Capítulo 22 — La prueba final
Andrés Miralles solicitó, a través de su abogado, una reunión con Reyes tres días después de la detención de Restrepo, un gesto que sorprendió a todo el equipo dado el silencio absoluto que el exagente de inteligencia había mantenido desde la noche de su propia detención en la finca de Aracena.
—¿Cree que quiere colaborar? —preguntó Roldán, mientras se dirigían hacia la sala de interrogatorios donde Miralles ya esperaba, con su abogado sentado a su lado con la misma expresión neutra de siempre.
—No lo sé. Pero un hombre como él no pide una reunión sin un motivo calculado. Vamos a averiguar cuál es.
Encontraron a Miralles con un aspecto distinto al de su detención: más delgado, con ojeras profundas que sugerían noches enteras sin dormir, aunque su compostura profesional seguía intacta, la misma calma entrenada que Reyes ya conocía bien.
—Inspectora Cala, gracias por venir. Voy a ser directo: he pasado los últimos días pensando en algo que usted misma me dijo, sin saberlo, la noche de mi detención.
Que la punta visible de algo grande, tarde o temprano, se convierte en el chivo expiatorio perfecto para quien de verdad maneja los hilos.
Y he llegado a la conclusión de que eso es exactamente lo que Fontán y su gente están preparando para mí ahora mismo.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Veinticinco años de experiencia leyendo exactamente este tipo de situaciones, inspectora.
Cuando la organización empieza a colapsar, el primer instinto de quien está arriba es sacrificar a quien esté más cerca del suelo para proteger lo que queda del edificio.
Restrepo ya ha colaborado. Solaz también.
Y yo, precisamente por mi perfil profesional, por mi historial en los servicios de inteligencia, soy el candidato perfecto para cargar con la responsabilidad de cada decisión operativa violenta que se haya tomado en todo este asunto, mientras Fontán se presenta ante los medios como una víctima de una trama que él mismo orquestó desde la sombra.
—¿Qué tiene para ofrecernos, señor Miralles?
Miralles intercambió una mirada breve con su abogado, que asintió con un gesto casi imperceptible, y cuando volvió a hablar, lo hizo con la precisión metódica de quien lleva años acostumbrado a transmitir información sensible sin desperdiciar una sola palabra.
—Durante los últimos seis años, cada instrucción operativa importante que recibí relacionada con este esquema pasó, en algún momento, por un teléfono desechable que Fontán usaba exclusivamente para comunicarse conmigo, siempre a través de mensajes de voz cifrados que se autodestruían tras su reproducción.
Sabía que algún día podía necesitar protegerme de esta misma situación, así que hace tres años empecé a grabar, con un dispositivo externo, cada una de esas comunicaciones antes de que se autodestruyeran.
Tengo casi dos años de grabaciones almacenadas en un servidor que ni Solaz ni Restrepo conocen, con instrucciones directas de Fontán sobre operaciones concretas, incluyendo, inspectora, instrucciones específicas relacionadas con la vigilancia a usted misma tras la desaparición de Rocío Bermúdez.
Reyes sintió que el pulso se le disparaba, apenas capaz de contener la magnitud de lo que Miralles acababa de ofrecerle: no una grabación aislada, sujeta a discusión pericial sobre la identificación de una voz, sino casi dos años de instrucciones directas, archivadas, con fechas, con contenido operativo específico, suficientes para construir un caso que ningún abogado, por brillante que fuera, podría desmontar con un simple tecnicismo procesal.
—¿Qué quiere a cambio, señor Miralles?
—Lo mismo que Solaz, inspectora. Una reducción sustancial de mi condena, y garantías de protección, porque en el momento en que Fontán sepa que he decidido colaborar, mi vida va a valer bastante menos de lo que valía hace una semana.
He trabajado durante años protegiendo los intereses de gente peligrosa.
Sé exactamente de lo que son capaces cuando alguien les falla.
—Voy a hablar con la fiscal esta misma tarde.
Pero necesito que entienda algo, señor Miralles: si esas grabaciones son tan sólidas como dice, van a ser la pieza que finalmente hunda a Fontán, y también, probablemente, la pieza que confirme su propia participación directa en la persecución de una menor de doce años.
No le puedo prometer un trato blando, solo un trato justo por su colaboración.
—Lo entiendo perfectamente, inspectora. Y lo acepto. A estas alturas, prefiero pagar por lo que he hecho con una condena reducida que cargar con la culpa entera de algo que nunca decidí yo solo.
Recuperaron el servidor de Miralles esa misma tarde, con su colaboración plena, y el equipo técnico de Aróstegui pasó las siguientes doce horas procesando casi setecientos archivos de audio, organizándolos cronológicamente, extrayendo cada fragmento relevante para el caso que ya tenían construido.
