Capítulo 19 — El cerco final
Los siguientes diez días transcurrieron con una intensidad distinta a todo lo vivido hasta entonces, marcados no ya por la urgencia de encontrar pistas sino por la disciplina paciente de construir, ladrillo a ladrillo, un caso lo bastante sólido como para resistir el ataque que, sabían todos, iba a desatarse en el momento en que Ricardo Fontán descubriera que estaba siendo investigado.
Aróstegui voló a Madrid para presentar el caso completo ante sus superiores, con la grabación certificada por un perito judicial independiente, con el análisis de voz corroborado por un segundo laboratorio para blindar cualquier posible impugnación futura, y con un informe exhaustivo que conectaba, hilo por hilo, cada pieza del rompecabezas: Almazán, Salido, Iglesias, Gonzalo Valdelomar, Andrés Miralles, el Fondo Meridional de Inversiones, y en la cúspide de todo, Rodrigo Solaz y Ricardo Fontán.
Regresó tres días después con la autorización que necesitaban: una orden de investigación formal contra Fontán, que requería, dada su condición de aforado como miembro del Gobierno andaluz, la intervención directa del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, un procedimiento mucho más lento y mucho más expuesto a filtraciones que cualquiera de los anteriores.
—A partir del momento en que se presente esta solicitud ante el Tribunal Superior, Cala, hay que asumir que Fontán se va a enterar en cuestión de horas, si no de minutos —le explicó Aróstegui, reunida con Reyes y Roldán en la sala de mapas, ahora convertida en un centro de operaciones permanente con la pizarra cubierta de fotografías, líneas y fechas—.
Los aforamientos existen para proteger a los cargos públicos de acusaciones sin fundamento, pero también, en la práctica, les dan un margen de reacción del que un ciudadano cualquiera jamás dispondría.
—¿Y qué hacemos con Solaz mientras tanto? Él no tiene aforamiento que lo proteja.
—Ahí está nuestra ventaja, Cala. Vamos a coordinar dos movimientos simultáneos: la solicitud formal contra Fontán se presenta al Tribunal Superior a primera hora de la mañana, en el momento exacto en que un dispositivo policial ejecuta la detención de Solaz en su finca de Aracena.
Si conseguimos que ambos movimientos ocurran casi al mismo tiempo, reducimos al mínimo la ventana en la que cualquiera de los dos podría avisar al otro, o coordinar una respuesta conjunta.
Roldán, que llevaba días trabajando en la logística de aquel operativo, intervino con los últimos detalles.
—Tengo ya el dispositivo preparado para la detención de Solaz: dos equipos de la Científica, cuatro agentes de apoyo, y una orden judicial que el juez Casals ha accedido a firmar con la máxima discreción posible, sin que conste en ningún registro público hasta el mismo momento de la ejecución.
—¿Y si Solaz, al ver llegar a la policía, decide destruir pruebas, o algo peor?
—Hemos calculado el riesgo, Cala. Por eso la entrada va a ser simultánea con el amanecer, cuando la vigilancia de la finca suele estar más relajada, según hemos podido observar durante las semanas de seguimiento discreto.
La noche antes de la operación, con todo ya preparado para ejecutarse a la mañana siguiente, Reyes recibió una llamada que le heló la sangre en cuestión de segundos.
—Cala, soy Solano. Tenemos un problema grave con la nueva ubicación de Rocío.
—¿Qué ha pasado?
—Uno de mis agentes ha detectado, hace apenas una hora, un dron sobrevolando la zona donde está el piso franco. No hemos podido identificar quién lo operaba, pero el patrón de vuelo sugiere una vigilancia deliberada, no un uso recreativo casual.
Reyes sintió que el pulso se le disparaba, con la certeza inmediata de que aquello no podía ser una coincidencia, precisamente la noche antes de la operación más importante de toda la investigación.
—¿Cree que saben ya lo de mañana?
—No lo sé con certeza, inspectora. Pero si tienen la capacidad de rastrear un piso franco con un dron, no me extrañaría nada que también tuvieran alguna manera de estar al tanto de nuestros movimientos generales.
Voy a trasladar a Rocío de emergencia, esta misma noche, a una ubicación de contingencia que teníamos preparada exactamente para un escenario como este.
Reyes llamó a Aróstegui de inmediato, despertándola a las dos de la madrugada, y ambas coincidieron, tras apenas un minuto de conversación tensa, en que aquel incidente cambiaba por completo el cálculo de riesgos de la operación planeada.
