11 Antes del amanecer
Nick no volvió a dormir en serio aquella noche.
Lo intentó, claro. Se desanudó la corbata con la lentitud estéril de los hombres que creen que ordenar la ropa puede hacer algo por el desorden del pecho; dejó el saco en el respaldo de una silla, se sirvió un coñac corto y se tendió sobre la cama sin desvestirse del todo, con una mano bajo la nuca y la otra aún oliendo vagamente al perfume que Elizaveta había dejado en el aire del café.
La habitación estaba en penumbra, tibia, exacta.
Las cortinas gruesas dejaban pasar apenas el fulgor gris de una ciudad que no terminaba nunca de apagarse. Aun así, el sueño no vino.
No por ansiedad, por lucidez, eso era lo más desagradable.
A Nick le gustaban sus errores cuando todavía podían parecer deseo.
Le gustaba incluso el dolor mientras conservara algo de brillo, de escena, de posibilidad de contarlo después como una anécdota mordaz.
Lo que detestaba era el instante en que la atracción se volvía inteligencia contra uno mismo y con Elizaveta había empezado a pasarle eso.
Seguía deseándola, sí. Le gustaba la forma en que lo miraba como si hubiera encontrado en él una distracción digna, el filo de sus respuestas, la promesa constante de una herida bien peinada, pero ahora, debajo de todo eso, se movía otra cosa más fea: la certeza de que ella no quería de él un cuerpo, ni siquiera un corazón.
Quería un uso y Nick, que había pasado media vida jactándose de su encanto, descubría con una mezcla indecente de excitación y desagrado que a veces también se puede ser deseado como herramienta.
A las cuatro de la madrugada se levantó.
Caminó hasta la ventana, apartó apenas la cortina y dejó que la noche de París se le viniera encima en forma de faroles empañados y lluvia muy fina. En el cristal vio su propio reflejo: hermoso, cansado, demasiado despierto. Sonrió con amargura.
—Qué asco —murmuró.
No se refería a ella, se refería al hecho de que iba a volver si lo llamaba. Como si el pensamiento hubiera tenido la descortesía de oírlo, alguien golpeó suavemente en su puerta.
Nick no dijo “pase” de inmediato, sabía quién era.
—Sí.
Philip entró sin prisa, con una bata oscura sobre el pijama y un cigarrillo apagado entre los dedos.
A esa hora parecía más mayor que nunca y, sin embargo, más ligero también, como si el resto de la casa, dormida y silenciosa, le permitiera habitar su cuerpo sin tanto deber encima.
Miró a Nick, miró la cama intacta, miró la copa vacía.
—Entonces era grave.
Nick soltó el borde de la cortina.
—No exageres.
Philip cerró la puerta tras de sí.
—Cuando tú dices “no exageres”, uno debería empezar a rezar o a esconder las llaves de plata.
Nick apoyó un hombro en el marco de la ventana.
—Solo no podía dormir.
Philip lo observó un segundo más de lo necesario. No era un hombre curioso por vicio, lo era por compasión, que es una forma más cara de la curiosidad.
—¿Es ella?
Nick se echó a reír, cansado.
—Qué humillante que hasta tú lo digas así.
—No he dicho su nombre.
—No hacía falta.
Philip pasó el pulgar por el papel del cigarrillo, sin encenderlo.
—Eso siempre es mala señal.
Nick lo miró y, por una vez, no sintió ganas de esquivar la conversación con una broma bien puesta. El cansancio le había limado algo de la teatralidad, dejándole al descubierto una honestidad que no le gustaba mucho más, pero que al menos no mentía.
—No sé si quiero acostarme con ella o pedirle que deje de mirarme como si ya supiera en qué momento exacto voy a caer.
Philip dejó escapar aire por la nariz.
—Las dos cosas pueden coexistir, la tragedia está llena de gente elegante que no supo elegir entre ellas.
Nick se apartó de la ventana y se dejó caer otra vez en la cama.
—No me cites el teatro a esta hora, me deprime la autoestima.
Philip se acercó lo suficiente para recoger la copa vacía.
—No es el teatro lo que te deprime, es el hecho de que esta vez no estás jugando solo.
Nick alzó la vista hacia él.
—¿Tú también lo ves?
Philip ladeó apenas la cabeza.
—Yo veo a un hombre que ha encontrado una mujer demasiado parecida a su propio peor gusto.
El golpe fue limpio y Nick lo aceptó con un silencio raro.
Philip salió sin decir nada más, no había necesidad, a veces la familia hace eso mejor que el amor: coloca la verdad en la mesita de noche y apaga la lámpara, dejándote a solas con ella.
Nick no volvió a acostarse, se vistió antes del amanecer, todavía con la rabia hermosa de los hombres que van hacia un error sabiendo perfectamente que lo es.
Thiago, en cambio, sí había dormido, poco, pero con esa disciplina triste que le permitía al cuerpo obedecer incluso cuando el corazón todavía no tenía claro de qué debía protegerse.
Se levantó antes que la casa, hizo la maleta pequeña que usaría en la finca del norte, guardó dos libros, camisas sencillas, botas de campo y una libreta de cuero donde no escribía tan a menudo como fingía.
No hacía ruido al moverse. Esa era una de sus formas de desaparecer: no retirarse con portazos, sino con orden.
