El vals de las apariencias 3 La Rinaldi #2
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3 La Rinaldi #2

Elettra dejó la carta sobre la mesa sin abrirla.

—No lo está.

—¿Y usted?

La vio respirar hondo, no de ofensa, de memoria.

—Yo sí.

El modo en que dijo aquello le produjo a Brand una curiosidad mucho más peligrosa que el interés social.

Quiso preguntar más. Quiso saber por qué una mujer con apellido pesado prefería el olor a tiza al de los salones, por qué trabajaba como si el trabajo no le hubiera sido impuesto sino elegido, por qué había en ella esa mezcla incómoda de educación impecable y desobediencia natural.

—Mi prima Micaela está casada con Matteo Rinaldi —dijo él, como quien deja una pieza sobre la mesa para ver si la persona la reconoce.

Elettra no cambió de postura, pero el color de su mirada pareció cerrarse un grado para endurecerse.

—Lo sé.

—¿Lo sabe?

—París habla más de la cuenta.

—Y usted escucha más de lo que finge.

Elettra recogió de nuevo la pluma.

—Escucho lo necesario para no tropezar.

Brand la observó un instante, midiendo. Había algo ahí.

No un secreto escandaloso, sino una resistencia antigua.

Una familia rica. Un apellido que pesaba.

Un matrimonio enlazado con los Charpentier a través de una prima.

Y, aun así, Elettra estaba aquí, con tiza en los dedos, defendiéndose de inspecciones adelantadas.

—Podría vivir de otro modo —dijo él.

Ella apoyó la pluma.

—Todos podríamos.

—No es una respuesta.

—Es la única que le debo.

Brand se acercó un paso, no mucho, lo suficiente para que la conversación abandonara del todo la cortesía administrativa.

—Entonces permítame una pregunta mejor. ¿Por qué está aquí?

Elettra no retrocedió.

Ese detalle, mínimo y devastador, fue lo primero que él registró.

—Porque aquí me necesitan —respondió—. Y porque hay cosas que el dinero de una familia no limpia. Solo las cubre.

La frase se le quedó dentro.

Brand sabía bastante sobre dinero cubriendo cosas.

Sobre apellidos barnizando errores. Sobre la manera en que ciertas familias convierten la compostura en una forma costosa de esconder lo que verdaderamente las gobierna.

Quizá por eso la respuesta de Elettra le resultó menos ajena de lo que habría querido admitir.

En el patio se oyó un golpe y luego el llanto indignado de un niño.

Elettra giró la cabeza por puro reflejo, el cuerpo entero respondiendo antes que la razón.

Aquello tuvo en Brand un efecto inexplicable.

Había visto mujeres hermosas corregirse el guante.

Ajustarse una joya. Dirigir una velada. Nunca le había parecido tan íntimo como aquella forma de volver el rostro hacia un sonido de dolor pequeño.

Ella fue a la ventana. Él la siguió, contra su mejor juicio.

Un niño se había caído de rodillas sobre la piedra y se incorporaba ya con la dignidad terrible de los que lloran más por rabia que por daño.

Una muchacha mayor lo ayudó a levantarse.

En la galería, una de las cuidadoras observaba con media sonrisa cansada.

—No se rompió nada —dijo Elettra.

—Eso ha sonado a alivio personal.

—No me gustan las sangres inesperadas. —Se volvió hacia él.

El comentario le arrancó una memoria involuntaria.

Elizaveta, de pie en una habitación demasiado cerrada, tocándose la boca después de que él la besara con más fuerza de la debida.

La mínima línea roja donde un diente había herido la piel.

Ella riendo, no ofendida, sino satisfecha de haber arrancado de él algo menos controlado, más ruin, más suyo.

El recuerdo le atravesó el estómago con una vergüenza seca. Apartó la vista hacia la lluvia.

—A mí tampoco —dijo.

Elettra lo miró un instante demasiado largo.

—No lo decía en metáfora, monsieur Charpentier.

—Yo tampoco.

Aquello fue verdad y precisamente por eso el aire volvió a tensarse.

Se abrió la puerta sin previo aviso. Una monja entró con dos tazas de café, las dejó sobre un rincón del escritorio y salió con la velocidad de las personas que conocen el valor espiritual de no interrumpir demasiado. El aroma subió oscuro, cálido, real.

Elettra se acercó primero y le tendió una taza.

Brand dudó un segundo antes de tomarla por la intimidad ridícula que a veces adquieren las cosas más simples cuando una conversación ya ha empezado a desviarse del terreno seguro.

—Gracias.

—No lo convierta en costumbre —dijo ella, y esta vez la ironía llevaba una brizna de cansancio que le sentó mejor que la crueldad.

Bebieron de pie, junto al escritorio invadido de papeles.

La lluvia seguía marcando los vidrios con líneas oblicuas. A lo lejos sonó una campana menuda, quizá de la cocina, quizá del ala de dormitorios, el café estaba algo amargo y Brand lo agradeció.

—Vendrán con sonrisa de comité —dijo Elettra—. Mirarán los cuartos, harán preguntas sobre higiene, números, profesores. Luego pasarán al orfanato. Allí mirarán a los niños como si estuvieran haciendo un favor por no apartar demasiado rápido la vista.

Brand giró lentamente la taza entre las manos.

—¿Y qué quiere que haga yo?

Ella se tomó un instante antes de responder.

