El vals de las apariencias 5 La velada #2
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5 La velada #2

Nick tuvo que llevarse la copa a la boca para no reír de inmediato. Thiago dejó escapar aire por la nariz. Brand no apartó los ojos de Elizaveta. Elettra tampoco.

Elizaveta aceptó el golpe con una sonrisa intacta.

—Mademoiselle Rinaldi —dijo luego, volviéndose hacia Elettra—. Veo que ha conseguido sobrevivir a París otro día más. Ya me parecía una hazaña suficiente sin añadirle trabajo.

—Tengo buena resistencia —respondió Elettra.

—Qué envidia. Yo solo tengo buenos vestidos.

—Y se nota.

La frase fue tan plana, tan perfectamente dicha, que Nick se volvió a mirar a Elettra con un respeto nuevo.

No galante. Casi fraterno. Como si acabara de reconocerle un talento que a él también le gustaba ejercer: la herida limpia.

Elizaveta inclinó apenas la cabeza, luego pasó a los hermanos, no habló primero con Brand, eso fue parte del dominio, se dirigió antes a Nick.

—Nicholas. —Lo recorrió con una mirada lenta, permisiva, sabiamente dosificada—. París mejora mucho cuando decide que alguien merece llevar la noche encima.

Nick, que habría podido convertir cualquier halago en espectáculo, no lo hizo. Por una vez pareció recibirlo de verdad. Elizaveta tuvo el cuidado cruel de sostenerle los ojos medio segundo más de lo necesario, lo justo para hacerle sentir singular.

—Entonces procuraré no quitármela pronto —murmuró él.

Thiago lo oyó y bajó la vista a su copa.

La incomodidad se le instaló en la boca con una claridad cansada, no por moralismo, ni siquiera por celos; por conocimiento.

Elizaveta no estaba simplemente coqueteando, estaba marcando territorio, tocando las fibras adecuadas para recordarles a todos, mujeres incluidas, que sabía cómo encender a cada uno de los Charpentier con una herramienta distinta; luego miró a Thiago, con él cambió el tono, menos miel, más filo.

—Thiago. Usted siempre me decepciona un poco.

Él alzó la vista sin sobresalto.

—¿Solo un poco?

—Esperaba que huyera antes de que todo se pusiera interesante.

—Todavía no ha ocurrido nada interesante.

Elizaveta sonrió, satisfecha.

—Qué mentira tan elegante.

Y, por fin, fue hacia Brand. No lo tocó. No hacía falta.

La cercanía misma parecía una forma de contacto, y eso fue lo peor.

Porque Elettra lo vio responder con el cuerpo entero: la espalda más rígida, el pulso marcado un instante en el cuello, los dedos cerrándose levemente sobre la copa, no deseo abierto, no ternura, no siquiera nostalgia.

Algo peor: la violencia muda de una intimidad que ya había dejado su rastro.

—Brand —dijo Elizaveta.

Él la sostuvo con una frialdad tan precisa que habría resultado convincente… si Elettra no lo hubiese mirado justo entonces.

—Elizaveta.

El nombre, en su boca, no sonó social. La impresión le cayó a Elettra como una gota helada por la columna.

No sabía todavía cuándo, ni cómo, ni hasta dónde.

Pero de pronto comprendió que había una historia allí.

Una historia del cuerpo y que ella había llegado tarde a algo que seguía respirando debajo de la piel de ambos.

Elizaveta lo supo y el hecho de saber que Elettra empezaba a entender le dio un brillo nuevo a la sonrisa.

—Qué agradable resulta verlos a todos reunidos —dijo entonces, alzando apenas la voz para abarcar al grupo—. A veces pienso que las familias como la mía y la suya sobreviven solo porque nunca han aprendido a aburrirse del daño.

—Algunas familias —replicó Lilianne— sobreviven porque saben trabajar antes de hablar.

—Ah, sí. —Elizaveta volvió los ojos hacia ella—. El trabajo. Esa religión tan útil cuando una quiere volverse respetable.

