El Vacie Capítulo 21 — El último eslabón
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Capítulo 21 — El último eslabón

Reyes pasó la noche entera repasando, junto a Roldán y Aróstegui, la lista exacta de personas que habían conocido, con antelación suficiente para actuar, la decisión de Solaz de colaborar y la ubicación del piso donde guardaba la documentación de los pagos a Fontán.

—La lista es corta, esta vez —dijo Roldán, escribiendo los nombres en la pizarra con un rotulador que chirriaba levemente contra la superficie blanca—.

Usted, yo, Ceballos, Aróstegui, la fiscal, y el abogado de Solaz, que estuvo presente durante todo el interrogatorio en el que su cliente reveló la ubicación exacta del piso.

Reyes se quedó mirando aquel último nombre en la pizarra, sintiendo cómo una pieza que llevaba semanas ignorando, precisamente por su aparente irrelevancia, empezaba a cobrar un peso completamente distinto.

—El abogado. Claro. Estaba presente en el interrogatorio, conoce cada detalle de la estrategia legal de Solaz, y tiene, además, un deber de confidencialidad hacia su cliente que le da acceso privilegiado a información que ni siquiera nosotros compartimos con nadie fuera del núcleo de la investigación.

—Se llama Emilio Restrepo, según el expediente —añadió Aróstegui, consultando una carpeta que había traído consigo—.

Abogado penalista de prestigio, con despacho propio en el centro de Sevilla, contratado por Solaz apenas horas después de su detención, según consta en el registro de asistencia letrada.

—¿Contratado por quién exactamente? ¿Fue el propio Solaz quien lo eligió, o alguien lo eligió por él?

Aróstegui revisó de nuevo el expediente, con el ceño fruncido, hasta que encontró la respuesta que Reyes ya sospechaba.

—Según consta, el propio bufete de Restrepo se puso en contacto con la familia de Solaz esa misma noche, ofreciendo sus servicios de manera proactiva, algo que no es del todo inusual en casos mediáticos de este calibre, pero que tampoco deja de ser una coincidencia curiosa dada la rapidez con que se produjo el contacto, apenas unas horas después de la detención, cuando la noticia todavía no era pública.

—Necesitamos rastrear cualquier conexión previa entre Restrepo y Fontán, o entre Restrepo y cualquiera de las sociedades del Fondo Meridional de Inversiones —dijo Reyes—.

Si es el hombre de confianza que la organización coloca junto a cada eslabón débil de la cadena, precisamente para controlar qué información sale y qué se queda dentro, eso explicaría perfectamente cómo supieron tan rápido que Solaz iba a colaborar.

Roldán se puso a trabajar de inmediato, cruzando el nombre de Restrepo con cada base de datos disponible, y en menos de dos horas, con la ayuda de un analista financiero de la Unidad Central, encontraron lo que buscaban: una factura, emitida hace tres años, del despacho de Restrepo a una de las sociedades pantalla ya identificadas como parte de la red de Solaz, por «servicios de asesoría legal», apenas unos meses antes de que ese mismo despacho apareciera representando, de manera aparentemente casual, a otro intermediario detenido en el caso de Almería que Aróstegui había mencionado semanas atrás.

—Ahí está nuestro eslabón, Cala —dijo Aróstegui, con una satisfacción contenida que contrastaba con el cansancio evidente de una investigación que llevaba semanas exprimiéndolos a todos hasta el límite—.

El mismo abogado, en dos casos distintos de esta red, apareciendo siempre justo cuando alguien podría convertirse en un problema para la organización.

No es un abogado defendiendo clientes por casualidad.

Es una pieza más del sistema, colocada precisamente para controlar la información desde dentro de la propia defensa legal.

—¿Podemos actuar contra él con esto?

—Con esto y con lo que consigamos en las próximas horas, sí.

Voy a solicitar una orden de registro sobre su despacho y sus comunicaciones, y voy a pedir también que se investigue si ha incurrido en algún delito de revelación de secretos o de obstrucción a la justicia, más allá de cualquier cuestión relacionada con el secreto profesional que pudiera intentar invocar en su defensa.

