El vals de las apariencias 8 La cuerda y la herida
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8 La cuerda y la herida

Nick encontró a Elizaveta al final de la tarde, cuando París empezaba a ponerse sus joyas húmedas para la noche.

No fue una cita declarada. Las mujeres como Elizaveta rara vez descienden a la vulgaridad de fijar encuentros como si necesitaran confirmar que alguien acudirá.

Le había enviado una dirección, una hora y una frase corta en un papel demasiado perfumado para resultar inocente: Si sigues teniendo curiosidad, ven solo.

Nick había ido, por supuesto.

El café estaba en una calle lateral del barrio de la Madeleine, lo bastante elegante para no parecer clandestino y lo bastante discreto para que ciertos nombres pudieran sentarse sin convocar de inmediato a media columna social.

Las ventanas empañadas devolvían la luz dorada de las lámparas al adoquín mojado; dentro olía a licor, mantequilla, tabaco fino y lana secándose cerca de un radiador.

No era un lugar de grandes pasiones. Era un lugar para conversaciones que preferían entrar en la sangre antes que en los periódicos.

Elizaveta ya estaba allí.

No llevaba el esplendor frío de la noche anterior.

Había cambiado la plata por un vestido de lana color borgoña oscuro, con un abrigo claro echado sobre los hombros y el cabello recogido atrás de una manera más sencilla, más peligrosa precisamente por eso.

Algunas mujeres se vuelven menos hermosas con la sobriedad.

Elizaveta se volvía más legible; y en ella la legibilidad era solo otra máscara.

Nick se quitó los guantes al llegar a la mesa.

—Esto es nuevo —dijo, dejando el sombrero sobre la silla vacía—. Creí que las mujeres como tú preferían arruinar hombres en salones mejor iluminados.

Elizaveta alzó la vista hacia él y sonrió con una lentitud deliciosa.

—No exageres. Para arruinar a un hombre basta con que se siente.

Nick tomó asiento.

—Qué alivio. Yo ya estaba empezando a hacerlo gratis.

Ella le indicó la copa de coñac que había mandado servir antes de que él llegara.

—No me gusta hacer esperar el consuelo.

Nick tomó la copa, la hizo girar entre los dedos y no bebió enseguida.

Había llegado dispuesto a jugar, sí; dispuesto a dejarse rozar por esa electricidad enferma que Elizaveta producía en ciertos hombres; dispuesto, incluso, a sostener la fantasía de ser distinto para ella.

Pero todavía llevaba en la memoria el despacho de Saint-Michel, los niños, el mínimo espanto que se le había asomado en los ojos antes de cubrirlo con azúcar.

Ese recuerdo, pequeño y desagradable, le había dejado una grieta nueva en la fascinación.

Elizaveta lo vio dudar y, por supuesto, entendió antes que él qué era lo que se había roto.

—No me mires así —dijo, apoyando el codo sobre la mesa—. Me obligas a pensar que ayer fuiste a la escuela con fines morales, y eso sí sería una tragedia.

Nick soltó una risa breve.

—No. Solo fui curioso.

—La curiosidad en un hombre guapo es casi siempre una forma suave de la perdición.

—¿Y en una mujer como tú?

Elizaveta se inclinó apenas hacia él.

—Una herramienta.

Lo dijo sin vergüenza, y eso fue justamente lo que volvió la frase tan eficaz, en otros labios habría sonado a confesión, en los suyos pareció elegancia. Nick bebió por fin, el coñac le ardió lento, le gustó.

—Entonces dime la verdad —murmuró—. ¿Para qué herramienta me quieres hoy?

La sonrisa de Elizaveta no se ensanchó. Se afinó.

—Para una muy sencilla. Quiero saber cuánto tardará tu familia en romperse si solo empujo en el sitio correcto.

Nick la sostuvo con la mirada, fascinado a pesar de sí mismo.

Había hombres que se retiraban al oír frases así. Él, en cambio, se acercaba. No porque fuera valiente. Porque ciertas clases de peligro le parecían la forma más refinada del afecto.

—Qué manera tan encantadora de invitarme a una copa.

—No te quejes —dijo de aquella forma tan ufana muy suya—. Hay hombres a los que ni siquiera les explico por qué los uso.

Nick dejó la copa y apoyó ambos antebrazos en la mesa. El borde del puño blanco, impecable, contrastaba con la madera oscura como una declaración demasiado cuidada.

—Brand te sigue importando.

Elizaveta no parpadeó.

—Claro.

—Y, sin embargo, me has llamado a mí.

—Sí.

—Eso es casi insultante.

—No. —Ella inclinó la cabeza—. Eso significa que eres útil en un idioma que él ya no quiere hablar.

La frase entró limpia.

Nick sintió el golpe exacto en el sitio donde la vanidad se vuelve herida, y por un segundo la deseó menos como mujer que como posibilidad de vengarse de la incomodidad que le acababa de provocar. Sonrió. Pero ahora la sonrisa tenía menos luz.

—Veo que hoy sí has venido a ensuciarte las manos.

Elizaveta apoyó la yema del dedo en el borde de la copa de él, muy cerca, sin tocarlo.

—No me importa ensuciarlas si el barro queda en el lugar correcto.

Nick bajó la vista a esa mano. Hermosa, delicada, casi perfecta y volvió a acordarse del movimiento con que se había retirado de los niños, del asco disimulado, del falso amor puesto sobre la boca como se pone polvos de arroz sobre una herida.

