El Vacie Capítulo 20 — La tormenta mediática
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Capítulo 20 — La tormenta mediática

La noticia de la detención de Rodrigo Solaz y de la retirada cautelar de competencias al consejero Ricardo Fontán estalló en los medios de comunicación con una virulencia que Reyes no había anticipado del todo, a pesar de las advertencias repetidas de Ceballos y de Aróstegui durante las semanas previas.

Durante los tres días siguientes, la comisaría del Distrito Norte se convirtió en un objetivo constante de peticiones de entrevista, de periodistas apostados frente a la entrada principal, y de una atención mediática que Ceballos gestionaba con una firmeza cada vez más desgastada, repitiendo, una y otra vez, la misma fórmula prudente sobre una investigación en curso que no podía comentarse en detalle.

Fontán, por su parte, compareció ante los medios el segundo día, en una rueda de prensa convocada con la sede de la Consejería como telón de fondo, con un discurso que Reyes vio, junto a Roldán, en la sala de descanso de la comisaría, con una mezcla de indignación y de fascinación amarga ante el descaro con que aquel hombre manejaba la narrativa pública.

—Quiero ser muy claro con los ciudadanos de Andalucía —decía Fontán, en la pantalla, con un traje impecable y una expresión de indignación calculada al milímetro—.

Llevo veinte años sirviendo a esta tierra, con proyectos de vivienda social, con programas de integración para comunidades vulnerables, y ahora, de la noche a la mañana, se me acusa, sin ninguna prueba pública verificable, basándose en una grabación de dudosa procedencia legal, de participar en una trama que ni siquiera conozco.

Voy a colaborar plenamente con la justicia, porque no tengo absolutamente nada que ocultar, y confío en que la verdad, tarde o temprano, siempre termina saliendo a la luz.

—«Dudosa procedencia legal» —repitió Roldán, con una mueca de desprecio—. Ya empiezan a preparar el terreno para impugnar la grabación por la vía de la obtención de pruebas.

—Lo sé. Y por eso Aróstegui insistió tanto en que todo el proceso de infiltración, cada paso, quedara documentado con el máximo rigor legal posible. Si consiguen anular esa grabación por un tecnicismo procesal, perdemos la pieza central de todo el caso contra él.

La fiscal encargada del caso convocó una reunión de urgencia esa misma tarde, con Aróstegui, Reyes y un especialista en derecho procesal que la propia Unidad Central había incorporado al equipo precisamente para blindar cualquier posible impugnación de la prueba obtenida en la finca de Solaz.

—La grabación se obtuvo mediante un dispositivo colocado con autorización judicial previa, dentro del marco de una investigación ya abierta contra Almazán y sus asociados —explicó el especialista, un hombre de gesto meticuloso que llevaba ya dos días revisando cada detalle del procedimiento—.

Solaz, en el momento de la instalación del dispositivo, ya figuraba como sujeto de interés dentro de esa misma investigación, con vínculos societarios documentados.

La autorización cubre, por tanto, cualquier conversación relevante que se produjera en ese espacio, incluida la que mantuvo con Fontán.

—¿Entonces la grabación es sólida?

—Sólida en cuanto a su origen legal, sí.

El riesgo real está en la identificación de la voz de Fontán, que depende de un análisis pericial que su defensa, con toda seguridad, va a intentar cuestionar con sus propios peritos.

Vamos a necesitar reforzar esa identificación con cualquier prueba adicional que podamos encontrar, algo que corrobore de manera independiente que fue él quien participó en esa conversación.

—Solaz podría corroborarlo directamente —dijo Reyes—. En la detención, dejó caer que la decisión sobre El Vacie «vino de más arriba». Si conseguimos que testifique formalmente contra Fontán, a cambio de una reducción de condena, tendríamos una corroboración humana directa, no solo pericial.

—Es una posibilidad real, pero Solaz todavía no ha mostrado ninguna disposición formal a colaborar. Su abogado, hasta ahora, ha mantenido la estrategia de minimizar su implicación sin llegar a incriminar a nadie por encima de él.

—Puede que todavía no haya entendido del todo la magnitud de lo que se le viene encima —dijo Aróstegui, con una media sonrisa calculadora—.

Once proyectos documentados, más de una década de actividad, complicidad en la persecución de una menor.

Si le presentamos con claridad la diferencia entre veinte años de cárcel y una reducción sustancial a cambio de colaboración, puede que cambie de estrategia bastante más rápido de lo que su abogado querría.

—Entonces hablemos con él —dijo Reyes, con una determinación que llevaba días acumulando—. Cuanto antes.

Interrogaron a Solaz esa misma tarde, con su abogado presente y con la fiscal exponiendo, con una frialdad calculada, exactamente lo que le esperaba si decidía mantener su silencio hasta el final: acusación formal por delitos que sumaban, en conjunto, penas que superaban con creces cualquier expectativa razonable de una vida normal fuera de prisión.

—Señor Solaz, tiene la oportunidad de reducir sustancialmente su condena si colabora de manera efectiva con esta investigación, proporcionando pruebas concretas contra Ricardo Fontán y confirmando su papel exacto en la coordinación de estos proyectos.

