20 La sangre nombrada
El doctor Beaulieu tenía manos de hombre prudente y ojos de hombre cansado.
No era un médico joven, ni uno de esos especialistas nuevos que entraban en consulta perfumados de ciencia reciente y orgullo.
Había pasado demasiadas décadas viendo nacer, sangrar, enfermar y mentir a los cuerpos como para entregarse ya al entusiasmo.
Su gabinete, en el segundo piso de una casa sobria de la rive droite, olía a alcohol, a cuero viejo, a papel clínico y a esa asepsia impotente que nunca consigue borrar del todo el rastro humano del miedo.
Las cortinas estaban recogidas a medias y la luz de la mañana, gris y sin misericordia, se derramaba sobre el diván de examen como si quisiera presenciar la escena entera.
Elizaveta estaba sentada en una silla de respaldo recto, más pálida que de costumbre.
No llevaba seda esta vez. Había elegido un vestido color marfil apagado, casi de enferma bien nacida, con el cuello discreto y las mangas cerradas hasta la muñeca; el cabello recogido atrás, sin joyas, sin rouge visible, sin nada que pareciera exceso.
Solo la palidez, la boca un poco más seca, la fragilidad exacta y perfectamente calculada de una mujer que sabe que el cuerpo, bien presentado, ya es argumento.
Brand estaba de pie junto a la ventana, no se había sentado desde que entró.
Tenía el abrigo aún puesto, los guantes en una mano y la otra cerrada detrás de la espalda con una tensión tan limpia que parecía una línea de acero sostenida por voluntad pura.
No miraba a Elizaveta. Miraba el gabinete, la mesa del médico, el brillo contenido del instrumental, los visillos donde la luz de París se aplastaba sin encanto y, sin embargo, la sentía.
Sentía la presencia de ella como se siente una fiebre antigua que vuelve justo cuando uno estaba empezando a creer que la sangre ya la había olvidado.
Delaila llegó unos minutos después de ellos.
Entró envuelta en gris oscuro, con el cabello perfectamente recogido y el rostro de las mujeres que ya han intuido demasiado antes de que nadie les explique nada.
Saludó al médico. Luego a Brand. Después a Elizaveta.
No preguntó por qué la habían llamado, no delante del doctor, pero sus ojos fueron del uno a la otra con una nitidez fría que dejaba claro que estaba contando silencios.
Alekséi apareció el último.
No venía alterado, eso habría sido más sencillo, venía con esa calma vertical de los hombres verdaderamente peligrosos, la calma de quien todavía no ha decidido si va a usar la violencia del apellido, la del dinero o la del cuerpo, y por eso mismo parece más compuesto que el resto.
El abrigo negro, el bastón solo como accesorio elegante, no por necesidad, los guantes de piel gris todavía puestos.
En cuanto vio a su hermana tan pálida bajo la luz clínica, algo se cerró en él.
No preguntó nada primero, la miró.
Elizaveta levantó apenas los ojos hacia él, y lo hizo con la exactitud con la que ciertas mujeres entregan el papel que quieren que un hombre represente: el del protector. El del hermano. El del juez.
—Alekséi —murmuró.
Él fue hasta ella de inmediato.
No se arrodilló a sus pies, claro, no era un hombre teatral, pero se inclinó lo suficiente para tocarle la muñeca, y en ese gesto había una ternura rápida, masculina, casi violenta de tan contenida.
—¿Qué pasó?
Elizaveta bajó la vista.
—No lo sé aún.
La respuesta, dicha así, suave, imprecisa, acabó de ponerle al cuarto la forma exacta de una amenaza.
El doctor Beaulieu carraspeó con discreción profesional.
—Si me permiten.
Nadie discutió, porque en los momentos verdaderamente graves incluso los ricos tienen que tolerar la vulgaridad democrática del procedimiento.
Beaulieu habló primero con Elizaveta en privado o lo más privado que pueden ser ciertas preguntas cuando el miedo ya ha entrado a la habitación y el apellido se queda respirando del otro lado del biombo.
Preguntó por fechas, retrasos, malestares y Elizaveta respondió con una voz tan baja que obligaba a escucharla con más atención.
Habló de mareos, de náusea al despertar, de un desmayo ligero esa mañana, de un retraso que, por supuesto, no había querido atribuir enseguida a nada.
Todo exacto, todo plausible, nada excesivo.
Era esa la verdadera astucia: no mentir como las actrices malas, que lo subrayan todo, sino como las grandes, que apenas insinúan y dejan que los hombres completen el resto con su propio pánico.
Beaulieu la examinó.
Delaila permaneció junto a la ventana, inmóvil. Alekséi no apartó la vista del biombo. Brand seguía de pie, como si sentarse lo obligara a participar de la escena de una manera más profunda de lo que estaba dispuesto a conceder.
Cuando el médico terminó, tardó unos segundos demasiado largos en volver a su escritorio.
Esos segundos fueron peores que cualquier diagnóstico.
Beaulieu se quitó las gafas, las limpió con un paño y habló con la cautela acostumbrada de los hombres honestos que saben cuánto daño hacen las frases cuando se dicen delante de familias importantes.
