El vals de las apariencias 26 Lo que deciden los demás #3
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26 Lo que deciden los demás #3

Dejó de provocar abiertamente, empezó a hablarle a Brand con una suavidad nueva, más cuidadosa, casi doméstica.

Se interesó por las lecturas que él llevaba a la biblioteca pequeña, preguntó por Saint-Michel sin veneno en la voz, aunque la palabra le siguiera sabiendo a hierro, se sentó con él una tarde en el jardín de invierno y, apoyando ambas manos sobre el vientre aún apenas insinuado, le habló no de ella, sino del niño.

—Si es un varón —dijo—, Alekséi querrá que aprenda ruso y equitación demasiado pronto.

Brand estaba sentado frente a ella, con un libro cerrado sobre las rodillas. La escuchó, eso ya era algo.

—Y si es una niña —añadió—, no voy a dejar que nadie la eduque para soportarlo todo en silencio.

Brand bajó los ojos al lomo del libro.

Elizaveta llevaba días intentando encontrar una grieta distinta en él.

Menos muro, más hombre. Alguna forma de ternura que no oliera solo a deber.

Pero incluso cuando le hablaba del posible hijo, del miedo, del nombre, del futuro, Brand seguía devolviéndole lo mismo: atención rigurosa, corrección, distancia.

No era grosero, pero eso la mataba más.

—Tendremos que decidir pronto si vas a seguir viendo al doctor Beaulieu o si prefieres otro médico —dijo él.

Elizaveta sintió la frase como una puerta cerrándose una vez más.

—No me contestaste nada de lo que dije.

Brand levantó la vista. Los ojos violetas, bajo la luz de invierno, parecían hechos de una frialdad más triste que cruel.

—Te escuché.

—No es suficiente.

—Es lo que tengo.

La respuesta, dicha con esa honestidad sin adorno, terminaba de dejar claro que cualquier gesto amable de él seguiría perteneciendo al deber, no al amor. Y eso, más que la hostilidad, empezó a hacerle pensar cosas peores, cosas que no tendrían una solución si cometían.

La idea le vino una mañana, sola, mientras se miraba en el espejo.

No fue un plan, fue un relámpago oscuro: un “quizá lo mejor sería perder a ese bebé”.

“Quizá lo mejor sería acabar de una vez con el cuerpo que lo retenía todo”.

“Quizá lo mejor sería callarlo todo para siempre”.

No pensó en métodos primero, pensó en descanso.

Y eso fue lo que más asustó a Delaila cuando la oyó.

Porque la encontró no llorando ni tendida, sino de pie en el baño azul, apoyada en el lavabo de mármol, mirando fijamente un pequeño frasco que no debería haber salido del botiquín.

Había en Elizaveta una quietud espantosa, la quietud exacta de las personas que empiezan a confundir el silencio con una salida.

Delaila cruzó el cuarto en dos pasos.

Le quitó el frasco de la mano.

—No.

Elizaveta parpadeó, como si no la hubiera oído venir del todo.

—Devuélvemelo.

—No.

La dureza en la voz de Delaila fue nueva, no era femenina ni suave. Nacía de otra parte una que Elizaveta nunca había visto en ella.

—No entiendes —murmuró.

—Sí entiendo.

Delaila dejó el frasco en la repisa más alta, lejos de ambas, y se volvió.

El corazón le golpeaba demasiado rápido, no por el susto inmediato, sino porque la escena le había arrancado una memoria propia, vieja, escondida con tanto esmero que casi había logrado volverla otra vida.

Un cuarto distinto. Otra noche. La idea de terminar con algo —con una parte de sí, con la propia respiración— antes que seguir avanzando bajo el peso de lo impuesto.

La voz le salió más baja.

—No vuelvas a hacerme mirar eso.

Elizaveta alzó los ojos y por primera vez vio en Delaila no solo corrección, sino experiencia.

—¿Tú…?

Delaila cerró los dedos sobre el borde del lavabo.

—No importa qué hice o no hice. Importa que estoy aquí diciéndote que esa puerta no te lleva a donde crees.

Elizaveta bajó la cabeza, el cansancio le colgaba entero del cuerpo. Delaila se acercó un poco más, no la abrazó, porque a veces la verdadera compasión no toca de inmediato.

—Respira —dijo—. Come algo, duerme, odia a Brand si quieres, ódiame a mí, ódiate a ti; pero no vuelvas a pensar que el silencio absoluto es una forma de victoria.

Elizaveta tembló apenas y fue suficiente.

Esa misma noche, Delaila fue a buscar a Brand.

Lo encontró en el estudio pequeño de la planta baja, revisando cuentas que no estaba leyendo. La lámpara baja le dejaba sombras duras en la cara, parecía un hombre que llevaba demasiados días durmiendo vestido por dentro.

—Necesito hablar contigo —dijo ella.

