9 La verdad que ofrece veneno #2
Elettra sostuvo los libros un poco más alto contra el pecho.
—Siempre quieres cuando ya no te queda otra.
La frase le abrió en el pecho una molestia tan exacta que casi sintió gratitud por ella. Al menos la claridad de Elettra nunca tenía perfume.
—Quizá —admitió.
La respuesta la tomó un instante por sorpresa, no porque fuese humilde, porque era verdad.
La lluvia siguió marcando la calle con un sonido fino, persistente.
Detrás de ellos, un dependiente colocaba novedades en el escaparate de la librería.
Un coche pasó levantando un pequeño abanico de agua oscura.
El mundo seguía siendo vulgarmente funcional mientras dos personas intentaban averiguar qué hacer con un problema mucho menos razonable.
—No tengo toda la tarde —dijo Elettra.
—Entonces dame diez minutos.
—¿Para qué?
Brand la miró de frente.
—No seguir obteniendo la expresión que me das desde anoche.
Elettra sintió, contra su mejor criterio, el impulso absurdo de reír. No por diversión. Por defensa. Porque la frase era tan severamente Brand que casi resultaba tierna, y la ternura, en ese momento, era precisamente lo que no debía permitirse.
—No te la dedico por capricho.
—Lo sé.
—Entonces no sé qué esperas de mí.
Él dio un paso más hacia el borde del toldo. No invadió su espacio. Se colocó bajo la misma franja seca de aire que ella. La lluvia, al otro lado, parecía otra conversación.
—No espero indulgencia.
—Menos mal.
—Espero tiempo.
La frase fue tan simple que tardó un segundo en hacerle efecto.
Elettra lo observó con una atención nueva.
Ya no la atención de la mujer herida ni la de la maestra que corrige a un hombre útil pero demasiado acostumbrado a sí mismo.
Otra. Más difícil. La de una mujer que empieza a evaluar si el otro es capaz de sostener lo que acaba de pedir sin degradarse en el intento.
—El tiempo no se pide como quien encarga una mesa —dijo.
—No.
—Entonces no lo pidas así.
Brand sostuvo el silencio un momento.
A veces su mayor virtud y su peor defecto eran el mismo: no retirarse con elegancia cuando la conversación se volvía incómoda.
Cualquier otro hombre de su círculo ya habría adornado mejor la escena, dicho algo brillante, regalado una sonrisa o una culpa calculada.
Brand no sabía hacer eso con limpieza. Y quizá por primera vez en su vida, esa limitación jugó a su favor.
—No sé hacerlo mejor —dijo al fin.
Elettra bajó la vista un segundo a los libros, a sus propios guantes, a la punta brillante del zapato de él.
No porque quisiera escapar de su mirada.
Porque aquella frase, dicha sin adorno, le había tocado una región más peligrosa que el orgullo: la región donde uno reconoce el esfuerzo torpe de otro y, pese a todo, siente ganas de creerle un poco.
—Eso —murmuró— no te hace inocente.
—No pretendo serlo.
—¿Entonces qué pretendes?
Brand respiró hondo. El olor a lluvia, papel y café le llenó los pulmones con una honestidad casi irritante.
—Que no termines de cerrar una puerta solo porque yo tardé demasiado en entrar sin suciedad.
La frase la dejó inmóvil, no por el contenido, por la manera.
Había algo en Brand, cuando dejaba de luchar por sonar impecable, que se volvía más verdadero y peligroso. Elettra sintió una punzada limpia debajo de las costillas. No quería aflojar, pero tampoco quería castigar una verdad que no le sonara cobarde.
—No te prometo nada —dijo.
—No te lo estoy pidiendo.
—Sí lo estás pidiendo. Solo que tú llamas “esperar tiempo” a cosas que siguen siendo peticiones.
Brand aceptó el golpe con una leve inclinación de cabeza.
—Entonces lo pido.
Un carruaje pasó detrás, lento, levantando reflejos grises sobre la calle. El dependiente de la librería cerró una hoja del escaparate y los miró apenas antes de retirarse hacia adentro. París seguía oliendo a papel húmedo y tarde cara.
Elettra cambió los libros de brazo.
—Tenemos una inspección pasado mañana.
—Lo sé.
—No pienso discutir contigo en el pasillo de una escuela, delante de niños y monjas.
—Tampoco yo.
—Bien. —Lo miró por fin con toda la atención—. Entonces haz lo que dices que quieres hacer. Ayuda. Trabaja. Y deja de esperar que yo te facilite el camino hacia nada.
Brand no respondió enseguida, porque había, detrás de esa dureza, una concesión mínima, no perdón, no ternura; una rendija y, en hombres como él, acostumbrados a los grandes gestos de obediencia y a las guerras limpias del apellido, una rendija así podía volverse más irresistible que cualquier entrega.
—De acuerdo —dijo.
Elettra asintió una vez, luego dio un paso fuera del toldo. La lluvia le rozó el ala del sombrero y la manga. Brand tuvo el impulso instantáneo, profundamente impropio, de detenerla. No lo hizo.
Ella ya había avanzado dos pasos cuando se volvió apenas.
—Y, Brand.
Él levantó la vista. Había algo menos helado en los ojos de Elettra, no cálido todavía, pero menos helado.
—No vuelvas a esconderte detrás de la mitad correcta de una verdad. Es una costumbre demasiado fea para un hombre como tú.
Y siguió andando.
Brand se quedó bajo el toldo, mirando cómo la calle la tragaba poco a poco entre paraguas, escaparates y lluvia gris.
La sensación que le quedó no fue alivio.
Tampoco derrota. Fue algo peor y mejor: la certeza de que ella no había cerrado del todo la puerta.
Y de que, precisamente por eso, ahora tendría que ser más exacto con cada paso.
Por primera vez en mucho tiempo, el deseo de hacer las cosas bien no le pareció una obligación heredada.
Le pareció una necesidad.