El vals de las apariencias 10 Lo que pudo ser
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10 Lo que pudo ser

La mansión Charpentier recibió la noche con esa serenidad impune que solo tienen las casas demasiado acostumbradas a que el drama entre por la puerta principal y, aun así, no se atreva a arrugarles las cortinas.

Afuera, París seguía húmeda, bruñida por la lluvia, con los faroles reflejándose en los adoquines como monedas arrojadas al fondo de una fuente oscura.

Dentro, en cambio, todo olía a cera nueva, carbón encendido y flores cortadas demasiado temprano.

El gran vestíbulo estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de dos criadas recogiendo una vajilla en el comedor y el golpeteo contenido del reloj de péndulo, que marcaba la hora con la precisión seca de las cosas que no se conmueven.

Nick llegó primero.

No entró como un hombre cansado. Entró como un hombre excitado por su propio cansancio, que es muy distinto.

Traía el cabello todavía impecable, pero más suelto en la sien izquierda, como si una mano —la suya o la memoria de otra— hubiera pasado por ahí varias veces.

El abrigo oscuro le caía abierto, la corbata apenas relajada, y en la boca llevaba esa media sonrisa brillante que a quienes no lo conocían bien podía parecerles triunfo.

Philip, que levantó la vista del libro que tenía abierto en el salón azul al oír la puerta, supo enseguida que no era triunfo. Era fiebre.

—No me digas —murmuró, sin cerrar el libro—. Has encontrado una mala idea con ojos bonitos.

Nick dejó los guantes sobre la consola de mármol y se volvió.

—No seas vulgar. —La sonrisa se ensanchó—. He encontrado una catástrofe con modales.

Philip lo recorrió de arriba abajo con una calma tan antigua que a veces parecía desinterés.

—Eso suena peor.

—Mucho.

Brand entró después.

No había en él ni una sola línea fuera de lugar.

Ni una. El abrigo perfectamente cerrado, el nudo de la corbata exacto, el cabello liso hacia atrás, la postura entera sostenida con esa rigidez aristocrática que en otros hombres inspiraba respeto y en su familia ya empezaba a inspirar sospecha.

Lo único verdaderamente alterado en él era algo que no se veía de inmediato: la sensación, todavía fresca, de haber dejado a Elettra en una calle de libreros y lluvia con una frase menos torpe de lo habitual, y de haber salido de allí no victorioso, sino inquietamente vivo.

No se detuvo al ver a Nick ni a Philip. Cruzó el vestíbulo con la intención evidente de subir a su habitación, quitarse el abrigo, lavarse la lluvia de encima y ordenar, si podía, el desorden íntimo de la tarde. Pero Nick nunca dejaba pasar la oportunidad de convertir un corredor en escenario.

—¿Así de callado? —dijo, apoyándose en el marco del salón—. Empiezo a pensar que te ha ido bien.

Brand se detuvo. No del todo. Lo justo.

—No todo en la vida se te parece.

—Gracias a Dios —dijo Philip, pasando una página.

Nick sonrió sin apartar los ojos de Brand.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Y?

Brand giró apenas la cabeza. La luz de la lámpara alta del vestíbulo le partía el rostro en dos planos severos.

—Y no es asunto tuyo.

Nick hizo un ruido bajo, entre divertido y resignado.

—Eso significa que sí es asunto mío, solo que todavía no lo sabes.

Brand iba a responder cuando oyó pasos en la escalera principal.

Thiago descendía despacio.

No venía vestido para salir. Ya se había quitado la chaqueta y la rigidez social del día.

Llevaba una camisa de cuello abierto, las mangas remangadas dos veces sobre los antebrazos y el cabello menos controlado que por la mañana, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces mientras pensaba demasiado.

En el rostro tenía ese cansancio suyo que nunca resultaba torpe, solo más silencioso.

Y, sin embargo, al ver a Brand en el vestíbulo, algo en él se despertó. No agresividad. Resolución.

—¿Estás llegando o te vas? —preguntó.

Brand lo miró.

—Llego.

Thiago asintió una vez.

—Bien. Necesito un coche dentro de media hora.

Nick se incorporó un poco.

—¿A esta hora?

—Sí.

—¿A dónde?

Thiago metió una mano en el bolsillo y sacó un sobre doblado.

—La hermana Cécile ha enviado a alguien. La niña del dormitorio pequeño sigue con fiebre y se ha complicado la respiración. Elettra se ha quedado sola con dos de las monjas. Lilianne está en el orfanato. Quieren más medicinas y un médico con manos antes que discursos.

Brand dio un paso hacia él antes de decidir si quería hacerlo.

—Voy contigo.

Thiago sostuvo su mirada.

No dijo que no, eso habría sido fácil, lo que hizo fue peor: pensar un segundo demasiado largo antes de asentir.

—Bien.

Nick levantó ambas cejas.

—Qué domésticamente heroicos se han vuelto todos de pronto.

Philip cerró el libro con una suavidad casi fúnebre.

—No todos —murmuró.

Nick lo oyó. Lo ignoró con la belleza ofendida de un príncipe malcriado y, quizá por eso mismo, herido. Elizaveta seguía en él como un perfume que uno ha decidido no lavarse todavía. No porque huela bien. Porque humilla reconocer cuánto atrae.

