El vals de las apariencias 3 La Rinaldi #3
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3 La Rinaldi #3

Brand sintió el primer golpe de verdadera alarma de la mañana.

No por Nick, por lo que Nick había visto.

Y, peor aún, por lo mucho que iba a disfrutar usándolo.

La lluvia siguió cayendo sobre el patio, fina, constante, como si París misma se inclinara sobre ellos para escuchar mejor.

Nick no preguntó qué hacían allí.

Lo supo con una sola mirada, que era una de sus habilidades más irritantes: no necesitaba demasiados datos cuando el aire ya venía cargado de significado.

Sus ojos violetas recorrieron primero las cajas de cuadernos, luego a Thiago, después a Elettra y, por último, se detuvieron en Brand con esa demora milimétrica que entre hermanos equivale a una sonrisa enseñando los dientes.

—Me siento casi conmovido —dijo—. La lluvia, los niños, los libros de cuentas. Si alguien toca un violín, juro que me reformo.

Lilianne apareció detrás de él con la paciencia de una mujer acostumbrada a no estrangular a los hombres solo por elegancia.

—No amenaces con cosas que no cumplirás jamás —murmuró.

Nick llevó una mano al pecho.

—Prima, me hiere tu falta de fe.

—No. Lo que te hiere es que suelo tener razón.

Elettra se inclinó sobre una de las cajas que Thiago acababa de traer y levantó la tapa.

Dentro había cuadernos cosidos con hilo barato, lápices envueltos en papel marrón y dos paquetes de tinta escolar.

Su gesto se suavizó apenas, una cosa leve, tan breve que Brand la habría perdido de no haber estado mirándola demasiado.

—Esto nos salva media semana —dijo.

Thiago bajó los ojos, no por falsa modestia, sino porque la gratitud verdadera siempre lo desacomodaba un poco.

—Había un proveedor al que le debían un favor en casa —contestó, quitándole importancia—. Preferí cobrarlo así.

Nick soltó una risa baja.

—Qué bonita forma de describir el privilegio que tenemos cuando te sienta bien la culpa.

Thiago no se alteró.

—Qué forma de no mover un dedo cuando te queda bien la ironía.

La respuesta fue tan serena que produjo el efecto exacto de una aguja entrando en seda: mínima, limpia, imposible de ignorar.

Nick sonrió con un placer casi instantáneo.

Le encantaba cuando Thiago dejaba de parecer apacible y asomaba, aunque fuera un segundo, la inteligencia más seca que escondía detrás de los modales.

Elettra cerró la tapa de la caja.

—Si han terminado de medirse entre ustedes, hay un aula entera esperando estos cuadernos.

—Yo no me estaba midiendo —dijo Nick, acercándose—. Solo intentaba descubrir si en Saint-Michel hacen milagros o si de verdad mi hermano ha decidido volverse útil sin testigos.

—No te emociones —dijo Brand.

Nick lo miró con deliciosa lentitud.

—Ya estoy emocionado. Me has traído a un lugar donde llueve sobre tejados honestos, Thiago juega a ser santo y una italiana me habla como si yo fuera una interrupción. Es una mañana casi perfecta.

Elettra sostuvo aquella insolencia con una frialdad impecable.

—No “como si”. Usted lo es.

Lilianne giró apenas la cabeza para esconder una sonrisa. Thiago se ocupó de una de las cajas. Brand sintió, contra toda lógica, una pequeña satisfacción desagradable. La frase no iba dirigida a él. Precisamente por eso le resultó agradable de un modo mezquino.

Nick, por supuesto, no se ofendió. La resistencia en las mujeres le gustaba porque la confundía con invitación, al menos hasta que se volvía imposible seguir haciéndolo.

—Entonces procuraré interrumpir con gracia —dijo, tomando la otra caja—. ¿Dónde la dejo?

—En el aula del corredor norte —respondió Elettra.

—Mándelo a la más lejana —murmuró Lilianne, lo bastante bajo como para que solo Brand la oyera—. Si la providencia existe, tropezará con la disciplina.

Brand no respondió. Pero el ángulo de su boca cambió apenas.

Caminaron bajo la galería hacia el ala de clases.

La lluvia marcaba un compás fino sobre las tejas; en el patio, algunos niños miraban de reojo el desfile improvisado: la maestra, la benefactora, dos Charpentier y un tercero que parecía demasiado hermoso para cargar una caja sin que aquello se sintiera como una blasfemia social.

Uno de los pequeños, un niño de piel oscura y ojos enormes saludó a Lilianne con una mano manchada de tinta.

Ella le respondió tocándole la frente con dos dedos, como una bendición seca.

Brand lo vio todo sin querer que le importara, pero le importó.

Porque no se trataba del decorado sentimental de la caridad, ese teatro que tantos de su clase sabían montar con admirable eficacia.

Había en aquellos gestos una costumbre. Una historia.

Una clase de intimidad hecha de repeticiones: nombres recordados, heridas curadas, suelas gastadas por los mismos corredores.

Y en el centro de ello estaba Elettra, moviéndose con exactitud entre pupitres, libros, mandatos y ternuras pequeñas, sin sentimentalismo y sin dureza superflua.

Aquella era su verdadera elegancia, pensó Brand con una incomodidad feroz. No el vestido de noche. No la espalda erguida bajo las lámparas. Esto.

