Capítulo 16 — El nombre detrás del patrón #3
—Entonces no hizo falta ningún topo dentro de la Unidad. Bastó con colocar un rastreador en el vehículo correcto, en el momento correcto, para seguir cada movimiento sin necesidad de ninguna filtración humana.
—Exacto. Y eso nos lleva a una pregunta todavía más inquietante: ¿cómo supieron qué vehículo concreto iba a trasladar a Rocío aquella noche, de entre toda la flota de vehículos sin distintivos que utiliza mi unidad?
Eso sí requiere información privilegiada, aunque sea mínima.
Alguien tuvo que confirmarles, de alguna manera, qué coche buscar.
Aróstegui, que había escuchado todo con el ceño fruncido, intervino con una hipótesis que a Reyes le pareció, de inmediato, inquietantemente plausible.
—O puede que no necesitaran esa información privilegiada en absoluto.
Un dispositivo de rastreo con activación por movimiento, colocado en un número suficiente de vehículos sospechosos de pertenecer a cuerpos policiales, podría haber estado esperando, silencioso, semanas enteras, hasta que uno de ellos por fin hiciera el trayecto que les interesaba.
No haría falta ningún topo, solo paciencia y recursos suficientes para cubrir un espectro amplio de posibilidades.
Ceballos, que había permanecido en silencio durante buena parte de la reunión, tomó finalmente la palabra, con una gravedad que dejaba entrever el peso completo de la responsabilidad que sentía sobre sus hombros.
—Sea cual sea la explicación exacta, esto confirma algo que ya sabíamos pero que ahora se vuelve innegable: nos enfrentamos a un adversario con recursos de vigilancia comparables, o incluso superiores, a los nuestros propios.
Eso cambia por completo cómo tenemos que plantear cualquier movimiento a partir de ahora.
Nada de comunicaciones por teléfono o correo electrónico para nada sensible.
Nada de vehículos oficiales para traslados de riesgo.
Vamos a tener que operar como si cada canal habitual estuviera comprometido, hasta que podamos demostrar lo contrario.
—Eso incluye la operación de infiltración en la finca de Solaz, inspectora jefe —añadió Reyes, dirigiéndose a Aróstegui—. Si tienen esa capacidad de vigilancia, cualquier agente que enviemos allí corre un riesgo mucho mayor del que habíamos calculado inicialmente.
Aróstegui asintió, con la expresión seria de quien acaba de tener que replantear, sobre la marcha, una estrategia que llevaba días preparando con cuidado.
—Voy a necesitar revisar todo el plan desde cero, con protocolos de comunicación completamente nuevos y personal cuya identidad no tenga ninguna conexión documentable con esta investigación.
Esto nos va a costar tiempo, más del que me gustaría, pero prefiero perder unos días de planificación que perder a un agente infiltrado por precipitarnos.
Reyes pasó por El Vacie esa misma tarde, más por necesidad personal de ver rostros conocidos después de una noche tan dura que por obligación estricta, y encontró a Josele en el patio de chatarra, ya con la actitud tranquila y colaborativa que se había ido consolidando entre ellos semana tras semana, tan distinta de la hostilidad del primer encuentro.
—Inspectora, tiene mala cara. Peor que de costumbre, quiero decir.
—Ha sido una noche complicada, Josele. Alguien intentó forzar la entrada al lugar donde tenían a Rocío.
El chico se puso pálido de golpe, dejando caer la herramienta que tenía entre las manos.
—¿Está bien? ¿Le ha pasado algo?
—Está bien, asustada pero físicamente ilesa. La hemos trasladado a un lugar todavía más seguro esta misma madrugada. Pero quería que lo supieras por mí antes de que corriera la voz de otra manera, como pasó la última vez.
Josele se sentó en el mismo bidón de siempre, con las manos temblando ligeramente, procesando la noticia con una mezcla de miedo y de una rabia contenida que Reyes reconocía bien, la misma rabia que ella misma llevaba sintiendo desde la noche anterior.
—¿Van a atrapar a esta gente alguna vez, inspectora?
Porque cada vez que parece que estamos cerca, aparece alguien nuevo, más peligroso, más poderoso.
Empezamos con un empresario con problemas de dinero, y ahora resulta que hay un hombre que ni siquiera sale en fotos, escondido en una finca en Huelva, moviendo los hilos de todo esto como si fuera un juego.
—Vamos a atraparlo, Josele. Te lo prometo.
Puede que tarde más de lo que a cualquiera de nosotros nos gustaría, pero cada día que pasa tenemos más pruebas, más gente colaborando, más piezas del rompecabezas encajadas.
Ese hombre, por muy escondido que esté, no puede escapar para siempre de algo tan grande como lo que hemos descubierto.
Josele asintió, sin del todo convencido pero con la misma fe cautelosa que Reyes ya había aprendido a valorar como el mayor regalo que aquella familia, después de todo lo vivido, era capaz de ofrecerle.
—Confío en usted, inspectora. Aunque cada vez me cueste más entender contra qué estamos luchando exactamente.
—Yo tampoco lo entiendo del todo todavía, Josele. Pero te aseguro que no pienso parar hasta averiguarlo por completo.