Reyes, Ceballos y Aróstegui se reunieron esa misma noche para escuchar una selección de los fragmentos más incriminatorios, con Roldán tomando notas a un ritmo que apenas conseguía mantener el paso de la cantidad de información que se les venía encima.
Fontán (mensaje de voz, fecha coincidente con la desaparición de Rocío): Miralles, tenemos un problema serio.
Una cría vio a Salido con Iglesias cerca del descampado.
Necesito que se localice y se neutralice cualquier riesgo de que hable, antes de que esto se descontrole.
No me importa cómo lo resuelva, pero quiero que desaparezca de la ecuación esta misma semana.
Reyes sintió que se le helaba la sangre al escuchar aquella frase, «que desaparezca de la ecuación», pronunciada con la misma frialdad burocrática con la que un hombre cualquiera podría hablar de resolver un problema de tráfico o de logística empresarial, sin el más mínimo atisbo de que estaba, en realidad, ordenando silenciar a una niña de doce años.
—«Que desaparezca de la ecuación» —repitió Ceballos, con la voz tensa por una rabia contenida que Reyes reconocía perfectamente porque ella misma la sentía con la misma intensidad—.
Eso, ante cualquier tribunal, es una orden directa relacionada con el riesgo de daño a una menor.
No hay ambigüedad posible en esa frase, Cala.
Ningún abogado, por bueno que sea, va a poder argumentar un malentendido ante algo así.
Escucharon, durante las siguientes dos horas, fragmento tras fragmento de una conversación sostenida a lo largo de casi dos años: instrucciones sobre Almazán, sobre el proyecto de Almería, sobre el pago a Iglesias, sobre la orden explícita de «acelerar» la respuesta contra Chano Vargas cuando este había amenazado con hablar más de la cuenta.
Cada fragmento añadía una capa más de responsabilidad directa e innegable sobre los hombros de un hombre que, hasta ese mismo momento, se había presentado ante la opinión pública andaluza como una víctima injustamente señalada.
—Con esto, Cala, ya no hay margen de duda posible —dijo Aróstegui, cerrando finalmente el portátil tras la última grabación—.
Voy a presentar esta documentación ante el Tribunal Superior mañana mismo, a primera hora, solicitando la suspensión cautelar plena de Fontán y su puesta a disposición judicial inmediata.
Con pruebas de esta contundencia, ningún magistrado con un mínimo de rigor puede negarse a actuar.
Reyes se quedó un momento en silencio, sintiendo el peso combinado del alivio y del agotamiento acumulado de semanas enteras de tensión, mientras las últimas palabras de aquella grabación —«que desaparezca de la ecuación»— seguían resonándole en la cabeza con la fuerza de una promesa que, por fin, después de tanto tiempo, estaba a punto de romperse en pedazos ante la justicia.
Reyes fue a El Vacie esa misma noche, incapaz de esperar hasta la mañana siguiente para compartir con Custodio la noticia que llevaba semanas prometiéndole, y lo encontró, como tantas otras veces, sentado tras su verja sin óxido, con la radio encendida a bajo volumen y una taza de café humeante entre las manos.
—Custodio, tenemos la prueba final. Grabaciones directas de Fontán ordenando la persecución de Rocío, ordenando la agresión a Chano Vargas, coordinando cada pieza de todo este entramado durante casi dos años.
Mañana se presenta ante el Tribunal Superior, y con esto, no hay manera humana de que consiga escapar de la justicia.
Custodio se quedó un largo momento en silencio, con los ojos brillantes, procesando una noticia que llevaba semanas esperando sin atreverse a confiar del todo en que llegaría alguna vez.
—Noventa años, inspectora. Noventa años esperando que alguien, algún día, hiciera pagar a los responsables de verdad, en lugar de conformarse siempre con las migajas de justicia que nos tocaban de vez en cuando.
Y ahora resulta que ha sido usted, una mujer que llegó aquí hace apenas unos meses, sin conocer nuestra historia, sin conocer nuestros códigos, quien ha conseguido lo que generaciones enteras de esta calle no consiguieron nunca.
—No lo he conseguido sola, Custodio. Lo hemos conseguido entre todos: usted, Fermín, Rosario, el Rafita, Josele, cada persona de esta calle que decidió confiar en mí un poco más cada día, a pesar de todos los motivos que tenían para no hacerlo.
Custodio asintió, y por primera vez desde que Reyes lo conocía, le vio sonreír con una amplitud genuina, sin ninguna reserva, sin ninguna cautela vigilante, la sonrisa de un hombre que, después de toda una vida esperando, por fin veía asomar en el horizonte algo parecido a la justicia completa.