Capítulo 15 — El expediente fantasma #2
—Señor Miralles, tenemos un dossier completo encontrado en esa finca, con planos de recalificación, informes falsificados, y una lista de familias de El Vacie marcadas para un desalojo forzoso.
Sea quien sea para quien trabaje usted, esa persona está a punto de enfrentarse a cargos que van mucho más allá de la corrupción urbanística.
Estamos hablando de coacciones, de agresiones documentadas, posiblemente de complicidad en el intento de silenciar a una menor de edad.
Colaborar ahora, antes de que sea demasiado tarde, podría ser la única decisión racional que le quede.
Por primera vez desde que había entrado en la sala, algo cambió en la expresión de Miralles, un endurecimiento apenas perceptible alrededor de los ojos que a Reyes, con su experiencia, no le pasó desapercibido.
—No conoce usted a la persona para la que trabajo, inspectora —dijo, con una voz baja y controlada, rompiendo por fin su silencio absoluto—.
Y le voy a dar un consejo, no porque me importe usted personalmente, sino porque cierto respeto profesional me obliga a decírselo: si de verdad cree que deteniendo a Gonzalo Valdelomar y a mí ha llegado al final de esta historia, se equivoca profundamente.
Nosotros somos, como mucho, la punta visible de algo que lleva mucho más tiempo construyéndose del que usted puede imaginar.
Su abogado intervino de inmediato, indicándole con un gesto que no dijera nada más, y Miralles volvió a cerrarse en su silencio absoluto, dejando aquella frase suspendida en el aire de la sala como una amenaza que Reyes no conseguiría sacudirse durante los días siguientes.
—«La punta visible de algo que lleva mucho más tiempo construyéndose» —repitió Ceballos, ya en su despacho, con Reyes y Roldán sentados frente a él, los tres agotados tras una jornada que había empezado dieciséis horas atrás y no daba señales de querer terminar—.
No me gusta nada esa frase, Cala. Suena a algo estructural, algo que lleva años, no meses, gestándose.
—A mí tampoco me gusta, comisario. Pero encaja con todo lo demás: el dossier con el plan de desalojo, la manipulación judicial, un exagente de inteligencia trabajando como consultor de seguridad para alguien con recursos casi ilimitados.
Esto no es la operación de un empresario ambicioso ni siquiera de una familia poderosa actuando sola.
Esto tiene toda la pinta de ser algo mucho más organizado, con conexiones que probablemente van más allá de Sevilla.
Ceballos se pasó una mano por la cara, con el cansancio acumulado de una investigación que llevaba semanas creciendo mucho más allá de cualquier previsión inicial.
—Voy a solicitar apoyo de la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal, en Madrid. Si esto es tan grande como empieza a parecer, un distrito periférico de Sevilla, por muy bien que lo estemos haciendo, no tiene los recursos ni el alcance necesario para desentrañarlo del todo solos.
—Comisario, si pedimos ese apoyo, ¿qué pasa con el caso? ¿Seguimos nosotros al frente, o esto se convierte en una investigación de Madrid con nosotros relegados a un papel secundario?
—No lo sé, Cala, y le voy a ser sincero: no me importa demasiado quién quede al frente, siempre que el caso avance y que Rocío, su familia, y toda la gente de El Vacie que ha confiado en nosotros, terminen realmente a salvo.
Sé que usted ha invertido en esto mucho más que cualquier expediente profesional, y lo entiendo, créame que lo entiendo mejor de lo que imagina.
Pero si necesitamos ayuda para llegar hasta el final de esto, la vamos a pedir, sin dejar que el orgullo profesional de nadie, incluido el mío, se interponga en el camino.
Reyes asintió, aceptando aquella lógica con una madurez que, comprendió mientras lo hacía, no hubiera tenido semanas atrás, en su primer día en el distrito, cuando cualquier sugerencia de compartir el control de una investigación le hubiera parecido, instintivamente, una amenaza a su propia competencia.
—Tiene razón, comisario. Lo que importa es el resultado, no quién se lleve el mérito.
—Me alegra oírselo decir, Cala. Porque algo me dice que, antes de que esto termine, todos vamos a tener que aprender a compartir mucho más de lo que estamos acostumbrados.
Antes de volver a casa esa noche, Reyes pidió, y consiguió, un breve encuentro telefónico supervisado con Rocío, gestionado por la propia Solano, que le pasó el teléfono a la niña con la advertencia habitual de no mencionar ningún detalle sobre su ubicación.
—Hola, Rocío. Solo quería saber cómo estás.
