El vals de las apariencias 10 Lo que pudo ser #2
32%

10 Lo que pudo ser #2

—Sí. —Ella bajó la vista a sus manos—. Un poco. Pensaba que la calma podía arreglarlo todo.

Thiago no sonrió esta vez.

—La calma no lo arregla todo.

—No.

Hubo un silencio largo.

Del dormitorio vecino llegaba la respiración menos áspera de la niña.

La lluvia seguía marcando los cristales con dedos finos.

Y en la postura de Thiago, en la manera en que no avanzaba un centímetro, en cómo sostenía el recuerdo sin usarlo como una cuerda, había algo tan generoso que a Elettra le dolió.

Porque lo veía, porque lo entendía, porque una parte de ella había podido ser feliz con ese hombre y, sin embargo, no era él el que le desordenaba la sangre.

—Yo estaba bien contigo —dijo Thiago al fin.

La frase, sencilla, casi sin peso, llenó la habitación entera. Elettra cerró la mano sobre el paño. No podía fingir no comprender.

—Lo sé.

Thiago levantó los ojos hacia ella. Violetas, hondos, demasiado serenos para resultar fáciles. No había en él reproche. Ni súplica. Solo una verdad llevada con dignidad.

—No estoy intentando pedirte nada.

—Lo sé.

—Solo quería que lo recordaras antes de que todo se ensucie más.

Elettra sintió una punzada tan limpia que casi fue culpa.

Le sostuvo la mirada. Y, por un momento, se permitió decirse a sí misma lo que no le habría dicho a nadie: que Thiago era demasiado bueno para ella.

No en el sentido cursi en que las mujeres se empeñan en volverse indignas para justificar a hombres peores.

No. Demasiado bueno de otro modo. Demasiado entero.

Demasiado capaz de amar sin convertirlo en un juego de jerarquías, culpas o fuego.

Con Thiago había una clase de paz que a veces parecía redención.

Y quizá ese era el problema, porque Elettra no quería redención, no todavía, no de la forma limpia en que él podía ofrecérsela.

Lo que la atraía de Brand la enfurecía precisamente por eso: no era bondad, ni calma, ni esa nobleza blanda que a veces vuelve a un hombre admirable y, sin embargo, no lo vuelve inevitable.

En Brand había otra cosa. Una dureza que ella sabía nombrar y detestar.

Un peligro. La impresión animal y absurda de que, si él se quebraba por ella o delante de ella, el mundo entero iba a inclinarse un poco de sitio.

No era justo, no era prudente, no era noble. Era verdad. Elettra bajó la vista.

—No quiero herirte más.

Thiago tardó un momento en responder.

—Ya no puedes hacerlo sin querer.

Ella tragó saliva. La lámpara le dibujaba sombra bajo las pestañas.

—Eso no ayuda.

—No intentaba ayudarte. —La voz de Thiago siguió siendo suave, casi triste—. Intentaba ser honesto una última vez.

La puerta se abrió del todo entonces. Brand entró con la bandeja en las manos.

El sonido mínimo de la porcelana anunció su presencia antes que sus pasos.

Ninguno de los dos se sobresaltó, pero el cuarto cambió de aire con esa rapidez indecente con la que cambian ciertos espacios cuando entra la persona equivocada o la correcta, según el tipo de desgracia que uno esté viviendo.

Brand dejó las tazas sobre la cómoda, no dijo una palabra sobre haber oído, no hacía falta.

Thiago se puso de pie primero. Elettra lo siguió un instante después, el paño todavía entre los dedos.

Nadie habló de la conversación, pero ya no pertenecía solo a quienes la habían sostenido.

Había pasado a la habitación entera, a la tensión de los cuerpos, a la manera en que Brand ya no podía mirar a Thiago sin sentir que acababa de interrumpir algo más íntimo que una confesión.

—El médico dijo que la vigilemos toda la noche —dijo Brand.

La voz le salió perfectamente controlada. Eso, en él, era mala señal.

Elettra asintió.

—La hermana Cécile se quedará conmigo hasta medianoche.

—Yo puedo quedarme después —dijo Thiago.