—Si tienen capacidad de vigilancia aérea sobre un piso franco, Cala, no podemos permitirnos esperar hasta la mañana siguiente con la esperanza de que no detecten también nuestro propio dispositivo.
Vamos a adelantar la operación. Entramos en la finca de Solaz ahora mismo, en plena noche, aprovechando la oscuridad en lugar del amanecer que teníamos planeado.
—¿Y la solicitud contra Fontán?
—La voy a presentar de emergencia, activando un canal de urgencia ante el Tribunal Superior que rara vez se usa pero que existe precisamente para situaciones como esta.
Va a ser mucho más precipitado de lo que me hubiera gustado, pero prefiero mil veces la precipitación al riesgo de que esta gente destruya pruebas o desaparezca antes de que podamos actuar.
Reyes colgó el teléfono con el corazón acelerado, consciente de que las próximas horas iban a decidir, de una vez por todas, el desenlace completo de una investigación que había empezado, semanas atrás, con la simple desaparición de una niña de doce años en un asentamiento que a nadie parecía importarle.
En menos de una hora, el dispositivo entero se puso en marcha con una premura que contrastaba, de manera brutal, con las semanas de preparación cuidadosa que lo habían precedido.
Reyes, Roldán, y un convoy de seis vehículos partieron hacia Aracena bajo un cielo todavía completamente oscuro, con Ceballos coordinando desde la comisaría y Aróstegui, en paralelo, gestionando por teléfono la presentación urgente de la solicitud contra Fontán ante un magistrado del Tribunal Superior sacado de la cama a las tres de la madrugada.
Reyes reconoció, mientras el convoy se acercaba a la sierra onubense entre curvas cerradas apenas iluminadas por los faros de los coches, el mismo paisaje de olivares oscuros que había atravesado semanas atrás durante la operación de infiltración de Nuria, aunque esta vez, sin la cobertura de una cena de gala ni de un uniforme de camarera, la sensación de vulnerabilidad era mucho más aguda.
—¿Cree que Solaz va a resistirse? —preguntó Ismael, conduciendo con la concentración tensa de quien sabe que las próximas horas pueden marcar el resto de su carrera.
—No lo sé. Pero un hombre acostumbrado a mover a jueces y consejeros desde la distancia probablemente no está entrenado para enfrentarse cara a cara con una situación así.
Eso puede jugar a nuestro favor, o puede hacerlo más impredecible todavía, si se siente acorralado sin ninguna salida legal a su disposición.
Llegaron a las inmediaciones de la finca poco antes de las cinco de la madrugada, con la noche todavía cerrada del todo y solo un resplandor tenue asomando por el este, anunciando un amanecer que a Reyes le pareció, en aquel momento, todavía muy lejano.
El dispositivo se desplegó con la misma disciplina silenciosa de la operación anterior contra Gonzalo Valdelomar, aunque esta vez con un despliegue de recursos considerablemente mayor, dada la magnitud del objetivo.
La orden de entrada se ejecutó a las cinco y cuarto en punto, con los agentes irrumpiendo simultáneamente por las dos entradas principales de la finca, mientras un tercer equipo cubría el perímetro exterior para prevenir cualquier intento de huida.
Reyes entró con el segundo grupo, con el corazón latiéndole con una fuerza que ya reconocía como la marca distintiva de cada momento decisivo de aquella investigación interminable.
Encontraron a Rodrigo Solaz en su despacho privado, todavía vestido, sentado frente a un ordenador con una expresión que sugería que llevaba ya un rato despierto, quizás alertado por algún sistema de seguridad propio que había detectado la aproximación del dispositivo antes incluso de que los agentes llegaran a la puerta.
Era un hombre de aspecto sorprendentemente ordinario para la magnitud del poder que había demostrado ejercer: mediana estatura, calvicie incipiente, unas gafas de montura fina que le daban un aire más de contable que de arquitecto de una red criminal que se extendía por media Andalucía.
Levantó la vista hacia Reyes con una calma que, esta vez, no logró disimular del todo un temblor apenas perceptible en las manos.
—Inspectora Cala, supongo. Llevaba tiempo esperando este momento, aunque confieso que había calculado que tardarían más en llegar hasta aquí.
—Rodrigo Solaz Medina, queda detenido por su presunta participación en delitos de corrupción urbanística, coacciones, y complicidad en la persecución de una menor de edad. Tiene derecho a guardar silencio y a la asistencia de un abogado.