Cuando bajó al establo lateral para dejar lista la montura que enviaría con el cochero después de la inspección, el aire aún era azul de madrugada y olía a heno húmedo, a cuero y a tierra removida por la lluvia.
El cielo empezaba apenas a clarear por el este, con una luz tímida, casi ofendida, como si la mañana no tuviera todavía derecho a entrar.
No esperaba encontrar a Alice allí y, sin embargo, su madre estaba de pie junto al marco de la puerta, cubierta por un abrigo oscuro y con las manos metidas en un manguito de piel gris.
No había venido a impedir nada, nunca fue ese tipo de madre, había venido a confirmar.
—Te vas —dijo.
Thiago soltó la correa que estaba revisando y volvió el rostro hacia ella, no fingió sorpresa, no era necesario con Alice.
—Sí.
Ella se acercó un poco, lo justo para que la luz naciente le dibujara mejor la línea del rostro.
Había cansancio en sus ojos violetas. Pero no el cansancio de una mujer vieja.
El de una mujer inteligente obligada a contemplar cómo sus hijos empiezan a pagar, cada uno a su manera, el precio exacto de lo que son.
—¿Por él?
Thiago sonrió apenas, no con alegría, con pudor.
—No solo por él.
Alice asintió.
—Entonces también por ti.
La frase fue tan exacta que a Thiago le dolió, porque era verdad.
Se volvió hacia la montura otra vez.
—No quiero quedarme aquí para convertirme en una sombra correcta de lo que pudo ser.
Alice no respondió enseguida. El establo tenía esa calma espesa de los lugares donde el deber, el cuerpo y los animales entienden la tristeza con más decencia que los salones.
—Elettra te aprecia —dijo al fin.
—Lo sé.
—Y eso no basta.
Thiago cerró un broche con un gesto demasiado firme.
—No.
Alice lo observó con una ternura sobria, casi masculina.
—Lo siento.
Aquella fue, quizá, la única frase que podía romperlo. Y, aun así, no lo hizo. No del todo.
Thiago se volvió por fin hacia ella.
—No me lo digas como si me estuviera muriendo.
Alice alzó una ceja.
—No. Pero estás empezando a irte de una manera que no me gusta.
Él dejó la correa a un lado.
—No voy a volverme cruel.
—No me preocupa eso. —Su madre lo sostuvo con la mirada—. Me preocupa que te vuelvas ausente.
El viento movió apenas el borde del abrigo de Alice. Detrás de ella, la mañana seguía aclarando con lentitud.
Thiago bajó la vista a las manos.
—Quizá necesito serlo un poco.
Alice comprendió, era lo más terrible, siempre comprendía. No lo detuvo, no le pidió que se quedar, solo levantó una mano y le acomodó, con una delicadeza antigua, el cuello de la chaqueta.
—Hazlo sin perderte.
Y se fue.
Thiago se quedó un momento más en el establo, inmóvil, con la respiración saliéndole en pequeñas nubes, luego recogió la maleta y subió a su habitación para esperar el día.
Ya se estaba retirando. No con escándalo, no con resentimiento, con esa forma elegante y devastadora en que se alejan los hombres demasiado bien educados para convertirse en mendigos de su propia tristeza.
Brand llegó a Saint-Michel antes del amanecer.
No por estrategia, no por impulso romántico, ni siquiera por orgullo de haber dado una palabra, fue por inquietud, una inquietud seria, desprovista de toda vanidad, la clase que se instala cuando uno ya no puede negar que cierto rostro se le ha vuelto demasiado presente incluso al pensar en cosas tan poco sensuales como una fiebre infantil, una madrugada lluviosa o el olor a compresas húmedas.
Volvió porque había dicho que lo haría, sí.
Pero también porque la idea de que Elettra siguiera sola, atravesando la noche con monjas, medicinas y cansancio, le resultaba cada vez menos soportable.
La escuela dormía. Las ventanas del ala principal estaban oscuras salvo por una lámpara encendida en el dormitorio pequeño y otra en la cocina.
El patio parecía una tinta negra lavada por la lluvia de horas, con los charcos inmóviles y las cuerdas vacías balanceándose apenas bajo el viento frío.
Al bajar del coche, el aire de la madrugada le mordió el rostro con limpieza brutal. Le sentó bien.
Golpeó una sola vez. La hermana Cécile le abrió con los ojos enrojecidos y el cabello escondido bajo una toca que había perdido por completo la batalla contra el sueño.
—Monsieur Charpentier —murmuró, sorprendida y demasiado cansada para ocultarlo.
Brand levantó ligeramente el termo de café, la caja de medicinas y el pequeño paquete de pan fresco que llevaba bajo el brazo.
—Dije que volvería.
La monja lo miró dos segundos más. Luego se apartó.
—La niña duerme. La fiebre ha bajado un poco. Mademoiselle Rinaldi está en la sala del fondo.
Brand caminó por el corredor medio a oscuras, con la lámpara del pasillo haciendo sombras largas sobre las paredes y el olor a madrugada encerrada en edificio viejo: cera apagada, tela húmeda, carbón dormido. Llegó a la sala del fondo y se detuvo en el umbral.
Elettra estaba sentada en una silla baja junto a la estufa.