El vals de las apariencias 8 La cuerda y la herida #2
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8 La cuerda y la herida #2

Brand sintió una rabia breve, fea, y la dejó pasar. Porque la frase era cierta y porque venía de la parte exacta del problema: él no solo había cometido un error. Todavía no sabía cómo desactivar lo que ese error había dejado en la carne.

—Estoy intentando arreglar eso.

—No conmigo.

La rapidez de la respuesta lo sorprendió.

Elettra dio un paso atrás del escritorio y cruzó los brazos, no a la defensiva, como una mujer que necesita sostener recta su propia firmeza para decir algo que no la degrade.

—No quiero convertirme en la prueba de que un hombre puede volverse mejor después de haber sido cobarde. No soy una penitencia.

La frase dejó el aire sin ningún lugar cómodo donde apoyarse.

Brand levantó la mirada hacia ella con una atención tan tensa que por un segundo Elettra temió haber llegado demasiado lejos. Luego recordó la noche anterior. El vals. El nombre de Elizaveta en la boca de él. El cuerpo respondiendo. Y supo que no.

—No te he pedido eso —dijo Brand.

—Todavía no.

Se hizo un silencio largo.

En el corredor sonaron pasos y luego se alejaron.

Un reloj pequeño dio la hora en la pared, el despacho siguió oliendo a papel húmedo, a tinta y a lana mojada.

Brand no estaba acostumbrado a mujeres que no cedieran cuando un hombre empezaba a hablar en serio.

Elettra no estaba acostumbrada a hombres que, aun heridos, no se defendieran enseguida con arrogancia, ambos estaban aprendiendo algo de mala gana.

—Entonces te diré solo una cosa —dijo él al fin.

Elettra no respondió, esperó.

—No quiero que esto se enfríe por una historia que detesto.

Ahora sí parpadeó ella, muy despacio.

Porque, pese a todo, no había esperado esa formulación, no una excusa, no un “te juro”, no un intento barato de absolverse. Había algo más incómodo allí: un deseo claro de no perder el espacio entre ambos, mezclado todavía con incapacidad para limpiarlo del todo.

—Eso no depende solo de ti —dijo.

Lo vio asentir, una vez y, contra su voluntad, sintió aflojarse en ella una hebra mínima del frío. No suficiente, pero algo.

La puerta se abrió de golpe. La hermana Cécile entró como entra el deber en ciertos lugares: sin pedir perdón.

—Las lámparas del dormitorio pequeño necesitan aceite y el señor Thiago ha descubierto que una niña lleva tres días escondiendo fiebre por no perder la clase de lectura.

Elettra salió del despacho casi antes de que terminara de hablar, Brand la siguió un segundo después. No discutieron más. La vida real, tan poco considerada con los conflictos íntimos, les pasó por encima.

Mientras tanto, Thiago estaba arrodillado junto a una de las camas del dormitorio pequeño.

La niña —de unos nueve años, delgadísima, con los labios resecos y unos ojos enormes demasiado brillantes para ser sanos— lo miraba con una mezcla de susto y vergüenza.

Él le sostenía la muñeca con una mano y con la otra le apartaba con cuidado la manta del cuello.

A su alrededor, el dormitorio olía a sopa recalentada, ropa seca y enfermedad contenida.

La ventana estaba entreabierta para dejar salir el aire viciado, y el frío se metía por la rendija como una lengua de agua.

—Te pregunté si te dolía la cabeza —dijo Thiago—, no si querías ser valiente, no es necesario que lo seas.

La niña desvió la vista.

—No quería que me mandaran a la cama.

—Y, sin embargo, aquí estás.

No había dureza en él, solo ese tipo de ternura práctica que no busca ser vista como ternura. Elettra se acercó enseguida, apoyó una mano en la frente de la niña y su gesto cambió de inmediato.

—Está ardiendo.

—Lo sé.

Brand, desde la puerta, observó la escena y sintió otra vez la punzada desagradable.

Thiago, en aquel lugar, parecía no necesitar explicación.

