El vals de las apariencias 7 Lo que empieza a retirarse
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7 Lo que empieza a retirarse

Cuando Brand volvió del invernadero, la noche seguía intacta.

Eso fue, quizá, lo más ofensivo.

El salón continuaba respirando con la misma elegancia indecente de siempre: el cuarteto en un extremo, las lámparas derramando luz sobre las copas, los criados deslizándose entre grupos de conversación con bandejas de licor y café, las mujeres inclinando apenas la garganta para escuchar mejor, los hombres riendo en el tono exacto en que la risa deja de ser placer y empieza a ser estrategia.

Nada en la escena anunciaba que algo se hubiera quebrado en otra habitación.

La alta sociedad tiene ese talento: incluso cuando una verdad entra en ella, la obliga a vestirse bien.

Brand se detuvo un segundo en el umbral.

Buscó primero a Elettra.

La encontró cerca de una de las columnas, hablando con Delaila.

No estaban solas, pero sí aisladas por una suerte de gravedad femenina que hacía que el resto del salón pareciera girar alrededor sin rozarlas del todo.

Delaila inclinaba la cabeza con esa atención serena suya que no parecía compasión, sino inteligencia.

Elettra escuchaba con las manos unidas al frente, demasiado quietas.

Tenía el cuerpo entero bajo control, y, sin embargo, en la forma en que sostenía los hombros había algo nuevo: una reserva más dura.

Como si hubiera cerrado una puerta por dentro y aún no estuviera segura de si iba a dejarla así para siempre o solo durante la noche.

Después vio a Nick.

No estaba bailando ya, pero permanecía junto a Elizaveta con una proximidad que no era casual.

Se había apoyado en el piano cerrado con un codo, copa en mano, la cabeza apenas inclinada hacia ella, sonriendo de ese modo demasiado hermoso que en él siempre había sido mitad encanto, mitad precipicio.

Elizaveta le hablaba sin tocarlo, con la atención suficiente para mantenerlo encendido y nunca la bastante como para concederle una victoria.

A cierta distancia, aquello todavía podía parecer un flirteo.

Brand sabía mejor. No porque conociera a Nick menos de lo que creía conocerlo, sino porque conocía a Elizaveta demasiado.

Ella no seducía por hambre. Seducía por control.

Y cuando elegía a un hombre para ese tipo de juego, rara vez era por azar.

Thiago estaba solo.

Se había apartado junto a una ventana alta, medio oculto por una cortina de terciopelo color vino, con una taza de café entre las manos y la mirada fija en la noche exterior, donde París flotaba oscura y brillante detrás del vidrio.

No parecía abatido. Eso habría sido más fácil, parecía otra cosa, más recogido, más lejos.

Como si hubiese empezado ya, incluso sin moverse de sitio, el largo proceso de retirarse de algo. Brand sintió una punzada incómoda.

No solo por Thiago, por lo que había provocado en todos.

Lilianne lo vio entrar y alzó apenas la copa a modo de reconocimiento.

No sonrió. No hacía falta. La mirada decía suficiente: ahora ya lo sabes.

Delaila, todavía junto a Elettra, levantó los ojos un segundo y le sostuvo la vista con la extraña frialdad de quien no lo condena, pero tampoco piensa absolverlo.

Brand caminó hacia la mesa.

Elettra no se volvió inmediatamente. Eso lo sintió antes de aceptarlo.

En otra circunstancia quizá no le habría importado.

Esa noche sí. Porque venía del invernadero con el cuerpo todavía lleno de la conversación, de la humillación de haber dicho lo justo y haber callado lo peor, de esa imposibilidad masculina de explicar un error sin envilecerse más al hacerlo.

Y encontrar en Elettra no ira, no una escena, sino distancia, le hizo comprender algo con una nitidez desgraciada: había empezado a esperar de ella demasiado.

Delaila fue la primera en hablar.

—Pensé que te habías marchado.

Brand mantuvo la compostura.

—No suelo hacerlo sin avisar.

—Quizá deberías aprender —dijo ella con suavidad.

No era una crueldad, era peor: una observación precisa.

Elettra bajó apenas la mirada a la taza que tenía entre los dedos.

El gesto fue mínimo, pero Brand entendió que Delaila no estaba hablando solo de la noche.

Había un subtexto antiguo allí, uno que probablemente venía de antes que él mismo quisiera contar.

Elizaveta había dejado rastro en demasiada gente.

—Ya es tarde —dijo Elettra.

Era la primera frase que le dirigía desde el invernadero. No había frialdad abierta en el tono y, sin embargo, Brand la sintió como si le hubieran puesto una pieza de hielo bajo el esternón, porque no sonaba como una mujer lastimada. Sonaba como una mujer que estaba empezando a decidir.

—Sí —respondió.

Nada más. No hubo nada más que pudiera decir sin volverse torpe o, peor, pequeño.

Detrás de ellos, Nick soltó una carcajada baja.

El sonido bastó para que Elettra levantara la vista hacia el piano.

Elizaveta había vuelto ligeramente el rostro en esa dirección, satisfecha de algo que solo ella y su vanidad terminaban de comprender.