—Es temprano para afirmar nada con certeza absoluta.
Alekséi dio un paso.
—¿Y con incertidumbre?
El doctor alzó la vista hacia él.
—Con incertidumbre —dijo en un tono grave—, hay indicios compatibles con una gestación reciente.
El cuarto entero se contrajo.
Delaila cerró los dedos sobre el asa de su bolso, Brand no se movió ni un centímetro, Elizaveta bajó los ojos a su regazo, perfecta en la palidez y Alekséi, al oír la frase, se volvió otra cosa, no un hermano preocupado, un territorio ocupado por el instinto.
—¿Compatible? —repitió con voz peligrosamente baja.
Beaulieu asintió.
—Necesitaré unos días más para confirmar, pero no sería prudente ignorarlo, los sintomas de la dama son importantes.
No hubo más ciencia en la sala después de eso.
El médico siguió hablando —reposo, discreción, vigilancia, no precipitar conclusiones fuera de consulta—, pero las palabras ya no importaban.
No del todo. Lo verdaderamente importante había ocurrido en la percepción de Alekséi: su hermana, pálida bajo el biombo, y Brand de pie al otro lado del cuarto, entero, seco, con esa rigidez suya que podía parecer dignidad o culpa según quién mirara.
Delaila fue la primera en romper la petrificación.
—No hay certeza —dijo.
No le tembló la voz.
Alekséi volvió la cabeza hacia ella.
—Hay suficiente.
—No. —Ella dio un paso también, tan quieta y hermosa como cuando entraba a un salón—. Hay indicios. Y si vas a convertir un indicio en sentencia, al menos ten la decencia de no hacerlo delante de un médico.
Alekséi la miró largo. Amaba a su esposa.
Eso era visible incluso en la tensión de la mandíbula con que se obligó a no responderle como habría respondido a cualquier otro.
Pero el amor, pensó Delaila con un frío amargo y muy antiguo, no siempre vence al instinto.
Sobre todo cuando el instinto lleva sangre compartida.
Elizaveta levantó entonces la vista hacia su hermano.
Solo eso, sin llorar, sin exageración.
—No quiero escándalo —dijo.
La frase fue una obra de arte, porque le permitió parecer digna justo cuando más necesitaba parecer víctima.
Alekséi se volvió hacia Brand.
Y el aire del gabinete dejó de pertenecerle a la medicina.
—¿Es tuyo?
Delaila cerró los ojos un segundo. Beaulieu miró el escritorio.Elizaveta no respiró más hondo. Brand, por fin, se movió.
No dio un paso atrás, no buscó una silla, no intentó la salida cobarde de pedir privacidad. Se limitó a enfrentar la pregunta con la misma sequedad con que un hombre acepta un disparo si ya no puede esquivarlo sin volverse despreciable.
—Existe esa posibilidad.
La respuesta, brutalmente exacta, terminó de desatar lo que en Alekséi llevaba minutos alzándose.
No gritó y eso fue peor, porque la furia en ciertos hombres no necesita volumen para volverse física.
Dio dos pasos hacia Brand y se detuvo solo cuando Delaila se interpuso con una rapidez tan elegante que pareció parte de una danza maldita.
—Alekséi —dijo ella.
Él no apartó los ojos de Brand.
—Apártate.
—No.
La palabra le salió sin temblor, era su primo, su esposo estaba frente a ella con la sangre levantada y, sin embargo, Delaila no se movió.
Hubo en esa quietud una clase de amor más compleja que la obediencia: amar a un hombre y, aun así, negarse a dejar que se convierta en aquello que después no podría desamar.
Alekséi bajó por fin la vista hacia ella.
—Es mi hermana.
—Y él es mi primo.
—No hoy.
Delaila sintió el golpe como una mano en la garganta.
Elizaveta intervino justo entonces, con la oportunidad impecable de los depredadores finos.
—Alekséi, no.
No sonó sincera, sonó perfecta y fue eso lo que lo enardeció más.
—No me pidas calma ahora.
Elizaveta bajó la vista a sus manos.
—Solo te pido que entiendas por qué ha sido así.
Delaila volvió la cabeza muy despacio.
La frase le puso hielo en el cuerpo.
—¿Qué quieres decir?
Elizaveta tardó en responder, lo suficiente para parecer dubitativa, la justa para que todos creyeran en esa duda.
—Él ya no quería cumplir conmigo. Desde que ella apareció.
No dijo “Elettra”, no hacía falta.
El nombre estaba en el cuarto como una lámpara demasiado baja.
Brand sintió la furia subirle por fin entera, una furia limpia, no contra el embarazo supuesto, ni siquiera contra Alekséi. Contra esa vileza precisa de arrastrar a Elettra hasta allí, de usar su existencia como coartada sentimental para todo lo demás.
—No la nombres —dijo.
Alekséi giró hacia él con una violencia instantánea.
—¿No la nombre? —El control se le fisuró apenas—. ¿Te acuestas con mi hermana y luego tengo que cuidar también la delicadeza de la mujer que te distrae de tu responsabilidad?
Delaila lo tomó del antebrazo.
—Basta.