Capítulo 16 — El nombre detrás del patrón
El equipo de Aróstegui trabajó durante los siguientes cuatro días con una intensidad que convirtió la sala de mapas de la comisaría del Distrito Norte en algo parecido a un centro de operaciones permanente, con pizarras cubiertas de nombres, flechas y fechas que se multiplicaban cada jornada, y Reyes, aunque oficialmente relegada al contacto con los testigos y la comunidad, se las arreglaba para pasar allí buena parte de cada tarde, incapaz de mantenerse al margen de un avance que sentía tan suyo como de cualquiera.
—Cala, venga a ver esto —la llamó Aróstegui, la tarde del cuarto día, con una excitación contenida que Reyes no le había visto hasta entonces—. Hemos conseguido, por fin, atravesar la última capa de sociedades pantalla que separaba los cuatro casos de un origen común.
Reyes se acercó a la pizarra principal, donde un organigrama complejo de sociedades conectadas por líneas de distintos colores convergía, finalmente, en un único nombre escrito en letras grandes en la parte superior: FONDO MERIDIONAL DE INVERSIONES S.L.
—Es un fondo de inversión con sede en Sevilla pero con capital que procede, en última instancia, de una combinación de patrimonios familiares andaluces históricos, entre ellos, aunque de manera minoritaria y muy diluida, el propio patrimonio de los Valdelomar.
Pero el control real, la mayoría accionarial que decide las operaciones del fondo, pertenece a un solo hombre: Rodrigo Solaz Medina.
—¿Quién es Solaz?
—Ahí está lo interesante, Cala. Un hombre extraordinariamente discreto para el nivel de patrimonio que maneja.
Sin apariciones públicas, sin entrevistas, sin presencia en ningún consejo de administración visible.
Aparece solo como titular último de docenas de sociedades patrimoniales, siempre a través de estructuras interpuestas.
Nuestros analistas llevan dos días intentando construir un perfil completo, y lo único que tenemos con certeza es que empezó, hace unos treinta años, comprando suelo rústico barato en zonas que después, casualmente, siempre terminaban revalorizándose de manera espectacular gracias a decisiones administrativas que él mismo, de alguna manera, parecía anticipar con una precisión asombrosa.
—Un hombre que anticipa decisiones administrativas con esa precisión no lo hace por suerte, inspectora jefe. Lo hace porque tiene a alguien, o a varios alguien, informándole con antelación, o directamente tomando esas decisiones por encargo suyo.
—Coincido plenamente. Y eso nos lleva de vuelta a Fernando Iglesias, el funcionario ya detenido por falsificar el informe medioambiental de El Vacie.
Vamos a interrogarlo de nuevo, esta vez preguntándole directamente por el nombre de Rodrigo Solaz, a ver si le suena de algo más que como un simple accionista minoritario de Almazán Desarrollos Urbanos.
Roldán, que se había unido a la conversación con una taza de café en la mano, intervino con una pregunta que a Reyes le pareció, de inmediato, la más importante de toda la tarde.
—¿Dónde vive este hombre? ¿Tenemos una dirección, algo que nos permita, al menos, verlo con nuestros propios ojos?
—Ahí está el problema, Roldán. Según el padrón, Solaz reside en una finca de la Sierra de Aracena, en Huelva, una propiedad enorme y prácticamente aislada, rodeada de terreno privado en todas direcciones.
No hay fotografías recientes suyas en ningún archivo público.
La última imagen que hemos conseguido localizar data de hace casi quince años, de una gala benéfica en la que aparece de lejos, entre otros muchos invitados, apenas reconocible.
Interrogaron a Fernando Iglesias esa misma tarde, encontrándolo mucho más colaborador de lo que había sido en su primera declaración, semanas atrás.
Un juez le había concedido la libertad bajo fianza dos semanas antes, con retirada de pasaporte y comparecencias periódicas, al considerar su perfil de bajo riesgo de fuga frente a Almazán o Salido; y el paso del tiempo entre rejas, por breve que hubiera sido antes de aquella libertad condicional bajo estrictas medidas cautelares, le había dado tiempo de sobra para reflexionar sobre cuánto le convenía seguir protegiendo a gente que, evidentemente, no había movido un dedo por protegerlo a él.
—¿Le suena el nombre de Rodrigo Solaz, señor Iglesias?
Iglesias palideció visiblemente, con una reacción que a Reyes le confirmó, antes incluso de que él respondiera, que estaban en el camino correcto.
—No lo conozco en persona, inspectora. Nunca lo he visto, nunca he hablado con él directamente.
Pero ese nombre… —dudó, con las manos temblando sobre la mesa— ese nombre aparecía, de vez en cuando, en algunas conversaciones que Salido tenía por teléfono cuando yo estaba presente, siempre en voz baja, siempre con un respeto que Salido no mostraba con nadie más, ni siquiera con Almazán.
Una vez le oí decir «el señor Solaz quiere que esto se resuelva antes de fin de mes», refiriéndose, creo, a la recalificación de El Vacie.
