El vals de las apariencias 9 La verdad que ofrece veneno
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9 La verdad que ofrece veneno

Nick encontró a Elizaveta donde las mujeres de su clase iban cuando querían parecer discretas sin renunciar del todo a ser vistas.

El café ocupaba la esquina de una calle húmeda, cerca de la Madeleine, con ventanas empañadas, terciopelo rojo en los respaldos y un piano mudo al fondo, como si hasta la música allí hubiera aprendido que ciertas conversaciones no admiten testigos con memoria.

París, afuera, seguía chorreando luz sobre los adoquines; adentro, el aire olía a coñac, crema tibia, cigarrillos largos y ese perfume triste de las tardes que han empezado a oscurecer demasiado.

Elizaveta ya estaba sentada.

No llevaba la armadura de la noche anterior.

Había elegido otra forma de peligro: un vestido de lana color vino, sencillo hasta lo sospechoso, ceñido en la cintura con una línea severa.

Un sombrero pequeño de ala breve descansaba sobre la silla vecina.

Tenía las manos desnudas sobre la mesa, una sobre otra, y en la forma en que esperaba —quieta, perfectamente quieta— había algo todavía más provocador que cualquier entrada en un salón: la impresión de que no dudaba ni un segundo de que él iba a acudir.

Nick se quitó los guantes con una sonrisa que ya venía preparada para el daño.

—Empiezo a creer —dijo al sentarse— que tú y la discreción mantienen una relación profundamente inmoral.

Elizaveta alzó los ojos hacia él.

—La discreción no me interesa. La elección del escenario, sí.

Había una copa esperándolo.

Nick la tomó entre los dedos, pero no bebió enseguida.

Miró primero el coñac, luego a ella. Seguía siendo bellísima, claro, sería infantil negarlo.

La clase de belleza que no se limita a entrar en una habitación: la reorganiza.

Pero ahora, al verla en la luz sobria de la tarde, sin lámparas complacientes ni música que exagerara el pulso, se le hacía más visible otra cosa, no una grieta, una costura y desde la mañana de Saint-Michel, desde el espanto disimulado frente a los niños, Nick ya no podía dejar de ver la costura debajo del satén.

—No me mires así —murmuró Elizaveta.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo si todavía te convengo.

Nick soltó una risa baja.

—Qué arrogancia pensar que yo decido algo contigo.

La sonrisa de ella apenas cambió.

—No decides. Te inclinas. Que no es lo mismo, pero se le parece lo suficiente a los hombres como para que no noten la diferencia.

Nick bebió. El alcohol le bajó lento, cálido, con esa falsa promesa de orden que tienen las cosas buenas cuando una las toma en el momento equivocado.

—¿Para qué me has llamado? —preguntó.

Elizaveta deslizó un dedo por el borde de su propia copa.

—Para ver si eres más inteligente que tu cara.

—Me ofendes. Mi cara es excelente.

—Sí. —Lo miró con una dulzura enteramente artificial—. Por eso intento descubrir si además hay algo detrás.

Nick se recostó.

Le gustaba cuando una mujer le hablaba así; no porque lo humillara, porque le permitía fingir que la conversación estaba a su altura y no al revés. Era una vanidad absurda, y él lo sabía. A veces incluso esa lucidez le resultaba seductora.

—No me has traído aquí para insultarme mejor —dijo—. Aunque el plan tiene encanto.

Elizaveta giró la copa una vez.

—Quiero saber qué sabes.

Nick sonrió.

—Qué frase tan desnuda.

—Estoy cansada.

—No te sienta mal. Solo te vuelve más peligrosa.

Ella inclinó la cabeza.

—No me hagas perder el tiempo con halagos. Quiero saber qué ves en tu familia. En Brand. En Thiago. En la italiana.

El apellido no lo usó. No lo necesitó. Esa manera suya de hablar de Elettra —no como persona, sino como pieza— le confirmó a Nick algo que ya intuía desde el invernadero: Elizaveta no estaba celosa como se ponen celosas las mujeres heridas.

Estaba furiosa como se ponen las mujeres acostumbradas a no ceder el centro.

Nick apoyó el codo en la mesa.

—¿Y qué me das a cambio?

—Una verdad.

—Tú no das verdades. Das trampas con buena caligrafía.

Elizaveta sonrió de verdad por primera vez, apenas un filo.

—Y, sin embargo, aquí estás.

Nick sostuvo la mirada. Había días en que sabía muy bien por qué seguía volviendo hacia las mujeres equivocadas.

Le daban una forma de intensidad que la ternura no sabe ofrecer de inmediato.

Con Camille todo era más limpio, más claro, más posible.

Precisamente por eso se volvía insoportable.

Uno puede posponer la felicidad con una elegancia infinita; la ruina, en cambio, siempre tiene muy buenos modales para hacerse urgente.

—Brand quiere a la Rinaldi —dijo al fin.

Elizaveta no cambió de expresión.

Solo la quietud se le volvió un poco más exacta.

—Eso ya lo sé.

—No. —Nick levantó la copa y la vació con un placer que parecía insolencia y era defensa—. Sabes que la mira. No es lo mismo. Hay una diferencia muy grande entre un hombre que mira y un hombre que ya empezó a elegir.

Elizaveta dejó la mano inmóvil sobre la mesa. Un latido. Dos. Luego inclinó apenas la boca.

—Qué interesante.

