17 La parte que todavía arde
La tarde parecía hecha de hierro mojado.
París, vista desde la salida del salón de té, no tenía en ese momento nada de ciudad romántica.
Era una sucesión de carruajes oscuros, paraguas inclinados y piedra brillante, una belleza hostil que se complacía en parecer elegante justo cuando la respiración empezaba a doler.
El viento arrastraba humedad desde el río y la enredaba en los bajos de los abrigos, en las pestañas, en la garganta.
Elettra seguía con la tarjeta apretada dentro del guante.
Brand estaba frente a ella, al otro lado de la acera, con el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y el cuerpo entero tenso en una inmovilidad demasiado limpia para ser calma.
No había intentado entrar al salón. No había interrumpido el encuentro.
Había esperado afuera, bajo el cielo gris, como si supiera que ciertas verdades debían ser pronunciadas por completo antes de que otra persona pudiera recoger sus pedazos.
—Ahora sí vas a decirme todo —repitió Elettra.
La voz no le tembló, eso, más que cualquier otra cosa, la sostuvo.
Brand dio un paso hacia la calle. Un coche pasó entre ambos, levantando un pequeño abanico de agua oscura. Cuando el ruido se disipó, él ya estaba a su lado.
—No aquí.
—Aquí mismo —dijo ella.
—No pienso darte esto en mitad de la avenida para que París lo huela antes que tú.
La frase, tan severamente suya, le habría parecido arrogante en otro momento.
No en ese. Había algo en el rostro de Brand que no era orgullo, ni siquiera defensa.
Era otra cosa. Una clase de decisión sombría, como la de un hombre que ya ha entendido que la verdad, si tarda demasiado, se vuelve una forma más ruin de la mentira.
Elettra vaciló apenas.
Él levantó una mano. No para tocarla. Para señalar el arco de piedra del edificio contiguo, un portal profundo, resguardado de la lluvia y casi vacío a esa hora. No un lugar íntimo. Un lugar lo bastante resguardado como para hablar sin que la ciudad entera pudiera beberse cada palabra.
Fueron allí.
El techo bajo del arco recogía el golpeteo de la lluvia sobre la calle y devolvía un eco más sordo, más cerrado.
Olía a humedad, yeso frío y cuero mojado.
A pocos pasos de ellos, un florista recogía con desgana los cubos vacíos de camelias y tulipanes marchitos.
Más allá, el mundo seguía moviéndose. Pero bajo el portal el tiempo pareció quedarse a una altura distinta.
Elettra se volvió hacia él de inmediato.
—Habla.
Brand no se quitó los guantes. No se apoyó en la pared.
Permaneció de pie, de frente, sin otro refugio que su propia rigidez.
El agua le había dejado una línea oscura en la sien y otra en el borde del cuello.
Parecía más duro así, más hermoso también, y Elettra se odió un poco por registrar ambas cosas incluso en ese momento.
—Sí —dijo él—. Me acosté con ella.
El aire entre ambos no se rompió. Se volvió más nítido.
Elettra no apartó la vista, había esperado la confirmación, no el alivio brutal de oírla sin rodeos.
—¿Cuándo?
Brand bajó apenas los ojos un segundo, no para esconderse, sino para ponerle forma exacta a lo que iba a decir.
—Después de la gala. Antes de que tú y yo… —se interrumpió— antes de que tú empezaras a importarme de una manera que ya no podía fingir pasajera.
La precisión de la frase le hizo más daño que una vulgaridad. Porque no la protegía. Porque la implicaba.
—No me utilices para medir tu culpa —dijo Elettra.
—No lo hago.
—Entonces no me hables de mí cuando te pregunto por ella.
Brand alzó la vista otra vez. Los ojos violetas, bajo aquella luz de lluvia, parecían más oscuros que nunca.
—Fue una vez.
Elettra lo sostuvo con una atención que no concedía misericordia.
—¿Una vez?
—Sí.