Reyes sintió, por primera vez en días, que el peso de la sospecha genérica y difusa que había estado cargando sobre Ceballos, sobre el juez Casals, sobre cualquiera dentro de su propio entorno de confianza, empezaba a disolverse ante la claridad de una explicación concreta, humana, con nombre y apellido, que no requería sospechar de nadie que hubiera estado luchando, codo con codo, junto a ella durante toda aquella investigación.

Ejecutaron la orden de registro sobre el despacho de Emilio Restrepo dos días después, con el propio abogado presente, visiblemente nervioso desde el momento en que los agentes cruzaron la puerta de su elegante oficina en un edificio histórico del centro de Sevilla, con vistas a una plaza ajardinada que contrastaba, de manera casi irónica, con la naturaleza turbia de lo que estaban a punto de descubrir entre sus archivos.

Encontraron, en un servidor privado que Restrepo mantenía separado del sistema informático general del despacho, un registro completo de comunicaciones con una dirección de correo electrónico anónima que, tras un rastreo técnico minucioso, resultó estar vinculada a un servidor utilizado, en otras ocasiones, por Andrés Miralles para coordinar operaciones de seguridad de la red de Solaz.

—Emilio Restrepo, queda detenido por presunta obstrucción a la justicia y colaboración en la ocultación de pruebas relacionadas con una investigación en curso —dijo Reyes, mientras un agente le colocaba las esposas al abogado, cuya expresión de indignación calculada le recordó, de manera inquietante, a la que había visto en el propio Fontán durante su rueda de prensa televisada.

Reyes llamó a Ceballos esa misma tarde, con una satisfacción que llevaba semanas esperando poder compartir sin reservas.

—Comisario, hemos identificado y detenido al topo que explica la fuga de esta semana.

Emilio Restrepo, el abogado que Solaz contrató tras su detención.

Se ofreció como enlace de la red en el momento exacto en que Solaz empezó a necesitar representación legal, y desde entonces ha sido el canal para sacar información hacia fuera.

Ceballos se quedó un momento en silencio, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un matiz de alivio que Reyes no le había escuchado en semanas.

—Gracias a Dios, Cala. Le voy a confesar algo que no le había dicho hasta ahora, porque no quería añadir más presión de la que ya tenía: llevaba noches sin dormir bien, preguntándome si de verdad alguno de nosotros, alguien en quien confío profundamente, podía estar traicionando todo esto desde dentro.

—Lo sé, comisario. A mí me pasaba exactamente lo mismo.

Pero Restrepo no llegó a esta investigación hasta que detuvimos a Solaz, así que esto no explica cómo se enteró Almazán tan rápido de que mirábamos su registro mercantil, ni quién nos siguió el día de la declaración de Rocío, cuando solo tres personas sabíamos la hora y el lugar.

—¿Y tiene ya alguna respuesta para eso?

—Todavía no una confesión, pero sí un indicio sólido.

Roldán ha revisado el material incautado en la finca de Gonzalo la noche de su detención, y entre el equipo de Miralles había un informe de vigilancia con fechas y horarios que coinciden, casi al minuto, con mis propios movimientos de las últimas semanas: la salida de mi portal, mis trayectos hasta la comisaría, incluso la ruta que tomé el día de la declaración antes de que apareciera el todoterreno.

No hay un solo nombre propio de dentro de nuestro equipo en ese informe, comisario.

Solo mi matrícula, mis horarios, y una precisión que solo se consigue con vigilancia física sostenida, no con un soplo puntual.

Ceballos dejó escapar el aire despacio, con un alivio distinto al de un momento antes, más sobrio.

—Eso también significa que el juez Casals nunca tuvo nada que ver.

—Con este informe delante, no veo cómo podría haberla tenido.

Ni usted, ni Roldán, ni yo misma. Debería habérmelo planteado antes: Roldán ya apuntó esa posibilidad la misma noche de la persecución, y tenía razón.

A veces la explicación más incómoda no es que alguien de dentro traicione, sino que el enemigo tiene recursos de vigilancia mejores de los que a uno le gustaría admitir.

—Vamos a celebrarlo como es debido cuando esto termine del todo, Cala. Con una cena, con toda la gente que ha estado en esto desde el principio. Pero hoy, al menos, podemos dormir un poco mejor sabiendo que la gente con la que trabajamos cada día es de fiar.