Nick la estudió. Era bellísima, sí. Pero en aquella luz se le notaba más la voluntad que la piel.

La decisión. El apetito. Entendió entonces algo desagradable: Elizaveta no quería tanto a Brand como necesitaba que Brand no la dejara fuera de la ecuación.

Algunas personas aman el centro más que a los cuerpos que lo ocupan.

—También sé otra cosa —añadió Nick.

—Dímela.

—Thiago.

Esta vez sí hubo un cambio, pequeño, magnífico. No en el rostro. En los ojos, el brillo se movió apenas, como se mueve un cuchillo cuando el pulso ajusta mejor el ángulo.

—¿Qué pasa con Thiago?

Nick se permitió sonreír.

—Te interesa menos, pero te preocupa más.

Elizaveta apoyó la espalda en el respaldo.

—No me gustan los hombres tranquilos. Siempre esconden una forma aburrida de la superioridad.

—Y, aun así, te fijaste en él.

—Me fijo en todo lo que puede alterar una estructura.

Nick dejó la copa vacía a un lado.

—Thiago la quiere también.

El silencio que siguió no tuvo nada de femenino, tuvo estrategia.

Elizaveta bajó por fin la vista al mantel y la subió otra vez con una lentitud impecable. Ya estaba recolocando piezas.

—¿Y Brand lo sabe?

—Lo sospecha.

—¿Y la Rinaldi?

Nick dejó salir una exhalación casi feliz, porque el dolor ajeno, cuando todavía no es propio, siempre tiene un atractivo especial.

—La Rinaldi es más inteligente que cualquiera de nosotros. Lo sabe sin habérselo dicho nadie.

Elizaveta se quedó muy quieta y entonces Nick vio algo verdaderamente bello: el instante exacto en que una mujer decide no llorar una derrota, sino administrarla.

—Gracias —dijo ella.

No sonó agradecida, sonó armada.

Nick sintió un frío breve, limpio, detrás del esternón.

—No te pongas así.

—¿Así cómo?

—Como si acabara de darte una navaja y tú ya estuvieras decidiendo dónde hundirla.

Elizaveta tomó por fin la copa y bebió apenas.

—Nicholas… Tú no me das navajas. Me señalas dónde ya están.

Él la observó largo rato. Quiso besarla. Quiso abofetearla. Quiso pedirle que dejara de hablarle como si lo entendiera mejor que él mismo. No hizo ninguna de las tres cosas.

—Voy a arrepentirme de haberte contado esto.

—No. —La mirada de Elizaveta se volvió más suave, más insoportable—. Vas a desear no haberlo hecho. El arrepentimiento exige una inocencia que tú ya no tienes.

Nick soltó una risa sin alegría.

—Y aun así te sigo encontrando irresistible. Eso debería preocuparme más.

Elizaveta estiró la mano y le acomodó, con la yema de dos dedos, una línea inexistente del puño. El gesto habría parecido íntimo en otra mujer. En ella parecía una firma.

—Debería —dijo.

Luego retiró la mano.

No lo tocó más, no hacía falta.

Nick entendió, con esa claridad amarga que a veces precede a la verdadera ruina, que estaba empezando a enamorarse de un desastre sin siquiera la cortesía de ser correspondido y, lo que era peor, lo entendió y no se levantó de la mesa.

A la misma hora, Brand esperaba frente a la librería de la rue de l’Odéon con el cuello del abrigo levantado y las manos desnudas dentro de los bolsillos.

No era un gesto romántico. Habría odiado que alguien lo llamara así.

Era, en el fondo, una forma menos respetable de la insistencia: necesitaba verla fuera de Saint-Michel, fuera de los papeles, fuera del deber y de la inspección que ya empezaba a oler a pelea administrativa y a maniobra de salón.

Necesitaba probar si la distancia que Elettra había instalado podía todavía moverse un grado cuando no había testigos suficientes para convertir todo en escena.

La tarde estaba hecha de lluvia fina y libreros honestos.

La rue de l’Odéon no tenía la arrogancia de otras calles; era más grave, más letrada, más consciente de las personas que pasaban mirando escaparates no por lujo sino por hambre de otra cosa.

Desde la puerta de la librería salía el olor a papel nuevo mezclado con el perfume tibio del café de la esquina.

Las luces, encendiéndose poco a poco en los interiores, parecían faros pequeños protegiendo islas de razonabilidad contra el barro parisino.

Brand la vio doblar la esquina antes de que ella lo viera a él.

Elettra llevaba un abrigo oscuro y un sombrero sencillo que no ocultaba del todo la línea firme de la frente.

Venía sola, con dos libros apretados contra el costado y la atención dividida entre la calle y algo que todavía seguía pensando.

Caminaba como trabajaba: exacta. No rápida, no distraída, no queriendo ser observada y, por eso mismo, imposible de no mirar.

Cuando levantó la vista y lo encontró, no se sobresaltó.

Eso también empezaba a exasperarlo.

—Monsieur Charpentier —dijo al llegar a la acera protegida por el toldo—. Qué coincidencia tan laboriosa.

Brand ignoró el golpe.

—No es una coincidencia.

—Ya lo imaginaba.

Había humedad en el aire y en la tela del sombrero de ella. Una gota le quedó prendida en una pestaña durante un segundo antes de caer. Brand la siguió con una atención que detestó en cuanto se descubrió haciéndolo.

—Quiero hablar contigo —dijo.