La alternativa es enfrentarse solo a las consecuencias de una operación que, según hemos podido documentar, llevaba más de una década en marcha.

Solaz consultó con su abogado en un aparte breve, susurrado, y cuando volvió a hablar, algo en su expresión había cambiado, la misma resignación cansada que Reyes le había visto en el momento de su detención, ahora convertida en una decisión concreta.

—Voy a colaborar, inspectora. Pero quiero que quede constancia de una cosa antes de empezar: yo no diseñé esta estrategia.

La heredé, hace unos ocho años, de mi propio padre, que llevaba haciendo algo parecido, aunque a menor escala, desde mucho antes de que yo naciera.

Fontán entró en el esquema hace unos seis años, cuando asumió la Consejería, ofreciendo un nivel de protección institucional que hasta entonces solo habíamos conseguido comprar de manera puntual, caso por caso.

—¿Puede detallarnos ese acuerdo con Fontán? ¿Cómo se repartían los beneficios, cómo se coordinaban las operaciones?

—Fontán recibía un porcentaje de cada operación exitosa, canalizado a través de sociedades en el extranjero que ni siquiera yo conozco del todo, gestionadas por gente de su entera confianza.

A cambio, él se aseguraba de que los expedientes de recalificación avanzaran sin obstáculos administrativos, de que cualquier denuncia que pudiera surgir se archivara con rapidez, y de que, en caso de problemas serios como el que hemos tenido con El Vacie, pudiera mover recursos judiciales que ni Almazán ni yo mismo tendríamos capacidad de mover por nuestra cuenta.

—¿Tiene pruebas documentales de esos pagos?

—Tenía, inspectora. Guardadas en un lugar que ni siquiera Miralles conocía, precisamente por si algún día llegaba un momento como este. Puedo facilitarles el acceso, a cambio de las garantías que ya hemos discutido con mi abogado.

Reyes sintió, escuchando aquella confesión, una satisfacción profesional que llevaba semanas esperando sentir, mezclada con una tristeza más profunda al comprender la magnitud completa de un sistema que llevaba, según las propias palabras de Solaz, generaciones enteras funcionando sin que nadie hubiera conseguido, hasta entonces, ponerle freno.

Reyes fue a El Vacie esa misma noche, encontrando el asentamiento transformado, otra vez, por la atención mediática, aunque esta vez de una manera muy distinta a la primera oleada de periodistas hostiles de semanas atrás.

Ahora había cámaras de televisión entrevistando a vecinos que, con la guía cuidadosa de Custodio, empezaban a contar, por primera vez en sus vidas, la historia completa de noventa años de abandono institucional ante una audiencia dispuesta, por fin, a escuchar.

—Nunca pensé que vería el día en que la televisión viniera aquí a preguntarnos qué pensamos, en lugar de a decirnos qué somos —le dijo Custodio, observando desde su puerta cómo una periodista entrevistaba a Rosario, que hablaba con una elocuencia serena que sorprendía a todos los presentes—.

Durante noventa años, cada vez que alguien de fuera venía con una cámara, era para hablar de nosotros como problema, como amenaza, como algo que había que resolver o esconder.

Ahora, por primera vez, hablan con nosotros, no de nosotros.

—Es un cambio pequeño, Custodio, comparado con todo lo que todavía queda por arreglar.

—Los cambios grandes siempre empiezan siendo pequeños, inspectora. Y este, aunque sea pequeño, es más de lo que esta calle había conseguido en toda su historia. Le pido que no lo subestime, aunque a usted, en medio de todo lo demás, le parezca poca cosa.

Reyes asintió, comprendiendo, con una claridad que no había tenido en semanas anteriores, que aquel caso, más allá de las detenciones y de los titulares, estaba consiguiendo algo mucho más profundo y mucho más difícil de medir: el principio de una dignidad reconocida, en público, después de generaciones de invisibilidad forzosa.

La llamada llegó cuando Reyes todavía estaba en El Vacie, con Ceballos al otro lado del teléfono, la voz tensa por una noticia que evidentemente le costaba comunicar.

—Cala, tenemos un problema. La documentación que Solaz nos prometió, la de los pagos a Fontán, ha desaparecido del lugar donde él aseguraba que estaba guardada.

Un piso de alquiler a nombre de un testaferro, en Sevilla capital.

Cuando nuestro equipo llegó esta tarde con la orden de registro, el piso estaba completamente vacío, limpio hasta el último rincón, como si nadie hubiera vivido allí jamás.

Reyes sintió que se le helaba la sangre, comprendiendo de inmediato la implicación de aquello.

—Alguien se adelantó. Alguien sabía que Solaz iba a colaborar, y sabía exactamente dónde buscar para eliminar la prueba antes de que pudiéramos llegar a ella.

—Eso me temo, Cala. Y eso significa que la filtración que llevamos semanas persiguiendo sigue activa, en algún punto de esta investigación, con capacidad de actuar incluso ahora, con Solaz ya detenido y colaborando.

Tenemos que averiguar quién es, y tenemos que hacerlo ya, porque cada día que ese topo siga activo, Fontán va a tener tiempo de destruir cualquier otra prueba que pudiera hundirlo definitivamente.