19 La posibilidad de la sangre #2
Brand levantó la vista.
Elizaveta ya lo estaba mirando con una serenidad tan completa que pareció, de pronto, más peligrosa que cualquier rabia.
—No te equivoques —dijo—. Si resulta que miento, me habrás subestimado. Y si resulta que digo la verdad, me habrás dejado embarazada de una guerra.
La frase le entró debajo de la piel como hielo. Brand guardó la tarjeta, ya no quedaba nada digno que decir, no en esa habitación, no con ese fuego, ese piano y ese olor a pasado todavía tan cerca.
Se volvió hacia la puerta.
—Brand.
Él no giró de inmediato, maldita costumbre, aún la obedecía.
—¿Qué?
La voz de Elizaveta llegó suave, casi amable. Fue peor.
—Cuando la beses otra vez —dijo—, vas a pensar en esto.
Brand salió sin responder.
La puerta se cerró detrás de él con un sonido entero, grave, que no tuvo nada de teatral y, sin embargo, pareció cortar el salón por la mitad.
Atravesó el vestíbulo sin mirar a nadie.
Bajó la escalinata bajo la lluvia. Subió al coche.
Solo cuando la portezuela se cerró y el vehículo arrancó, dejó caer por fin la cabeza contra el respaldo y cerró un instante los ojos, el asco no había disminuido.
Solo había cambiado de dirección.
En Saint-Michel, la noche se había acostado sobre los muros como una manta húmeda.
Los niños dormían. Las monjas hablaban más bajo.
En la cocina quedaba una olla a medio cubrir y el olor tibio del pan de la cena.
Solo en el aula del corredor norte seguía encendida una lámpara.
Elettra estaba allí, sola, corrigiendo cuadernos viejos porque necesitaba tener las manos ocupadas en algo que no se pareciera al pensamiento.
No había llorado.
Le resultaba casi ofensiva la idea de llorar por una mujer como Elizaveta o por una escena que no había visto y, precisamente por eso, no podía dejar de imaginar en todas sus formas posibles. Lo que había hecho en vez de eso era peor para su paz: pensar.
Pensar con una minuciosidad tan cruel que cada detalle terminaba volviéndose una imagen.
Brand en una habitación cerrada. Brand cediendo. Brand volviendo a ella por voluntad propia. La posibilidad de que el cuerpo de otra mujer hubiera retenido algo suyo más allá del deseo.
La pluma se le detuvo sobre una palabra mal escrita por un niño.
No pudo seguir.
Se levantó, fue hasta la ventana, abrió apenas un resquicio y dejó que el aire frío le golpeara la cara.
El patio era una mancha oscura con reflejos de agua.
La cuerda de tender se movía apenas. La noche estaba entera, inmóvil.
Pero dentro de ella todo seguía con la respiración alterada, como si hubiera corrido mucho y el cuerpo se negara todavía a entender por qué.
Entonces oyó pasos en el corredor. No de monja, no de niño.
El modo en que el silencio se iba acomodando delante de esos pasos le bastó.
Brand apareció en el umbral. Traía el abrigo aún húmedo, el cabello más oscuro por la lluvia y una expresión que no le había visto nunca.
No severidad. No ira. Algo más crudo. La cara de un hombre que ha mirado de frente una posibilidad lo bastante monstruosa como para haber envejecido un poco entre una tarde y la noche.
Elettra no dijo “¿y bien?”. Tampoco sonrió ni se ablandó. Se limitó a cerrar la ventana y a mirarlo con el pulso quieto de una mujer que ya sabe que la siguiente frase le va a cambiar algo.
Brand cerró la puerta detrás de sí. La lámpara dejaba el cuarto en una media luz áspera, suficiente para ver la tensión en su cuello, la sombra bajo los ojos, la línea demasiado dura de la boca.
—Mañana a las once la verá un médico —dijo.
Elettra no se movió.
—¿Y?
Brand respiró una vez. Hondo. Luego dijo:
—Si miente, la voy a perder de una manera distinta. Si dice la verdad… no sé todavía qué parte de mí va a sobrevivir entera a eso.