—¿La buscaste tú?
Hubo una pausa brevísima.
Demasiado breve para mentir, demasiado larga para absolverse.
—Sí.
La palabra entró en ella con la violencia limpia de lo que no admite maquillaje.
Elettra sintió el impulso de volver la cara, de mirar la lluvia, de buscar en cualquier otro sitio una superficie que no fuera ese hombre reconociendo, con una honestidad tardía y exacta, haber ido por voluntad propia hacia otra mujer.
No lo hizo. Había algo en ella que le impedía regalarle la huida.
—¿Por qué?
Brand abrió la boca. La cerró. Y el gesto fue tan humano, tan poco adornado, que por un segundo Elettra comprendió que iba a oír algo peor que una excusa.
—Porque me conocía mal esa noche —dijo al fin—. Y porque la parte de mí que todavía iba hacia ella era una parte vieja, fea y fácil. No quiero que lo conviertas en algo más noble de lo que fue.
Elettra notó cómo la frase le descendía al pecho, lenta, pesada.
—¿Deseo?
Brand respiró hondo. El eco de la lluvia les hizo un mundo aparte.
—Costumbre. Rabia. Debilidad. —La voz se le volvió más baja—. Una forma miserable de callarme.
La sinceridad le llegó a Elettra peor que cualquier poesía.
Porque no había en ella ninguna belleza para aferrarse. Solo degradación admitida.
—Eso no lo mejora.
—Lo sé.
—Lo empeora.
—Lo sé.
El florista terminó de recoger sus cubos y se fue. Ahora el portal estaba completamente solo, salvo por el ruido del agua y la respiración de ambos. Elettra apretó más los dedos dentro del guante hasta notar el borde de la tarjeta clavándosele en la palma.
—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué queda de ella en ti ahora?
Brand no respondió de inmediato.
La pregunta se quedó entre ellos como una hoja fina y, al verla ahí, Elettra comprendió que esa era la parte verdaderamente terrible.
No el pasado, el presente de ese pasado, la persistencia, la huella, lo que seguía respirando.
Brand dio un paso hacia el interior del arco, alejándose apenas de la calle, no de ella, del ruido.
—Queda cuerpo —dijo con una brutalidad que la hizo contener la respiración—. No amor. No deseo como lo quieres nombrar. Queda la memoria física de una herida que ya se aprendió sola y la detesto precisamente por eso.
La frase abrió en Elettra una visión tan íntima y tan desagradable que por un segundo deseó que Elizaveta hubiera mentido. Habría sido más fácil odiarla a ella que convivir con esto: la idea de que el cuerpo de Brand todavía guardaba un eco que no obedecía a su voluntad.
—Entonces ella tiene razón —murmuró.
Brand endureció la boca.
—No.
—Dice que una sola noche basta.
Él dio un paso más, y la cercanía dejó de parecer accidental.
—No para decidirme.
La frase llegó tan directa que Elettra sintió un calor absurdo subiéndole a la garganta.
—Pero sí para alcanzarte —dijo.
Brand no desvió la mirada.
—Sí.
Y aquello fue, quizá, lo más íntimo que le había oído nunca, no porque hablara de deseo, porque hablaba de debilidad sin esconderse detrás del orgullo.
Elettra bajó por fin la vista, no mucho, lo suficiente para impedir que la suya mostrara todo lo que estaba empezando a moverle aquello.
No lo disculpaba, no borraba a Elizaveta, no limpiaba la escena que ya podía imaginar demasiado bien, pero había algo devastador en un hombre como Brand quedándose de pie, bajo una tarde de lluvia, admitiendo no solo el hecho, sino la parte más sórdida de sí mismo sin convertirla en leyenda.
—No sé qué hacer con esta verdad —dijo.
Brand la observó y ahí estaba, otra vez, ese modo suyo de quedarse quieto cuando lo más fácil habría sido ofrecer una salida elegante.
—No te pido que hagas nada ahora.
