Capítulo 18 — La voz en la grabación
El dispositivo de escucha colocado por Nuria en el despacho de Solaz transmitió, durante los tres días siguientes, horas y horas de audio que un equipo técnico de la Unidad Central procesaba sin descanso, filtrando el ruido ambiental y aislando las conversaciones relevantes de entre el murmullo constante de una casa que, según pudieron comprobar, recibía visitas casi a diario.
Reyes recibió la llamada de Aróstegui la tarde del tercer día, con una voz que dejaba entrever, incluso a través del teléfono, la magnitud de lo que acababan de encontrar.
—Cala, tiene que venir a escuchar esto en persona.
Hemos aislado una conversación de la noche de la cena, después de que los invitados se marcharan.
Solaz habla con alguien por teléfono, alguien a quien llama «consejero», sin más nombre.
Y lo que dicen sobre El Vacie, sobre Rocío, es…
—dejó la frase suspendida, algo que Reyes no le había escuchado hacer nunca antes—. Mejor que lo escuche usted misma.
Reyes llegó a la sede de la Unidad Central en menos de veinte minutos, y encontró a Aróstegui y a dos técnicos reunidos en torno a un ordenador, con unos auriculares ya preparados y una transcripción parcial impresa sobre la mesa.
Se los puso sin decir nada, y Aróstegui activó la reproducción con un gesto silencioso.
Solaz: El asunto de la cría se nos ha ido de las manos. Gonzalo lo ha gestionado fatal desde el principio, y ahora tenemos a media policía de Sevilla y a la Unidad Central mirando cada movimiento que hacemos.
Voz masculina (consejero): Le dije desde el principio que Salido era demasiado bruto para un trabajo que requería sutileza. Lo del cobrador, lo de la persecución a la inspectora, todo eso ha sido innecesariamente ruidoso.
Solaz: Ya está hecho, no sirve de nada lamentarse ahora. Lo que necesito saber es si el expediente de recalificación puede seguir adelante a pesar de todo esto, o si vamos a tener que dar el proyecto por perdido.
Voz masculina (consejero): El expediente técnico está limpio, o lo estará en cuanto retiremos cualquier vínculo visible con Almazán.
Pero con una investigación de este calibre encima, ningún funcionario en su sano juicio va a firmar nada relacionado con El Vacie en los próximos dos años, como mínimo.
Va a tener que dar ese proyecto concreto por perdido, Rodrigo.
Lo importante es que no se pueda demostrar nada más allá de eso.
Solaz: ¿Y los otros tres proyectos? Almería está a punto de cerrarse, no podemos permitirnos que esta investigación salpique también eso.
Voz masculina (consejero): Almería sigue su curso, separado de todo esto, con otros nombres, otras estructuras.
Aprendimos hace tiempo a no dejar que un problema en una provincia contamine los demás.
Eso es, precisamente, lo que a usted se le olvidó hacer con El Vacie, mezclando demasiado a su sobrino en algo que debería haber quedado siempre a tres o cuatro capas de distancia de su propio apellido.
Solaz: No me dé lecciones, consejero. Llevamos años trabajando juntos, y hasta ahora nunca habíamos tenido un problema de esta magnitud. Necesito saber qué puede hacer usted, desde su posición, para frenar esta investigación antes de que llegue más lejos.
Voz masculina (consejero): Ya he hecho más de lo que debería, Rodrigo.
Saqué a Salido con un tecnicismo que a estas alturas ya deben de haber descubierto.
Aparté a un juez de su guardia con una llamada que no debería haber hecho jamás.
Cada movimiento que hago desde mi posición dentro de la administración deja una huella, por pequeña que sea, y no pienso seguir arriesgando veinte años de carrera política por un proyecto urbanístico que ya está condenado a fracasar.
Reyes se quitó los auriculares despacio, con las manos temblando ligeramente, sintiendo cómo la magnitud completa de lo que acababa de escuchar terminaba de asentarse en su cabeza: no un simple «consejero» en sentido genérico, sino alguien que hablaba de «veinte años de carrera política», alguien con capacidad demostrada para mover jueces y fiscalías, alguien que, con toda probabilidad, ocupaba un cargo real dentro de la estructura de gobierno de la propia Junta de Andalucía.