El aula del corredor norte era más luminosa que el despacho y mucho más fría.

En las paredes colgaban mapas de Europa con los bordes despegados, dibujos infantiles y una fila de palabras escritas con tiza sobre el pizarrón.

Thiago dejó la caja junto a la mesa de la maestra.

Nick hizo lo propio con la suya, pero antes de apartarse abrió uno de los cuadernos y hojeó las primeras páginas en blanco con la delicadeza extraña que tienen algunos hombres cuando tocan algo que no entienden bien.

—Qué valiente material —dijo—. No contiene ni una sola posibilidad de glamour.

—Por eso no le queda a usted —replicó Elettra.

—Me rompe el corazón que me conozca tan pronto.

—No lo conozco en absoluto. Solo reconozco una vanidad cuando entra en una habitación.

Nick volvió el rostro hacia Brand con una sonrisa lenta.

—¿Ves? Me siento ya entre familia.

Brand no se dignó a contestar. La mirada de Thiago, sin embargo, se desplazó un instante entre ambos, registrando la frase y guardándola donde guardaba todo lo que más tarde podría doler.

Una monja joven entró con una lista en la mano y le pidió a Elettra que revisara el número de camas limpias en el ala de niñas. Lilianne la siguió sin preguntar. Antes de salir, Elettra se volvió hacia los tres hombres con una calma casi ofensiva.

—No toquen nada que no sepan volver a poner en su sitio.

Nick hizo una reverencia.

—Haré un esfuerzo heroico.

Cuando ella desapareció por el corredor, el aula cambió de temperatura.

Fue un cambio sutil. Casi ridículo de admitir.

Y, sin embargo, Brand lo sintió con la misma nitidez con que se percibe cuando una puerta se cierra en otra habitación y de pronto el aire ya no circula igual.

Thiago también lo sintió, pero reaccionó de otro modo: tomó la lista de materiales sobre el escritorio y se puso a ordenarla.

Nick, en cambio, se apoyó contra una de las ventanas y dejó que la sonrisa se volviera más fina.

—Bueno —dijo—. Ya que la maestra se fue, podemos empezar a fingir que no estamos aquí por ella.

Brand levantó la vista con lentitud.

—Ten cuidado, Nick.

—¿Con qué? ¿Con la verdad?

Thiago siguió alineando hojas, era una manera muy suya de no estrangular a nadie.

—Con hacerte insoportable demasiado temprano —murmuró.

Nick se volvió hacia él.

—No me lo reproches solo a mí. A ti también te la ha puesto difícil.

La mano de Thiago se detuvo sobre el papel, no miró a Brand, no miró al piso. Miró directamente a Nick, y aquella quietud, tan limpia, tenía más filo que una discusión.

—No hables como si supieras lo que pienso.

—Oh, por favor. —Nick se separó de la ventana y se adelantó un paso—.

No hace falta ser un genio. Brand la observa como si quisiera descifrarla o poseerla, todavía no decide cuál de las dos cosas le parece más noble.

Tú la miras como si ella fuera la única persona del edificio que no necesita ser salvada de nadie. Y ella, bueno…

Se interrumpió con una sonrisa lentísima, saboreando el daño antes de soltarlo.

—Ella los ve a ambos.

El silencio que siguió fue tan nítido que se oyó, desde el patio, el golpe de una pelota contra la pared.

Brand sintió el calor subirle a la nuca con una rapidez deshonrosa.

No por lo que Nick había dicho de él —la mitad era mentira, la otra mitad se parecía demasiado a algo que todavía no estaba dispuesto a pensar—, sino por la parte de Thiago.

Porque al oírlo nombrado de esa manera, con esa claridad casi obscena, el pecho se le tensó como si alguien hubiese puesto una mano sobre algo que aún no debía tener forma.

Thiago dejó la lista sobre la mesa.

—Estás herido —dijo con una tranquilidad insoportable—. Y cuando estás herido, escarbas.

Nick sonrió sin perder la belleza.

—Y tú cuando estás herido te vuelves sacerdote. Cada uno arruina el mundo como puede.

Brand cruzó el aula en dos pasos, no violentos, peor: controlados.

—Basta.

Nick alzó las manos.

—Mira qué rápido sales cuando alguien dice en voz alta lo que estás intentando organizarte por dentro.

Brand se detuvo a un palmo de él. El recuerdo de Elizaveta volvió con una violencia absurda, no porque tuviera nada que ver con Elettra, sino precisamente por eso.

Porque en el fondo de todo aquello seguía pudriéndose el error.

La noche en que había cedido otra vez, impulsivamente, a esa mezcla rancia de deseo, rabia y costumbre.

La forma en que después, al quedarse solo, había sentido que algo en él se volvía más sucio, más pequeño.

Y ahora estaba allí, de pie en un aula pobre, alterándose por una mujer que todavía no le debía nada, mientras la memoria del cuerpo seguía cargando con otra.

Nick lo leyó mal y acertó a medias.

—Ah —murmuró, bajando la voz—. Así que sí te importa.

Brand sintió un impulso seco, físico, de callarlo por la fuerza. Lo reconoció como lo que era: vulgar. Y justamente por eso lo humilló más. Thiago dio un paso adelante, no entre ellos, pero cerca.

—Nicholas.

Bastó.