El vals de las apariencias 3 La Rinaldi #4
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3 La Rinaldi #4

Había algo en la voz de Thiago, cuando se desprendía de toda suavidad, que no admitía confusión. Nick sostuvo la mirada de su hermano mayor apenas un segundo más y luego sonrió otra vez, pero con menos luz. Brand dio un paso atrás. El aula volvió a ser aula: pupitres, mapas, lluvia.

—Siempre olvido —dijo Nick— lo mucho que les molesta mirarse en el mismo espejo.

Antes de que la frase terminara de instalarse, la puerta se abrió de nuevo.

Elettra entró con una pila de sábanas dobladas en los brazos.

Al ver las posiciones en el aula —Brand demasiado cerca de la ventana, Thiago demasiado quieto, Nick con esa sonrisa aún mal cerrada—, no preguntó qué ocurría.

Lo supo. Y el hecho de que no necesitara explicación provocó en Brand una vergüenza aún más molesta que la discusión misma. Ella dejó las sábanas sobre una silla.

—¿Interrumpo algo?

—No —dijo Thiago.

—Sí —dijo Nick al mismo tiempo.

Elettra pasó la mirada de uno a otro y terminó en Brand.

—Entonces prefiero creerle al menos agotador.

El comentario no fue amable. Tampoco cruel.

Pero tuvo el efecto exacto de una mano fría puesta sobre una frente que arde.

Brand se obligó a enderezar los hombros.

Nick ladeó la cabeza, divertido. Thiago desvió la vista, apenas, para que nadie notara la sombra de alivio que le cruzó el rostro.

Elettra tomó la lista de materiales que Thiago había estado ordenando.

—Perfecto. Ya que han terminado su pequeño ejercicio de virilidad, necesito que alguien revise la sala de costura y que alguien más lleve estas sábanas al dormitorio del ala norte.

—Yo llevo las sábanas —dijo Thiago.

La respuesta salió demasiado rápido.

No fue una torpeza grande. Solo una rapidez. Pero en un hombre como Thiago, hecho de discreción y pausas, la rapidez siempre delataba algo. Elettra lo miró un segundo, tal vez consciente de ello, tal vez no. Luego asintió.

—Gracias.

Brand sintió otra vez esa punzada pequeña, infame, que no debía existir todavía y ya empezaba a comportarse como si tuviera derechos.

—Yo revisaré la sala de costura —dijo.

Nick apoyó un hombro en el marco de la ventana.

—Y yo, supongo, encarnaré el adorno.

—No —respondió Elettra, ya de vuelta en sus papeles—. Usted puede quedarse en silencio. Será su contribución más útil.

Thiago bajó la cabeza con una risa que disimuló mal. Nick lo miró como si acabaran de traicionarlo. Lilianne, que reapareció justo a tiempo para oír la frase, dejó escapar una carcajada breve, genuina.

—Qué mujer tan razonable —dijo, entrando al aula—. Brand, el registro de las mantas está mal numerado y la hermana Cécile cree que es culpa del demonio. Ve a salvarle la fe.

Él salió del aula sin protestar, con el pulso aún más alto de lo que la situación merecía.

La sala de costura ocupaba una esquina del ala norte y daba a un patio más estrecho, donde el agua se acumulaba en una pileta de piedra.

Había mesas largas, rollos de tela, cestas con ropa por remendar y una máquina de coser que parecía sostenerse a sí misma por puro orgullo.

La hermana Cécile, una monja alta de huesos afilados, le tendió un cuaderno y le explicó el desorden con la precisión febril de quien ya ha decidido que el problema no son los números, sino el alma moderna.

Brand la escuchó, revisó, corrigió dos columnas y descubrió la tontería: una hoja arrancada había sido recolocada al revés.

Nada serio. Nada digno del demonio. Pero aquella media hora entre cuentas, telas ásperas y la voz incesante de la monja le sirvió para recobrar cierta compostura exterior.

No interior. La interior seguía siendo un salón mal ventilado.

Cuando regresó al corredor principal, encontró a Elettra sola junto al gran ventanal de la galería. La lluvia había amainado. Quedaban pequeñas gotas adheridas al hierro negro de la baranda. Desde allí se veía el patio con los dibujos infantiles y la cuerda de tender balanceándose apenas.

Ella estaba de perfil, con los brazos cruzados y la mirada en algún punto del exterior que no era exactamente el paisaje. Al oírlo, no se volvió enseguida.

—¿Sobrevivió la hermana Cécile? —preguntó.

—Con heridas leves en la fe.

Eso le arrancó, al fin, una sonrisa verdadera.

Brand se detuvo a su lado. No demasiado cerca.

Lo justo para compartir la vista sin invadirla.

Durante un segundo los dos guardaron silencio.

Debajo, un niño pequeño corría con un zapato desatado y una niña mayor iba detrás de él con una bufanda roja en la mano, como si persiguiera no a una persona, sino a la idea entera del orden.

—Thiago se siente cómodo aquí —dijo Elettra, sin mirarlo.

La frase fue tan directa que por un momento Brand pensó que había oído mal.

—Sí.