—Bien, inspectora. Aburrida, pero bien. Aquí no hay nadie de mi edad con quien jugar, y las señoras que me cuidan son muy amables pero muy serias todo el rato.
Reyes sonrió, a pesar del cansancio acumulado de todo el día, agradeciendo aquella normalidad infantil en medio de una investigación que no dejaba de complicarse a cada hora que pasaba.
—Pronto vas a poder volver a jugar con tu prima Sole, te lo prometo. ¿Sabes? Anoche detuvimos a más gente relacionada con todo esto. Vamos avanzando, aunque sea despacio.
—¿Al hombre del anillo?
—A su sobrino, sí. Y a otras dos personas más.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, antes de que Rocío volviera a hablar, con una perspicacia que sorprendió, otra vez, a Reyes en una niña de apenas doce años.
—¿Pero ya se acabó del todo, inspectora? ¿O todavía queda gente mala por ahí fuera?
Reyes dudó un instante, debatiéndose entre la tentación de tranquilizar a la niña con una respuesta fácil y la promesa de honestidad que se había hecho a sí misma desde el principio de aquella investigación.
—Todavía queda algo, cariño. Pero te prometo que no vamos a parar hasta que de verdad se haya acabado del todo, hasta la última persona responsable.
—Confío en usted, inspectora.
Aquellas tres palabras, dichas con la misma fe absoluta que Reyes ya había visto en tantos otros miembros de aquella familia y de aquella comunidad, se le quedaron resonando en el pecho durante todo el trayecto de vuelta a Pino Montano, un peso que ya no sentía como una carga sino como el motor mismo que necesitaba para seguir adelante, noche tras noche, hasta que la advertencia de Andrés Miralles sobre «algo mucho más grande» quedara, por fin, completamente desmontada.
El equipo de la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal llegó a Sevilla tres días después, encabezado por una inspectora jefe llamada Carmen Aróstegui, una mujer de unos cincuenta años, gesto seco y una reputación, según le había adelantado Ceballos, de resolver casos complejos con una eficiencia que no siempre venía acompañada de las mejores maneras hacia los equipos locales con los que trabajaba.
—Inspectora Cala —dijo Aróstegui, a modo de saludo, tras estrecharle la mano con firmeza en la sala de reuniones donde Ceballos había convocado a todo el equipo—.
He revisado el expediente completo durante el vuelo.
Buen trabajo, para tratarse de un distrito con los recursos que tienen ustedes.
Pero a partir de ahora, la estrategia de investigación pasa a coordinarse desde mi unidad.
Espero plena colaboración, no fricciones territoriales que solo nos hagan perder tiempo.
Reyes sintió cómo se le tensaba algo en el pecho, una mezcla de orgullo herido y de resignación profesional que le costó disimular del todo.
—Con todo respeto, inspectora jefe, llevo semanas construyendo la relación de confianza necesaria con los testigos y las familias implicadas en este caso. Esa confianza no se transfiere automáticamente solo porque cambie quién coordina la investigación desde un despacho.
Aróstegui la observó un instante, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa de encontrar resistencia y algo parecido, muy al fondo, al respeto profesional.
—Tiene razón, inspectora, y se lo reconozco.
No voy a fingir que puedo sustituir en un día lo que usted ha construido en semanas con esas familias.
Propongo lo siguiente: usted mantiene el contacto directo con los testigos y con la comunidad de El Vacie, mientras mi equipo se centra en el rastreo financiero, la manipulación judicial, y en identificar a quien esté por encima de Gonzalo Valdelomar.
Trabajamos en paralelo, coordinados, sin pisarnos el terreno el uno al otro. ¿Le parece razonable?
—Me parece más que razonable, inspectora jefe. Gracias.
—No me las dé todavía. Vamos a tener semanas duras por delante, y le adelanto que mi unidad no siempre tiene la paciencia que este tipo de casos exigen cuando se trata de proteger sensibilidades locales.
Si en algún momento cree que estamos moviéndonos con demasiada torpeza en algo que afecta a la gente de El Vacie, dígamelo directamente.
Prefiero el roce a tiempo que el error después.
El equipo de Aróstegui trabajó con una velocidad que impresionó, a su pesar, incluso a Reyes, y en apenas cuarenta y ocho horas consiguieron reconstruir una red de sociedades pantalla que conectaba las inversiones de Gonzalo Valdelomar con al menos tres proyectos urbanísticos más, en distintas provincias andaluzas, todos ellos marcados por el mismo patrón: terrenos ocupados por comunidades vulnerables, procesos de recalificación acelerados de manera sospechosa, y, en dos de los tres casos, denuncias archivadas sin explicación clara sobre presuntas coacciones a vecinos.