Capítulo 23 — La caída
El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía admitió la solicitud de suspensión cautelar plena de Ricardo Fontán a las nueve de la mañana siguiente, con una celeridad que sorprendió incluso a Aróstegui, acostumbrada a la lentitud habitual de los procedimientos que afectaban a cargos aforados.
—Con pruebas de esta contundencia, ni siquiera un tribunal acostumbrado a la máxima cautela ha podido demorar la decisión —le explicó Aróstegui a Reyes por teléfono, con una satisfacción profesional que llevaba semanas conteniendo—.
Fontán ha sido citado para comparecer esta misma tarde ante el instructor.
Y he conseguido, además, una orden de detención preventiva, dado el riesgo evidente de fuga que representa alguien con su nivel de recursos y de contactos internacionales.
—¿Van a detenerlo en su propio despacho?
—Vamos a intentarlo con la máxima discreción posible, aunque a estas alturas, con la filtración mediática que ya se ha producido sobre la solicitud presentada esta mañana, dudo mucho que podamos evitar que esto se convierta en un espectáculo público.
Quiero que esté presente, Cala. Después de todo lo que ha invertido en este caso, se lo ha ganado.
Llegaron a la sede de la Consejería de Fomento, Vertebración del Territorio y Vivienda a media tarde, con un dispositivo policial discreto pero suficiente, y encontraron, ya apostados frente al edificio, a media docena de furgonetas de televisión y a un grupo creciente de periodistas que confirmaba, sin lugar a dudas, que la noticia de la citación urgente ya se había filtrado a la prensa mucho antes de lo previsto.
Reyes subió con Aróstegui y dos agentes hasta el despacho oficial de Fontán, en la sexta planta de un edificio institucional de fachada sobria, con la sensación extraña de estar cerrando, en aquel mismo trayecto en ascensor, un círculo que había empezado semanas atrás en un despacho muy distinto, el de Ignacio Almazán, con sus ventanales privilegiados sobre la Giralda.
Encontraron a Fontán en su despacho, de pie junto a la ventana, con la misma elegancia impecable que había mostrado en su rueda de prensa televisada días atrás, aunque ahora, al verlos entrar, algo en su expresión se resquebrajó apenas un instante, la máscara de indignación calculada cediendo, por primera vez, ante una realidad que ya no admitía discurso posible.
—Inspectora Cala —dijo, con una voz que intentaba mantener la compostura sin conseguirlo del todo—. Supongo que esto era inevitable, tarde o temprano.
—Ricardo Fontán Ibáñez, queda detenido por su presunta participación en delitos de corrupción, coacciones, y complicidad directa en la persecución de una menor de edad con riesgo para su integridad física. Tiene derecho a guardar silencio y a la asistencia de un abogado.
Fontán no opuso resistencia mientras un agente le colocaba las esposas, con una dignidad forzada que a Reyes le pareció, en aquel momento, la última máscara que le quedaba por sostener ante sus propios subordinados, que observaban la escena desde la puerta del despacho con una mezcla de shock y de una traición sentida en carne propia.
—¿Por qué El Vacie, consejero? —preguntó Reyes, incapaz de contener la pregunta que llevaba semanas queriendo formularle directamente—.
De todos los lugares posibles, ¿por qué elegir a una comunidad que ya llevaba noventa años sufriendo el abandono de las mismas instituciones que usted representaba?
Fontán la miró un largo instante, con una expresión que ya no tenía nada de la arrogancia calculada de sus apariciones públicas, sino algo mucho más parecido al cansancio genuino de un hombre que, por primera vez en años, se veía obligado a mirar de frente las consecuencias reales de sus propias decisiones.
—Porque el sistema entero está diseñado, inspectora, para que gente como ellos nunca tenga la voz suficiente para hacerse escuchar.
No fue maldad personal, si es lo que me está preguntando.
Fue, sencillamente, la aplicación fría de una lógica que llevo veinte años viendo funcionar sin que nadie, hasta ahora, se atreviera a cuestionarla del todo.
Elegimos siempre el camino de menor resistencia.
Y El Vacie, durante noventa años, fue precisamente eso: el camino de menor resistencia.
—Se equivocó, consejero. Esta vez, el camino de menor resistencia resultó ser mucho más resistente de lo que usted y toda su gente jamás hubieran imaginado.