—Y Nick incomoda incluso cuando no habla.

—Eso también es cierto.

Ella giró apenas la cabeza, lo suficiente para verlo de reojo.

—¿Y usted?

Era una pregunta extraña, más aún porque no llevaba adorno ni defensa. Brand apoyó dos dedos en el marco del ventanal.

—Yo no me siento cómodo en lugares donde las cosas importan.

Elettra lo observó de frente esta vez. La luz gris le afinaba el rostro y le hacía los ojos más oscuros.

—Eso no ha sonado como una broma.

—No lo era.

El silencio que siguió no fue tenso. Fue hondo.

Brand no sabía por qué había dicho aquello.

Tal vez por cansancio. Tal vez porque había algo en Elettra que hacía ridículas ciertas poses.

O tal vez porque la culpa aún seguía moviéndose bajo la piel, esa culpa antigua y reciente a la vez, esa memoria del error con Elizaveta que lo hacía sentir impropio frente a la limpieza de algunas mañanas.

No podía explicarlo sin volverse peor hombre. Así que guardó silencio.

Elettra tampoco lo obligó a llenar el hueco.

—No todo lo importante exige comodidad —dijo al fin.

La frase, sencilla, se le quedó dentro de un modo incómodo.

En el extremo del corredor aparecieron Thiago y Lilianne.

Venían hablando en voz baja. Thiago había dejado ya las sábanas y llevaba ahora el abrigo al brazo.

Lilianne gesticulaba con esa elegancia seca suya, como si incluso sus molestias hubieran aprendido a escoger bien los ángulos.

Detrás de ellos, más rezagado, venía Nick con el cabello apenas desordenado por la humedad y una expresión demasiado brillante para considerarla inocente.

—Tengo una noticia deliciosa —anunció antes de llegar del todo.

Nadie respondió.

Nick adoraba esa clase de hostilidad silenciosa; la volvía preludio.

Sacó del bolsillo interior del abrigo una tarjeta color marfil.

—El Hôtel de la Lune ha vuelto a escribir.

Brand sintió el cuerpo reaccionar antes que la razón.

Muy poco, o quizá demasiado, porque Nick lo notó, por supuesto que lo notó y su sonrisa se volvió casi tierna.

—No te pongas así. Esta vez la letra no es de Elizaveta.

Lilianne estiró la mano.

—Dámela.

Nick se la entregó con una reverencia ridícula. Lilianne leyó primero. Luego alzó una ceja.

—Alekséi organiza una velada privada mañana por la noche. Música, cena, pocos invitados. Qué manera tan refinada de anunciar una emboscada, ¿no es cierto?

Thiago dejó de mirar la lluvia.

Elettra tomó la tarjeta después de Lilianne.

Sus dedos la sostuvieron por los bordes con la cautela de quien toca algo limpio que no confía en merecer.

No pareció impresionada, pero Brand vio cómo su atención se afilaba en silencio.

El nombre Rostov producía todavía ese efecto: nadie sensato se relajaba del todo a su alrededor.

Nick, mientras tanto, se entretuvo mirando a Brand.

—Qué desafortunado —murmuró—. Y yo que creí que hoy solo tendríamos números.

La tarde, pensó Brand, estaba a punto de volverse larga.

No dijo nada. No podía. Porque detrás del nombre Rostov no llegaba solo el recuerdo de una casa, una gala o una mujer.

Llegaba también la memoria más sucia: la del error cometido, la de haber vuelto a una piel que ya conocía demasiado bien solo para descubrir, con el sabor amargo aún en la boca, que ciertas noches no apagan nada.

Solo dejan mejor marcada la vergüenza. Y ahora, con Elettra a pocos pasos, con Thiago mirándolo sin mirar del todo, con Nick saboreando el daño antes de infligirlo, la invitación pareció menos una cortesía social que una mano entrando por una herida para verificar si seguía abierta.

Lilianne devolvió la tarjeta a Nick.

—No iremos todos.

Nick sonrió.

—Yo sí.

—Precisamente por eso lo reconsidero.

Thiago tomó por fin la palabra.

—Brand tendrá que ir.

El corredor entero pareció ordenar su atención en torno a esa frase. Elettra no se movió. Nick sonrió más. Lilianne observó a Thiago con interés. Y Brand sintió que algo en la mañana se cerraba con un sonido limpio, como un broche.

—Sí —dijo al fin—. Iré.

Entonces Elettra levantó la mirada hacia él. No había dulzura en sus ojos. Ni miedo. Solo esa inteligencia fría y peligrosa que parecía leer no las palabras, sino el sitio exacto desde el que nacían.

—Tenga cuidado —dijo.

Brand sostuvo la tarjeta entre dos dedos. La cartulina era gruesa, cara, impecable. Muy propia de una familia que sabía envolver el veneno con educación.

—Siempre lo tengo.

Elettra bajó los ojos a la invitación una vez más.

—No. —La voz le salió más seria—. Ahí es donde se equivoca.

Y fue la primera vez desde que la conocía que una frase suya le dejó el presentimiento íntimo de estar siendo advertido de algo mucho peor que una simple noche social.