Brand alzó la vista enseguida, no por deferencia, sino porque Delaila ya había empezado a volverse, en esa historia, una presencia imposible de ignorar. Era como una especie de conciencia lateral, dolorosa, demasiado lúcida.

Se puso de pie.

—¿Qué pasó?

Delaila cerró la puerta, no lo obligó a sentarse.

—No puedes seguir haciéndole daño así.

Brand la sostuvo con la mirada.

—¿Así cómo?

—Dejándola sin nada. Sin amor, ya lo ha entendido. Pero ahora también sin un mínimo de… humanidad.

La palabra lo irritó, precisamente por eso lo obligó a escuchar.

—No soy cruel con ella.

—No. —Delaila avanzó un paso—. Eres distante y a veces eso termina cortando más hondo.

Brand apartó la vista hacia la chimenea apagada.

Delaila continuó, la voz más baja ahora.

—Si no puedes hacerlo por ella, hazlo por tu hijo.

La frase lo obligó a mirarla otra vez.

No era un chantaje vulgar, venía de un sitio demasiado serio y entonces comprendió algo que hasta ese momento solo había sospechado a medias: Delaila no estaba defendiendo a Elizaveta solo por lealtad política ni por cansancio social.

La defendía porque había visto de cerca qué podía hacer cierta clase de desesperación en una mujer cuando la dejan demasiado sola con ella.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Delaila sostuvo su mirada un segundo, luego negó despacio.

—No importa. Importa que no vuelvas a empujarla hacia ese borde.

Brand sintió el golpe con una mezcla rara de culpa y agotamiento.

No amaba a Elizaveta, eso no iba a cambiar, pero tampoco era un monstruo y había algo en el tono de Delaila, en esa firmeza quebrada apenas por debajo de la voz, que le recordó que la crueldad no siempre consiste en herir abiertamente.

A veces consiste en negarle a alguien incluso la porción mínima de calma con la que podría seguir respirando.

Asintió una vez.

—Lo intentaré.

Delaila lo observó largo.

—No. —La corrección le salió limpia—. Hazlo.

Y se fue.

Aquella noche Brand encontró a Elizaveta en la biblioteca pequeña. Ella estaba sentada junto a la lámpara, con un libro abierto que no leía, la cara más pálida y la boca desprovista de cualquier ironía. Al verlo entrar, no sonrió, ni fingió.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó.

Brand se detuvo a un paso del escritorio. No tenía las palabras correctas, solo la conciencia de que, por primera vez en mucho tiempo, debía intentar algo que no le salía natural: no curarla, no amarla, no mentirle; solo no hacer más daño del necesario.

—No vine a discutir.

Elizaveta dejó el libro sobre la mesa.

—Qué detalle.

Él soportó el golpe.

—No estás sola en esto.

La frase le salió torpe de tan poco usada.

Elizaveta lo miró con una tristeza casi insoportable.

—No digas esas cosas si no puedes darles sangre.

Brand cerró la mano sobre el respaldo de una silla.

—No puedo darte lo que quieres.

—Ya lo sé.

—Pero sí puedo… —buscó la palabra— sostener lo que exista.

Ella apartó la vista, no se lo creyó y, sin embargo, la frase la tocó donde ya no quería ser tocada.

—Nada de lo que haces es real —murmuró.

Brand no respondió, porque esa era la parte cruel de toda la situación: incluso los gestos verdaderos llegaban ya contaminados por todo lo anterior.

Mientras tanto, Nick se deshacía.

No con el dramatismo bonito de los héroes malditos.

De otra manera, más fea, más común. La manera en que se pudren los hombres que, de pronto, descubren que todos los demás parecen haber sido puestos en alguna forma de carril, aunque ese carril sea doloroso, mientras ellos siguen flotando entre el deseo, la vergüenza y la sensación de no ser vistos del todo.

Brand tenía una prometida, una guerra y un destino.Thiago tenía a Elettra, aunque fuera de la manera más amarga.Philip tenía su trabajo, su calma rara, ese mundo secreto de palabras donde siempre parecía saber dónde apoyarse. Incluso Elizaveta tenía un centro, una catástrofe, un hijo posible.

Nick tenía noches y la vieja sensación, vuelta de golpe y con más fuerza, de ser el hermano hermoso al que se mira mucho sin terminar de tomarlo en serio. El más brillante, el más fácil, el menos visto.

Bebió por eso.

No en salones, sino en bares estrechos donde el humo se pegaba a las paredes y la música llegaba con los zapatos embarrados.

Bebió por calles laterales, con el abrigo abierto, dejando que la lluvia le cayera como si el frío pudiera hacer algo por el desorden.

Bebió lo suficiente para que la ciudad empezara a parecer menos una estructura y más un espejo deformado que lo hacía trastabillar.

Fue así, ya entrada la noche, cuando vio a Camille.