El vals de las apariencias 6 La música que queda #2
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6 La música que queda #2

Ella siguió andando con Nick hacia el centro del salón, y el segundo vals comenzó antes de que Brand lograra recomponerse del todo.

La música ahora era más rápida, más alegre, más indecente por contraste con lo que estaba ocurriendo por debajo.

Nick bailaba con un fervor casi encantado, como si todavía creyera que del roce correcto podía salir la verdad.

Elizaveta lo recompensaba con sonrisas, con esa atención tibia que sabe dar a los hombres cuando quiere que sigan acercándose, aunque ya sepa que jamás va a elegirlos.

Brand volvió a la mesa.

Lilianne no lo recibió con palabras, solo le sostuvo la mirada un segundo más de lo normal, y en ese segundo Brand tuvo la humillación extra de sentirse leído por una mujer a la que no podía mentir con elegancia.

Elettra no alzó enseguida la vista desde la copa que tenía entre los dedos.

Cuando lo hizo, fue peor. No había reproche.

No había reclamo. Solo una claridad nueva, más distante, como si ya hubiera tomado una decisión muy pequeña e importante: no regalarle confianza mientras no entendiera qué estaba pisando.

Aquello le produjo a Brand una irritación injusta.

No contra ella. Contra sí mismo por querer, absurdamente, que no la tomara. Se sentó. Thiago todavía no había cambiado de postura, pero la voz le salió más baja de lo habitual cuando habló.

—¿Quieres beber algo más fuerte?

Era una pregunta limpia, sin veneno, sin burla.

Brand tardó un instante en responder.

—No.

Thiago asintió. Como si ya lo hubiera sabido y la oferta hubiera sido otra cosa: no licor, sino salida.

Lilianne tomó entonces una fresa del plato de postre y la dejó intacta sobre el borde.

—Si alguno de ustedes piensa arruinarme la noche con otro espectáculo íntimo, les agradecería que lo hicieran después del café.

Brand no la miró.

—Nadie está arruinándote nada.

—No. —Ella se acomodó la servilleta—. El problema contigo, querido, es que siempre crees que el daño empieza cuando alguien grita. Y las verdaderas catástrofes rara vez levantan la voz.

Elettra permaneció inmóvil, pero las palabras de Lilianne parecieron instalarse también en ella.

Nick y Elizaveta seguían bailando.

Él se inclinaba demasiado al decirle algo.

Ella se reía con una boca que sabía perfectamente cuánto mostrar y cuánto guardar.

Varias mujeres del salón empezaban a mirar la escena con el tipo de curiosidad satisfecha que solo se permite quien no tendrá que pagar por lo que allí se malinterprete.

Un señor mayor comentó algo a su esposa.

Delaila, a un lado de la pista, observaba con el gesto de quien quisiera arrancarle a la noche toda su pretensión de inocencia.

—No debería haber venido —dijo Brand para sí mismo.

Elettra alzó la vista.

—No —respondió con suavidad—. Lo que no debería haber hecho es fingir que esto le da igual.

La frase cayó limpia. Thiago giró apenas la copa.Lilianne no intervino y Brand la sintió abrirle dentro una molestia extraña, casi parecida al alivio y exactamente igual al dolor.

—No finjo —dijo.

Elettra sostuvo su mirada.

—Eso es justamente lo que empiezo a dudar.

Un criado anunció el café en el salón contiguo.

Algunas parejas abandonaron la pista, otras se dispersaron en pequeños grupos alrededor de las mesas bajas y las chimeneas.

Elizaveta regresó con Nick apoyado todavía en su brazo, como si no tuviera prisa por retirar un toque que le resultaba útil.

Nick parecía radiantemente perdido. Thiago, al verlo, dejó la copa sobre el mantel con una precisión demasiado controlada. Brand notó todo y deseó no notar nada.

—Alekséi ha traído un cuarteto vienés para el final —dijo Elizaveta, tomando asiento del lado opuesto a Elettra—. Insiste en que una noche no merece existir si no termina volviéndose un poco inútil.

—Entonces esta ya está salvada —murmuró Lilianne.

Elizaveta la oyó y decidió ignorarla, su mirada fue a Elettra.

—Espero que no se haya aburrido, mademoiselle Rinaldi. Estos salones pueden ser extenuantes si una está acostumbrada a cosas más… sustanciales.

Elettra dejó la taza sobre el platillo.

—No me aburren, me recuerdan por qué prefiero otros lugares.

—Qué admirable convicción.

—Qué pobre intento de provocación.

Nick soltó una exhalación fascinada.

—Por Dios, cásense o clávense algo.

Thiago lo miró con cansancio.

—Nicholas.

—¿Qué? —sonrió él—. Estoy intentando aportar sinceridad a una mesa donde todos se mueren por mantener las manos limpias.

El comentario hizo que, por primera vez en toda la noche, Elizaveta pareciera perder el ritmo un latido. Muy poco. Lo suficiente para que Delaila, desde su rincón, alzara la vista como si hubiera oído el roce de una costura al tensarse.

Elettra volvió lentamente el rostro hacia Brand.

No fue una gran mirada, no necesitó serlo.

Había en ella una pregunta más afilada que antes.

