El Vacie Capítulo 17 — La finca de Aracena
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Capítulo 17 — La finca de Aracena

Aróstegui presentó el plan de infiltración una semana después, en una reunión reducida a la que solo asistieron Reyes, Roldán y Ceballos, con la puerta cerrada y las persianas bajadas, el ritual ya habitual para cualquier conversación que no pudiera arriesgarse a ser escuchada por nadie ajeno al núcleo más estricto de la investigación.

—Solaz organiza, según hemos podido confirmar a través de fuentes comerciales de la zona, una cena privada en su finca dentro de diez días, con motivo de una reunión de inversores de su fondo —explicó Aróstegui, desplegando sobre la mesa un plano detallado de la propiedad, obtenido a través de antiguos permisos de construcción archivados en el ayuntamiento de Aracena—.

Ha contratado, como en ocasiones anteriores, a una empresa de catering de Sevilla para el evento.

Hemos conseguido, con la máxima discreción, que uno de nuestros agentes se incorpore a esa empresa como personal eventual, exactamente para esa noche.

—Quiero ser esa agente, inspectora jefe.

Aróstegui la miró con una expresión que no llegaba a ser de sorpresa, como si ya hubiera anticipado aquella petición mucho antes de que Reyes la formulara en voz alta.

—No, Cala. Y no es una cuestión de confianza en su capacidad, sino de pura lógica operativa.

Usted ha aparecido en registros, en vistas judiciales, posiblemente en informes internos que la gente de Solaz ha podido consultar de alguna manera, dada la sofisticación que ya hemos comprobado que tienen.

El riesgo de que alguien la reconozca, aunque sea de refilón, es demasiado alto.

Voy a enviar a una agente de mi propia unidad, alguien sin ninguna conexión visible con este caso, con formación específica en infiltración y una identidad de cobertura construida durante meses para otras operaciones.

Reyes sintió la frustración de la lógica innegable de aquel argumento, la misma frustración que ya había experimentado semanas atrás cuando Ceballos le había explicado por qué no podía acercarse directamente a Almazán sin una base sólida.

—Entiendo el razonamiento, inspectora jefe. Aunque no me guste tener que quedarme al margen de algo tan decisivo.

—No se va a quedar del todo al margen, Cala. Va a coordinar el dispositivo de apoyo exterior, con Roldán, listos para intervenir si algo sale mal. Y va a ser la primera persona a la que informemos en cuanto la agente salga de allí con lo que consiga. Le presento a la inspectora Nuria Castán.

Una mujer joven, de unos treinta años, complexión menuda y una mirada tranquila que contrastaba con la tensión evidente de todos los demás presentes en la sala, entró en ese momento, con un uniforme de camarera de catering ya puesto, como si llevara toda la vida vistiéndolo.

—Encantada, inspectora Cala. He seguido este caso de cerca desde Madrid. Es un honor poder ayudar a cerrarlo.

—El objetivo de Nuria esa noche es sencillo pero peligroso —continuó Aróstegui—: acceder, si es posible, al despacho privado de Solaz dentro de la finca, fotografiar cualquier documento relevante que encuentre, y colocar un dispositivo de escucha que nos permita, con suerte, obtener algo de las conversaciones que mantenga con sus invitados esa noche.

No va a tener más de quince minutos de margen, aprovechando el momento en que el personal de catering suele moverse con más libertad por la casa, entre el servicio del primer y el segundo plato.

—Es un margen muy estrecho para algo tan arriesgado —dijo Roldán, con una preocupación que Reyes compartía plenamente.

—Lo es, y por eso mismo Nuria ha pasado los últimos días memorizando cada detalle del plano de la finca que hemos podido reconstruir, y ensayando exactamente los movimientos que va a tener que hacer esa noche, cronometrados al segundo.

No hay margen para la improvisación en una operación de este tipo.

Nuria asintió, con una calma profesional que a Reyes le resultó, en cierto modo, admirable y aterradora a partes iguales, la calma de alguien entrenado para asumir riesgos que la mayoría de las personas ni siquiera podría imaginar sin que el pulso se les disparara.

La noche de la cena llegó tras diez días que a Reyes le parecieron, en retrospectiva, los más largos de toda la investigación, marcados por una espera tensa que no conseguía aliviar ni con el trabajo rutinario de coordinación con la familia Bermúdez ni con las visitas cada vez más frecuentes a El Vacie, donde Custodio y los demás vecinos habían empezado a preguntarle, con una regularidad que revelaba su propia ansiedad compartida, si había alguna novedad sobre «el hombre de Huelva».

Reyes y Roldán esperaban en un vehículo camuflado como una furgoneta de mantenimiento eléctrico, aparcado en un camino forestal a casi dos kilómetros de la finca, con un equipo de comunicaciones que les permitía escuchar, con una calidad intermitente debido a la distancia y a la vegetación densa de la sierra, el micrófono oculto que Nuria llevaba cosido en el interior del uniforme de camarera.

