18 La posibilidad del veneno
Durante un segundo, Brand no sintió nada.
No alivio, no rabia, no siquiera miedo. Solo esa extraña blancura interior que a veces le cae a un hombre encima cuando la realidad le ofrece una posibilidad demasiado monstruosa para ser procesada de inmediato.
La nota siguió abierta entre sus dedos. La tinta, hermosa y nítida, parecía aún más obscena por su belleza.
Afuera, París seguía lloviendo con una elegancia miserable.
Dentro del portal, Nick había dejado de fingir por completo.
—No sé si es verdad —repitió, más bajo—. Pero sabe cómo escribir para que parezca una sentencia.
Brand levantó por fin los ojos.
La furia no llegó como llega en otros hombres, de golpe, levantando la voz y buscando el puño.
En él llegó peor, se le quedó quieta en la cara, endureciéndole el cuello, apagándole cualquier rastro de expresión hasta dejarle solo la mirada, más fría que el cristal de los escaparates detrás de ellos.
Nick la reconoció y por primera vez en mucho tiempo, no sonrió.
—No me mires así —murmuró—. Ya sé lo que hice.
Brand dobló la nota con una precisión tan absoluta que el papel crujió como un hueso pequeño.
—No. —La voz le salió seca, demasiado baja—. Aún no.
Nick tragó saliva. Aquello sí le dolió. Porque había, en la frase, una diferencia que no podía ignorar: todavía no sabía hasta dónde llegaba el daño, y precisamente por eso el reproche no podía terminar de formularse.
Quedaba suspendido, a la espera, como un cuchillo guardado antes de decidir si iba a usarse para abrir una carta o para hundirse de verdad en la carne.
—¿Vas a verla? —preguntó Nick.
Brand guardó la nota en el bolsillo interior del abrigo.
—Voy a decirle a Elettra.
El golpe fue inmediato, Nick dio un paso adelante.
—No.
Brand lo miró como si acabara de sugerir una obscenidad.
—¿No?
—No así. No con un papel de ella en la mano. No con la posibilidad de que esté mintiendo.
La respuesta habría sonado noble si no viniera de Nick, justamente por eso resultó más triste. Brand entornó los ojos.
—¿Y ahora te preocupa cómo hiere?
Nick abrió la boca y volvió a cerrarla.
El cansancio, la culpa, la fascinación todavía viva por Elizaveta, todo se le mezcló en la cara de una manera fea y enteramente humana.
—Me preocupa —dijo— que esta vez me parezca demasiado a mí.
La sinceridad le dio a la frase una fragilidad que Brand no esperaba. No lo ablandó, pero le quitó un grado a la violencia pura. Elizaveta ya había conseguido eso también: convertir a Nick en un hombre que empezaba a reconocerse en sus peores instrumentos.
—No puedo dejar que esto le llegue por otra puerta —dijo Brand.
Nick bajó la vista al adoquín húmedo.
—Lo sé.
El silencio entre hermanos se volvió entonces una cosa antigua y pesada. No el silencio del enfado fácil, sino ese otro, más profundo, donde de pronto se siente el peso completo de haber nacido bajo el mismo techo y aun así ser capaces de romperse con una precisión que nadie más podría lograr.
Brand miró la calle una vez. El cielo seguía gris, la tarde acercándose ya al borde del anochecer.
Elettra debía de ir de vuelta a Saint-Michel o quizá a la pequeña casa que ocupaba cerca del orfanato.
Pensarla recibiendo de otro la peor parte de todo aquello le resultó, de pronto, intolerable.
No ya como orgullo. Como deber íntimo. Más íntimo que cualquiera de los heredados.
—Vuelve a la mansión —dijo.
Nick no se movió.
—Brand—
—Vuelve. —Ahora sí lo miró de frente—. Y no le respondas a Elizaveta nada más hasta que yo sepa qué diablos está haciendo.
Nick dio un paso atrás, no obedecía a su padre así, a Brand, a veces, sí. No por autoridad, por gravedad.
—Si está mintiendo… —empezó.
Brand lo cortó.
—Si está mintiendo, se acabó.
La frase cayó con tal dureza que incluso la lluvia pareció hacer menos ruido un segundo.
Nick entendió, no del todo con la cabeza, quizá, pero sí con el cuerpo.
Entendió que su hermano ya no estaba ante una simple recaída de orgullo, ni ante uno de esos juegos sucios que las familias ricas toleran mientras puedan seguir cenando bien vestidas.
Esto entraba en otra categoría, en la de lo irrevocable.
Nick asintió.
—Bien.
Y se fue.
Brand lo vio desaparecer calle abajo sin sentir la menor victoria. Solo una incomodidad más vieja que el odio: la de saber que aun cuando un hermano se equivoca, sigue pareciéndose demasiado a uno mismo como para dejar de doler.
Después cruzó la calle. No para seguir a Elettra ciegamente, para encontrarla antes de que la noche decidiera otra cosa por él.
La encontró en la capilla pequeña detrás de Saint-Michel.
No era la capilla principal, la que usaban los niños los domingos y donde la hermana Cécile convertía el incienso en una forma pasiva de vigilancia moral.
Era otra, más recogida, una sala antigua adosada al ala sur, con un altar menor, dos hileras de bancos desgastados y una lámpara votiva que encendía el aire con un resplandor naranja, casi de herida.
