6 La música que queda
Brand no recordaría después los primeros compases del vals.
Recordaría, sí, la presión exacta de su propia mano cuando tomó la de Elizaveta; la frialdad de los dedos enguantados de ella antes de que el contacto se asentara; la manera en que el salón pareció desplazarse un poco hacia atrás, no porque hubiera dejado de existir, sino porque todo lo demás quedó momentáneamente fuera de foco.
La música siguió, las luces siguieron, las voces continuaron derramándose entre copas y hombros desnudos.
Pero él sintió el instante como se siente el borde de una cornisa bajo el pie: con esa claridad íntima y desagradable que no tiene nada que ver con la belleza del paisaje.
Elizaveta entró en sus brazos con una facilidad ofensiva.
No había vacilación en ella. No había el menor temblor de mujer dudosa o de antigua amante herida que teme encontrar frialdad donde alguna vez hubo incendio.
Venía segura de lo único que de verdad le importaba a una persona como ella: seguir siendo capaz de alterar el pulso del otro.
Su mano descansó sobre el hombro de Brand con un peso preciso, mínimo, pero lo bastante firme para decirle lo que la boca todavía no decía: me sigues recordando con el cuerpo.
Y lo peor fue que no mentía.
El vals los arrastró al centro del salón con una suavidad que habría podido pasar por ternura si el mundo hubiera sido otro.
Pero en ellos no había ternura. Lo que había era un conocimiento viejo, indecoroso, la memoria de un idioma practicado en la peor lengua posible: la del error repetido hasta parecer destino.
—Vaya —murmuró Elizaveta, cuando el giro los apartó por un instante del resto—. Al final sí obedeces cuando te llamo.
Brand no bajó la vista hacia ella.
—No te confundas.
—¿Con qué? —Elizaveta alzó el mentón, rozando su cercanía con una insolencia perezosa—. ¿Con tu orgullo o con tu deseo? Siempre he pensado que los hombres los usan como si fueran intercambiables.
Él apretó la mano en su cintura, no fue violencia, fue advertencia.
Ella la sintió y sonrió.
—Ahí estás.
La frase le rozó la nuca peor que el perfume.
Desde la mesa, Elettra los miraba sin concederse el menor gesto que pudiera delatarla.
Aquella era una de sus formas más secretas de dignidad: contener incluso la humillación con la misma rectitud con que otras mujeres sostienen una copa.
Tenía las manos quietas sobre el regazo, la espalda impecable y la barbilla al nivel exacto de quien no va a permitirle a nadie la satisfacción de verla inclinarse hacia el daño, pero por dentro empezaba a entender.
No porque los hubiese visto besarse, no porque alguien se lo hubiera contado, porque el cuerpo tiene memoria, y ella acababa de contemplar dos cuerpos que ya se sabían demasiado bien.
No era una simple familiaridad social, ni era la vieja tensión de dos enemigos de apellido.
Había en la manera en que Brand sostenía a Elizaveta —demasiado firme, demasiado pendiente de no ceder un milímetro, demasiado consciente del contacto para que aquello fuese inocente— una intimidad previa y en ella, en el modo en que Elizaveta se acomodaba dentro de ese control, la respuesta de quien ha habitado antes ese terreno y todavía se considera con derecho a recorrerlo.
Lilianne, a su lado, no apartó los ojos del salón.
—No mires como si te hubieran insultado en público —susurró.
Elettra tardó un segundo en responder.
—No lo han hecho.
—Todavía no. —Lilianne tomó una copa de la bandeja que pasaba y dio un sorbo mínimo—. Pero esa mujer lleva el insulto puesto como un perfume. Si la miras así, la alimentas.
Elettra sostuvo un instante más el vals antes de desviar la vista.
—No la estoy alimentando.
Lilianne la observó de perfil.
—Te estás haciendo una pregunta.
Elettra no quiso mentirle. No a ella.
—Sí.
—Bien. —Lilianne dejó la copa—. Hazte preguntas. Nunca reacciones antes de que te sirvan las respuestas. Esa es la única manera decente de sobrevivir a los salones.
Nick seguía de pie junto a la mesa, como si no hubiera decidido todavía si sentarse o entrar de nuevo en escena.
El baile de Brand con Elizaveta lo había dejado en un estado raro, menos liviano de lo habitual.
Había curiosidad, sí; deseo todavía; esa vieja inclinación suya a sentir fascinación por lo que puede dañarlo.
Pero también otra cosa, más nueva, más incómoda.
La visita al orfanato le había dejado en la lengua un sabor amargo que no lograba convertir del todo en chiste.
Había visto a Elizaveta fingir dulzura frente a los niños y, por un instante, el artificio le había parecido demasiado evidente.
Sin embargo, allí seguía ella, bailando con Brand como si nada de lo visto en la mañana tuviera peso, como si la belleza pudiera seguir absolviéndolo todo.
Nick la admiró un poco menos, la quiso tocar un poco más.
Era una reacción muy propia de él.
Thiago permanecía sentado, inmóvil salvo por la mano que giraba lentamente la copa sobre el mantel.
