23 La parte que no se puede fingir #3
No se ofrecía todos los días una pareja recién prometida con la belleza exacta, el apellido debido y el escándalo apenas insinuado para volver la noche apetecible.
La anfitriona —la marquesa de Mornay, viuda, aficionada a las causas sociales y a los hombres imposibles— había hecho de su hôtel una declaración de gusto y oportunismo.
Lámparas bajas, orquídeas, música de cámara en un rincón, mesas de juego cerradas por si el aburrimiento obligaba a abrirlas y un ejército de criados deslizándose con copas heladas entre un océano de terciopelo, pieles y diamantes.
Brand y Elizaveta fueron recibidos como invitados de honor.
La frase le resultó a Brand tan ofensiva que casi no sintió el brazo de ella en el suyo al atravesar el salón principal.
Elizaveta, vestida en negro esta vez —un negro profundo, sin una sola concesión al luto ni a la modestia—, parecía una reina joven en una corte que ya le debía demasiado.
Pero por dentro se estaba desmoronando con una lentitud elegante.
La idea del posible embarazo, que empezó como instrumento, se había vuelto una sombra más pesada a cada hora.
Y la frialdad de Brand desde el anuncio del compromiso no hacía sino empeorarle la respiración.
La sentaron junto a él, como correspondía. La luz de las lámparas les volvía la piel más limpia, los ojos más hondos, la tragedia más vendible. Durante varios minutos ninguno habló.
Luego Elizaveta inclinó la cabeza hacia él.
—Estás siendo cortés de una manera espantosa.
Brand miró al frente.
El salón se desplegaba en dorados, conversaciones oblicuas y perfumes demasiado dulces para una noche así.
—Te prometieron mi presencia, no mi alivio.
Elizaveta sintió el golpe y dejó que la sonrisa se le quedara en la boca un segundo más de lo natural.
Había empezado a descubrir lo que Nick quiso decirle en la noche anterior: una vida con Brand iba a tener una dureza distinta, hecha no de maltrato abierto, sino de frialdad exacta.
Una descortesía impecablemente evitada, ningún escándalo, ningún consuelo.
—No me hables como si fuera un castigo dormir a tu lado.
—No lo sé aún... Pero sospecho suficiente.
Por primera vez en toda la velada, Elizaveta dejó ver una herida real. Apenas un segundo. La comisura de la boca se le tensó, los dedos buscaron el tallo de la copa con más fuerza, el orgullo luchando a toda velocidad por no convertirse en súplica.
—No tienes que odiarme tanto.
Brand volvió la cabeza entonces, la miró y la intensidad de esa mirada fue, para Elizaveta, peor que un desprecio dicho, porque no había en él pasión residual, ni deseo confundido, ni esa vieja electricidad que antes podía usar incluso en las peleas.
Había claridad. Lo cual, en Brand, era una forma superior de rechazo.
—No te odio —dijo.
Ella respiró, casi aliviada.
Brand siguió:
—Pero no soporto verte.
La frase le cayó encima como una piedra en agua quieta.
No hizo escena. No apartó la copa ni se llevó una mano al cuello.
Solo se quedó perfectamente inmóvil, más inmóvil incluso de lo bello, y comprendió que aquello era exactamente la vida dura que Nick le había anunciado: un hombre a su lado capaz de herirla con la misma buena educación con que otros hombres invitan a bailar.
Fue entonces cuando entraron Lilianne y Elettra.
Llegaron tarde a propósito. De eso no había duda.
Entraron cuando la música acababa de cambiar de pieza y el salón, ya asentado en su propia admiración, estaba mejor dispuesto para notar una irrupción bien calculada.
Lilianne vestía verde oscuro, con el cuello alto y el cabello recogido sin una sola blandura.
Parecía una mujer que ha enviudado de la paciencia.
Elettra iba a su lado en gris perla, un gris sobrio, exacto, casi monástico si no fuera porque en ella ninguna tela lograba apagar del todo la tensión viva del cuerpo.
La vio primero Alekséi.
La mandíbula se le cerró con una rapidez que Delaila, a su lado, percibió de inmediato. El enojo le subió al rostro no como un estallido, sino como una línea más dura bajo la piel. Miró a Lilianne. Luego a Elettra. Luego a la mesa donde Brand y Elizaveta acababan de convertirse en centro.
—¿Qué hace ella aquí? —murmuró.
Delaila lo sostuvo con los ojos.
—Invitada. Como nosotros.
Alekséi se movió un paso.
Lilianne lo vio venir y, con una elegancia digna de un asesinato bien planificado, lo interceptó con media sonrisa.
—No se moleste —dijo antes de que él hablara—. Hemos venido con invitación y vestidos correctos. Nadie ha roto protocolo todavía.
Alekséi la miró con una hostilidad casi bella.
—No me gustan las provocaciones en mis noches.
—Entonces eduque mejor a su hermana. —Lilianne levantó apenas la barbilla—. Elettra ya se ha alejado de Brand. Así que puede guardar el cuchillo para un pecado menos imaginario.
El golpe fue magnífico.