—Y tan incómoda para quienes jamás han necesitado ensuciarse las manos —dijo Elettra.

Hubo un pequeño silencio.

Alrededor, la música siguió, una pareja empezó a bailar en el extremo opuesto del salón. Un criado pasó con una bandeja de ostras. Nadie allí, fuera de su pequeño círculo, podía saber que el aire acababa de afilarse hasta volverse casi visible.

Elizaveta tomó una copa de champaña de la bandeja que pasaba, bebió apenas y volvió a sonreír.

—No me malinterpreten, admiro muchísimo la vocación, sobre todo cuando se ejerce delante de testigos.

Nick la miró con interés renovado, seguía fascinado.

Thiago, en cambio, empezaba a parecer más cansado que incómodo.

Había en su expresión la sombra de alguien que ya anticipa el precio emocional de la escena incluso antes de que el precio se anuncie en voz alta.

Brand no había apartado la vista de Elizaveta, no por querer mirarla, por no regalarle el espectáculo de apartarse primero.

Elettra captó eso también y cada pequeña lectura empeoraba lo que sentía. No celos todavía, no del todo, era otra cosa. Un enfriamiento interno. La percepción de haber estado entrando en una conversación sin saber que otra mujer ya había estado allí antes, no con palabras, sino con el cuerpo.

Alekséi apareció entonces, impecable y satisfecho, para anunciar la cena.

Delaila iba a su lado con un vestido de terciopelo azul oscuro y una serenidad que parecía la forma más bella del cansancio.

Sus ojos recorrieron el pequeño grupo y entendieron demasiado.

Se demoraron un segundo en Brand, luego en Elizaveta, luego en Elettra.

Y fue suficiente para que Lilianne, que no se perdía nada, notara también aquella lectura silenciosa.

—Pasemos al comedor —dijo Alekséi—. Antes de que el champaña convierta a mis invitados en filósofos o en honestos. Y ninguna de las dos cosas le sienta bien a la noche.

El desplazamiento hacia la mesa fue una pequeña coreografía de terciopelo, plata y resentimientos bien cuidados.

El comedor Rostov estaba dispuesto como una declaración de principios: candelabros altos, espejos enfrentados, un centro de mesa con rosas blancas y ramas de olivo que habrían parecido inocentes si no conocieran uno ya las maneras del dinero.

El lugar de Brand quedó demasiado cerca del de Elizaveta.

El de Nick, más cerca aún del suyo que del de Thiago.

Elettra fue ubicada junto a Lilianne, al otro lado.

Lo bastante lejos para que la razón lo encontrara correcto.

Lo bastante cerca para que el cuerpo no lo encontrara suficiente.

Durante los primeros platos, la conversación giró en torno a la ciudad, a la beneficencia, al ayuntamiento, a una colección privada recién llegada de Viena y a los inevitables comentarios sobre la nueva temporada de ópera.

Nick brilló cuando quiso. Thiago respondió cuando fue necesario.

Lilianne mantuvo a raya a dos banqueros con media sonrisa.

Elettra habló poco, pero cada vez que lo hizo dejó la impresión de haber quitado de la mesa todo lo que sobraba. Brand casi no probó el pescado.

Y Elizaveta, mientras tanto, tejió.

No de forma burda ni haciendo escenas. No.

Su dominio fue más fino que eso, y por eso mismo funcionó.

Hizo reír a Nick dos veces, dejándole la impresión deliciosa de ser el único hombre del comedor capaz de seguirle el ritmo.

Obligó a Thiago a responder tres observaciones tan inteligentes como venenosas, y con cada respuesta lo empujó un poco más a la sequedad.

Y con Brand fue peor: no necesitó decir casi nada.

Le bastó una frase a media voz sobre el coñac que servían, un comentario sobre la música de un invierno antiguo, una mirada sostenida una fracción por encima de lo aceptable, para recordarle que entre ellos existía un idioma previo.