Se movía con naturalidad, sabía cómo bajar la voz, cómo colocarse a la altura del dolor sin convertirlo en espectáculo.

Elettra, a su lado, parecía respirar mejor incluso en mitad de la preocupación y aquello, mucho más que la belleza o la simpatía, resultó insoportable para Brand.

Porque ahí estaba el verdadero rival, si quería llamarlo así: no un hombre más brillante, ni más fuerte, ni más rico.

Un hombre con el que Elettra no tenía que defenderse.

La niña dejó escapar un quejido.

Elettra la cubrió mejor y se volvió hacia la hermana Cécile.

—Agua tibia, paños limpios y que preparen la sala pequeña del fondo. No va a clase.

La monja salió apresurada.

Thiago levantó por fin la vista y encontró a Brand en el umbral.

Durante un instante ninguno habló. En la mirada de Thiago había cansancio, sí, pero también otra cosa: una paz dolorosa que a Brand le produjo la impresión de llegar tarde no solo a una habitación, sino a una versión de sí mismo que ya no iba a tener.

—¿Puedes ayudarme a mover la cama? —preguntó Thiago.

No usó “por favor”, no necesitó hacerlo.

Brand entró y ayudó. Entre los tres cambiaron la cama de sitio para apartarla de la corriente, trajeron agua, colocaron paños en la frente de la niña, buscaron el termómetro, encendieron mejor la estufa del cuarto.

No hubo conversación innecesaria, solo trabajo, manos, decisión.

La tarde empezó a oscurecerse sobre los vidrios y el dormitorio se volvió una cápsula tibia, pobre y extrañamente íntima donde lo importante era, de pronto, una niña con fiebre y no el desastre elegante de la noche anterior.

A veces la realidad hace eso: humilla lo sentimental obligándolo a coexistir con algo más urgente.

Cuando por fin la pequeña se quedó dormida y la hermana Cécile volvió a hacerse cargo, salieron al pasillo.

Thiago se pasó una mano por la nuca, cansado. Elettra tenía una marca de humedad en la manga. Brand seguía con el pulso algo más alto de lo normal, no por la niña, sino por la manera en que el cuidado compartido había vuelto el corredor todavía más difícil de habitar.

—Voy a buscar más paños —dijo Elettra, y se alejó a la lavandería.

Quedaron solos. Thiago se apoyó un segundo en la pared del pasillo, no parecía abatido, parecía más lejos.

—La carta era de Elizaveta —dijo, sin rodeos.

Brand giró la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco a Nick. —Thiago dejó caer las manos a los costados—. Y porque esa mujer no se mueve sin una razón.

Brand no respondió.

Thiago volvió la vista hacia la puerta del dormitorio, donde la niña dormía ahora más tranquila.

—Ella lo va a usar —dijo.

No hacía falta explicar a quién se refería.

—Lo sé.

Thiago asintió una vez, muy despacio.

—Entonces detenlo antes de que se entusiasme demasiado.

La frase parecía hablar de Nick, pero Brand entendió, con esa incomodidad que solo produce la fraternidad, que no se refería solo a él, hablaba también de Elettra, de sí mismo, de la cuerda entera.

—No puedo decidir por Nick.

—No. —Thiago se apartó de la pared—. Pero sí sabes qué clase de mujer es ella, creo que lo sabes mejor que ninguno de nosotros.

Ahora sí lo miró de frente, no había juicio abierto en sus ojos, había algo más duro: conocimiento y Brand sintió que el peso de su error con Elizaveta, ese peso privado y vergonzoso, se le hacía más visible de lo soportable bajo la simple inteligencia de su hermano.

—Estoy intentando arreglar lo que puedo —dijo.

Thiago sostuvo un instante más la mirada.

—Entonces empieza por no mentirte.

Se alejó antes de que Brand pudiera responder y esa fue, quizá, la forma más perfecta de la herida fraterna: no una escena, no una acusación, sino una frase dicha con tanta verdad que el otro tiene que quedarse a solas con ella.