Capítulo 16 — El nombre detrás del patrón #2
Encontró a Rocío despierta, envuelta en una manta en el salón del piso franco, con Solano sentada junto a ella y dos agentes armados apostados, ahora, tanto en la puerta principal como en la salida de emergencia, en un despliegue de seguridad que ya no dejaba nada al azar.
—Inspectora —dijo Rocío, con la voz todavía temblorosa pero sin el pánico absoluto que Reyes había temido encontrar—.
He oído un ruido raro, y luego las luces de alarma se han encendido, y las señoras me han metido en una habitación interior hasta que llegó la policía.
Dijeron que no había nadie ya, pero yo tenía mucho miedo.
Reyes se arrodilló junto a ella, abrazándola con la misma ternura que había sentido, semanas atrás, en la cueva de Alcalá, sintiendo cómo la rabia y el miedo se le mezclaban en el pecho a partes iguales.
—Ya pasó, cariño. Estás a salvo. Voy a asegurarme personalmente de que esto no vuelva a repetirse.
—¿Cómo saben dónde estoy, inspectora? Nadie sabía la dirección, ni siquiera mis padres.
Aquella pregunta, formulada con la misma perspicacia infantil que Reyes ya había aprendido a esperar de Rocío, se le clavó en el pecho con una fuerza que no esperaba, porque era exactamente la misma pregunta que ella misma llevaba minutos haciéndose sin encontrar todavía ninguna respuesta que le resultara tranquilizadora.
—¿Cuántas personas conocían esta dirección exacta, Solano? —preguntó Reyes, apartándose un momento con la responsable de la Unidad mientras Rocío, ya más calmada, se quedaba dormida en el sofá bajo la vigilancia de una de las agentes.
—Muy pocas, inspectora. Yo misma, dos agentes de mi equipo directo, y usted, desde esta misma noche. Ni siquiera Ceballos conocía la ubicación exacta hasta ahora, solo sabía que Rocío estaba en algún lugar bajo nuestra protección, sin más detalle.
—¿Entonces cómo diablos han conseguido encontrarla?
Solano se pasó una mano por la cara, con un cansancio que reflejaba, mejor que cualquier palabra, la gravedad de lo que estaba a punto de admitir.
—No lo sé con certeza, inspectora, y eso es lo que más me inquieta.
Hemos revisado cada protocolo, cada comunicación, cada posible fuga de información, y no encontramos ningún punto débil evidente.
Lo cual nos deja con dos posibilidades, ninguna de ellas tranquilizadora: o alguien dentro de mi propia unidad, con acceso directo a esta dirección, ha filtrado la información, o quien está detrás de todo esto tiene capacidades de vigilancia y rastreo mucho más sofisticadas de lo que cualquiera de nosotros había calculado, capaces de localizar un piso franco sin necesidad de ningún soplo humano.
—Necesitamos trasladarla esta misma noche, a un lugar que ni siquiera usted decida hasta el último minuto, comunicado por un canal completamente distinto del que hemos usado hasta ahora.
—Ya está en marcha, inspectora. Un equipo de refuerzo, ajeno por completo a mi unidad habitual, va a trasladarla dentro de una hora a una ubicación que ni yo misma voy a conocer hasta que estén ya allí.
Es un protocolo extremo, reservado para casos de máximo riesgo, pero después de lo de esta noche, no me queda ninguna duda de que estamos, exactamente, en ese nivel de riesgo.
Reyes asintió, sintiendo el peso de aquella decisión drástica asentarse sobre un cuerpo ya agotado por semanas de tensión acumulada, y llamó a Ceballos para ponerle al corriente, sabiendo que la noticia iba a caer sobre él con la misma fuerza demoledora con que había caído sobre ella minutos antes.
Se quedó en el piso franco hasta que el equipo de traslado llegó, observando cómo se llevaban a Rocío, todavía adormilada, envuelta en una manta distinta a la que había tenido en la cueva de Alcalá pero con la misma vulnerabilidad infantil que Reyes ya sentía como una responsabilidad personal, casi tan profunda como si aquella niña fuera de su propia sangre.
Condujo de vuelta a Sevilla con las primeras luces del amanecer ya asomando sobre los campos de olivos que flanqueaban la carretera, con Ismael en silencio a su lado, respetando el peso evidente de sus propios pensamientos, y sintió, mientras la ciudad empezaba a perfilarse en el horizonte, una determinación que ya no tenía nada que ver con el orgullo profesional ni con la ambición de cerrar un caso importante, sino con algo mucho más simple y mucho más feroz: la certeza absoluta de que Rodrigo Solaz, quienquiera que fuera realmente, con todo su poder, todo su aislamiento y toda su red de intermediarios dispuestos a hacer el trabajo sucio en su nombre, no iba a ganar aquella partida mientras a ella le quedara un solo aliento para impedirlo.
A media mañana, ya en la comisaría, Ceballos convocó una reunión de crisis con Reyes, Roldán, Aróstegui y Solano, que había acudido en persona tras dejar a su equipo de refuerzo custodiando la nueva ubicación de Rocío, todavía sin revelar ni siquiera a los presentes en aquella sala.
—Hemos analizado el sistema de seguridad del piso franco durante toda la noche —empezó Solano, con una carpeta delgada extendida sobre la mesa—.
La alarma se activó por la detección de movimiento en la puerta trasera, pero las cámaras exteriores muestran solo una sombra fugaz, imposible de identificar con claridad.
Lo más inquietante no es eso, sin embargo.
Es que hemos encontrado, en el análisis posterior, un pequeño dispositivo de rastreo GPS adherido a los bajos del vehículo que trasladó a Rocío hasta esa dirección hace más de una semana.
Reyes sintió que se le helaba la sangre, comprendiendo de golpe la magnitud de lo que aquello implicaba.