El sol se había puesto hacía más de una hora, y la finca de Solaz, que Reyes solo podía imaginar a través de las descripciones del plano y de las fotografías aéreas que Aróstegui había conseguido reunir, se anunciaba en la lejanía por un resplandor cálido de luces que se filtraba entre los árboles, acompañado, cada cierto tiempo, del sonido apagado de risas y de una música suave que llegaba, distorsionada por la distancia, hasta el punto donde ellos esperaban.

—Confirmando posición —dijo la voz de Nuria por el auricular, apenas un susurro apresurado captado entre el ruido de fondo de la cocina de la finca—. Segundo plato servido. Tengo mi ventana ahora.

Reyes sintió que se le tensaba cada músculo del cuerpo, con la misma descarga de adrenalina contenida que había sentido durante la redada de la finca de Gonzalo semanas atrás, aunque esta vez, incapaz de intervenir directamente, la sensación era mucho más parecida a la impotencia que a la determinación activa.

—Adelante, Nuria. Estamos con usted.

Los siguientes minutos transcurrieron en un silencio radiofónico que a Reyes le pareció insoportable, roto solo por fragmentos ocasionales de respiración controlada y, en un par de momentos, por el sonido metálico de una puerta cediendo bajo la presión cuidadosa de alguien que sabía exactamente cómo forzarla sin hacer ruido.

—Estoy dentro —susurró Nuria, finalmente, con la voz tensa pero controlada—. Despacho grande, estanterías con archivadores. Voy a fotografiar lo que pueda antes de que noten mi ausencia.

Reyes escuchó, durante los siguientes noventa segundos, el sonido apagado y rítmico de una cámara disparando una y otra vez, y después, con un peso añadido en la voz de Nuria que no había estado presente hasta entonces, algo que le heló la sangre.

—Cala, tiene que ver esto. Hay una fotografía enmarcada sobre el escritorio.

Un hombre mayor, pelo blanco, con una mujer y dos niños.

Voy a fotografiarla también, pero… —hizo una pausa breve, cargada de una intensidad que Reyes no supo interpretar del todo hasta que Nuria volvió a hablar—.

Cala, reconozco a uno de los niños de la fotografía.

Es más joven, pero estoy segura. Es Gonzalo Valdelomar.

Reyes sintió que las piezas del rompecabezas se reorganizaban, de golpe, con una lógica nueva: Solaz no era solo un socio de negocios distante de la familia Valdelomar.

Había algo más personal, más profundo, quizás una relación familiar no declarada en ningún registro oficial, que explicaría la lealtad casi filial con que Gonzalo parecía actuar en su nombre.

—Fotografíe todo lo que pueda de esa pared, Nuria, y salga de ahí. No se arriesgue más de lo necesario.

—Recibido. Dos minutos más.

Pero antes de que aquellos dos minutos terminaran, un sonido nuevo cortó la comunicación: pasos aproximándose por un pasillo, y la voz de Nuria, súbitamente formal y distinta, como quien improvisa una excusa sobre la marcha.

—Disculpe, señor, me he perdido buscando el baño de servicio, ya me marchaba.

Una voz masculina, grave y pausada, respondió algo que el micrófono no consiguió captar con claridad, y durante los siguientes treinta segundos, Reyes contuvo la respiración por completo, con Roldán a su lado igual de tenso, esperando saber si Nuria Castán iba a salir de aquella finca por su propio pie o si el dispositivo entero de apoyo exterior iba a tener que intervenir de emergencia en territorio hostil, a dos kilómetros de distancia, sin ninguna garantía de llegar a tiempo.

—Estoy bien —susurró finalmente Nuria, con la voz todavía tensa pero recuperando el control—.

Era un invitado, no Solaz. Me indicó el camino hacia los baños y siguió su camino sin sospechar nada.

Voy a terminar el servicio de la cena con normalidad y a colocar el dispositivo de escucha antes de marcharme con el resto del personal, tal como estaba previsto.

Reyes sintió cómo el alivio le recorría el cuerpo entero, un alivio que solo duró hasta que fue sustituido, casi de inmediato, por la ansiedad renovada de las siguientes tres horas, durante las cuales Nuria completó su turno de trabajo con una normalidad aparente que a Reyes, escuchando cada sonido a través del auricular desde la distancia, le pareció un ejercicio de disciplina casi inhumano.

Nuria se reunió con ellos en un punto de encuentro previamente acordado, a las afueras de Aracena, ya pasada la medianoche, todavía con el uniforme de camarera puesto pero con una expresión de alivio que contrastaba con la tensión profesional que había mantenido durante toda la operación.

