El vals de las apariencias 6 La música que queda #3
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6 La música que queda #3

Elettra apartó la mano de la planta. No había lágrimas en ella. Nunca le habían gustado las escenas donde el cuerpo implora antes que la dignidad. Pero la línea de la boca se le endureció, y al levantar la barbilla pareció más extranjera, más sola.

—Y me molesta que me importe.

Lilianne se acercó despacio, sin invadirla.

—No. Lo que te molesta es haber comprendido que te importa más de lo que querías admitir.

Elettra dejó escapar una risa breve, seca, que murió enseguida.

—Eso también.

El invernadero guardó alrededor de ellas su calor húmedo. A lo lejos seguía sonando la música del salón, amortiguada por los cristales, como si la noche entera hubiera sido hundida bajo agua tibia. Una gota gruesa resbaló por uno de los paneles y dejó un surco transparente entre el vapor.

—No te apresures a darle forma —dijo Lilianne—. La intuición de una mujer vale mucho, pero mal usada puede volverse el juguete favorito de otra con más malicia como Elizaveta Rostova.

Elettra volvió el rostro hacia ella.

—¿Crees que Elizaveta hizo eso a propósito?

Lilianne arqueó apenas una ceja.

—Mi niña, esa mujer respira a propósito.

La respuesta arrancó a Elettra una sombra casi involuntaria de sonrisa, pero desapareció rápido.

—Quería que yo lo viera.

—Sí.

—¿Y lo que vi?

Lilianne no respondió enseguida.

Cruzó los brazos. El ónice de su broche atrapó una luz mínima.

Había en ella algo profundamente irlandés incluso cuando callaba: no el acento, sino esa manera de plantarse frente al dolor ajeno sin almíbar, sin teatro, sin la menor intención de ahorrarle a la otra mujer la verdad si la verdad podía servirle de algo.

—Vi una intimidad previa —dijo finalmente—. No sé de qué clase, ni cuánto duró, ni qué nombre miserable le han dado entre ellos. Pero sí: hay algo en Brand cuando ella se acerca. Y hay algo en ella cuando lo mira a él. No estás imaginándolo.

Elettra apoyó una mano en el borde de la mesa de hierro. La humedad tibia del metal le enfrió la palma.

—No me gusta sentirme así.

—Eso sí te creo.

—Parece una tontería.

—No lo es. —Lilianne dio un paso—. Es una advertencia. La pregunta no es si Elizaveta tiene historia con él. La pregunta es qué parte de esa historia sigue viva en Brand y qué piensa hacer él con eso.

Elettra se quedó quieta.

Aquella era la parte más difícil. No el descubrimiento, sino la segunda herida, la más honda: la de advertir que lo que le dolía no era el pasado de Brand, sino la posibilidad de que ese pasado todavía siguiera ocupando sitio en el presente.

—No quiero ser la mujer que llega después de una suciedad que no ha terminado de limpiarse —dijo.

La frase salió tan baja que casi pareció dicha para las hojas.

Lilianne la escuchó igual.

—Entonces no lo seas.

Elettra volvió hacia ella unos ojos más oscuros de lo habitual.

—¿Así de sencillo?

—No. —Lilianne descruzó los brazos—. Así de claro.

El silencio siguiente fue interrumpido por el roce de la puerta abriéndose detrás de ellas, no fue un golpe, fue una presencia.

Brand entró al invernadero con la compostura entera, lo que en él equivalía a entrar herido sin permitirle al cuerpo sangrar por fuera.

Se había quitado los guantes; uno lo llevaba aún en la mano izquierda, retorcido apenas entre los dedos.

El salón quedaba detrás, lejano y dorado, como un incendio visto desde otra habitación.

En la luz húmeda del invernadero su rostro parecía más severo, el negro del cabello más profundo, el violeta de los ojos más cercano a una sombra que a un color.

Había oído algo, no todo, pero lo suficiente. Lilianne lo supo al instante y, como las mujeres inteligentes no desperdician ciertas oportunidades, recogió sus guantes con lentitud y se acercó a la puerta.

—Voy a fingir que necesito mirar unos naranjos —murmuró, al pasar junto a Elettra—. No me hagas lamentar mi generosidad.

