5 La velada #3
Elettra no dejó de notarlo, la sospecha le trabajaba ya por dentro como una aguja fina.
Lilianne, a su lado, lo notó todo también.
Y no le gustó. No porque temiera a Elizaveta.
Lilianne no le temía a las mujeres bellas ni a los hombres ricos.
Le molestaba algo más preciso: esa forma repugnante de ciertos vínculos de arrastrar suciedad invisible hasta las cosas nuevas.
Cuando sirvieron el postre, Delaila intervino por fin.
—Mañana iré a Saint-Michel —dijo, limpiándose los labios con la servilleta—. Quiero revisar con Lilianne las listas de la inspección.
Alekséi sonrió con la cordialidad de los hombres que creen ser impecables mientras administran el mundo como una finca.
—Espero que no te provoque hastío lo administrativo, querida.
—Solo lo que se parece demasiado al teatro —respondió ella.
Hubo una pequeña pausa.
Nick sonrió hacia su copa. Thiago miró el mantel.
Brand sintió el golpe indirecto como una piedra lanzada con educación.Elettra levantó por fin la vista hacia Delaila con una atención nueva.Y Elizaveta sonrió como si la frase no la rozara, aunque el músculo breve de la mejilla la delató a Brand porque él ya conocía demasiado bien sus verdaderas fisuras.
La música regresó después de la cena.
Las puertas del salón se abrieron de nuevo, y el vals, inevitable, comenzó a llenar los espacios entre las conversaciones.
Algunas parejas se levantaron enseguida.
Otras prefirieron demorarse, como si el deseo de ser invitadas tuviera que hacerse esperar para resultar más caro.
Los candelabros encendían el cristal. El aire olía ahora a licor, perfume y ese calor humano controlado que solo existe en las noches demasiado bien vestidas.
—¿Bailas? —preguntó Nick.
No se dirigía a nadie de la mesa, se dirigía a Elizaveta.
Thiago volvió la cabeza. Brand dejó la mano quieta sobre el respaldo de la silla. Elettra no lo miró, miró a Elizaveta.
Ella aceptó con una lentitud enteramente innecesaria.
—Sería cruel negarme cuando me lo pides con esa fe.
Nick le ofreció el brazo y Lilianne soltó apenas el aire por la nariz.
—Ya empezó.
Elettra siguió con los ojos a la pareja que se abría paso hacia el centro del salón.
Nick bailaba bien. Demasiado bien para un hombre que convertía tantas cosas en juego.
Elizaveta se deslizaba como si hubiese nacido con música entre las costillas.
Juntos parecían correctos, hermosos, mortales, un error simétrico.
—Estos no son más que su diversión —dijo Lilianne, de pronto, muy bajo—. Y parece que tú has llamado la atención de la niña filosa.
Elettra no apartó la vista del vals.
—No.
—Pareces hipnotizada por su presencia fastidiosa.
Elettra tardó un instante en responder.
—Hay algo raro entre ellos.
—Es igual con todos.
Al otro lado del salón, Brand seguía mirándolos y en ese mirar había más cosas de las que Elettra estaba preparada para nombrar.
No solo molestia por Nick, no solo desprecio por Elizaveta, había una tensión vieja, animal, casi íntima.
La clase de tensión que no nace de una rivalidad social, la clase que se instala cuando dos personas ya han cruzado una frontera y luego la maldicen por existir.
El corazón de Elettra se volvió más frío.
Thiago también observaba el baile, pero de otra manera.
No parecía fascinado ni herido, solo hastiado, como si cada giro de Elizaveta confirmara algo que ya sospechaba de antes: que ciertas mujeres entran a una familia como entra el humo en una casa vieja.
Sin pedir permiso, sin pertenecer realmente, sin dejar de intoxicar.
El vals terminó entre aplausos suaves. Nick regresó con esa sonrisa peligrosa de los hombres que acaban de tocar un filo y descubren que siguen queriendo acercar la mano.
Elizaveta, en cambio, no volvió enseguida a su sitio.
Se quedó de pie junto al centro del salón, giró apenas la cabeza y buscó a Brand con la exactitud de una flecha.
—Brand —dijo.
No lo llamó a gritos, no hacía falta. Toda la mesa la oyó y toda la mesa comprendió.
La espalda de Brand se endureció. Elettra sintió el golpe en sí misma y en ese segundo ya no hubo duda.
No sobre todo. Pero sí sobre lo esencial: entre ellos había pasado algo.
Algo lo bastante físico, lo bastante hondo, lo bastante vergonzoso quizá, para que el cuerpo de Brand todavía reaccionara antes que el orgullo.
Elizaveta extendió la mano.
—¿O es que a mí sí vas a negarme un vals?
Nick se quedó inmóvil, todavía de pie. Thiago bajó la mirada un segundo, como si el cansancio le pesara en el hueso.
Lilianne volvió muy lentamente el rostro hacia Elettra.
Y Elettra, que jamás había sentido humillación en un salón antes de esa manera, entendió de golpe la crueldad refinada del gesto: Elizaveta no estaba pidiendo un baile, estaba mostrando un derecho.
Brand se puso de pie. No parecía un hombre que va a bailar, parecía que caminaba hacia un sitio donde sabe que algo se romperá.
—Claro —dijo.
Elizaveta sonrió y Elettra, al verlo acercarse a ella, no sintió celos, sintió algo más limpio y despiadado: la intuición de haber puesto el corazón, sin saberlo, demasiado cerca de una historia sucia.