—Tengo fotografías de al menos una docena de documentos, Cala. Correspondencia, algún contrato, y esa fotografía familiar de la que le hablé. Y el dispositivo de escucha está colocado, funcionando, transmitiendo ya la señal a nuestro receptor.

Roldán, que había estado revisando en su propio móvil las primeras fotografías que Nuria había conseguido enviar de manera segura durante el trayecto de vuelta, levantó la vista con una expresión que mezclaba la satisfacción profesional y algo mucho más grave.

—Cala, tiene que ver esto. Una de las cartas que fotografió está fechada hace apenas dos semanas, dirigida a Solaz, sin firma legible pero con un membrete que reconozco.

Le tendió el teléfono, y Reyes sintió que el mundo se le detenía un instante al leer el encabezado impreso en la parte superior de la carta: el escudo oficial de una consejería de la Junta de Andalucía, con un sello de registro de entrada que confirmaba que aquel documento había llegado, de manera oficial, a algún despacho de la administración autonómica antes de terminar, inexplicablemente, en el escritorio privado de un hombre que se suponía completamente ajeno a cualquier cargo público.

—Un documento oficial de la Junta, en el escritorio privado de Solaz —repitió Reyes, sintiendo cómo la magnitud de lo que aquello implicaba se le asentaba en el pecho con un peso nuevo—.

Eso significa que su influencia no se limita a jueces sustitutos o a funcionarios municipales aislados como Iglesias.

Llega hasta la propia administración autonómica.

—Necesitamos identificar el contenido exacto de esa carta, y sobre todo, quién la filtró desde dentro de la consejería —dijo Aróstegui, cuando Reyes la llamó para ponerla al corriente esa misma noche, con una voz que, incluso a través del teléfono, dejaba traslucir la gravedad con que se tomaba aquel nuevo hallazgo—.

Esto ya no es un caso de corrupción urbanística local, Cala.

Empieza a parecer una red de influencia que se extiende por toda la estructura administrativa de la región.

—¿Cómo procedemos a partir de ahora?

—Con muchísimo cuidado. Si esto llega hasta la administración autonómica, no podemos descartar que también existan complicidades en niveles que ni siquiera hemos empezado a imaginar.

Voy a elevar esto a mis superiores en Madrid, con la máxima discreción posible, porque a partir de este punto, Cala, ya no estamos hablando solo de un caso judicial.

Estamos hablando de algo que podría tener implicaciones políticas de una magnitud que ninguno de nosotros, empezando por mí misma, está en condiciones de manejar sin apoyo de mucho más arriba.

Condujeron de vuelta hacia Sevilla ya de madrugada, con Nuria dormida en el asiento trasero, agotada por la tensión de una operación que había durado horas pero que, en su memoria, seguramente se sentiría como si hubiera durado apenas unos minutos vertiginosos, y Reyes se quedó mirando por la ventanilla el paisaje oscuro de la sierra onubense, pensando en la fotografía familiar sobre el escritorio de Solaz, en el niño que crecería para convertirse en Gonzalo Valdelomar, y en el sello oficial de la Junta de Andalucía estampado sobre un documento que jamás debería haber salido de un despacho público.

—¿En qué piensa, Cala? —preguntó Roldán, desde el asiento del conductor, con la voz baja para no despertar a Nuria.

—En que cuanto más profundizamos en esto, más grande se vuelve.

Empezamos investigando la desaparición de una niña de doce años en un asentamiento que a nadie le importaba, y ahora estamos hablando de una red que conecta a un empresario arruinado, a una de las familias más antiguas de Sevilla, a un hombre casi invisible atrincherado en una finca de Huelva, y posiblemente a alguien dentro de la propia administración autonómica.

Empiezo a preguntarme, Roldán, hasta dónde llega de verdad esta madeja, y si alguna vez vamos a conseguir llegar hasta el final de ella.

—Llegaremos, Cala. Cada pieza que encontramos nos acerca un poco más, aunque el camino se vuelva más largo de lo que imaginábamos al principio.

Y tenemos algo que esa gente no tiene, por muchos recursos y contactos que reúnan: tenemos razón, y tenemos a gente como Custodio, como Fermín, como toda esa comunidad, dispuesta a seguir confiando en nosotros mientras sigamos demostrando que merece la pena.

Reyes asintió, dejando que aquellas palabras se asentaran en el silencio del coche mientras las primeras luces del amanecer empezaban a perfilarse, todavía lejanas, sobre el horizonte hacia el que se dirigían, con la certeza renovada de que, por complicado y por grande que se hubiera vuelto aquel caso, no estaba dispuesta a soltarlo hasta ver, con sus propios ojos, el final completo de la historia que Rocío Bermúdez había desencadenado sin saberlo, semanas atrás, con una simple carrera desesperada a través de un descampado en la periferia de Sevilla.