El vals de las apariencias 18 La posibilidad del veneno #2
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18 La posibilidad del veneno #2

La honestidad de la frase le dolió a Brand con la misma violencia de una bofetada, porque era justa, se quedó quieto.

La lluvia seguía golpeando el cristal. Más allá, el patio de Saint-Michel era apenas una sombra mojada entre los muros.

La capilla parecía hecha para contener ese tipo de dolor: uno que no llora aún porque todavía está tratando de no volverse humillación.

Elettra volvió el rostro un poco para que Brand le viera el perfil tenso.

—¿Irás a verla?

—Sí.

—¿Hoy?

—Ahora mismo.

La respuesta la hizo girar del todo.

Había ira en sus ojos, pero también otra cosa: miedo, quizá. No por ella, por el terreno entero que pisaban.

—No quiero que ella siga decidiendo el ritmo de esto.

—No lo va a decidir.

—Ya lo está haciendo.

Brand se puso de pie, no rápido, con una resolución más seria.

—No después de esta noche.

La frase fue tan firme que Elettra lo miró un segundo más de lo necesario. Había en él una oscuridad distinta, no la del deseo por Elizaveta, ni la de la culpa. Era otra. La de un hombre al que por fin le han dado una razón concreta para dejar de tolerar algo en sí mismo.

—¿Y si es verdad? —preguntó ella.

Ahí estaba, la pregunta central, la que había llenado el cuarto sin nombrarse del todo. Brand sostuvo la mirada, le dolió responder, precisamente por eso lo hizo sin adorno.

—Si es verdad, me haré cargo de lo que exista, pero no volveré.

La frase partió algo dentro de Elettra, porque era honrada y, al mismo tiempo, insoportable; no había romanticismo en ella, no le prometía a ella la victoria sobre el mundo.

Le prometía algo más duro: que incluso si el pasado reclamaba una forma concreta, Brand no pensaba entregarle su voluntad. Era una respuesta adulta, grave y por eso mismo dejaba a Elettra sin la comodidad de odiarlo por completo.

—Eso no me consuela —dijo.

—No lo dije para consolarte.

Elettra soltó una exhalación breve, casi una risa rota.

—Qué hombre más espantoso.

—Lo sé.

La brutalidad del acuerdo dejó un hueco extraño entre ambos, no de paz, de algo más tenso, más vivo. Brand dio un paso, solo uno, no hacia ella exactamente, hacia el centro de la capilla, como si quisiera salir de su propia sombra y no supiera todavía cómo.

—No voy a dejar que te toque con mentiras sin que yo esté delante.

La frase cayó con un peso nuevo.

Elettra lo miró.

Había algo casi violento en la idea, no por posesión, por la intensidad del lugar desde el que la decía.

Como si aquello hubiera dejado de ser un asunto de reputación, de culpa o de antigua cama maldita, y se hubiera vuelto de pronto algo más crudo: una guerra por quién tenía derecho a deformar la verdad en torno a ellos.

—No soy algo tuyo para defender —dijo.

Brand no apartó los ojos.

—No.

—Entonces no hables como si…

Se interrumpió, porque él ya estaba frente a ella.

No la había tocado, no aún, solo había acortado el espacio con esa gravedad suya que no pide permiso para existir, pero sí, a veces, para tocar. La capilla se hizo demasiado pequeña. El olor a cera, a piedra húmeda, a lluvia, todo quedó desplazado por la cercanía.

—No hablo de posesión —dijo él, más bajo que nunca—. Hablo de no permitirle seguir ensuciando lo que está pasando entre nosotros.

La frase le atravesó a Elettra el cuerpo entero, porque ya no hablaba de incertidumbre, ni de posibilidad. Hablaba de nosotros como si, pese a todo, el pronombre siguiera teniendo derecho a existir.

Sintió una respuesta instantánea y profundamente impropia en el centro del pecho, algo que no era alivio, era hambre. Hambre de que aquello no se perdiera bajo la sombra de otra mujer.

—No lo digas así si después vas a dejarme sola con ello —murmuró.