—¿Han conseguido identificar la voz? —preguntó, con la voz todavía tensa por la impresión.
—Todavía no con certeza absoluta, pero la estamos cotejando con una base de datos de voces de cargos públicos que tenemos acceso a través de intervenciones parlamentarias grabadas y ruedas de prensa oficiales —respondió Aróstegui, con una gravedad que dejaba claro que ella también era consciente de estar pisando un terreno mucho más delicado que cualquier otro momento anterior de la investigación—.
Debería tener un resultado preliminar en las próximas horas.
Pero le voy a ser sincera, Cala: si esto confirma lo que ambas estamos pensando, vamos a necesitar mucho más que la autorización de mis superiores en Madrid.
Vamos a necesitar protección legal para todos nosotros, y probablemente algún tipo de garantía institucional de que esta investigación no va a ser enterrada por alguien con capacidad de hacerlo desde dentro del propio sistema.
El resultado preliminar llegó cinco horas después, mientras Reyes esperaba en una sala contigua, incapaz de concentrarse en ningún otro asunto, repasando mentalmente una y otra vez cada palabra de aquella grabación.
Aróstegui entró en la sala con el rostro pálido y una carpeta que sujetaba con una firmeza que delataba, mejor que cualquier palabra, la tensión que llevaba dentro.
—Tenemos una coincidencia del noventa y dos por ciento entre la voz grabada y una intervención parlamentaria de hace ocho meses.
—¿Quién es?
Aróstegui dudó un instante, como si pronunciar aquel nombre en voz alta fuera a cambiar, de manera irreversible, todo lo que vendría después.
—Ricardo Fontán Ibáñez. Consejero de Fomento, Vertebración del Territorio y Vivienda de la Junta de Andalucía.
Reyes sintió que el suelo se le movía bajo los pies.
El Consejero de Fomento, el hombre responsable, entre otras muchas competencias, de la política de vivienda y de ordenación del territorio de toda Andalucía, la misma persona que en teoría debía velar por que situaciones como la de El Vacie encontraran, algún día, una solución justa y digna, resultaba ser, con un noventa y dos por ciento de probabilidad según el análisis de voz, el hombre que había estado orquestando en la sombra el desalojo forzoso de aquella misma comunidad.
—Esto es… —Reyes no encontró, en un primer momento, ninguna palabra que estuviera a la altura de lo que sentía—. Esto va a ser un terremoto, inspectora jefe. Un consejero en activo, implicado en manipulación judicial, en coacciones, posiblemente en la persecución de una menor de edad.
—Por eso mismo tenemos que proceder con una cautela que va mucho más allá de cualquier precaución que hayamos tomado hasta ahora, Cala.
Una acusación de esta magnitud, contra alguien de este nivel, exige un nivel de prueba que ni siquiera esta grabación, por contundente que sea, puede garantizar por sí sola.
Necesitamos que un perito certifique la identificación de voz con validez judicial plena, necesitamos corroborar cada palabra de esa conversación con pruebas documentales adicionales, y necesitamos, sobre todo, protegernos a nosotros mismos de cualquier intento de bloqueo o de represalia antes de que esto llegue a hacerse público.
Ceballos escuchó la grabación esa misma noche, en su despacho, con Reyes y Roldán presentes, y cuando terminó, se quedó un largo momento en silencio, con las manos entrelazadas sobre la mesa y una expresión que Reyes no le había visto nunca hasta entonces, ni siquiera en los momentos más tensos de las últimas semanas.
—Un consejero de la Junta, Cala. Esto ya no es un caso, es un asunto de Estado, o algo muy parecido.
En el momento en que esto trascienda, va a haber consecuencias políticas, mediáticas, judiciales, que van a superar con creces cualquier cosa que hayamos manejado hasta ahora.
Y le voy a ser sincero: me preocupa mucho la seguridad de todos los implicados en cuanto se sepa que tenemos esta grabación, empezando por usted misma, y terminando por cada persona de El Vacie que ha colaborado con nosotros desde el primer día.
—Lo sé, comisario. Pero no podemos quedarnos callados con algo así.
