
—Camille…
—No. —Levantó una mano—. No digas mi nombre como si te hiciera bien pronunciarlo. Me obligarás a pensar que no te conozco.
Nick se quedó quieto.
Porque una parte de él, la peor y la mejor a la vez, deseaba exactamente eso: que Camille no lo conociera del todo y pudiera todavía mirarlo con alguna inocencia. Pero Camille ya no era esa muchacha. Y esa pérdida, en vez de alejarlo, lo arrastró más.
—No sé qué estoy haciendo —dijo al fin.
Camille lo observó en silencio.
Aquella frase, tan poco propia de él, le movió algo en el pecho. Precisamente por eso no iba a permitirse caer en la ternura.
—Lo sé. Y eso no me obliga a dejar que me uses para resolverlo.
Nick bajó la vista a las camelias. Nunca le habían parecido flores particularmente trágicas. Esa tarde sí.
—No vine solo por eso.
Camille dejó la pluma junto al tintero.
—Entonces vuelve otro día, cuando sí sepas por qué vienes.
La expulsión fue tan elegante que dolió más. Nick alzó la vista hacia ella, hacia la firmeza tranquila con que se negaba a ser bálsamo o castigo decorativo, y sintió una punzada nueva, mucho más seria que la simple atracción: respeto. Tardío. Humillante. Verdadero.
—De acuerdo —dijo.