5 La velada
La noche cayó sobre París con esa elegancia indecente que tienen ciertas ciudades cuando saben que van a ser contempladas.
Había llovido durante la tarde, y la ciudad conservaba todavía un brillo húmedo en los adoquines, una negrura pulida en los puentes, una respiración fría que subía desde el Sena y se mezclaba con el humo de las chimeneas.
Los faroles dibujaban sobre la piedra una luz dorada, casi tibia, que mentía con muchísima educación.
París siempre mentía mejor de noche: hacía parecer romántico lo que de día resultaba apenas cruel.
Brand observó el reflejo de los escaparates desde el interior del automóvil sin ver realmente ninguno.
Llevaba una mano cerrada sobre la rodilla y la otra apoyada en el borde de la portezuela.
El guante le ajustaba demasiado en la palma, o quizá era solo la impresión física de estar yendo a un lugar al que no debía entrar con el pulso tan consciente.
Frente a él, Nick parecía hecho para la noche: impecable, hermoso, con el cabello negro ordenado al milímetro y la boca ya inclinada hacia esa sonrisa brillante que solo aparecía cuando olía una promesa de desastre.
Thiago, a su lado, guardaba silencio con la cabeza apenas vuelta hacia la ventanilla, siguiendo el paso de la ciudad con una concentración que podía confundirse con calma si uno no supiera cuánto dolor sabía esconder.
Nadie hablaba.
Alice había decidido no asistir. William tampoco.
Aquello, en la familia Charpentier, equivalía a un mensaje escrito con la mejor tinta del desdén.
Habían enviado a los hijos, no a la casa.
A los hombres, no al apellido entero. Como si intuyeran que la noche exigía cuerpos más jóvenes para su clase particular de humillación.
Lilianne iba en otro coche con Elettra.
Solo pensar el nombre le tensó a Brand una línea entera del cuerpo.
No era solo deseo, y eso era lo más incómodo.
Si todo hubiese sido deseo, podría haberlo ordenado, encajado, reducido a una necesidad poco noble y por tanto manejable.
Pero Elettra se le había ido metiendo en regiones menos simples: en la forma de pensar una habitación, en la comparación involuntaria entre una voz y otra, en la conciencia intolerable de ciertas cosas propias que ya no podía sostener sin vergüenza.
La memoria de Elizaveta volvía cada vez que Elettra se le acercaba demasiado a la idea de lo limpio.
Y eso hacía más difícil todavía mirar hacia delante.
Nick cruzó una pierna sobre la otra.
—Tienes cara de que preferirías una herida de bala.
Brand no apartó la vista de la calle.
—Tú tienes cara de estar esperando una.
—No una. Varias. —Nick se acomodó el gemelo con una delicadeza narcisista—. Pero ese es mi talento natural.
Thiago no sonrió.
—Tu talento natural es arruinar el aire de una habitación antes de entrar en ella.
Nick alzó las cejas, complacido.
—Mira qué generoso. Hasta en los insultos me reconoce un don.
Brand cerró los ojos un segundo. La conversación lo irritaba menos por el contenido que por el subtexto.
Desde la visita de Elizaveta a Saint-Michel, Nick había quedado con una luz rara detrás de los ojos: no la luz fácil del coqueteo, sino algo más perverso, más atento.
Como si una parte de él siguiera fascinada con la belleza de Elizaveta y otra hubiera visto, en el asco que le provocaron los niños, la costura mal hecha de cierta clase de mujer.
Nick siempre había amado mejor lo que no comprendía del todo. También había sabido destruirlo mejor.
El coche aminoró. A través del vidrio, el hôtel particular de los Rostov apareció al fin, elevado y blanco bajo la noche, con la reja de hierro abierta y una hilera de luces derramándose desde el pórtico hasta los balcones.
No era una casa parisina en el sentido correcto.
Era demasiado consciente de sí misma. Demasiado teatral en la proporción.
Demasiado hermosa para ser inocente. Las ventanas altas ardían de oro.
En la escalinata, dos criados recibían abrigos con la disciplina automática de quienes ya han visto pasar demasiadas fortunas como para impresionarse por una más.
Nick dejó escapar un murmullo.
—Qué lugar tan honesto. Parece construido enteramente para albergar errores caros.
Thiago se acomodó los guantes.
—Y, aun así, entras encantado.
—Por supuesto. Los errores caros son los únicos que visten bien.
Brand bajó primero.
El aire de la noche le golpeó el rostro con una limpieza helada que agradeció solo porque duró poco.
Apenas puso un pie en la escalinata, supo que la casa estaba despierta de la manera peor: no como un espacio habitado, sino como una escena en marcha.
Música. Perfume. Cristal. La forma exacta en que los salones ricos se vuelven animales cuando saben que están siendo observados.
Dentro, las lámparas de araña derramaban luz sobre un mar contenido de seda, perlas, hombros desnudos y trajes oscuros.
La noche ya había avanzado lo suficiente para haber aflojado ciertos gestos y endurecido otros.