El silencio entre esa frase y la respuesta de Elettra duró apenas un segundo, pero Brand lo sintió.

—No —dijo ella—. Ya has hecho bastante.

La suavidad con que lo dijo fue un golpe todavía peor, porque no era rechazo, era cuidado.

Thiago lo aceptó con una inclinación mínima de cabeza.

—Bien.

Brand se quedó de pie junto a la cómoda, con las manos vacías y el pecho lleno de una irritación vieja y nueva a la vez.

Vieja, porque ya conocía el gusto de perder territorios sin haber sabido nombrarlos a tiempo.

Nueva, porque esta vez el territorio no era una mujer abstracta ni un simple juego de orgullo.

Era Elettra de pie, cansada, hermosa y demasiado consciente de ambos.

—Yo volveré antes del amanecer —dijo Brand.

Elettra giró apenas la cabeza hacia él, no era desafío lo que había en sus ojos. Era atención. Una atención distinta de la que le había concedido toda la noche, más difícil, más prudente.

—No hace falta.

—Sí hace.

Elettra tardó un momento.

—Como quieras.

El “como quieras” no fue tierno. Tampoco helado. Fue una aceptación que todavía no le entregaba nada, pero tampoco le cerraba el paso. Y por alguna razón profundamente impropia, Brand sintió en esa frase más posibilidad que en cualquier avance elegante del pasado.

Thiago miró a uno y a otra. Y en ese segundo silencioso, entendió dos cosas a la vez: que había intentado llegar un poco más lejos, por fin, y que aun así no bastaba.

No porque Elettra no lo quisiera. Lo quería.

A su manera. Lo respetaba. Lo respiraba con calma.

Pero el deseo, esa fuerza vulgar y magnífica que no sabe distribuir justicia, seguía girando hacia otro lugar.

No dijo nada, solo recogió el abrigo.

—Te veré mañana —le dijo a Elettra.

—Sí.

No hubo nada más y quizá por eso dolió tanto.

Thiago salió del cuarto con la misma compostura con la que otros hombres se retiran de una iglesia donde no han sido bendecidos.

Brand lo vio irse y sintió una punzada de culpa tan inmediata que casi fue rabia.

No contra él, contra la limpidez con que Thiago sabía perder sin rebajarse.

Cuando la puerta se cerró, Elettra y Brand quedaron solos por primera vez desde la tarde de la librería.

La niña dormía, la lluvia seguía cayendo, el pasillo estaba en silencio. Brand la miró. Elettra no apartó la vista esta vez.

Lo que había entre ambos ya no podía llamarse solo tensión. Tampoco reconciliación. Era algo más complejo, menos honroso quizá: el conocimiento reciente de que otro hombre bueno había pasado por allí dejando la prueba de lo que ella podía haber tenido… y de lo que, aun así, no terminaba de elegir.

—No debiste oír eso —dijo ella al fin.

Brand sostuvo un segundo el pulso de la frase antes de responder.

—No debería haber escuchado muchas cosas en los últimos días.

La sombra mínima de una sonrisa se dibujó en la boca de Elettra.

—Qué raro. Por una vez dices algo exacto.

Él dio un paso hacia la ventana. Lo bastante para compartir con ella la luz de la lámpara y el espacio estrecho entre la cama y la pared, pero no tanto como para convertirlo en cercanía impuesta.

—Thiago es mejor hombre que yo —dijo.

La honestidad fue tan brusca que Elettra alzó la vista con sorpresa.

—No hables como si eso se decidiera por comparación.

—No. —Brand mantuvo la mirada fija en la lluvia tras el cristal—. Pero sí explica ciertas cosas.

Elettra guardó silencio un momento. Luego dijo, muy bajo:

—A veces lo mejor no es lo que llama.

Brand se volvió hacia ella. No había coquetería en la frase.

Había cansancio y verdad. La verdad torpe, incómoda, indigna incluso, de una mujer que reconoce en sí misma una inclinación poco noble y, sin embargo, no piensa negarla solo para parecer más pura.

Esa confesión le pegó a Brand con la fuerza seca de un disparo limpio, porque era, también, una rendija, pequeña, peligrosa, suficiente.