Aquella era la primera vez que la veía entera.

No más seductora por ello. Más clara. Y, por alguna razón profundamente propia de él, la claridad no le quitó el deseo. Solo lo volvió más triste.

—No me gustan las causas perdidas —dijo.

—Mentira. —Elizaveta se echó apenas hacia atrás—. Te encantan. Lo que no soportas es que te recuerden que lo sabes.

Nick soltó una exhalación que casi fue una risa.

Ella seguía teniendo razón con demasiada facilidad y eso seguía siendo, de manera indecente, parte de su encanto.

Mientras tanto, en Saint-Michel, el día se iba espesando alrededor de Brand y Elettra como una tela húmeda.

La lluvia había aflojado un poco, pero el cielo seguía bajo, plomizo, y en el patio la cuerda de tender oscilaba con pequeñas gotas todavía prendidas a la lana infantil.

En el despacho, las cuentas estaban ya agrupadas por sectores, las cartas firmadas, los informes ordenados y las listas del orfanato cruzadas con las de la escuela.

Todo parecía más listo. Todo salvo ellos.

Elettra no lo había evitado.

Eso era lo peor, no se había vuelto cruel, no había rehecho el día a base de indiferencia teatral, trabajaba con él, le respondía, tomaba los papeles que él le extendía, le corregía una cifra, le pedía otra carpeta, se quedaba a su lado ante el escritorio sin modificar un centímetro del profesionalismo debido.

Y, sin embargo, algo había desaparecido, no la cordialidad, algo más precioso: la entrega inconsciente de la atención.

Ya no se distraía mirándolo, ya no le dejaba, sin querer, la sombra mínima de ciertas sonrisas, lo había reubicado en un lugar más limpio y lejano.

Brand empezó a comprender que la distancia no siempre llega en grandes gestos. A veces llega así: en la exactitud.

Estaban revisando una lista de mantas del ala sur cuando Elettra se inclinó sobre el papel y señaló una línea.

—Esa cantidad está mal.

Brand bajó la vista.

—No. Son veintiocho.

—No. —Ella apoyó apenas el índice sobre el margen—. Aquí cuenta usted dos veces el envío de enero.

El tono fue impecable. El uso del “usted” también.

Él tardó medio segundo en responder.

—Tienes razón.

Elettra retiró el dedo.

El silencio duró una respiración más de lo necesario, luego ella tomó otra hoja.

Brand no apartó la vista enseguida, miró la línea limpia de su perfil, la boca concentrada, el mechón oscuro que se había soltado cerca de la sien.

En otro momento habría callado y habría seguido trabajando, pero Lilianne no estaba, Thiago se había ido a la sacristía a revisar un armario de medicinas, la hermana Cécile andaba en los dormitorios y el despacho, por primera vez en todo el día, parecía hecho para una conversación.

—Elettra.

Ella siguió leyendo una línea más antes de alzar la vista.

—¿Sí?

La sobriedad de la respuesta casi lo hizo retroceder. Casi.

—No quiero que trabajes conmigo como si lo de anoche pudiera simplemente archivarse.

Un músculo pequeño se tensó en la mejilla de Elettra.

—¿Qué otra cosa sugieres?

No había ironía. Solo cuidado.

Brand apoyó ambas manos en la mesa, inclinado levemente hacia ella, no como un hombre que avanza sobre una mujer, como un hombre que intenta, por una vez, no esconderse detrás de su apellido, de su educación o de su disgusto.

—Sugiero que no voy a fingir que no importa lo que piensas de mí.

Elettra dejó la pluma.

El sonido de la lluvia volvió a hacerse oír con más claridad. Afuera, en la galería, un niño corrió seguido por una monja. El mundo continuó con la vulgaridad insolente de siempre, pero dentro del despacho algo se había vuelto más inmóvil.

—¿Y qué pienso de ti? —preguntó.

Brand sostuvo su mirada.

—Que ya no sabes dónde colocarme.

La respuesta no la sorprendió, eso fue aún peor.

—No —dijo ella—. Eso ya lo sé bastante bien.

La frase lo atravesó sin elevación de voz, sin alarde, por un momento no supo si lo había herido más el contenido o el hecho de que lo dijera con esa calma. Como si el dolor no necesitara dramatizarse para resultar definitivo.

—Entonces dime dónde.

Elettra apoyó una mano sobre el cuaderno abierto, la yema de los dedos se le marcó blanca en el papel.

—Entre la utilidad y la desconfianza.

La honestidad, en ciertas mujeres, tiene un filo más limpio que la crueldad. Brand apartó la vista hacia la ventana, la cuerda de tender, el patio mojado, una maceta vacía, todo aquello le pareció de pronto demasiado nítido.

—No te pido que confíes ahora.

—Menos mal —dijo ella—. Porque sería una insolencia.

Él aceptó el golpe con una exhalación mínima.

—Tampoco quiero que me condenes con lo que ya sabes de ella.

Elettra lo observó largo un segundo, el color de sus ojos se oscurecía cuando se volvía más atenta, ya no había en ella la extrañeza inicial. Había criterio.

—No te condeno por haber tenido un pasado. —La voz le salió más baja—. Te juzgo por cómo sigue viviendo en tu cuerpo.