El vals de las apariencias 11 Antes del amanecer #2
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11 Antes del amanecer #2

Se había quitado el sombrero y tenía el cabello recogido de cualquier manera, no con esa elegancia tirante de las horas públicas, sino con el cansancio práctico de una mujer que ya no le debe belleza a nadie a las cinco de la mañana.

Llevaba todavía el vestido oscuro del día anterior, aunque el cuello estaba algo aflojado y las mangas arremangadas a media altura del antebrazo.

Tenía la espalda apoyada en el respaldo y la cabeza inclinada apenas hacia un lado, no del todo dormida, no del todo despierta.

Sobre el regazo descansaba un libro cerrado que evidentemente no había leído.

La luz de la estufa le daba al rostro un cansancio dorado que la volvía más íntima, más verdadera, y por eso más peligrosa para un hombre que ya había empezado a desear no solo su cuerpo, sino su permanencia.

Brand no dijo nada al principio, dejó el termo y el pan sobre la mesa más cercana, las medicinas junto al cuenco de agua y se acercó lo justo para ver si estaba dormida.

No lo estaba.

Abrió los ojos en el momento exacto en que él dudó si cubrirle los hombros con la manta doblada del sofá. Y, aun medio salida del sueño, lo vio antes de preguntar.

—Volviste.

La voz le salió baja, ronca de cansancio. No “volvió usted”. No “ha venido”. Volviste. Brand sintió el efecto de la palabra como un cambio minúsculo de clima.

—Sí.

Ella apartó el libro del regazo.

—Qué hora es.

—Temprano.

—Eso no responde nada.

—Las cinco y media.

Elettra se llevó una mano a la frente y se frotó un segundo, cerrando los ojos otra vez.

—Eres insoportable incluso al amanecer.

Brand, contra toda lógica y contra toda prudencia, sintió algo parecido a una punzada de ternura.

—He traído café.

Elettra abrió los ojos de nuevo y miró la mesa.

—Entonces quizá no tanto.

Se incorporó despacio. El cuerpo, cuando una mujer lleva demasiadas horas en pie, pierde algo de su orgullo exterior y se vuelve más honesto.

Elettra no parecía frágil, parecía agotada y eso, en Brand, despertó una necesidad más simple y vieja que la seducción: cuidarla.

La comprendió con tal claridad que casi se enfadó consigo mismo.

Le sirvió café en la taza de loza que encontró junto a la estufa y se la tendió.

Elettra la tomó con ambas manos. El calor le tiñó apenas los nudillos.

Brand la observó beber el primer sorbo con los ojos aún medio cerrados.

El gesto, doméstico y sin defensa, le pareció más íntimo que cualquier vestido de noche.

—¿Y la niña? —preguntó él.

—Mejor. —Ella se humedeció apenas la boca con el café—. Si la fiebre no sube antes del mediodía, habrá pasado lo peor.

Brand asintió. Se quedó de pie un momento y luego, al advertir que aquello la obligaba a mirar hacia arriba en vez de a él simplemente, acercó otra silla y se sentó enfrente.

Durante unos segundos ninguno habló.

La sala del fondo estaba tibia por la estufa, pequeña, pobre, más honesta que cualquier salón en el que Brand hubiera pasado la noche anterior.

A través del cristal de la ventana empezaba a entrar una claridad incierta, no aún día, no ya noche.

La lluvia había cesado. París, al otro lado, debía de estar todavía recogiéndose el cabello y el barro antes de empezar a fingirse despierta.

Elettra bajó la taza.

—No esperaba que lo hicieras.

—Yo sí.

Ella alzó apenas una ceja.

—Qué modestia.

—No es modestia. —Brand miró el borde de la estufa, luego volvió a ella—. Sabía que volvería.

Elettra sostuvo su mirada un latido entero. Luego otro.

Había algo distinto en él a esa hora. No más bueno. Eso sería una ilusión infantil. Más limpio, quizá. Menos defendido. El amanecer tiene esa crueldad: arranca un poco de adorno a las personas antes de que puedan rehacerse del todo.

—Thiago también se habría quedado —dijo ella, sin rodeo.

Brand recibió el nombre con esa mezcla dolorosa de incomodidad y lucidez que ya empezaba a reconocer demasiado bien.

—Lo sé.

—No has preguntado.

—No hacía falta.

Elettra volvió la vista a la taza.

—No quería ser injusta con él.

La frase quedó flotando.