—Deja de decir eso. —Alzó los ojos hacia él, por fin molesta—. Claro que me lo pides, me pides tiempo, me pides que no me retire, que no te mida con la misma dureza con la que tú mismo te mides. Solo que lo llamas de otra forma para no sentir que estás suplicando.
La frase le pegó con una precisión casi cruel.
Brand bajó un segundo la cabeza, no derrotado, reconociendo.
—Entonces sí —dijo—. Te lo pido.
El portal quedó sin aire.
Elettra sintió el corazón golpearle de un modo más violento. No por el contenido, por la rareza, porque los hombres como Brand no piden: toman, ordenan, esperan, soportan. Pedir de verdad los deja más desnudos que cualquier caricia.
—¿Qué me pides? —preguntó ella, muy bajo.
Brand alzó la vista.
La luz gris de la tarde le dejaba el rostro hecho de sombras nítidas, la boca más grave, el cansancio más humano.
—Que no dejes que ella te diga por completo quién soy para ti.
Elettra se quedó quieta.
Aquella no era una promesa, era algo peor, una rendición parcial.
Y comprendió, con una claridad que le provocó rabia y deseo al mismo tiempo, que precisamente por eso seguía sin poder apartarse del todo.
Thiago la habría cuidado, la habría amado con esa claridad limpia que no hiere ni ensucia.
Con Brand había esto: un hombre oscuro en un portal de París, pidiéndole que no entregue su criterio a otra mujer.
Una cosa no era más justa que la otra. Pero sí más viva.
La tarjeta crujió dentro de su guante cuando aflojó la mano.
—No vuelvas a dejarme llegar a una verdad por la boca de ella.
Brand dio un paso más. Lo bastante para que el olor de su abrigo, el frío húmedo del paño y la proximidad de su cuerpo entrasen enteros en la conciencia de Elettra.
—No volverá a pasar.
—No lo prometas si no puedes cumplirlo.
—Lo cumpliré.
La seguridad le habría parecido arrogante si no hubiera estado manchada de ese cansancio sombrío que llevaba en el rostro. No era un hombre triunfante jurando. Era un hombre cansado de sí mismo y, quizá por primera vez, decidido a no permitirse otra recaída.
Elettra levantó la mano libre, casi sin pensarlo, y la apoyó un instante sobre el borde del abrigo, a la altura exacta del pecho.
No fue un abrazo, ni un perdón, fue una comprobación.
Brand no se movió, solo el pulso en el cuello le dio un golpe seco, visible.
Elettra lo vio y, por encima de la vergüenza, del juicio y de la furia, sintió esa corriente ya demasiado conocida de saber que podía alterarlo con un gesto mínimo.
La conciencia la asustó un poco. Le gustó más de lo que debía.
—No sé si voy a perdonarte esto —murmuró.
La voz se le había vuelto más íntima sin permiso. Brand bajó los ojos a la mano de ella sobre su pecho, luego volvió a subirlos.
—No te he pedido eso.
—No. —La yema de sus dedos notó, a través de la tela, el latido acelerado—. Pero lo quieres.
Él guardó silencio.
Y el silencio fue la respuesta. Elettra retiró la mano despacio, el lugar donde había estado el contacto se quedó en Brand con la violencia absurda de una quemadura pequeña.
—Tengo que volver —dijo ella.
—Te acompaño.
—No.
La negativa le salió rápida. Luego, al ver el cambio mínimo en el rostro de Brand, añadió con una honestidad que le costó más que todo lo anterior:
—Si vienes ahora, no voy a pensar bien.
La frase los dejó inmóviles a ambos.
Brand la recibió como se recibe el fuego justo antes de admitir que uno había querido acercar la mano.
—Entonces ve —dijo, más bajo.
Elettra asintió. Dio dos pasos hacia la calle y luego se detuvo. No se volvió del todo. Solo lo justo para que la mitad del rostro quedara aún bajo la sombra del portal y la otra ya en la tarde mojada.
