24 Los lugares que se ocupan
La velada siguió.
Eso era, quizá, lo más irritante de las noches ricas: podían sostener el escándalo, la humillación, el deseo mal enterrado y hasta la amenaza de una vida deshecha sin dejar de servir champaña en copas limpias.
El hôtel de la marquesa de Mornay continuó respirando como si nada esencial se hubiera torcido.
El cuarteto seguía tocando. Los criados seguían deslizándose entre terciopelos y perlas.
Las lámparas seguían volviendo hermosas a las personas equivocadas.
Nick regresó al salón con el cuerpo todavía lleno de su conversación con Elizaveta.
No estaba ya fascinado de la misma manera; eso habría sido demasiado simple. Ahora llevaba otra cosa, más amarga y peligrosa: la resaca moral de haber visto a una mujer bellísima comprender, por fin, que su victoria olía a ruina y, sin embargo, el deseo seguía allí, humillándolo en silencio.
Esa mezcla le había dejado en la cara una belleza más rota, más interesante incluso, como si de pronto hubiera envejecido el número justo de años para resultar menos encantador y más hombre.
Fue entonces cuando vio a Camille.
Entraba del brazo de una tía materna, envuelta en un vestido color marfil pálido con aplicaciones mínimas de hilo dorado que parecían encenderse y apagarse según se movía.
No era un vestido hecho para escandalizar, era peor: estaba hecho para durar en la memoria.
Camille lo llevaba con esa elegancia suya que nunca pedía permiso, una elegancia más peligrosa porque no nacía del esfuerzo por agradar, sino de la costumbre de habitarse bien.
El cabello, recogido en ondas bajas, dejaba visible la línea limpia del cuello.
La boca, apenas coloreada, conservaba esa firmeza suave de las mujeres que ya han aprendido a no entregar de inmediato su entusiasmo.
Y en los ojos llevaba algo nuevo, no inocencia.
Observación.
Nick la miró de una forma distinta a todas las anteriores.
No como a la muchacha demasiado entregada a la que siempre había supuesto esperándolo.
La vio entrar, detenerse un segundo a saludar a la marquesa, inclinar la cabeza con una gracia natural, escuchar a un embajador anciano sin perder ni el brillo ni la ironía de la mirada, desplazar apenas el abanico para responder a una señora mayor y, en medio de todo eso, mantener una presencia tan exacta que varios hombres del salón empezaron a girar hacia ella como se gira hacia una música nueva.
La notó tarde. Esa fue la primera humillación, la segunda fue comprender cuánto.
Uno de los jóvenes de la mesa de juego alzó la cabeza al verla. Un diplomático menor, demasiado rubio y seguro de sí mismo, se adelantó un paso. Incluso un barón viudo, viejo zorro de cenas parisinas, la recorrió con el interés educado de quien sabe reconocer un buen porte cuando entra a un salón.
Nick sintió un tirón seco, desagradable, justo debajo del esternón.
Celos, pensó con asco. No. Algo peor. La revelación de haber pasado por alto una belleza por creerla demasiado disponible.
Dejó la copa sobre una bandeja antes de pensar mejor el gesto y cruzó el salón con esa ligereza suya que siempre parecía juego hasta que se le veía de cerca la tensión en la boca.
Camille acababa de librarse del diplomático rubio con una media sonrisa impecable cuando alzó la vista y encontró a Nick frente a ella.
No pareció sorprendida, eso lo irritó y lo atrajo al mismo tiempo.
—Señorita Camille —dijo él, inclinando apenas la cabeza—. París debía de estar aguardando esta noche sin saberlo.
Camille levantó el abanico hasta la altura de la clavícula.
—Qué observador se ha vuelto de pronto.
Nick sonrió.
—A veces hasta yo mejoro con buena iluminación.
Camille lo recorrió con una mirada tranquila, evaluándolo no como quien recibe un elogio, sino como quien decide si vale la pena cederle un minuto de la noche.
—Eso aún está por demostrarse.
La música cambió justo entonces a un vals más claro. Nick, sin apartar los ojos de ella, extendió la mano.
—Entonces permita que lo intente.
Camille dejó pasar un segundo.
El suficiente para que Nick sintiera, por primera vez con verdadera nitidez, que ya no era él quien concedía el favor de su atención. Luego ella apoyó los dedos sobre la mano ofrecida.
—Solo una pieza —dijo.
Nick la llevó al centro del salón con una concentración nueva, casi sobria.
Bailaba bien, claro, eso nunca había sido duda; pero ahora había otra cosa en la forma en que la sostenía: no la seguridad luminosa del hombre que siempre presume de saberse deseado, sino la atención casi irritada del que por fin descubre que la persona frente a él podría no haberlo esperado eternamente.
Camille entró en el vals sin docilidad, llevaba el ritmo con una inteligencia corporal exacta, midiendo el giro, el espacio y la conversación sin entregarle de más ni de menos. Su espalda permanecía recta; el mentón, firme; los ojos, despiertos.
—Me miras como si no supieras en qué momento cambié.