Saint-Michel, de noche, parecía otro lugar.

La escuela sin niños ya no olía a tiza y movimiento, sino a pasillos largos, humedad vieja y lámparas encendidas demasiado tarde.

Las sombras se hacían más altas en las paredes, y el eco de los pasos se propagaba con esa soledad propia de los edificios pensados para albergar vida y ahora obligados a esperar en silencio.

La lluvia seguía cayendo, más fina, pero constante, y golpeaba los cristales con un rumor obstinado que hacía parecer el mundo exterior aún más lejano.

En el dormitorio pequeño, la niña seguía ardiendo.

Elettra estaba sentada al borde de la cama con una palangana de agua tibia a los pies y un paño doblado entre las manos.

Tenía el cabello algo más suelto, el rostro más pálido y la tensión cosida en la línea de los hombros.

No estaba descompuesta. Estaba concentrada.

Pero el cansancio se le había vuelto visible de un modo que no le favorecía ni le restaba belleza: la volvía humana.

Y eso, en Brand, produjo una reacción peor que el deseo.

Preocupación.

La hermana Cécile recibió al médico en el corredor.

Brand dejó las medicinas sobre la mesa. Thiago fue directamente hacia la cama y apoyó dos dedos en la frente de la niña con una familiaridad cuidadosa que ya parecía parte de él.

Elettra alzó la vista entonces y lo primero que mostró en el rostro no fue gratitud. Fue alivio.

Un alivio limpio, sin doblez, sin desconfianza. Brand lo vio y comprendió de nuevo, con un mal humor helado, que Thiago entraba en la vida de esa mujer desde un lugar al que él aún no tenía acceso.

—Gracias por venir —dijo Elettra.

La frase iba dirigida a ambos, pero el cuerpo se le volvió primero hacia Thiago, era una cosa minúscula, precisamente por eso hirió.

El médico atendió a la niña durante un buen rato.

Revisó la garganta, escuchó los pulmones, pidió una lámpara mejor, dio indicaciones a la monja y habló de reposo, fiebre, compresas, riesgo controlado, vigilancia durante la noche.

Cuando por fin salió del dormitorio, el peligro mayor pareció disminuir, aunque el cansancio se instaló en todos con más peso.

La hermana Cécile llevó al médico hasta la puerta principal.

Brand se quedó junto a la ventana. Thiago, de pie cerca de la cama ya tranquila, observó a la niña dormir un momento.

Elettra se permitió por fin apoyar una mano sobre la pared, no por dramatismo, sino porque el cuerpo a veces pide un segundo de apoyo incluso cuando el orgullo sigue en pie.

—Voy por café —dijo Brand.

Elettra negó.

—No hace falta.

—Sí hace.

Thiago levantó la vista hacia él, no lo discutió, eso fue nuevo.

Brand salió al corredor, no solo por el café, sino porque necesitaba alejarse del pequeño cuarto donde la respiración calmándose de una niña y el alivio compartido estaban convirtiendo a Thiago en una figura demasiado luminosa para su gusto.

Tardó más de lo necesario en la cocina. Cuando regresó con la bandeja y las tazas, encontró el dormitorio vacío de monjas y a Elettra sentada junto a la ventana abierta apenas una rendija, con Thiago frente a ella.

No estaban demasiado cerca, no hacía falta.

La lámpara sobre la mesa les dejaba una luz ámbar sobre la cara, una intimidad involuntaria.

Elettra tenía el paño doblado en las manos.

Thiago sostenía una taza vacía, girándola entre los dedos con esa parsimonia suya que nunca era solo calma: a veces era protección.

A veces era la manera más digna de no precipitarse.

Brand se detuvo en la puerta, ninguno lo había oído aún.

Thiago hablaba en voz baja.

—¿Te acuerdas del primer día que fui a Saint-Michel solo?

Elettra alzó apenas la vista hacia él. Había cansancio en su expresión, sí, pero también otra cosa. Una suavidad vieja, más antigua que el conflicto reciente. Una memoria.

—Trajiste seis cajas de libros y un paraguas roto —dijo.

Thiago sonrió sin ruido.

—El paraguas no estaba roto cuando salí de casa.

—Sí estaba. Solo que tú aún no lo sabías.

Él dejó escapar una pequeña risa y apoyó la taza sobre la mesita.

—Llovía igual que hoy.

—No tanto.

—Lo suficiente para que tuvieras que prestarme una toalla y decirme que parecía un santo ahogado.

La comisura de la boca de Elettra cedió por fin, era la primera sonrisa limpia que Brand le veía desde antes del invernadero, y no estaba naciendo de él.

Lo comprendió con una claridad brutal. Thiago había elegido recordar.

No el presente herido, no el triángulo, no la tensión.

Lo otro. Los días en que las cosas entre ellos habían parecido sencillas, tibias, casi posibles.

Brand sintió el impulso vulgar de entrar en ese instante y romperlo con cualquier pretexto.

No lo hizo. Se quedó donde estaba, inmóvil, mirando desde la puerta entornada, como si la escena fuera una de esas pinturas morales que uno comprende demasiado tarde porque primero le resultaron hermosas.

—Éramos más tontos —murmuró Elettra.

—Tú no.