—Quiero que no me diga que todo va a salir bien solo porque a los hombres de su mundo les tranquiliza oírse cuando prometen cosas que en muchas ocasiones no pueden cumplir.

La franqueza le provocó una reacción absurda: respeto, primero. Después algo más torpe.

—No iba a decir eso.

—Bien.

—Pero sí puedo hacer otra cosa.

Elettra dejó la taza.

—¿Qué?

Él la miró de frente.

—Puedo impedir que entren creyendo que nadie va a mirarles las manos y que tienen el control de todo.

El silencio que siguió no fue suave.

Elettra lo sostuvo durante un latido entero y, por primera vez desde que lo conocía, Brand tuvo la sensación nítida de que ella estaba evaluándolo no como apellido, no como amenaza, no como huésped incómodo de la mañana, sino como hombre. Le incomodó cuánto deseó salir bien de esa evaluación.

—Eso —dijo al fin— sería útil.

La palabra, sencilla y sin brillo, se le quedó dentro como una promesa mejor que cualquier halago.

En ese momento apareció Lilianne de nuevo, con el cabello apenas más húmedo por la lluvia y una expresión capaz de volver respetables hasta las malas noticias.

—El ala este no se cae hoy, lo cual ya me parece una concesión notable del universo. Y además he encontrado a Thiago en el patio.

Elettra giró la cabeza con una rapidez involuntaria Brand lo notó. No fue un golpe grande, fue peor, una punzada pequeña e inmediata.

—¿Thiago? —preguntó, antes de decidir si le correspondía.

Lilianne alzó una ceja apenas.

—Sí. Trae copias del registro de la colecta del mes pasado y dos cajas de cuadernos. Ha tenido la gentileza de no anunciar su apellido al entrar. Una educación rarísima en esta familia.

El corazón de Brand dio un giro corto, desagradable.

No había razón para ello. Thiago ayudaba siempre donde podía, tenía esa clase de decencia silenciosa que hacía fáciles ciertas presencias.

Saint-Michel, Lilianne, los niños, los registros: todo aquello encajaba mejor con él de un modo que, por alguna razón, Brand detestó descubrir.

Elettra dejó la taza sobre la mesa.

—Voy a verlo.

Lo dijo con naturalidad, como si fuera obvio.

Brand apoyó lentamente la suya.

—Yo también.

Lilianne lo miró con una satisfacción mal disimulada.

—Ah, perfecto. Nada alegra tanto una mañana lluviosa como dos hermanos bien vestidos fingiendo que no compiten por nada.

—Lilianne —dijo Elettra, seca.

Ella sonrió, implacable.

—¿Qué? La lluvia me afina el oído.

Salieron del despacho.

En el corredor, el sonido del edificio había cambiado: más pasos, más puertas, más voces bajas.

El día empezaba a apretar desde dentro. Bajaron juntos la escalera lateral que llevaba al patio cubierto del orfanato.

El olor allí era distinto del de la escuela: sopa reciente, jabón barato, madera húmeda, ropa secándose cerca del fuego.

En la galería, una hilera de dibujos infantiles colgaba de una cuerda.

Casas torcidas. Soles inmensos. Un barco.

Una mujer con vestido azul. Un hombre sin manos porque el niño que lo había dibujado se había cansado antes de terminarlo.

Thiago estaba al fondo, inclinado sobre una caja abierta.

Alzó la vista al oír pasos y por un instante algo se movió en su rostro al ver a Elettra. No una sonrisa completa. Algo más delicado, más involuntario, como si la sola visión de ella le ordenara el día por dentro. Después vio a Brand detrás y ese primer fulgor se cubrió enseguida con calma.

—Traje los cuadernos y la copia del registro que pidió Lilianne.

Elettra se acercó primero, el movimiento fue sencillo, hermoso precisamente por sencillo.

—Gracias.

Thiago se encogió apenas de hombros.

—No es nada.

Pero Brand supo, en el mismo instante en que lo oyó, que para él sí lo era.

Lo supo por la forma en que Thiago había colocado las cajas donde no estorbaran, por lo bien que ya se había acomodado al espacio, por el modo en que su voz perdía filo al hablarle a Elettra y, sobre todo, por ese tipo de atención sin ruido que algunos hombres guardan solo para lo que aman demasiado como para exhibirlo.

La certeza le cayó encima con una limpieza brutal.

Thiago la quería.

No como se quiere una curiosidad, no como se desea un cuerpo.La quería con esa hondura paciente que a Brand siempre le había parecido más peligrosa que la obsesión.

Y mientras esa verdad se instalaba en él, rápida y desagradable, Nick apareció en el umbral de la galería con el abrigo aún puesto, las gotas de lluvia brillándole en el hombro y una sonrisa que habría podido confundirse con encanto si uno no lo conociera mejor.

Se detuvo, miró la escena —Elettra, Thiago, Brand, las cajas, la lluvia— y el brillo de sus ojos se volvió casi alegre.

—Vaya —dijo—. Llegué justo a tiempo para la caridad.

Nadie respondió al instante.

Nick avanzó despacio, dejando que el ruido de sus botas marcara la piedra húmeda.

—No sabía que Saint-Michel ofrecía matinés familiares —añadió, mirando de Thiago a Brand con esa dulzura suya que siempre anunciaba veneno—. Qué descuido el mío.