Nick sintió la frase como una mano elegante en la garganta.
—Tal vez cambié yo.
—No. —La media sonrisa de Camille fue leve, despiadada—. Tú solo te distrajiste.
El golpe lo alcanzó con una mezcla indecente de placer y herida, la observó al girar, el marfil del vestido recibiendo la luz.
El modo en que contestaba con el cuerpo a cada movimiento sin perder jamás el centro, la manera en que otros hombres seguían mirándola, aunque ya estuviera en brazos de él y, por primera vez en mucho tiempo, Nick sintió no solo deseo.
Sintió urgencia, la clase de urgencia que nace tarde, cuando ya no se tiene derecho a reclamar la primicia.
Desde el otro extremo del salón, Philip observaba como si hubiera tenido la mala fortuna de nacer con talento para el diagnóstico.
No estaba solo, pero todavía no le hablaban.
Se había acomodado junto a una columna, a medio camino entre el salón principal y la galería de música, con una copa de coñac en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón.
La escena delante de él tenía algo de comedia demasiado cara y de tragedia demasiado mal administrada.
Brand, sentado junto a Elizaveta y los Rostov, con la rigidez impecable del heredero que ya ha elegido cumplir como hombre, como hijo, como apellido, aunque cada músculo del cuerpo le grite otra cosa.
Thiago, del lado opuesto, cerca de Elettra y Lilianne, tan entero y dolido que hasta su serenidad parecía una forma alta de violencia contra sí mismo.
Nick, por fin, bailando con Camille como si acabara de descubrir no a una muchacha, sino el precio de haberla mirado tarde.
Philip dejó escapar una exhalación que casi fue una sonrisa.
—Mira nada más —murmuró para sí—. Tres hombres hechos un desastre y todavía creen que esto los vuelve interesantes.
—Los vuelve previsibles.
La voz llegó a su lado con la suavidad exacta de alguien que sabe entrar a una conversación sin romperle el ritmo.
Philip volvió la cabeza.
Lefevre estaba allí.
No era un hombre hermoso del modo en que lo eran los Charpentier.
Era algo quizá más raro: un hombre que se volvía atractivo a medida que hablaba.
Delgado, bien vestido, con el cabello castaño peinado hacia atrás y unos ojos grises que parecían guardar siempre una observación un poco más inteligente que el resto de la habitación.
Llevaba un clavel oscuro en la solapa, no rojo, no blanco; un color ambiguo que en otro habría pasado desapercibido y en él parecía deliberado.
Philip alzó apenas la copa.
—No sabía que esta noche admitía gente sensata.
Lefevre se colocó a su lado, no demasiado cerca. Lo justo.
—No la admite. Me colé entre las orquídeas y las malas decisiones.
Philip sonrió de verdad esta vez. Entre ambos no había gestos comprometedores, no podía haberlos.
Era París, y hasta en los salones más modernos el deseo entre hombres debía vestirse de otras cosas: de frases, de libros prestados, de una manera más lenta de mirarse cuando el resto fingía no observar, pero había en ellos un lenguaje propio, hecho de ironía, de inteligencia y de esa clase de intimidad que no necesita tocar para hacerse evidente.
Lefevre siguió la dirección de la mirada de Philip.
—¿El alto y furioso es el que va a casarse?
—Sí.
—¿Y el otro furioso?
—Ese también, a su manera.
Lefevre dejó escapar una risa baja.
—Tu familia tiene una imaginación sentimental tristísima.
Philip bebió un sorbo de coñac.
—Mi familia tiene dinero. —Absorbió el resto de coñac de sus dientes y sonrió—. La imaginación es un lujo que suele llegarles tarde.
Lefevre volvió los ojos hacia él, la luz le dejaba una sombra elegante en el borde de la mandíbula.
—Y, sin embargo, tú sigues aquí.
Philip sostuvo su mirada un segundo más de lo correcto.
—Sí.
La respuesta era simple y debajo llevaba demasiado.
Lefevre comprendió, no dijo nada, solo tomó una copa de la bandeja que pasaba y se quedó a su lado, compartiendo con él el espectáculo de tres hombres demasiado jóvenes y demasiado bien nacidos arruinándose con una gravedad casi infantil.
Había entre Philip y Lefevre algo que todavía no podía ser nombrado del todo sin volverse peligroso, pero el hecho de permanecer juntos, observando sin necesidad de fingir ligereza, ya tenía una intimidad propia.
A Philip le bastó.
—No deberías sonreír así —murmuró Lefevre de pronto—. Pareces un hombre a punto de perdonar algo que aún no ha ocurrido.
Philip volvió apenas la cabeza hacia él.
—No pienso perdonarlos. Solo me enternece su inmadurez.
—Qué cualidad tan peligrosa.
—La ternura lo es casi siempre.
Lefevre sostuvo la copa a la altura exacta de la boca sin beber.
—Entonces me alegra que la reserves para las personas equivocadas.
Philip no respondió y esto fue una forma de acuerdo.
La música cambió otra vez.