Elettra iba allí algunas tardes no a rezar —Brand sospechaba que su relación con Dios era menos obediente que la de las monjas—, sino a quedarse quieta cuando el mundo exigía demasiadas decisiones.
La puerta estaba entornada.
Brand la empujó lo justo para entrar sin estrépito.
Dentro olía a cera, madera vieja y humedad fría.
Afuera seguía lloviendo, la luz se filtraba por los vitrales pequeños en fragmentos borrosos de azul y ámbar sobre el suelo de piedra.
Elettra estaba sentada en el último banco, no de rodillas ni con la cabeza inclinada, simplemente quieta, con los guantes puestos y el sombrero aún colocado, como si no hubiese venido a desarmarse sino a pensar con más espacio alrededor.
Al oír la puerta no se volvió enseguida.
—Tardaste —dijo.
Brand se detuvo a dos pasos del banco. No se sorprendió de que supiera que era él, empezaba a ocurrirles eso con una frecuencia alarmante: reconocerse por la respiración, por la pausa, por el modo en que el aire cambia en torno al otro.
—Tenía que hablar con Nick.
Elettra giró por fin la cabeza, no parecía más tranquila que en el salón de té, parecía más clara, más peligrosa por eso. Llevaba el dolor bajo la piel, sí, pero ya filtrado por la inteligencia y Brand supo, al verla, que no tenía margen para cobardías.
Se sentó en el banco de delante, dándole la espalda al altar y quedando frente a ella, no tan cerca como para invadirla, lo bastante cerca como para que la conversación no pudiera fingirse impersonal.
—Elizaveta hizo que Nick le dijera cosas —dijo.
Elettra no respondió. Esperó.
—Le contó que tú… —Brand corrigió sin retórica—, que me importabas. Le dijo lo suficiente para hacerle creer que seguía siendo distinto para ella y luego lo usó para medir lo que ya había empezado a pasar entre nosotros.
La boca de Elettra no cambió de forma, pero la mano derecha, apoyada sobre el banco, se cerró un poco más.
—Eso ya lo supuse.
—Lo sé.
—No es lo importante.
—No. —Brand respiró hondo—. Lo importante es la nota.
La palabra quedó flotando en el aire pequeño de la capilla.
Elettra bajó la mirada un segundo a sus propios guantes, luego la alzó otra vez con una firmeza que le pareció a Brand casi cruel.
—Entonces dilo completo.
Él sostuvo la vista. No supo si lo más difícil era pronunciarlo o mirar cómo ella lo recibía.
—Dice que no ha sangrado este mes.
La lámpara votiva hizo un pequeño crujido, nada más en el cuarto se movió. Elettra no parpadeó, no preguntó de inmediato, quizá porque la mente, ante ciertas frases, necesita un segundo de violencia muda antes de poder elegir una pregunta digna.
—¿Y tú le crees? —dijo al fin.
Brand dejó escapar aire muy despacio.
—No sé si le creo. —La voz se le volvió más grave—. Sé que es capaz de mentir con tal de herir, pero también sé que es capaz de usar una verdad del peor modo posible y no voy a tratarte como si cualquiera de las dos opciones fuera pequeña.
El corazón de Elettra golpeó una vez demasiado fuerte.
No por la posibilidad biológica, siquiera.
Por todo lo que arrastraba detrás, porque un embarazo, aun falso, volvía el pasado de Brand con Elizaveta no solo sucio o humillante, sino peligrosamente vigente.
Corporalmente vigente. Capaz de entrar en el futuro y sentarse en la mesa de cualquier decisión.
—¿Quieres decirme que existe la posibilidad de que estés atado a ella de esa forma? —preguntó.
No tembló al hablar, eso fue lo único que la enorgulleció.
Brand soportó la frase como se soporta un golpe recibido de pie.
—Existe la posibilidad de que ella quiera que lo parezca y existe la posibilidad de que tenga algo para intentar sostenerlo. Hasta que lo sepa, no voy a mentirte.
La capilla guardó el silencio.
Un silencio más denso que el de cualquier salón. Allí no había espejos, ni servicio, ni porcelana. Solo verdad, piedra y dos personas descubriendo que ciertas palabras se vuelven más terribles cuando se pronuncian delante de un altar, aunque nadie esté rezando.
Elettra se puso de pie, no con brusquedad, con necesidad.
Dio dos pasos hacia la ventana estrecha del costado, como si necesitara ver el agua caer para no perder del todo el equilibrio interior.
Apoyó una mano en el muro y cerró los ojos un segundo.
La imagen vino igual: Elizaveta diciendo una sola noche basta, el recuerdo no visto pero ya demasiado imaginable, la posibilidad —aunque fuera una mentira— de que Brand hubiera dejado dentro de otra mujer algo capaz de reclamarlo para siempre.
La náusea no fue romántica. Fue limpia, fría. Brand la observó levantarse y por un momento estuvo a punto de acercarse. No lo hizo. Ya había aprendido lo suficiente como para saber que tocarla ahora sin permiso habría sido otra forma, más sutil, de cobardía.
—Elettra.
Ella abrió los ojos, no se volvió.
—No.
La palabra fue baja, pero entera.
—No me hables como si esto se arreglara con tono correcto, no me toques, no me pidas que respire. —Su mano se cerró sobre la piedra—. Déjame odiar la imagen un minuto.