19 La posibilidad de la sangre
La casa Rostov, de noche, parecía menos un hogar que una decisión mal tomada por un hombre rico.
Las ventanas estaban encendidas, pero no con calor: con exhibición.
La piedra clara de la fachada devolvía la humedad de la lluvia como si la casa tuviera piel propia, una piel cara, cuidada, incapaz de pedir perdón por nada.
Los faroles del jardín dibujaban círculos dorados sobre la grava mojada.
Desde la calle, el hôtel parecía entero, sereno, perfectamente ajeno a la clase de frase que podía destruirle la noche a un hombre.
Brand bajó del coche sin esperar a que el criado abriera la portezuela, no se quitó los guantes, no alisó el abrigo, no ordenó el gesto.
Subió la escalinata con una velocidad tan contenida que resultaba peor que la prisa.
No era el andar de un hombre que viene a discutir.
Era el de un hombre que ya ha visto demasiado y ha decidido que, por una vez, no piensa dejarse retrasar por las formas.
El mayordomo abrió la puerta antes de que llamara, no parecía sorprendido de verlo, aquello, por sí solo, le tensó a Brand el cuerpo.
—Monsieur Charpentier —dijo el hombre, inclinando apenas la cabeza—. Mademoiselle Rostov lo espera en el salón de música.
Por supuesto. La casa entera parecía haber sido preparada para el momento, el vestíbulo olía a cera, jacintos y carbón caro.
Una lámpara altísima derramaba luz sobre el mármol como si el lujo pudiera todavía fingir inocencia.
Los criados se deslizaban en silencio por los corredores laterales.
Nadie preguntó si Brand quería anunciarse, nadie fingió que aquella visita era inesperada.
Siguió al mayordomo por el pasillo largo, dejando atrás espejos, consolas francesas, cuadros demasiado dorados y la impresión insoportable de estar entrando en una trampa que ya conocía demasiado bien.
El salón de música estaba al fondo.
No era grande. Era peor: íntimo. Demasiado recogido para la escala de la casa, una habitación donde la elegancia se había vuelto privada y, por eso mismo, más obscena.
Había un piano de cola negro junto a la ventana, dos lámparas bajas, una chimenea encendida y un diván de terciopelo color humo frente al fuego.
La lluvia golpeaba muy leve los cristales.
El calor del cuarto tenía algo de cuerpo ya respirado.
Elizaveta estaba de pie junto al piano.
No llevaba todavía ropa de noche. Había elegido una seda gris perla, casi líquida, que le caía hasta los pies con una sobriedad insultante.
No tenía joyas en el cuello. Solo un brazalete fino en la muñeca izquierda y el cabello recogido atrás de una manera que le despejaba la garganta entera, como si supiera exactamente cuál de sus vulnerabilidades debía exponer para parecer más fuerte.
No se volvió de inmediato al oírlo entrar.
Se limitó a apoyar una mano sobre la tapa cerrada del piano y dijo:
—Has tardado menos de lo que pensé.
Brand cerró la puerta detrás de sí.
El sonido fue pequeño y aun así pareció sellar el aire.
—Díselo a tu médico —dijo—. No a Elettra.
Elizaveta giró la cabeza entonces.
La sonrisa no le llegó enseguida a la boca. Eso la hizo todavía más peligrosa, por un segundo pareció solo una mujer mirándolo desde el otro lado de una habitación que ambos conocían demasiado bien. Luego la sonrisa apareció, suave, tardía, veneno bien servido.
—Veo que ya la has alcanzado.
Brand no avanzó más de lo necesario.
—¿Es verdad?
Elizaveta ladeó apenas la cabeza.
—Qué hombre tan directo cuando está asustado.
—No estoy asustado.
Ella soltó una exhalación casi feliz.
—No. Solo vienes a medianoche, sin anunciarte, con la cara de un juez que ha descubierto que el pecado sabe pronunciar su nombre.
Brand sintió subir la furia como un calor seco, limpio, insoportablemente controlado.
—¿Es verdad? —repitió.
Elizaveta se apartó del piano y caminó despacio hacia la chimenea, no huyendo del fuego, usándolo. La luz le dejó cobre en el borde de la mejilla y sombra bajo las pestañas.
—No he sangrado —dijo al fin.
La frase cayó en el cuarto con una desnudez brutal. Brand no se movió, no dijo nada, no porque no tuviera palabras, porque cualquier palabra dicha demasiado pronto se habría parecido al miedo.
Elizaveta lo miró de frente.
—No sé más que eso.
—¿Te ha visto un médico?
—Todavía no.
—Entonces no lo sabes.
—No. —La sonrisa volvió, casi blanca—. Pero tú sí sabes lo suficiente como para venir.
Aquello fue lo más insoportable, no el contenido, la intimidad del golpe.
Brand dio dos pasos hacia ella. La distancia entre ambos se redujo a algo más propio de una discusión que de una sala correcta.
Elizaveta no retrocedió, ni un centímetro, lo conocía demasiado para malgastar su dignidad en un gesto así.
—¿Por qué se lo dijiste a ella? —preguntó.
—Porque me interesaba ver si todavía eras capaz de correr primero hacia una mujer distinta a mí.
La respuesta le arrancó el aire por un segundo.
—No todo en el mundo existe para servirte.
Elizaveta sonrió con una tristeza falsa que en otra mujer habría podido parecer fragilidad.
—No. Pero tú sí solías hacerlo bastante bien.