Brand alzó lentamente la mano. La llevó a la altura de la mejilla de Elettra, no la tocó, le dio, otra vez, el espacio exacto para apartarse.

Elettra no se apartó.

Entonces él le rozó apenas el borde del rostro con los dedos enguantados. La caricia fue casi inexistente. Más escandalosa por eso.

—No te estoy dejando sola —dijo.

El mundo entero pareció tensarse alrededor de ese contacto mínimo.

Elettra cerró los ojos un segundo. El cuerpo, traidor, le respondió antes que el juicio.

El calor le subió bajo la piel con una violencia limpia y en ese mismo instante, al sentirlo, comprendió cuán honda se estaba volviendo la caída, porque no estaba cediendo a la versión limpia del amor.

Estaba cediendo a un hombre que acababa de confesarle una posibilidad monstruosa y, aun así, al tocarle la cara en una capilla húmeda, conseguía que el corazón le golpeara con más fuerza en vez de huir.

Abrió los ojos.

Brand seguía ahí, esperando.

No supo quién se inclinó primero, tal vez ninguno o tal vez ambos, pero la distancia se quebró.

No fue un beso largo, no fue un arrebato, fue algo peor para la razón: un contacto contenido, breve, profundamente consciente.

La boca de Brand rozó la suya con una tensión contenida que parecía más un juramento peligroso que una conquista.

Elettra sintió el golpe entero de la cercanía, del control, de la promesa oscura de todo lo que no estaban haciendo y, precisamente por eso, de todo lo que podía volverse aún más devastador.

Se apartaron lo suficiente para seguir respirando el mismo aire. Elettra apoyó una mano en el pecho de Brand, no para empujarlo, sino para mantener una distancia mínima que ya no sabía si protegía o condenaba.

—Esto es una locura —susurró.

La voz le tembló al borde. Apenas. Brand tenía la respiración más alta. Los ojos violetas, oscurecidos por la capilla y la tarde, parecían mirar desde un sitio más hondo.

—Sí.

No intentó negarlo, eso lo hizo todavía peor.

Elettra retiró la mano despacio.

—Ve a verla.

La frase le dolió a Brand. Pero no retrocedió de ella.

—Voy.

—Y cuando vuelvas… —respiró una vez, hondo— más te vale que ya no haya otra carta, otra media verdad o otra mujer hablando por ti.

Brand asintió.

No dijo “te lo prometo”.

Ya no estaba en un punto donde las promesas sirvieran más que los hechos, se volvió hacia la puerta, la mano le quedó un segundo sobre el pomo de hierro oscuro, luego miró atrás, hacia ella.

Elettra seguía junto a la ventana, con la espalda recta, la boca apenas alterada por ese beso mínimo y la mirada más fría de lo que se sentía.

No parecía una mujer rendida, parecía una mujer al borde de una guerra íntima que no le concedería a nadie el placer de verla desordenarse.

Brand salió. La lluvia le dio de lleno en el rostro apenas cruzó el patio, no lo frenó.

El coche lo esperaba aún junto a la reja lateral, y mientras subía comprendió algo con una nitidez feroz: si Elizaveta estaba mintiendo, iba a terminar esa mentira esa misma noche.

Y si no mentía, entonces el pasado acababa de adquirir una forma lo bastante concreta como para reclamarle sangre, apellido y futuro.

Ninguna de las dos opciones le permitía volver intacto.

La ciudad se abrió ante él, gris, brillante, despiadadamente elegante y, mientras el coche tomaba rumbo hacia la casa Rostov, Brand metió la mano en el bolsillo interior del abrigo, sacó la nota una vez más y la leyó bajo la luz incierta de la tarde.

«No he sangrado este mes.»

Cuando volvió a doblarla, ya sabía que el próximo capítulo de su vida no iba a tratar sobre deseo, ni sobre orgullo, ni siquiera sobre culpa. Iba a tratar sobre consecuencias. Y ciertas consecuencias, una vez pronunciadas, no vuelven a dormir.