16 La verdad servida en porcelana #2
—Antes de que tú empezaras a importar demasiado. Lo suficiente tarde como para que te afecte, lo bastante pronto como para que él todavía intente contarse que no estaba traicionando nada.
La precisión del golpe fue maravillosa y asquerosa.
Elettra apoyó ambas manos sobre la mesa, debajo del mantel, para que no le vieran el mínimo temblor.
—Podría estar mintiendo.
—Claro. —Elizaveta inclinó la cabeza—. Pero no lo estoy.
—¿Y por qué decírmelo?
Por primera vez la sonrisa de Elizaveta perdió un grado de dulzura. Apareció debajo otra cosa, más vieja, más fea.
—Porque me irrita tu cara.
La respuesta fue tan brutal, tan desnuda, que Elettra casi agradeció la honestidad.
—¿Mi cara?
—Sí. —Elizaveta volvió a tomar la taza—.
Esa manera tuya de mirar a los hombres como si todavía pudieran ser mejores de lo que han sido.
Esa calm, esa espalda recta, esa clase de mujer que entra en una habitación y hace que los hombres como Brand empiecen a querer limpiarse. Me irrita profundamente.
Elettra sostuvo la vista.
—Eso habla más de ti que de mí.
—Naturalmente. —Elizaveta sonrió, ya recompuesta—. Por eso te invité, para que hablar de mí terminara siendo un problema tuyo.
La tarde se volvió más densa alrededor de la mesa.
El camarero pasó con una bandeja y las evitó con el instinto fino de quien sabe distinguir cuándo una mesa rica está comiendo y cuándo está despedazando algo.
—¿Fue una vez? —preguntó Elettra.
No esperaba decirlo, lo dijo igual.
Elizaveta no respondió enseguida.
Dejó que la pregunta la rozara, la evaluó, le sacó el perfume exacto de lo que revelaba: no mera indignación, sino una necesidad precisa de medir cuánto espacio ocupaba todavía aquel pasado.
—Bastan muy pocas noches para arruinar mucho —dijo al fin.
No era una respuesta y precisamente por eso fue peor.
Elettra sintió una punzada helada detrás del esternón.
—No has venido solo a contarme esto.
Elizaveta apoyó la taza.
—No.
Abrió su bolso y extrajo una tarjeta pequeña, en blanco por un lado. En el reverso, escrito con una letra mínima y bellísima, había una sola frase. Se la deslizó sobre la mesa. Elettra la miró sin tocarla. Luego la tomó. Decía: Una sola noche basta.
Elizaveta la observó leer.
—No sé si hubo más. No lo necesito para hacerte daño. Me basta con que sepas que lo suficiente ocurrió y me basta, también, con que empieces a preguntarte si de verdad todo eso ya terminó en él.
Elettra dejó la tarjeta sobre el mantel.
No la rompió, no la devolvió, la dejó donde estaba, como si necesitara que ambas siguieran viendo la frase.
—No te creo del todo —dijo.
Elizaveta sonrió.
—No hace falta. Solo necesito que me creas lo suficiente.
El golpe fue perfecto. Elettra se puso de pie, no de un salto, no con precipitación. Con la lentitud exacta de una mujer que se niega a regalar ni el más mínimo movimiento feo incluso cuando por dentro acaba de abrirse una herida.
Elizaveta no se levantó enseguida.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—¿No quieres saber más?
Elettra se puso los guantes sin apartar la vista de ella.
—No de tu boca.
Elizaveta alzó los ojos hacia el ventanal. Afuera, la tarde estaba empezando a oscurecer de nuevo.
—Te entiendo. —Volvió la mirada a Elettra—. A mí tampoco me gustaría saber demasiado de una mujer que ya estuvo antes en la piel de un hombre.
La frase fue, quizá, la más vil de todas.
Porque llegó no como dato, sino como imagen y las imágenes, una vez concedidas, ya no se van con facilidad.
Elettra tomó el bolso, dejó intacto el té y dio media vuelta.
Solo cuando estuvo a dos pasos de la mesa, Elizaveta añadió, con una suavidad casi maternal que resultó peor que cualquier veneno:
—Si yo fuera tú, no esperaría demasiado para pedirle la verdad. Los hombres como Brand mejoran cuando ya es tarde.
Elettra no se volvió.
Atravesó el salón de té con la cabeza alta y la espalda exacta, como si la dignidad pudiera todavía imponerse sobre el ruido íntimo de la humillación.
Pero debajo del abrigo, debajo de la columna recta, debajo del paso medido, llevaba clavada una nueva certeza: ya no estaba luchando solo contra una mujer cruel.
Estaba luchando contra una escena que no había visto y que, precisamente por no haberla visto, podía imaginar de demasiadas maneras.
Cuando salió a la calle, el frío de París le dio de lleno en el rostro y entonces lo vio.
Brand estaba al otro lado de la avenida, inmóvil bajo la luz gris de la tarde, con el abrigo oscuro y la cara más tensa que ella le había visto nunca.
La estaba esperando. No para impedirle entrar, no para vigilarla, para recoger lo que saliera de aquella puerta.
Elettra se quedó quieta un segundo, con el corazón golpeándole en la garganta y la frase de Elizaveta aún ardiendo bajo la piel.
Brand dio un paso hacia la calle.
—Elettra…
Ella alzó una man, no para llamarlo, para detenerlo. Y, antes de que él pudiera acercarse lo suficiente para ver qué había dejado aquella conversación en su rostro, Elettra dijo, con una voz tan baja y tan firme que la tarde entera pareció inclinarse hacia ellos:
—Ahora sí vas a decirme todo.
Y el gesto con que apretó la tarjeta dentro del guante le dejó claro a Brand, incluso desde la distancia, que Elizaveta había conseguido su objetivo: no lo había perdido aún, pero acababa de volver la verdad imposible de aplazar.