Fontán no respondió a eso, y se dejó conducir hacia la salida por los agentes, mientras las cámaras de televisión, apostadas ya en la calle, capturaban cada segundo de la caída pública de uno de los hombres más poderosos de toda Andalucía.
Bajaron con Fontán ya esposado hasta la calle, donde la multitud de periodistas se agolpaba tras un cordón policial improvisado, con flashes de cámara disparándose sin descanso y preguntas gritadas desde todas direcciones que ninguno de los presentes tenía intención de responder en aquel momento.
Reyes caminó un paso por detrás de los agentes que escoltaban a Fontán hacia el vehículo policial, sintiendo el peso extraño de convertirse, sin buscarlo, en parte de una imagen que sabía que iba a ocupar las portadas de todos los periódicos andaluces a la mañana siguiente.
Entre la multitud, distinguió, por un instante, el rostro de la periodista que semanas atrás había intentado entrar en El Vacie con sus cámaras, la misma a la que Custodio había plantado cara con aquella frase que Reyes todavía recordaba con precisión: «ayer nadie preguntaba por Rocío Bermúdez, hoy todos quieren su cara en un titular».
Ahora aquella misma periodista narraba, en directo, la detención del hombre que había orquestado, desde la sombra, buena parte del sufrimiento que aquella familia había tenido que soportar.
Las siguientes veinticuatro horas trajeron consigo una cascada de reacciones institucionales que Reyes siguió, entre el agotamiento y una satisfacción amarga, desde la comisaría: el presidente de la Junta de Andalucía convocó una rueda de prensa de urgencia para anunciar el cese inmediato de Fontán y una auditoría completa sobre todos los expedientes de recalificación urbanística gestionados por su Consejería durante los últimos seis años; la oposición parlamentaria exigió comparecencias urgentes; y varios medios nacionales, no solo andaluces, empezaron a cubrir el caso con una intensidad que confirmaba la magnitud del escándalo que acababa de estallar.
—Esto va a tener consecuencias que van mucho más allá de lo que ninguno de nosotros imaginó al principio, Cala —le dijo Ceballos, viendo juntos las noticias en la sala de descanso de la comisaría, con una taza de café que ninguno de los dos había tocado enfriándose sobre la mesa—.
Un consejero regional detenido por corrupción sistemática y complicidad en la persecución de una menor.
Esto va a marcar un antes y un después en cómo se investigan este tipo de casos en toda Andalucía.
—Espero que también marque un antes y un después en cómo se trata a comunidades como El Vacie, comisario.
Porque las condenas están bien, y son necesarias.
Pero si esto no cambia nada de fondo, si dentro de diez años otra comunidad vulnerable tiene que pasar por lo mismo que ha pasado esta, entonces no habremos conseguido, en realidad, tanto como parece.
Reyes llamó a Solano esa misma tarde, con una pregunta que llevaba semanas esperando poder hacer con una respuesta afirmativa real.
—Solano, con Fontán detenido, con Solaz, Restrepo y Miralles colaborando, con Almazán, Salido, Gonzalo Valdelomar e Iglesias ya imputados formalmente, ¿cree que ha llegado el momento de empezar a valorar la salida de Rocío del programa de protección?
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el silencio profesional de alguien que no quiere dar falsas esperanzas antes de haber hecho su propia valoración completa.
—Voy a necesitar unos días para hacer una evaluación de riesgo actualizada, inspectora, pero le voy a ser sincera: con la cúpula completa de la organización detenida o colaborando, el nivel de amenaza residual se reduce drásticamente.
Si todo sigue así, creo que en un plazo razonable, quizás dos o tres semanas, podríamos empezar a hablar de una salida progresiva y segura del programa.
Reyes sintió que se le escapaba, por fin, un suspiro que llevaba conteniendo desde hacía demasiado tiempo, un suspiro que llevaba dentro el peso acumulado de meses enteros de tensión, de miedo, y de una determinación feroz que, por fin, empezaba a encontrar su recompensa.
—Gracias, Solano. De verdad.
—No me las dé a mí, inspectora. Désela a usted misma, que ha sido quien ha conseguido, contra todo pronóstico, llegar hasta el final de una historia que empezó como un simple caso de distrito periférico y ha terminado derribando a uno de los hombres más poderosos de toda la región.