Restrepo, enfrentado a las pruebas encontradas en su propio servidor privado, decidió colaborar con una rapidez que sorprendió a todo el equipo, consciente, quizás mejor que nadie, de la solidez del caso que tenían ya construido en su contra.

—Yo solo era el enlace, inspectora. Cuando cualquier eslabón de la red corría riesgo de colaborar con las autoridades, yo me encargaba de ofrecerle representación legal, aparentemente desinteresada, y de mantener informada a la organización de cualquier movimiento relevante, incluyendo, quiero que quede claro, sin que yo mismo tomara nunca ninguna decisión sobre qué hacer con esa información. Eso se decidía siempre más arriba.

—¿Recibía instrucciones directamente de Fontán?

—Nunca directamente. Siempre a través de Miralles, o de algún intermediario todavía más discreto cuyo nombre real desconozco por completo.

Pero sí puedo confirmarle que la orden de eliminar la documentación del piso de Solaz llegó apenas dos horas después de que yo informara, a través del canal habitual, de que mi cliente había decidido colaborar con ustedes.

Reyes anotó cada palabra con la satisfacción de quien ve, por fin, un rompecabezas completo tomando forma ante sus propios ojos, aunque la pieza final, la conexión directa e irrefutable entre Fontán y cada uno de aquellos movimientos, seguía, por el momento, resistiéndose a aparecer con la claridad absoluta que un juicio de aquella magnitud iba a exigir.

Aquella noche, con el hilo del topo por fin resuelto y la sensación, por primera vez en semanas, de que el equipo entero podía confiar plenamente los unos en los otros, Reyes consiguió un encuentro telefónico supervisado con Rocío, que ya llevaba más de un mes en el programa de protección, aprendiendo a vivir con una paciencia infantil que a Reyes seguía asombrándole cada vez que hablaban.

—Inspectora, Solano me ha dicho que han pillado a más gente mala. ¿Eso significa que ya casi puedo volver a casa?

—Estamos cada vez más cerca, cariño. Hemos resuelto un problema muy importante hoy, algo que nos tenía preocupados desde hace semanas. Cada pieza que resolvemos nos acerca más a que puedas volver, de verdad, para quedarte.

—¿Sabe qué es lo que más echo de menos? No es ni siquiera mi cuarto, ni mis cosas. Es el ruido. Aquí todo es muy silencioso, muy tranquilo. Echo de menos el ruido de la calle, de los vecinos, hasta el ruido de las motos que a veces me molestaba antes.

Reyes sonrió, sintiendo cómo aquella confesión sencilla, tan propia de una niña que llevaba media vida rodeada del bullicio cálido de una comunidad entera, le recordaba, mejor que cualquier informe legal, exactamente por qué merecía la pena seguir luchando hasta el final.

—Pronto vas a tener todo ese ruido de vuelta, Rocío. Te lo prometo.

Colgó el teléfono con una calidez en el pecho que llevaba días sin sentir, y se quedó un momento sentada en su piso de Pino Montano, con la ventana abierta al patio de manzana donde, esa noche, el niño de siempre por fin conseguía completar, sin un solo error, la escala de guitarra que llevaba semanas ensayando sin éxito, un pequeño triunfo doméstico que a Reyes le pareció, en aquel momento, extrañamente simbólico de todo lo que estaban a punto de conseguir.

Quedaba, todavía, la pieza final: la prueba irrefutable que conectara a Ricardo Fontán, de manera directa e innegable, con cada uno de los crímenes que Solaz y Restrepo ya habían empezado a confirmar desde dentro.

Sin ella, por muy sólido que fuera el resto del caso, un consejero con veinte años de experiencia política y los mejores abogados de España a su disposición podía todavía encontrar la manera de escurrirse entre las grietas de un sistema judicial que, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía teniendo más compasión por el poder que por la gente que ese mismo poder llevaba generaciones aplastando sin piedad.

Pero por primera vez en semanas, Reyes se durmió esa noche con la certeza tranquila de que aquella pieza final, tarde o temprano, iba a aparecer, y de que cuando lo hiciera, ella misma iba a estar allí para asegurarse de que Ricardo Fontán respondiera, por fin, ante la justicia que llevaba años eludiendo desde la comodidad de un despacho oficial.