—¿Alguna vez vio u oyó algo que sugiriera que Solaz estaba directamente al tanto de los detalles operativos, más allá de la financiación general del proyecto?
Iglesias asintió, despacio, con una expresión de quien está a punto de cruzar una línea de la que ya no habrá vuelta atrás.
—Una vez, hace unos tres meses, Salido mencionó que «el señor Solaz» había insistido personalmente en que se acelerara el proceso, porque llevaba «demasiado tiempo esperando resultados en esta zona».
No até cabos en el momento, inspectora. Pero ahora, con todo lo que ha pasado, no me cabe duda de que ese hombre sabía exactamente lo que se estaba haciendo, y probablemente lo estaba dirigiendo desde el principio.
—Con este testimonio, más el patrón sistemático, más la conexión financiera, tenemos base para solicitar una orden de investigación formal contra Solaz —dijo Aróstegui, de vuelta en la sala de mapas, mientras un técnico terminaba de actualizar la pizarra con el nuevo testimonio de Iglesias—.
Pero les voy a ser franca: un hombre con este nivel de aislamiento, de riqueza y de conexiones no va a caer con la misma facilidad que Almazán o incluso que Gonzalo Valdelomar.
Va a tener el mejor blindaje legal que el dinero pueda comprar, y probablemente contactos en las más altas esferas capaces de ralentizar cualquier procedimiento durante años si se lo proponen.
—Entonces necesitamos algo irrefutable, no una cadena de indicios más —dijo Reyes—. Algo que lo vincule directamente, con su firma, con su voz, con algo que ningún abogado pueda argumentar como casualidad o malentendido.
—Estoy de acuerdo. Y por eso mismo, antes de solicitar ninguna orden formal contra él, quiero intentar algo delicado: una operación de vigilancia e infiltración discreta sobre su entorno más inmediato, buscando esa prueba irrefutable antes de que sepa que estamos tras él.
En el momento en que movamos ficha oficialmente, va a desplegar toda su maquinaria defensiva, y perderemos la ventaja de la sorpresa para siempre.
—¿Qué tipo de operación tiene en mente, inspectora jefe?
—Solaz mantiene, según hemos podido averiguar, una relación comercial habitual con varias empresas de servicios en la zona de Aracena: catering para eventos privados que organiza ocasionalmente en su finca, mantenimiento de jardines, seguridad perimetral subcontratada.
Cualquiera de esos canales podría darnos un punto de entrada discreto, alguien con acceso legítimo a la propiedad que pudiera, con la formación adecuada, recopilar información sin levantar sospechas.
—Eso suena a una operación que va a requerir semanas de preparación, inspectora jefe. Y cada semana que pase, Rocío sigue sin poder volver a su vida normal, y Custodio y toda su comunidad siguen viviendo bajo la sombra de un peligro que todavía no hemos neutralizado del todo.
Aróstegui asintió, con una comprensión genuina que sorprendió, otra vez, a Reyes en aquella mujer de trato inicialmente tan seco.
—Lo sé, Cala, y no le voy a mentir diciéndole que esto va a resolverse rápido.
Los casos contra gente con este nivel de poder casi nunca se resuelven rápido, por mucho que a todos nos gustaría lo contrario.
Pero le prometo que voy a poner todos los recursos de mi unidad en acelerar esto tanto como sea posible sin comprometer la solidez del caso.
Necesitamos que esto sea inatacable cuando por fin lleguemos a juicio, porque si Solaz consigue escapar de esto con un tecnicismo, no solo perdemos este caso.
Le damos munición para seguir haciendo exactamente lo mismo en el próximo pueblo, con la próxima comunidad vulnerable que elija como su siguiente objetivo.
Aquella noche, ya en su piso de Pino Montano, Reyes recibió una llamada inesperada de Solano, la responsable de la Unidad de Protección de Testigos, con una urgencia en la voz que le heló la sangre antes incluso de que la mujer terminara la primera frase.
—Inspectora, necesito que venga al piso franco ahora mismo. Ha habido un incidente.
—¿Rocío está bien?
—Está bien, físicamente ilesa. Pero alguien ha intentado forzar la entrada al edificio esta noche.
Nuestro sistema de seguridad lo ha detectado a tiempo, y el intruso huyó antes de que nuestro equipo pudiera interceptarlo, pero esto confirma que, de alguna manera, han conseguido acercarse mucho más de lo que cualquiera de nosotros hubiera creído posible a un piso franco que se suponía absolutamente seguro.
Reyes salió de su piso en menos de tres minutos, con Ismael conduciendo a toda velocidad hacia una dirección que, por primera vez desde que Rocío había entrado en el programa, le fue finalmente revelada dada la gravedad de la situación: un edificio discreto en las afueras de Écija, mucho más lejos de Sevilla de lo que Reyes había imaginado, elegido precisamente por su distancia de cualquier lugar que pudiera asociarse con la investigación.