Había hombres riéndose demasiado bajo. Mujeres que parecían oírlo todo sin girar la cabeza.
Viejas alianzas tomando champaña y nuevas ruinas eligiendo dónde sentarse.
El nombre Charpentier pasó de boca en boca con la velocidad elegante del reconocimiento. Nick lo absorbió como si hubiese nacido para eso. Thiago lo soportó. Brand lo atravesó sin concederle placer. Lilianne y Elettra ya estaban allí.
Las vio antes de que ellas los vieran a ellos.
Lilianne, envuelta en negro satinado, parecía una viuda demasiado inteligente para estar de luto por nadie.
No había joya en su cuello. Solo un broche antiguo de ónice en un hombro, como si el duelo y el desafío hubieran decidido vestirse juntos.
Elettra, a su lado, llevaba un vestido azul noche de línea severa, más cerrado que el de la gala pasada, pero más peligroso precisamente por eso.
La tela caía recta sobre el cuerpo y se ajustaba en la cintura con una discreción que no ocultaba nada, solo lo volvía más fatal.
El cabello recogido le despejaba la nuca y dejaba al descubierto la pureza inquietante de la garganta.
Brand sintió el instante exacto en que la vio y todo lo demás perdió borde.
No se movió, no cambió de postura, pero Elettra, al levantar la vista y encontrarlo, advirtió de inmediato esa inmovilidad distinta, esa tensión casi imperceptible que en los hombres orgullosos funciona como una confesión involuntaria.
No sonrió, ni él tampoco; aun así, algo entre ambos se sostuvo demasiado.
Lilianne fue la primera en romper el hilo, acercándose con una copa en la mano, moviendo el contenido de forma sugerente.
—Qué alegría —dijo—. Los trillizos han venido sin sus padres. Ahora la tragedia tendrá modales más jóvenes.
Nick se inclinó para besarle la mejilla.
—Prima, sigue recibiéndome así y terminaré viniendo por cariño.
—No me amenaces.
Thiago saludó después. El roce de su mirada con la de Elettra fue más breve, pero más triste.
Lo bastante para que ella lo notara y apartara los ojos antes de que la incomodidad tomara forma.
Brand no perdió ese gesto. Y, como le había ocurrido en el corredor de Saint-Michel, le desagradó demasiado lo mucho que le importó.
—Lilianne —dijo Brand.
Ella lo recorrió con una sola mirada.
—Pareces el tipo de hombre que ya se arrepintió antes del postre.
—Todavía no nos han servido nada.
—Qué desperdicio. Tu cara ya iba perfecta con un coñac malo.
Nick soltó una risa. Thiago desvió la vista. Elettra guardó silencio, pero Brand captó el pequeño cambio en su boca, la sombra casi inexistente de una sonrisa que no quiso regalarle entera a nadie.
Y entonces el salón cambió, no por la música, no por una copa rota, sino por la forma en que cierta atención comenzó a desplazarse, como el agua cuando encuentra una pendiente.
Elizaveta apareció al alto de la escalera principal.
No llevaba rojo ni blanco ni ninguno de esos colores fáciles con que ciertas mujeres piden ser recordadas.
Iba vestida de plata vieja, una plata oscurecida como la luna cuando hay tormenta, y la tela le ceñía el cuerpo con esa precisión casi insultante que hace pensar menos en costura que en estrategia.
El escote, más bajo que correcto y menos bajo que vulgar, dejaba respirar la piel exacta de la garganta y el inicio del pecho, como si hubiera elegido exponer solo el territorio suficiente para volver imaginativa a la habitación entera.
No descendió deprisa. Las mujeres como Elizaveta saben que el verdadero poder de una entrada está en hacer creer a todos que ya la estaban esperando.
Nick dejó de sonreír durante una fracción de segundo.
Thiago se quedó quieto. Brand se tensó y esta vez Elettra lo vio con plena claridad.
No fue una reacción cualquiera. No la reacción casi universal del hombre que reconoce una mujer hermosa.
Fue otra cosa. Más peligrosa. Más corporal.
Algo en él había respondido antes que el pensamiento, como si la presencia de Elizaveta encontrara, todavía, una memoria viva dentro de la carne.
Elettra no sabía aún qué era, pero supo dos cosas al mismo tiempo: que la tensión venía de muy atrás y que no pertenecía únicamente al desprecio.
La sospecha dejó de ser intuición y se convirtió en forma.
Elizaveta bajó la escalera y su mirada fue tocando el salón con esa lentitud que podía parecer capricho y en realidad era cálculo.
Saludó a una duquesa. Rozó la mano de un embajador.
Sonrió a un viejo amigo de Alekséi. Y luego, como quien llega exactamente al sitio que ya había elegido desde antes de entrar, se detuvo ante ellos.
—Lilianne. —La voz salió suave, irreprochable—. Cuánto me alegra verla en un entorno menos húmedo que el de esta mañana.
Lilianne no se movió.
—A mí me alegra verla en uno más iluminado. El día no siempre hace justicia.