Nick seguía inclinado hacia ella, tan hermoso en su interés que a Brand le habría resultado grotesco de no mediar el afecto antiguo y la costumbre dolorosa de saber cuánto podía incendiarse su hermano por una mujer equivocada.

Thiago llegó entonces a la mesa. No se dirigió a nadie primero, dejó la taza vacía, se acomodó el puño de la camisa con un gesto distraído y miró a Lilianne.

—¿Nos vamos?

Lilianne lo estudió un instante.

—Yo sí. —Luego volvió el rostro hacia Elettra—. Tú también.

Elettra asintió. No buscó a Brand. No buscó a Nick.Ni siquiera a Elizaveta.

Fue ese desinterés deliberado lo que terminó de irritar a Elizaveta al otro lado del salón.

Se le notó apenas en la manera en que el dedo índice acarició una vez el tallo de la copa.

El pequeño roce de una mujer que se sabía todavía observada y, aun así, había dejado de ser el centro en la mente de otra.

Cuando Lilianne y Elettra empezaron a despedirse, Nick se separó por fin del piano y se acercó con una lentitud casi teatral.

Brand lo vio venir y supo, antes de que hablara, que la noche no había terminado de ensuciarse.

—¿Tan pronto se retiran? —preguntó Nick, dirigiéndose a Lilianne pero mirando a Elettra.

—Las personas trabajamos por la mañana —respondió Lilianne.

—Y otros brillamos inútilmente por la noche —sonrió él—. París necesita variedad, ¿No creen?

Elettra se limitó a recoger sus guantes.

—París necesita menos hombres encantados de conocerse.

Thiago apartó los ojos para esconder algo que pudo haber sido una sonrisa. Brand, pese a todo, sintió un alivio mezquino al oírla seguir afilada. Nick, por el contrario, pareció disfrutarlo.

—Cuando dices esas cosas, casi me dan ganas de volverme mejor.

—No haga esfuerzos inútiles —dijo ella.

Lilianne tomó del brazo a Elettra.

—Ven antes de que el monsieur decida convertir la autocrítica en una forma más cara de seducción.

Se despidieron de los Rostov. De Delaila con una inclinación real.

De Alekséi con la distancia necesaria. De Elizaveta apenas con la educación mínima.

Ella respondió con una sonrisa demasiado limpia para ser sincera.

Y mientras veía salir a Elettra, Brand sintió con una claridad casi física que la noche le había dejado a ella algo que ya no iba a poder retirarle con una frase bien dicha.

La desconfianza, una vez instalada en una mujer inteligente, no se parece al escándalo, se parece a la lucidez.

Cuando finalmente los Charpentier dejaron la casa Rostov, el aire exterior les devolvió una sobriedad que el salón había pasado horas intentando corromper.

El coche avanzó por calles todavía húmedas, con las luces de París temblando en los charcos como joyas descuidadas.

Dentro del automóvil, la oscuridad se acomodó entre ellos con demasiada facilidad.

Nick fue el primero en romperla.

—Me gusta —dijo.

Thiago no necesitó preguntar de quién hablaba.

—Por supuesto.

Nick se recostó en el asiento, aún vibrando de una energía que a Brand le resultaba irritante y penosa al mismo tiempo.

—No, escucha. —Sonrió hacia el techo del coche—. Me gusta de verdad. Es horrible.

—Todo te gusta más cuando es horrible —murmuró Thiago.

Nick lo miró con esa viveza que pedía contradicción.

—No todo. Solo lo que huele un poco a incendio.

Brand mantuvo los ojos en la ventanilla.

—Entonces no te acerques demasiado.

Nick se echó a reír.

—Hermano, vienes tú a dar consejos sobre Elizaveta. Ya no sé si estamos en París o en una farsa moral.

La frase quedó suspendida. Thiago no intervino. No por falta de opinión, porque el cansancio se le había vuelto demasiado serio para desperdiciarlo en otra pelea. Brand se quedó inmóvil y fue esa inmovilidad, más que cualquier respuesta, la que confirmó para Nick que había tocado justo donde debía.

—No te pongas así —dijo, un poco más bajo—. Solo digo que si yo fuera tú, me preocuparía menos por mí y más por la cara que puso la Rinaldi cuando bailaste con ella.

El apellido, en su boca, sonó ligero. En el pecho de Brand no.

Thiago volvió por fin la cabeza.

—Nicholas.

No fue una advertencia, fue una súplica demasiado orgullosa para llamarse así. Nick captó el matiz y por eso mismo se le afiló la sonrisa.

—Mira qué interesante. A uno le importa demasiado. Al otro también, y la única que tuvo sentido esta noche fue Lilianne.

—Ya basta —dijo Brand.

El coche siguió su camino.

Durante el resto del trayecto nadie habló. Pero el silencio ya no fue el de una noche larga. Fue otra cosa: el de tres hombres sabiendo, cada uno a su manera, que algo se había corrido de lugar entre ellos y todavía no encontraban el nombre digno para esa clase de incomodidad.

Ala mañana siguiente, Saint-Michel olía a tinta fresca, a papel abierto y a sopa demasiado temprana.