Rocío merece que esto se sepa hasta el final, y El Vacie merece que se demuestre, de una vez por todas, que lo que les está pasando no es casualidad, ni mala suerte, sino una estrategia deliberada orquestada desde las más altas esferas del poder regional.
Ceballos asintió, con una determinación que, a pesar del miedo evidente en su expresión, no dejaba lugar a dudas sobre su compromiso con seguir adelante.
—Vamos a hacerlo bien, Cala, aunque nos cueste semanas más de las que nos gustaría.
Un solo error de procedimiento en un caso como este, y todo lo que hemos conseguido hasta ahora puede desmoronarse en un juzgado, con Fontán saliendo indemne y nosotros enfrentándonos a represalias que ni siquiera quiero empezar a imaginar.
Reyes no pudo, esa noche, contarle a Custodio el nombre exacto de lo que habían descubierto, consciente de la fragilidad extrema de una prueba que todavía necesitaba semanas de trabajo técnico y legal antes de poder sostenerse ante cualquier tribunal.
Pero fue a El Vacie de todos modos, incapaz de quedarse en su piso dando vueltas a solas a lo que acababa de escuchar, y encontró a Custodio en su lugar de siempre, con la misma paciencia infinita con que llevaba recibiéndola semana tras semana desde el primer día.
—Tiene esa cara otra vez, inspectora. La de cuando descubre algo que no sabe cómo digerir del todo.
—Hemos encontrado algo muy grande, Custodio.
No puedo contarle todavía los detalles, por su propia seguridad y por la mía, pero le puedo decir que estamos mucho más cerca de entender por qué El Vacie fue elegido, específicamente, para todo esto.
Y que la respuesta es mucho más grande, y mucho más alta, de lo que ninguno de nosotros hubiera imaginado al principio.
Custodio asintió, despacio, con esa sabiduría curtida en generaciones de resistencia que Reyes ya había aprendido a valorar como una de las cosas más valiosas que aquel caso le había enseñado.
—Cuanto más alto está alguien, inspectora, más tiene que perder si cae.
Y más se resiste a caer. Le pido que tenga mucho cuidado a partir de ahora, con usted misma y con toda la gente que la rodea.
Esta calle ya ha perdido demasiado a lo largo de los años como para poder permitirse perder también a la única persona de fuera que de verdad ha estado dispuesta a luchar por nosotros.
—Voy a tener cuidado, Custodio. Pero no pienso parar, y menos ahora que estamos tan cerca.
Volvió a su piso ya de madrugada, con el cuerpo agotado pero la mente todavía acelerada, incapaz de conciliar el sueño a pesar del cansancio acumulado de semanas enteras de tensión sostenida.
Se sentó en el sofá, frente a la carpeta azul de Algeciras que seguía sobre la mesa del salón, y por primera vez en mucho tiempo, la abrió sin sentir el dolor punzante que aquel gesto solía provocarle.
Miró la fotografía del chico de diecisiete años, sonriente, con la gorra torcida, y pensó en todo lo que había cambiado desde que había cruzado, meses atrás, la frontera de Cádiz con aquella misma carpeta escondida en el maletero, incapaz de mirarla de frente.
Pensó en Rocío, escondida ahora en algún lugar que ni ella misma conocía, protegida por un sistema que, a pesar de sus fallos, había conseguido mantenerla con vida.
Pensó en Custodio, en Fermín, en Josele, en toda una comunidad que había depositado su confianza, poco a poco, en una inspectora que había llegado a Sevilla sin nada más que una carpeta llena de fracaso y una determinación terca de no repetir los mismos errores.
Y pensó, por último, en el nombre que llevaba grabado en la cabeza desde aquella misma tarde: Ricardo Fontán Ibáñez, Consejero de Fomento, Vertebración del Territorio y Vivienda de la Junta de Andalucía, un hombre con el poder suficiente para decidir, desde un despacho oficial, el destino de comunidades enteras, y con la frialdad suficiente para intentar borrar del mapa a cualquiera que se interpusiera en su camino, incluida una niña de doce años que solo había cometido el error de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Cerró la carpeta, la dejó sobre la mesa, y se prometió a sí misma, con la misma determinación silenciosa de siempre, que aquella vez, a diferencia de Algeciras, no iba a permitir que el poder de nadie, por alto que estuviera, se saliera con la suya.