—Mañana hablaremos de nuevo.
—Sí.
—Y esta vez no quiero medias verdades.
—No las tendrás.
Elettra lo creyó lo suficiente para irse.
No era fe, todavía no. Era algo peor para su tranquilidad: la sensación de que él había empezado a hablar desde un sitio donde ya no podía permitirse mentirle sin perderla del todo.
Cruzó la acera y se perdió entre paraguas, piedra húmeda y carruajes.
Brand permaneció bajo el portal un momento más, con el cuerpo aún lleno del calor mínimo de su mano sobre el pecho y la certeza de que acababa de cruzar una línea más peligrosa que cualquier beso, porque la verdad, una vez dicha hasta cierto punto, ya no admite regreso cómodo.
—No se ve tan heroico desde aquí.
La voz de Nick llegó desde el extremo del arco.
Brand giró.
Su hermano estaba apoyado contra la pared lateral, a medio ocultar por la sombra.
No había querido interrumpir antes. O quizá había querido escuchar lo suficiente.
El cabello le caía más desordenado de lo habitual, el cuello de la camisa estaba ligeramente abierto y la expresión le había perdido casi toda la luz. Parecía más joven y más roto a la vez.
—¿Cuánto llevas ahí? —preguntó Brand.
Nick se encogió de hombros.
—Lo bastante para descubrir que suplicar te queda mejor de lo que pensaba.
Brand dio un paso hacia él.
—No estoy para ti hoy.
—Precisamente por eso vine. —Nick se separó de la pared—. Cuando te sientes virtuoso te vuelves insoportable y como evidentemente no te sientes así, quizá por una vez me oigas.
Brand lo miró con una paciencia más helada que cualquier furia.
—Habla.
Nick dejó salir aire despacio y ahí estaba: la herida. No el brillo, no el cinismo, no el espectáculo, la herida desnuda.
—Elizaveta no fue a la escuela solo para marcarla a ella —dijo—. Fue a probarme a mí.
Brand no respondió. Nick se llevó una mano al bolsillo del abrigo y sacó un sobre más pequeño, plegado dos veces.
—Y ha funcionado.
Se lo tendió. Brand no lo tomó enseguida.
—¿Qué es?
La sonrisa de Nick esta vez no tenía nada de hermoso.
—La próxima navaja.
Brand agarró el papel. No tenía nombre por fuera.
Dentro había solo una hoja arrancada de una libreta, con la letra de Elizaveta —inconfundiblemente bella, insoportablemente serena— y una frase escrita en diagonal: No he sangrado este mes, tal vez Brand debería saberlo antes de decidir a quién promete eternidades.
El mundo no se detuvo, eso habría sido demasiado amable. Seguía lloviendo, un carruaje pasó al final de la calle, alguien rió dentro del salón de té. París conservó intacta su elegancia de mala mujer, pero bajo el portal, algo más serio que el miedo entró en Brand.
Nick lo vio leer y por primera vez no disfrutó del efecto.
—No sé si miente —dijo, y la voz le salió más baja que nunca—. No sé si me está usando o si está usando a todos, pero sí sé que lo escribió para que yo te lo trajera y odié tanto que tuviera razón sobre eso que casi lo rompí.
Brand siguió mirando la nota. No parpadeó, no habló, no parecía un hombre, parecía una estatua a la que de pronto le han recordado que también tiene sangre. Nick dio un paso atrás, como si incluso él comprendiera que ya estaba demasiado cerca del borde.
—Ahora sí —murmuró—. Veamos cuánto aguanta la verdad antes de volverse carnicería.
Y Brand, todavía con el papel abierto entre los dedos, comprendió que la intensidad apenas empezaba de verdad. Porque una cosa era el pasado. Otra muy distinta era la posibilidad, aunque fuera una mentira, de que el pasado hubiera dejado algo capaz de entrar en el futuro como una sentencia.