6 La música que queda #4
Y allí estaba. Lo más cercano que un hombre como él podía ofrecer a una humillación pública: una verdad seca, sin adorno, sin justificación brillante.
No alivió nada. Elettra sintió que el pecho se le vaciaba de un modo frío, ordenado, como si algo adentro decidiera retirarse antes de que la herida se volviera más profunda.
—Gracias —dijo.
La palabra le sonó terrible a Brand.
—No me des las gracias.
—Las doy porque has dejado de tratarme como si fuera estúpida.
Él dio un paso hacia ella. No agresivo, no posesivo y, sin embargo, el movimiento bastó para que el espacio entre ambos se tensara.
—No te trato así.
—No. —Elettra sostuvo la posición—. Me tratas como si pudieras dosificarme la verdad según lo que te resulte más cómodo.
El golpe fue limpio, directo, imposible de desviar.
Brand sintió una ira breve y vergonzosa, no contra ella, sino contra el hecho de que hubiera nombrado exactamente aquello que más odiaba de sí mismo en ese instante.
—No sabes lo que fue.
—Tienes razón. —La voz de Elettra se volvió más baja—. No lo sé. Y esa es precisamente la parte que ya no me gusta.
Él abrió la boca y la cerró. Porque cualquier explicación corría el riesgo de empeorarlo todo.
Si hablaba de debilidad, se haría pequeño.
Si hablaba de deseo, se haría despreciable.
Si hablaba de arrepentimiento, parecería un hombre que llega limpio demasiado tarde. Y quizá eso era exactamente lo que era.
Elettra observó aquel silencio y comprendió más de lo que habría querido.
Comprendió que no se trataba solo de una historia vieja.
Se trataba de una historia todavía vergonzosa.
Todavía viva en un punto bajo del cuerpo de Brand.
Todavía capaz de endurecerle la espalda cuando Elizaveta pronuncia su nombre en un salón.
—No voy a caminar hacia un hombre que todavía tiembla cuando otra mujer lo llama como si ya lo hubiera tenido —dijo.
Esta vez sí fue una herida.
Brand la recibió entera.
No respondió de inmediato porque no había defensa elegante contra una frase así cuando el cuerpo ha delatado demasiado.
El invernadero guardó el eco entre sus hojas húmedas.
Del otro lado del cristal, el cuarteto empezó una nueva pieza, más lenta, más honda, y la música llegó deformada por el vaho, como si la propia noche hubiera quedado a distancia.
Lilianne se acercó por fin, sin dramatismo, sosteniendo una rama de azahar entre los dedos.
—Bien —dijo, mirando primero a Elettra y luego a Brand—.
Ya que ambos han decidido decir cosas útiles, me gustaría recordarles que seguimos teniendo una inspección dentro de dos días y que el mundo, desgraciadamente, no se detiene cada vez que un hombre confiesa haber sido menos limpio de lo que parecía.
Brand se volvió hacia ella.
—Lilianne…
Ella lo cortó alzando apenas una mano.
—No. No ahora. —La voz no subió. No lo necesitaba—. Si quieres hablar, habla mejor. Si quieres callar, calla completo. Pero no vuelvas a venir ante una mujer con media verdad en la boca y la esperanza de que eso te haga parecer noble.
Elettra cerró lentamente la mano sobre el borde de la mesa. No estaba temblando, eso la enorgulleció y le dolió al mismo tiempo.
—Volvamos —dijo.
No era una súplica ni una huida, era una decisión.
Lilianne asintió. Brand no se movió, por primera vez en toda la noche, no supo cómo ocupar el cuerpo.
Las dos mujeres se dirigieron hacia la puerta.
Al pasar junto a él, Elettra no lo miró y esa falta de mirada tuvo más violencia que cualquier escena.
La indiferencia fingida hiere y la atención retirada condena.
Lilianne fue detrás, pero antes de salir se detuvo y le dijo, muy bajo, solo para él:
—No la pierdas por cobarde. Sería un desperdicio incluso para ti.
Luego se fue.
Brand se quedó solo en el invernadero. El calor húmedo, las hojas, el cristal empañado, el olor a tierra viva: todo le pareció de pronto insoportablemente sincero. Apoyó ambas manos en la mesa de hierro y bajó la cabeza un momento. No era un gesto de derrota.
Era algo más íntimo y raro en él: agotamiento moral.
La noche con Elizaveta volvía y volvía como una mancha que no terminara de desprenderse del tejido.
No por placer. Nunca ya por placer. Volvía por asco.
Por la conciencia cada vez más nítida de haber elegido, en un momento de debilidad, lo peor que conocía de sí mismo.
Y ahora Elettra lo había visto no por completo, pero sí lo suficiente: el temblor, la vergüenza, la costura mal cerrada entre el pasado y el presente.
Afuera, en el salón, el mundo seguía funcionando.
Nick reía seguramente demasiado cerca de una copa.
Thiago estaría sintiendo el peso sucio de toda aquella noche como una piedra en el pecho.
Elizaveta, hermosa y cruel, habría vuelto ya a su sitio con la satisfacción de quien ha dejado la huella exacta.
París seguiría oliendo a lujo, a vainilla, a coñac, a piel cara.
Brand levantó la cabeza.
En el cristal empañado vio su reflejo deformado y pensó, con una lucidez que no agradeció en absoluto, que la verdadera humillación no era haber sido descubierto.
Era haber merecido serlo.