La frase le abrió a Elettra una región de compasión que no quería, y precisamente por eso la sintió más peligrosa que el rencor.
—No quería compadecerte —murmuró.
Brand avanzó un paso para que la distancia dejara de ser refugio.
—No quiero eso de ti.
—¿Entonces qué quieres?
Él la miró, de frente, sin defensa.
—Que mañana, antes de que cualquier respuesta me quite algo, me mires sabiendo que esta noche no he venido aquí a pedir perdón.
Elettra sintió que el corazón se le desacomodaba.
—¿Entonces a qué has venido?
Brand dio el último paso. La luz de la lámpara les dejó las caras a una distancia demasiado humana.
—Me aseguro de que lo último que vea hoy no sea ella.
La frase cayó entre ambos con un peso tan íntimo que el aula pareció encogerse. Elettra sintió el impacto en todo el cuerpo. Porque no había dulzura en él. Había hambre, miedo, cansancio, decisión y una oscuridad casi hermosa por lo mucho que estaba dejándose ver.
—Brand… —empezó.
Él no la dejó terminar, no con una interrupción brusca, con una mano.
Le rozó apenas la muñeca primero, como si todavía fuera posible preguntar incluso en esa intensidad.
Elettra podría haberse apartado. No lo hizo.
Entonces él la sostuvo y la acercó un grado apenas, lo justo para que la respiración del uno cambiara la del otro.
—Si mañana todo se vuelve peor —dijo muy bajo—, necesito haber tocado algo que no huela a mentira.
Y entonces la besó. No como en la capilla.
No con aquella contención casi dolorosa.
La intensidad había subido con todo lo demás, y el beso también.
No fue brutal, pero sí entero. Más hondo, más consciente del borde, como si ambos supieran que estaban haciendo algo hermoso en un momento profundamente incorrecto y, precisamente por eso, no quisieran desperdiciar ni un solo segundo fingiendo pureza.
Elettra sintió la mano de Brand afirmarse en su cintura, la otra subirle a la nuca sin imponerse, solo sosteniéndola, y comprendió con un vértigo casi cruel que estaba respondiéndole con la misma hambre.
Lo apartó un segundo después, o se apartaron juntos, ya no habría sabido decirlo.
Quedaron demasiado cerca. Elettra tenía una mano apoyada sobre el pecho de él.
Sentía el latido, rápido, brutalmente vivo bajo la tela húmeda del abrigo.
Brand respiraba más alto. Los ojos, oscurecidos, le quedaron fijos en la boca como si todavía no hubiera terminado de aceptar que ella se la había concedido de verdad.
—Esto es peor que una locura —dijo Elettra en un susurro.
Brand no sonrió, solo la sostuvo.
—Lo sé.
Y fue entonces, justamente entonces, cuando alguien golpeó la puerta.
No una vez. Tres. Secas. Urgentes. Los dos se separaron con esa violencia silenciosa que no viene del rechazo, sino de la conciencia súbita de haber sido encontrados por el mundo en el peor momento posible.
Brand giró la cabeza. Elettra ya estaba recomponiéndose el vestido, la respiración, la espalda.
—¿Quién? —preguntó.
La voz de la hermana Cécile llegó desde el otro lado.
—Mademoiselle Rinaldi… ha llegado un coche de la casa Rostov.
Elettra miró a Brand. Él ya no parecía un hombre recién besado, parecía un hombre al borde de recibir un disparo.
—Dicen —continuó la monja, con la voz un poco más alta por la puerta— que mademoiselle Rostov se ha desmayado y que usted debe presentarse mañana con monsieur Charpentier a las once en la consulta del doctor Beaulieu.
La intensidad del cuarto cambió de forma en un solo segundo, ya no era deseo, ya no era solo verdad.
Elettra, todavía con la boca alterada por el beso y el pecho golpeándole bajo el vestido, comprendió que la mañana siguiente ya no iba a tratar solo de una posibilidad o de una mentira.
Iba a tratar de cuerpo, de prueba, de consecuencias y ahora ella estaba dentro de ello hasta el cuello.