Solaz se levantó despacio, sin oponer ninguna resistencia, y mientras un agente le colocaba las esposas, dedicó a Reyes una mirada que ya no tenía nada de la arrogancia distante que ella había imaginado durante semanas de investigación centrada en un hombre casi fantasmal, sino algo mucho más parecido al cansancio genuino de quien sabe que su tiempo, por fin, se ha agotado.
—¿Por qué El Vacie, señor Solaz? De entre todos los sitios posibles, de entre todas las comunidades vulnerables de Andalucía, ¿por qué eligió precisamente ese asentamiento?
Solaz la miró un largo instante, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa de que ella preguntara algo tan aparentemente irrelevante en un momento así, y algo parecido, muy al fondo, a una necesidad genuina de explicarse, aunque fuera por última vez.
—Porque era el más fácil, inspectora. Noventa años de invisibilidad institucional, ninguna organización potente defendiéndolos, ninguna cobertura mediática previa que pudiera complicar el proceso.
El Vacie era, sobre el papel, la apuesta más segura de las cuatro.
Nadie iba a preguntar demasiado por gente a la que la propia ciudad llevaba generaciones sin mirar de frente.
—Se equivocó.
—Ya veo que sí —respondió Solaz, con una media sonrisa amarga que no llegaba a los ojos—.
Aunque le voy a decir una cosa, inspectora, ya que de nada me sirve ya guardarme nada: no fui yo quien decidió empezar por El Vacie.
Esa decisión, como tantas otras, vino de más arriba.
Yo solo ejecuté lo que me encargaron ejecutar, con la misma frialdad profesional con que llevo haciéndolo durante años.
Si de verdad quiere entender toda la magnitud de esto, inspectora, todavía le queda mucho camino por recorrer más allá de mí.
Mientras un equipo se llevaba a Solaz hacia el vehículo policial, otros agentes registraban la finca entera con la meticulosidad de quien sabe que cada documento, cada disco duro, cada nota manuscrita puede resultar decisivo para sostener un caso de aquella envergadura ante un tribunal.
Reyes recorrió el despacho privado, ahora vacío de su ocupante, y encontró, en un cajón cerrado con llave que un técnico forzó con cuidado, una carpeta con documentación adicional sobre los otros tres proyectos ya identificados: Almería, Huelva, Jaén, cada uno con su propio expediente detallado, sus propios intermediarios locales, su propio cronograma de «resolución».
—Cala, tiene que ver esto —la llamó uno de los técnicos, desde una habitación contigua que resultó ser una especie de archivo privado, con estanterías cubiertas de carpetas organizadas por fecha—. Hay más. Muchos más proyectos de los que teníamos identificados.
Reyes entró en aquella sala y sintió que se le encogía el estómago al ver la magnitud real de lo que llevaban semanas investigando solo parcialmente: no cuatro proyectos, sino al menos once, repartidos por toda Andalucía a lo largo de más de una década, cada uno con su propia comunidad vulnerable, su propio patrón de desalojo forzoso disfrazado de progreso urbanístico, su propio rastro de intimidación y silencio comprado.
El teléfono de Reyes sonó cuando el sol ya empezaba a asomar sobre la sierra, con Aróstegui al otro lado de la línea, la voz cargada de una tensión que no consiguió disimular ni con su habitual control profesional.
—Cala, el Tribunal Superior ha admitido a trámite la solicitud.
Han autorizado la comparecencia de Fontán ante el instructor esta misma mañana, con retirada cautelar de sus competencias en materia de suelo y vivienda mientras dure la instrucción.
No es una detención, dado su aforamiento, pero es el primer paso real hacia ella si las pruebas se sostienen como esperamos.
—¿Ya lo sabe?
—Ya lo sabe. Su gabinete ha emitido, hace apenas veinte minutos, un comunicado hablando de una «campaña de desprestigio orquestada por intereses opacos», negando cualquier relación con los hechos investigados.
Es la respuesta esperable, Cala. Ahora empieza la parte más dura de todo esto: no la investigación policial, que en gran medida ya hemos completado, sino la batalla mediática, política y judicial que viene después.
Reyes se quedó mirando el amanecer sobre la sierra onubense, con Solaz ya camino de la comisaría, con once expedientes de comunidades desplazadas esperando a ser investigados uno por uno, y con el nombre de Ricardo Fontán, por primera vez en toda aquella historia, expuesto públicamente ante la sociedad andaluza entera, y sintió, mezclada con el agotamiento de una noche entera sin dormir, la certeza satisfecha de que, pasara lo que pasara a partir de ese momento, la verdad ya no podía volver a esconderse del todo.