El vals de las apariencias 24 Los lugares que se ocupan #3
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24 Los lugares que se ocupan #3

Lilianne miró esos dedos oscuros, pequeños, vivos. Y comprendió, una vez más, por qué nunca había dejado de volver allí.

—Nada —dijo, y la voz le salió más baja de lo habitual—. Solo que ustedes tienen muy mala costumbre de recordarme que sigo viva.

Tomó a Ada de la cintura con la mano libre y se enderezó con ambos niños encima, no pesaban tanto, o quizá sí, pero ella ya estaba entrenada para sostener otra clase de cargas.

Una cuidadora apareció al fondo del corredor, medio desvelada, y al ver la escena sonrió sin sorpresa.

Ya nadie en el orfanato encontraba extraña la imagen de Lilianne atravesando la madrugada con un niño negro dormido en el hombro y otro agarrado a su falda como si esa mujer rígida, divorciada y de lengua afilada fuera también, por algún mecanismo divino o completamente humano, una especie de hogar.

Lilianne siguió avanzando por el corredor, con el eco del llanto que una vez creyó oír todavía prendido en la sangre y, por primera vez, la memoria no la dejó con solo dolor, sino con sospecha, tan fugaz que casi no podía nombrarla, tan viva que ya no pensaba marcharse.

En la mansión Charpentier, Alice y William no dormían.

No del todo.

La casa estaba en silencio salvo por el reloj del vestíbulo y el murmullo lejano del viento en los árboles desnudos del jardín delantero, su habitación estaba apenas alumbrada por dos lámparas bajas, una a cada lado del lecho, y el fuego de la chimenea se había reducido a una respiración roja detrás de la rejilla.

Alice estaba sentada frente al tocador, ya sin joyas, peinando despacio su cabello oscuro, largo y todavía espeso. William, de pie junto a la ventana, tenía una copa intacta de coñac en la mano y la mirada fija en el reflejo borroso de la noche sobre el cristal.

Ninguno habló durante varios minutos.

Hacía falta cierta edad, cierta clase de matrimonio y cierta cantidad de hijos para aprender que hay silencios que no necesitan romperse enseguida, pero también sabían cuándo ese silencio ya estaba empezando a volverse otra cosa: cobardía.

Alice fue la primera en ceder.

—Están todos deshechos.

William no respondió de inmediato, seguía mirando la noche, como si la noche tuviera mejor carácter que la casa.

—Sí.

Alice dejó el cepillo sobre el tocador.

—Nick cada vez se parece más a la parte de sí mismo que más me preocupa —negó ligeramente—. Se carcomerá a sí mismo.

—Lo superará.

—O se volverá más diestro en ocultarlo.

William aceptó la frase con una inclinación de la cabeza.

—Thiago se va a ir.

—Lo sé.

—Y Brand…

Ella no terminó la frase.

William dejó al fin la copa sobre la consola de la ventana.

—Brand ha sido un necio.

La dureza del dictamen le dolió a Alice, aunque lo compartiera a medias, porque las madres siempre saben dos cosas a la vez: la monstruosidad del error y la pequeñez del niño que un día fue el hombre que lo cometió.

—También está atrapado.

William se volvió.

—Está atrapado por algo que él mismo hizo.

Alice sostuvo la mirada de su marido, había en ella cansancio, sí. Pero también el acero hermoso de las mujeres que llevan décadas viendo a los hombres justificar con estructura lo que es pena.

—No te estoy pidiendo que lo absuelvas —dijo—. Te estoy recordando que sigue siendo nuestro hijo.

William cerró los ojos un instante.

No porque fuera a llorar, sino porque a veces la paternidad también cansa de maneras que no se deben mostrar.

—Lo sé.

Alice se levantó despacio, fue hasta él, no lo abrazó, nunca fueron un matrimonio de grandes gestos, simplemente se quedó a su lado frente a la ventana, compartiendo el reflejo de la noche.

—Nos preocupan todos —murmuró.

—Sí.

—Y Millie sigue en África.

La mención de su hija menor cambió el aire de la habitación.

William volvió la cabeza.

El nombre, aun dicho así, sin adorno, tenía la capacidad de abrir en ambos una región distinta del miedo.

Millie, lejos desde hacía tiempo, en África, escribiendo cartas cada vez más espaciadas, más llenas de polvo, de distancia y de una libertad que en secreto los enorgullecía y los aterraba con igual intensidad.

—Recibiremos carta en unos días —dijo él.

Alice sonrió apenas, no por alegría, por esperanza aprendida.

—Eso dices siempre.

—Y a veces tengo razón.

Ella apoyó una mano sobre el alféizar.

—No sé cuál de todos me preocupa más.

William la miró.

—Los trillizos están vivos. Philip es prudente. Millie es terca. —La voz se le volvió más baja—. Sobrevivirán.

Alice sostuvo el cristal oscuro con la mirada.

—No pregunté si sobrevivirán.

La frase le dejó a William esa sensación ingrata de haber sido corregido no por su esposa, sino por la verdad.

Había demasiadas maneras de seguir vivo sin salir entero.

El fuego crujió detrás de ellos.

La noche siguió respirando contra el vidrio y los dos, de pie en la penumbra de una habitación demasiado grande, comprendieron con la misma tristeza que ninguno de sus hijos estaba ya en la edad en que una madre o un padre podían corregir el mundo con una mano sobre la frente.

Lo único que les quedaba era esperar y, en familias como la suya, esperar era solo una forma más elegante del miedo.