No era una retirada, era una cesión de campo de batalla. Brand esperó a que ella se alejara unos pasos entre las plantas antes de hablar.

—No vine a espiar.

Elettra no se volvió enseguida.

—Y, sin embargo, aquí estás.

—No he oído todo.

—No necesitabas hacerlo.

Él dejó el guante sobre la mesa. El gesto fue pequeño, pero la mano le quedó un instante abierta, vacía, como si despojarse de ese objeto hubiera tenido un peso mayor del que la razón justificaba.

—No deberías sacar conclusiones tan rápido.

Elettra giró por fin.

No había escándalo en ella, ni la menor concesión a la escena sentimental, solo una frialdad nueva, más dolorosa precisamente porque no buscaba herir por espectáculo, sino por limpieza.

—Entonces dame una razón para no hacerlo.

Brand la sostuvo con la mirada.

Había frases que sabía decir en negocios, con banqueros, frente a su padre, incluso ante ciertos enemigos sociales. Frases limpias, duras, bien construidas, pero con Elettra todo se volvía más difícil porque la verdad se resistía a entrar en el formato conveniente.

—Elizaveta provoca —dijo al fin.

La decepción en el rostro de Elettra fue mínima, lo bastante para destrozar el efecto de la frase.

—Eso no responde nada.

—Es lo que hizo esta noche.

—No te he preguntado por esta noche.

Brand sintió el golpe, no por la dureza, por la exactitud. Ella dio un paso hacia la mesa de hierro y apoyó dos dedos en el borde, como si necesitara un punto fijo desde el cual decir lo que seguía.

—No me interesa que me tranquilices con el tipo de mentira con que los hombres creen que administran a las mujeres. He visto suficiente para saber que entre ustedes hay una historia. Y no me refiero a una disputa entre familias.

La humedad del invernadero volvió más visible el pulso en el cuello de Brand. Elettra lo vio y ya no pudo fingir que dudaba.

—Hubo algo —dijo.

No fue una pregunta, eso lo hizo peor.

Brand apartó la vista un segundo hacia los cristales empañados.

Afuera, París era una sombra brillante y distante.

El recuerdo de Elizaveta volvió, brutal, pegado al cuerpo como si jamás hubiese terminado de desprenderse: el calor falso, la rapidez, la furia mal dirigida, el instante exacto después en que había sabido que no había obtenido consuelo, solo una forma más precisa de la vergüenza.

Quiso decirle a Elettra que aquella noche no había sido amor, ni siquiera verdadero deseo.

Que había sido un error nacido de una parte de sí mismo que detestaba cada vez más, pero la verdad completa tenía una crueldad particular: si la decía entera, se vería obligado a darle un tamaño y una cercanía que no estaba listo para entregarle a nadie.

—Sí —dijo finalmente.

Elettra no respiró más hondo, no bajó los ojos ni se apartó.

—¿Cuándo?

Él cerró la mano sobre el borde de la mesa.

—Antes de que tú y yo…

Se interrumpió. No había, en rigor, nada que terminar en esa frase y ambos lo supieron. Elettra fue la primera en reconocerlo.

—Antes de que tú y yo, ¿qué?

El color no le subió a Brand al rostro, se le quedó en la garganta, como una mano que aprieta desde dentro.

—Antes de que esto se volviera… diferente.

Elettra lo miró como se mira a un hombre que acaba de confesar algo valioso y, aun así, sigue escondiendo lo peor.

—¿Una vez?

No había forma digna de responder a eso, porque la respuesta real no estaba en la cantidad. Estaba en la textura y la textura del error todavía lo humillaba más que el hecho.

—No importa cuántas.

—Importa para mí.

El silencio se volvió más estrecho.

Lilianne, al fondo, fingía interesarse por una maceta de camelias con una convicción admirable. Ni una sola vez miró hacia ellos, precisamente por eso Elettra supo que estaba escuchando todo.

Brand apretó la mandíbula.

—No fue algo que quisiera repetir.

Elettra soltó una exhalación corta.

—Pero lo hiciste.

La frase cayó con una limpieza absoluta.

Brand alzó por fin la vista.

—Sí.