23 La parte que no se puede fingir #4
Delaila, a un lado, tuvo que apartar la vista para disimular la aprobación amarga que le produjo. Alekséi, en cambio, se quedó inmóvil un segundo más, obligado por la evidencia de que montar una escena pública habría sido admitir demasiado.
Elettra no dijo nada, eso también fue dignidad. Solo sostuvo un instante la mirada de Delaila, y en ese cruce de ojos hubo una comprensión muda, femenina, fatigada, casi tierna de tan impotente. Luego Elettra avanzó con Lilianne hacia el extremo opuesto del salón.
Thiago apareció a su lado antes de que pudieran sentarse.
No había ido a buscar gloria ni a competir, había ido exactamente a eso: a estar.
Su presencia junto a ellas fue tan clara que el resto del salón pareció recolocarlo todo de inmediato.
Se quedó cerca de Lilianne y de Elettra durante toda la noche, no como un enamorado abatido ni como un aspirante reabriendo la herida.
Como una columna. Les trajo champaña que ninguna de las dos bebió.
Desvió dos conversaciones inútiles. Y, sobre todo, permaneció junto a Elettra con esa calma suya, tan limpia, tan sostenida, que a Brand le resultó insoportable desde la otra punta del salón.
Lo miró toda la noche. No de forma evidente. Con la intensidad mucho peor de los hombres que no pueden dejar de saber dónde está una mujer, aunque estén sentados al lado de otra.
Elizaveta lo advirtió y por dentro algo se le partió con una delicadeza casi clínica, porque ahí estaba la imagen que nunca podría corregir: ella, prometida, adornada, públicamente victoriosa, y los ojos de Brand yéndose una y otra vez hacia el sitio donde Elettra respiraba con Thiago al lado.
La victoria, comprendió, tenía un sabor horriblemente parecido al ridículo.
Nick llegó tarde también.
Lo hizo solo. Sin entusiasmo. Sin la belleza satisfecha de otras noches.
Se dejó ver justo lo necesario, saludó a tres personas, evitó la mirada de Brand y fue a encontrarse con Elizaveta no en el centro del salón, sino en un corredor lateral junto al invernadero, donde el ruido de la música llegaba ya cansado y la luz se volvía más humana.
Ella estaba sola por primera vez en toda la noche.
No se había descompuesto. Seguía siendo espléndida.
Pero Nick, que ya había aprendido a mirar más allá del satén, vio enseguida la fatiga.
La manera en que tenía una mano apoyada un poco más abajo del corsé, la sombra mínima en la boca, los ojos algo más opacos de lo habitual.
El posible embarazo ya no parecía un trofeo.
Parecía una fiebre incubándose. Nick se apoyó en el marco del arco con una sonrisa demasiado cansada para fingir gracia.
—Qué bonita te queda la victoria.
Elizaveta no se volvió enseguida.
—No estoy para ti, Nicholas.
—No. Ese es el problema, nunca lo estuviste de verdad.
La frase llegó sin veneno, eso la volvió peor.
Elizaveta giró por fin la cabeza, no quería discutir, no tenía energía para hacerlo y en esa renuncia, por primera vez, parecía casi una mujer en lugar de una estrategia.
—No hoy.
Nick la observó.
Podría haber disfrutado ese cansancio, habría sido fiel a sí mismo unos capítulos atrás. Ya no. Ahora solo le producía una ternura rota, la que dejan las mujeres bellas cuando por fin se les cae el arma y debajo uno encuentra no bondad, pero sí un miedo reconocible.
—Te metiste con Brand cuando yo te quería —dijo.
Elizaveta cerró los ojos un segundo.
—Lo sé.
Nick parpadeó; no esperaba acuerdo ni tan poca defensa.
—Y aun así lo hiciste.
—Sí.
Él soltó una pequeña risa sin alegría.
—Qué mujer tan insoportable.
Elizaveta apoyó la espalda en la pared y miró hacia el salón, donde la música seguía, donde Brand seguía sentado junto a su prometida como un hombre sentado junto a una condena, donde Elettra respiraba lejos de él, donde Thiago no la dejaba sola.
Todo lo que había querido ya estaba dispuesto delante de ella.
Todo. Y, sin embargo, le parecía de pronto una habitación demasiado estrecha.
—No creí que se sentiría así —murmuró.
Nick la miró. No dijo “¿cómo?”. Lo sabía.
—Vacío —respondió por ella.
Elizaveta no discutió. La aceptación fue, quizá, lo más triste de toda la noche. Nick pasó una mano por la nuca. Quiso odiarla otra vez, pero le salió compasión y la compasión le repugnó más.
—Pues acostúmbrate —dijo al final—. Porque si de verdad te casas con él, esto es lo mejor que va a sentirse. Después empezará la vida.
Elizaveta levantó la vista hacia él.
No había insulto en sus ojos, solo cansancio.
—Vete, Nicholas.
Él la sostuvo un segundo más y luego se fue.
Elizaveta se quedó en el corredor, a medio camino entre el invernadero y el salón, con una mano otra vez apoyada, casi sin darse cuenta, sobre el vientre.
Dentro de ella, por primera vez, el miedo ya no tenía forma social; tenía forma doméstica, forma de noche larga, forma de marido frío, forma de años.
Y desde su rincón oscuro, Elizaveta comprendió con una claridad que ya no le dejó defensa que había dejado de preguntarse si había ganado.
Empezaba a preguntarse si habría algo en esa victoria que no la condenara también a ella.