Brand tuvo que cerrar la mano dentro del guante para no tocarla de una manera que no fuera entera violencia o entera memoria. Ambas le resultaban intolerables.
—No vuelvas a mencionarla.
—¿A cuál? —preguntó ella con la peor dulzura imaginable—. ¿A la maestra o a la posibilidad de un hijo?
El golpe fue perfecto.
Brand la miró como si quisiera atravesar no el salón, sino la piel misma de la mentira y sacar de allí la verdad con las manos.
—Mañana verás a un médico.
Elizaveta parpadeó muy despacio.
—Qué encantador. Ya te sale la autoridad de padre.
—No juegues conmigo.
Ella dio un paso más cerca, ahora sí olía a ella, no perfume solamente. A esa mezcla de piel, seda y calor de chimenea que la memoria guarda donde más daño hace.
—Tú jugaste primero —dijo—. Tú viniste a mi cama cuando ya empezabas a pensar en otra. No me hables de juegos como si no los hubieras inventado conmigo.
La imagen regresó.
La habitación cerrada, la seda gris en el suelo, la boca de Elizaveta en su cuello no como una entrega, sino como una posesión recuperada.
La rapidez brutal con que él había ido hacia ella, no por amor, no por ternura, sino por la miseria entera de una noche en que necesitó apagar algo y eligió lo peor para hacerlo.
El asco le subió por dentro como una oleada vieja.
—Me arrepiento de esa noche —dijo.
La frase no la hirió de inmediato, primero la dejó inmóvil, después le endureció muy levemente la comisura de la boca.
—No. —Bajó la voz—. Te arrepientes de haberla necesitado.
Brand sostuvo la mirada, porque, como todas las frases verdaderamente crueles, aquella tenía debajo una veta de verdad.
Elizaveta alzó la barbilla.
—Y eso es precisamente lo que no soportas de la italiana, ¿verdad? Que contigo no se trata de necesidad. Se trata de elección. Qué vulgar se vuelve el amor cuando exige algo tan serio.
Brand dio otro paso. Ya no había casi espacio entre ambos. La luz de la chimenea volvía más visible la tensión en su mandíbula, el pulso en el cuello de ella, la línea exacta de la respiración que subía y bajaba entre ambos como una cuerda ardiendo.
—No vuelvas a tocarla.
Elizaveta dejó escapar una risa brevísima.
—Ya la toqué.
Fue entonces cuando Brand la agarró del antebrazo.
No con violencia brutal, con algo peor, con la fuerza exacta de un hombre que ya no está dispuesto a seguir tolerando ciertas formas de poder sin marcar un límite físico. Elizaveta lo sintió y no apartó el brazo, su respiración cambió, eso fue todo.
—Suéltame —dijo.
No lo dijo con miedo, lo dijo con una intensidad más peligrosa.
Brand soltó apenas un poco. No del todo. Su mano seguía ahí, firme sobre la seda, sintiendo a través de la tela la columna de hueso, el calor de la piel, la memoria entera de lo que aquel cuerpo todavía podía despertar sin permiso.
—Mañana —dijo con voz áspera— vas a decirle a un médico la verdad. Y me la vas a decir a mí sin una sola palabra más de veneno.
Elizaveta alzó los ojos hacia él.
Estaba hermosa de una manera enfermiza y furiosa.
—¿Y si es verdad? —susurró.
El cuarto se quedó sin aire, la mano de Brand no aflojó.
—Entonces me haré cargo de lo que exista.
Elizaveta no sonrió, no en seguida, primero lo observó, muy quieta, como si estuviera recalculando la arquitectura entera de la guerra. Luego la sonrisa volvió, más pequeña y peligrosa.
—Pero no de mí.
Brand la soltó. El gesto fue rápido, seco, como quien advierte de pronto que sigue tocando un objeto que quema.
—No.
La respuesta le salió limpia. Brutalmente limpia y eso, esta vez sí, la hirió.
No por despecho romántico, porque acababa de perder la última ilusión útil: la de que, ocurriera lo que ocurriera, Brand seguiría regresando al centro de su gravedad.
Elizaveta dio un paso atrás, después otro, hasta apoyarse en el borde del piano.
—Mira qué noble te vuelves cuando ya es tarde.
—No es nobleza.
—¿Entonces qué es?
Brand la miró largo. Y, por primera vez desde que había entrado, la respuesta le salió sin nada de ella pegado todavía en la voz.
—Cansancio.
El silencio que siguió no fue bello, fue exacto.
Elizaveta bajó la vista un segundo al brazo donde él la había sujetado, la seda seguía lisa, la piel debajo, no. Allí le latía una marca que no se veía todavía pero ya existía. Cuando volvió a mirarlo, algo se había endurecido definitivamente en ella.
—No iré sola al médico —dijo.
Brand no respondió.
—Vendrás conmigo.
Lo pensó solo una fracción, no porque dudara, porque ya estaba decidiendo qué más iba a costarle obedecer.
—Sí.
Elizaveta asintió una vez.
—A las once.
Se volvió hacia la mesa baja junto al diván y tomó un sobre sellado que Brand no había visto al entrar.
Se lo tendió, él no lo tomó.
—¿Qué es?
La sonrisa de Elizaveta fue casi tierna.
—La segunda parte.
El estómago de Brand se tensó. Agarró el sobre. Dentro había una sola tarjeta. Blanca. Gruesa. La letra de Elizaveta, otra vez.
No me gusta perder sola.