Brand tardó un momento en contestar. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía demasiado bien qué no debía decir.

—Y aun así lo fuiste.

Ella levantó la mirada, no ofendida, sorprendida por la dureza.

Brand no apartó los ojos.

—No te lo reprocho. —La voz le salió baja—. Solo digo que lo sabes.

Elettra respiró hondo.

El café le tembló apenas en la mano y luego dejó de temblarle.

—Sí.

Aquella simple aceptación, sin excusa ni lágrima, le resultó a Brand profundamente hermosa y profundamente cruel.

—¿Se va? —preguntó ella después de un instante.

Brand entendió enseguida que no hablaba del cuarto.

—Después de la inspección.

Elettra bajó la vista. No por cobardía. Por pesar.

—Lo imaginé.

—Lo oíste.

Ella apoyó la taza sobre la mesa.

—No todo. Lo suficiente.

Brand calló.

Había algo casi obsceno en compartir aquel conocimiento sobre Thiago mientras la madrugada seguía haciéndose luz en las paredes. Como si los dos, al quedarse allí, hubieran heredado no solo un cansancio común, sino también el peso indecente de haber sido elegidos de un modo que dejaba a otro fuera.

—No me gusta lo que esto está haciendo —dijo Elettra.

—A ninguno.

—No hablo solo de él.

Brand sintió el golpe antes de entenderlo entero.

Elettra cruzó lentamente las manos sobre el regazo.

—No me gusta quién me vuelvo cuando te miro a ti después de hablar con él.

La verdad le salió limpia, con una calma que la volvía todavía más peligrosa. Brand se inclinó apenas hacia adelante, no un gesto de acecho, uno de atención absoluta.

—¿Y quién te vuelves?

Elettra tardó un momento. Afuera, la claridad aumentó un grado. Un pájaro se atrevió a cruzar el patio con una sola nota, la casa seguía dormida en su mayor parte, el mundo todavía no estaba listo para escuchar ciertas confesiones.

—Una mujer que desconfía de la bondad cuando la tiene enfrente —dijo al fin—. Y eso me avergüenza un poco.

Brand no respondió enseguida.

Porque comprendió, con una lucidez extraordinaria, que Elettra no estaba diciendo una simple perversidad romántica.

Estaba nombrando algo más hondo y más feo: la atracción que siente una inteligencia severa por la grieta, por el peligro, por aquello que parece pedir no paz sino choque. Y él, por supuesto, era eso.

No un refugio, un filo.

La conciencia no lo enorgulleció, lo estremeció.

—No creo que desconfíes de la bondad —dijo al cabo—. Creo que no te interesa como consuelo.

Elettra levantó lentamente la vista.

—Eso ha sonado demasiado bien para venir de ti.

—Quizá estoy cansado.

—Quizá.

Y, por primera vez en muchos capítulos, sonrió.

No mucho, no del todo, lo suficiente. Fue una rendija tan mínima que a Brand le dolió, porque comprendió cuánto la había necesitado, incluso sin derecho. La puerta del cuarto se abrió despacio. La hermana Cécile asomó la cabeza con la discreción frustrada de quien sabe que no sabe ser discreta.

—La niña se ha despertado —dijo—. Tiene hambre.

Elettra y Brand se pusieron de pie al mismo tiempo.

La monja los miró, a uno y a otro, con una expresión que mezclaba sueño, exasperación y una vaga satisfacción de superioridad espiritual. Luego desapareció otra vez por el corredor.

Elettra se acomodó el cabello con ambas manos, rehaciéndose en un segundo. Volvía la maestra. La mujer despierta. La que no concede demasiado, pero antes de salir, miró a Brand una vez más.

—Gracias por volver.

Él sostuvo la mirada.

—Te dije que lo haría.

Elettra inclinó apenas la cabeza.

—Sí. —Una pausa breve, casi íntima—. Lo hiciste.

Y salió del cuarto.

Brand se quedó un segundo más junto a la mesa, con el olor del café todavía tibio, la claridad del amanecer trepando ya por la ventana y una certeza incómoda, firme, imposible de adornar: Elizaveta había dejado en él el rastro de lo peor.

Thiago le mostraba a Elettra la forma más limpia del amor y aun así, en aquella sala pobre, a las cinco y media de la mañana, la única mujer cuya gratitud le importaba más de lo razonable era la que todavía lo miraba como si no hubiera decidido del todo si valía la pena seguir arriesgándose a él.