El reflejo del cristal temblaba en sus dedos.
No miraba todo el tiempo a Brand y Elizaveta.
Miraba lo suficiente. Más bien miraba a Elettra, y en ese acto había una tristeza tan discreta que casi parecía elegancia.
La había visto comprender. Había visto el frío exacto con que se le había endurecido la expresión.
Y aunque no supiera todavía toda la forma del problema, supo que algo dentro de ella se había retirado medio paso.
Eso le dolió por razones demasiado distintas.
El vals giró. Elizaveta aprovechó el movimiento para acercar apenas la boca al oído de Brand.
—Tu italiana está observándonos como si acabase de descubrir una grieta en una estatua.
Brand no perdió el paso.
—Deja de hablar de ella.
—¿Por qué? —La sonrisa de Elizaveta no cambió—. ¿Te asusta que la vea donde tú la ves? Tan recta, tan útil, tan limpia. Las mujeres así siempre les encantan a los hombres que están cansados de sí mismos.
El golpe le llegó entero, más por el acierto que por la malicia.
—No sabes nada de mí.
—No digas tonterías. —La mano de ella se afirmó en su hombro, con la intimidad de una antigua costumbre—. Sé exactamente en qué clase de hombre te conviertes cuando dejas de fingir.
El recuerdo de la noche con ella volvió entonces con una brutalidad casi obscena, la penumbra, la puerta cerrada, el modo en que había ido hacia ella como se va hacia una equivocación que ya se ha decidido cometer.
Ni ternura ni amor. Apenas una forma de rabia mal dirigida, de deseo usado como mordaza, de hambre confundida con descanso.
Y después, la vergüenza, la vergüenza abriéndose paso incluso antes de que la respiración se hubiera ordenado del todo.
La conciencia brutal de haber recaído no en una mujer, sino en una versión de sí mismo que empezaba a detestar.
El vals seguía.
El salón seguía girando en torno a ellos.
Elizaveta lo sintió endurecerse.
—Mira qué rápido vuelves —susurró—. Siempre he admirado esa parte de ti, la más honesta.
Brand bajó los ojos por fin.
No hacia su boca, no hacia el escote, a los ojos.
Lo que ella encontró allí no la alegró del todo.
Porque sí, había tensión. Sí, había cuerpo.
Sí, había memoria. Pero ya no estaba la rendición antigua.
Ahora había otra cosa, un rechazo casi moral que empezaba a resultarle insoportable porque amenazaba con arrebatarle no al hombre, sino el poder de haberlo dejado antes sin defensa.
—No vuelvas a confundirte —susurró él, sin dejar de bailar—. Una noche no te devuelve nada.
La sonrisa de Elizaveta se quedó quieta.
—Qué frase tan fea para decir “me arrepiento”.
—Entonces escúchala así.
Dieron otro giro.
A cierta distancia, Alekséi conversaba con un diplomático belga y fingía no ver a su hermana destripando viejos equilibrios a plena luz de las lámparas.
Delaila, en cambio, lo veía todo. Había vuelto la cabeza hacia la pista con la expresión serena de quien ya no se sorprende del daño, pero sigue encontrándolo cansado.
Cuando sus ojos se cruzaron un instante con los de Elettra, la comprensión fue inmediata, silenciosa y casi femenina en el peor sentido: no de blandura, sino de reconocimiento.
Delaila vio en el rostro de la otra mujer el principio del frío.
Y supo que Elizaveta había logrado exactamente lo que quería.
No del todo, pero sí lo suficiente.
El vals terminó entre aplausos discretos y ese murmullo satisfecho con que los ricos se premian por haber disfrutado de una escena sin mancharse las manos en ella.
Brand soltó a Elizaveta con una pulcritud que pareció casi quirúrgica.
Ella no se apresuró a apartarse. Se demoró una fracción de segundo más, lo bastante para que el gesto se pareciera a la intimidad para quien quisiera verlo así.
Elettra lo vio. Nick también. Thiago, peor aún, vio el efecto que aquello tuvo en Elettra. Elizaveta inclinó la cabeza.
—Gracias.
Brand no respondió, se limitó a dar un paso atrás, pero antes de que pudiera regresar a la mesa, Nick ya estaba allí.
—Ahora sí —dijo con una sonrisa brillante, un poco más temblorosa de lo normal—. A mí no puedes negármelo.
Elizaveta giró hacia él con una dulzura desastrosa.
—Nicholas. Qué valiente.
Nick le ofreció la mano.
—No. Qué perseverante.
Brand alcanzó a ver la incomodidad mínima que cruzó el rostro de Thiago.
No por celos de hombre abandonado al margen de una escena que no le pertenecía, era otra cosa, una mezcla de fastidio y tristeza lúcida.
Como si la caída de Nick le resultara menos ridícula que dolorosamente previsible.
Elizaveta aceptó la mano de Nick y entonces ocurrió algo casi imperceptible: al pasar junto a Brand, sin tocarlo, dejó caer una frase tan baja que solo él pudo oírla.
—Mañana no me pedirás permiso.
El corazón se le cerró de golpe, no por deseo, por memoria.