Y Brand comprendió con una claridad ingrata que el verdadero problema de la noche no era Elizaveta ni su dominio ni la fascinación cada vez más ciega de Nick.

El verdadero problema era que Elettra ya no estaba mirando a Elizaveta como a una simple rival de salón.

Empezaba a mirarla como se mira un rastro y si una mujer inteligente decide seguirlos, siempre terminan en algo sucio. Lilianne se puso en pie antes de que la mesa pudiera volverse más peligrosa.

—Me llevo a Elettra al invernadero —anunció—. Necesito aire que no huela a vieja mentira ni a coñac demasiado caro.

Elizaveta sonrió.

—No se priven.

Elettra se levantó sin apresurarse. Al pasar junto a Brand, no rozó su silla, ni su manga, ni sus ojos; sin embargo, él sintió la distancia como si fuera un contacto.

Thiago se puso de pie casi al mismo tiempo, pero no las siguió.

Se quedó mirando cómo se alejaban por el corredor iluminado.

Nick se dejó caer en el respaldo, aún encendido por el baile y por algo más triste que el entusiasmo.

Elizaveta, al otro lado, pareció por fin satisfecha.

Había logrado lo que quería.

Nick seguía mirándola.

Thiago seguía incómodo.

Brand había quedado tenso y expuesto.

Elettra había visto lo suficiente para sospechar.

El salón continuó respirando como si nada de eso importara, pero Brand supo, mientras el cuarteto afinaba para el final y la noche se recogía alrededor de las lámparas como un animal hermoso y falso, que algo esencial acababa de cambiar de lugar.

No entre él y Elizaveta, eso estaba podrido desde antes.

Entre él y Elettra, la sospecha, una vez nacida, ya no vuelve a dormirse con facilidad.

Lilianne no caminó hacia el invernadero: lo conquistó.

Atravesó el corredor lateral con la cabeza alta y el paso breve, preciso, de las mujeres que no se dejan arrastrar por una escena aunque la escena todavía les vibre en la espalda.

Elettra la siguió sin hablar. Detrás de ellas, el salón principal quedó latiendo con su música, sus risas de cristal, sus candelabros encendidos y esa felicidad social tan perfectamente construida que siempre parecía esconder, bajo una capa de perfume caro, una forma de brutalidad bien educada.

El invernadero ocupaba el ala sur de la casa Rostov, un cuerpo de cristal y hierro negro adosado al edificio principal como una extravagancia botánica o un capricho aristocrático que se hubiera negado a morir con la guerra.

La humedad tibia las recibió apenas cruzaron la puerta, envolviéndoles la piel con un contraste casi íntimo después del aire seco del salón.

Allí dentro olía a tierra mojada, hojas abiertas, cítricos todavía verdes y flores nocturnas.

El vaho empañaba los cristales altos, y detrás de ellos la ciudad se veía borrosa, convertida en una sucesión de luces deshechas por la condensación.

Helechos, camelias, naranjos enanos y rosas fuera de estación llenaban el lugar con una belleza disciplinada y, sin embargo, más franca que la del comedor.

Lilianne se quitó los guantes, no con elegancia decorativa, con necesidad. Dejó uno sobre una mesa de hierro, luego el otro, y se volvió hacia Elettra sin preámbulos.

—Bien —dijo—. Ahora sí.

Elettra, que seguía con las manos cerradas sobre la tela del vestido a la altura del vientre, tardó un segundo en comprender.

—¿Ahora sí qué?

Lilianne la miró con esa clase de paciencia afilada que solo se permite quien ya ha visto demasiadas veces a la juventud intentar disfrazar con compostura lo que el cuerpo está confesando a gritos.

—Ahora sí me dices qué viste.

El calor del invernadero no bastó para aflojarle a Elettra la rigidez de los hombros.

Dio dos pasos hacia una hilera de macetas de barro, deteniéndose frente a un jazmín que empezaba a abrirse.

La yema de sus dedos rozó una hoja. Apenas eso.

Pero el gesto, pequeño y sin objetivo, la delataba más que cualquier exclamación: cuando necesitaba ordenar una emoción, siempre iba hacia algo concreto, táctil, algo que pudiera no mentirle.

—No vi nada —dijo al fin.

Lilianne soltó una exhalación sin humor.

—Elettra.

Ella cerró los ojos un instante.

No era cobardía lo que la hacía callar. Era vergüenza. La vergüenza limpia y nueva de descubrir que algo le había dolido demasiado pronto. Que una escena que no le pertenecía, al menos no oficialmente, había conseguido hacerle sentir un frío casi físico en el centro del pecho.

Abrió los ojos.

—Vi que no era solo desprecio.

Lilianne no se movió.

—No.

—Vi que no era una simple historia de familias, ni de orgullo, ni de gente rica jugando a hacerse daño en francés.

—La voz de Elettra salió baja, muy controlada, y precisamente por eso se le notó más la herida—.

Él se tensó de una forma… distinta. No como un hombre al que incomoda una mujer.

Sino como un hombre que ya ha sido tocado por ella antes.

Lilianne sostuvo el silencio un momento.

—Sí —dijo por fin—. Yo también lo vi.