Capítulo 15 — El expediente fantasma
Roldán llegó a la comisaría antes de las nueve de la mañana, tras apenas tres horas de sueño, con una carpeta bajo el brazo y el rostro tenso de quien lleva horas tirando de un hilo sin conseguir encontrar dónde empieza de verdad.
—He conseguido el expediente de la puesta en libertad de Salido, Cala, y es de lo más raro que he visto en quince años de carrera.
La solicitud de fianza fue presentada a las once de la noche, procesada por un juzgado de guardia distinto al que lleva nuestro caso, y firmada por un magistrado sustituto que cubría esa guardia de manera excepcional porque el titular había pedido la noche libre por un asunto familiar de última hora.
—¿Casualidad, o algo planeado con antelación? —preguntó Reyes, sirviéndose un café de la máquina del pasillo con la esperanza de que la cafeína consiguiera, por fin, despejarle del todo la cabeza tras una noche entera sin dormir.
—Eso es exactamente lo que llevo intentando averiguar toda la mañana.
El titular del juzgado, un hombre con veinte años de trayectoria intachable, según lo que he podido consultar, dice que recibió una llamada de su propia madre a última hora de la tarde, informándole de que su padre había sufrido una caída y estaba en urgencias.
Cuando llegó al hospital, resultó ser una falsa alarma, una confusión de la propia madre, mayor y algo confundida, según él.
Pero para cuando se aclaró el malentendido, ya era demasiado tarde para volver a asumir la guardia, y el magistrado sustituto ya llevaba un par de horas cubriéndola.
Reyes sintió que se le erizaba la piel al escuchar aquello. Una llamada falsa, en el momento exacto necesario, para apartar del camino al juez titular y dejar la guardia en manos de alguien más maleable, o simplemente menos familiarizado con los detalles sensibles del caso.
—Eso no es una casualidad, Roldán. Eso es una operación planeada con precisión quirúrgica. Necesitamos hablar con ese magistrado sustituto cuanto antes, y necesitamos también rastrear el origen de esa llamada a la madre del juez titular.
—Ya he empezado con eso. La operadora está localizando el número desde el que se hizo la llamada.
Pero le adelanto que si esta gente ha sido capaz de orquestar algo así, con la precisión necesaria para saber la relación exacta entre ese juez y su familia, estamos hablando de un nivel de planificación e información que da mucho miedo, Cala.
No es un empresario desesperado tirando de contactos.
Es una operación con recursos, con inteligencia previa, con gente dedicada específicamente a esto.
Localizaron al magistrado sustituto, un hombre joven llamado Andrés Pallarés, apenas cinco años de trayectoria en la carrera judicial, en su propio despacho a media mañana, y lo encontraron visiblemente nervioso desde el momento en que Reyes y Roldán se identificaron en la puerta.
—Necesitamos que nos explique, con el mayor detalle posible, cómo se procesó la puesta en libertad de Roberto Salido anoche, señoría —dijo Reyes, con un tono profesional que no dejaba traslucir la sospecha que llevaba acumulada desde primera hora de la mañana.
—Fue una solicitud rutinaria, inspectora, con toda la documentación en regla.
Un abogado defensor presentó una petición de libertad bajo fianza, alegando un error de procedimiento en la prórroga de la prisión preventiva original, algo relacionado con un plazo administrativo que, según los documentos presentados, se había excedido por unas horas.
Con esa documentación delante, y sin el titular disponible para consultarlo, actué conforme a derecho, aprobando la fianza que la propia normativa establece para casos similares.
—¿Un plazo administrativo excedido? Eso no encaja con nada de lo que teníamos documentado sobre la prisión preventiva de Salido.
Pallarés se removió, incómodo, en su silla, antes de responder.
—Según la documentación presentada, la prórroga de la prisión preventiva debía renovarse cada quince días mediante un trámite específico, y ese trámite, según los papeles que tenía delante, no se había presentado a tiempo por parte de la fiscalía.
Con esa base documental, no tenía margen legal para negar la fianza, inspectora, por mucho que la gravedad de los cargos me hiciera dudar del sentido común de la decisión.
Reyes sintió que algo encajaba, con una precisión inquietante, en su cabeza: si alguien había conseguido, de alguna manera, retrasar o extraviar deliberadamente ese trámite rutinario dentro de la propia fiscalía, sin que nadie del equipo de Reyes lo notara, la liberación de Salido no habría sido fruto de una manipulación judicial burda, sino de un sabotaje administrativo mucho más sutil y mucho más difícil de rastrear.
—Necesito una copia de toda esa documentación presentada anoche, señoría. Cada página, cada sello, cada firma.
—Por supuesto, inspectora. Aunque le adelanto que, si mi instinto no me falla, va a encontrar que todo está en orden desde un punto de vista puramente formal. Y eso, para alguien que lleva ya algunos años en esta profesión, resulta mucho más inquietante que cualquier irregularidad evidente.
Pasaron el resto del día en la sede de la fiscalía, con la colaboración cauta pero decidida de la propia fiscal del caso, indignada al descubrir que un trámite bajo su responsabilidad había sido, de alguna manera, saboteado sin que nadie de su equipo lo hubiera notado a tiempo.
—He revisado con mi secretaria cada paso del expediente —les explicó, con el rostro tenso por la frustración de descubrir una brecha en su propio sistema—.
El trámite de renovación se presentó dentro de plazo, con fecha y hora registradas correctamente en nuestro sistema interno.
Pero cuando hemos ido a buscar la confirmación de recepción en el sistema del juzgado, esa confirmación no aparece por ningún lado, como si el documento nunca hubiera llegado a su destino, a pesar de que nuestro propio registro dice que se envió correctamente.
—Entonces alguien intervino el sistema informático entre el envío y la recepción —dijo Reyes, sintiendo cómo la magnitud del adversario al que se enfrentaban crecía, otra vez, más allá de lo que había imaginado incluso la noche anterior—.
Eso ya no es solo dinero y contactos, señora fiscal.
Eso requiere acceso técnico a la infraestructura judicial, algo que va mucho más allá de lo que cualquier empresario, por poderoso que sea, podría conseguir por sí solo sin ayuda especializada.
—Estoy de acuerdo, inspectora, y le voy a ser sincera: esto me preocupa mucho más que la propia liberación de Salido.
Si alguien tiene esa capacidad de manipulación sobre nuestros sistemas, no estamos hablando solo de este caso.
Estamos hablando de una vulnerabilidad que podría haberse usado, o podría usarse en el futuro, en cualquier otro procedimiento judicial de esta provincia.
La fiscal ordenó de inmediato una auditoría de seguridad completa sobre el sistema de gestión judicial, con carácter urgente, mientras Reyes y Roldán salían del edificio ya avanzada la tarde, con la sensación compartida de que cada respuesta que conseguían solo abría, a su vez, una pregunta todavía más grande e inquietante.
Los resultados del análisis de huellas dactilares del hombre sin identificar llegaron esa misma tarde, y Ceballos los recibió con una expresión que Reyes no supo interpretar del todo hasta que él mismo se los mostró, extendidos sobre su mesa con una gravedad que contagiaba a toda la sala.
—Se llama Andrés Miralles. Antiguo agente de los servicios de inteligencia, dado de baja hace ocho años por motivos que el informe describe únicamente como «reestructuración interna», sin más detalle.
Desde entonces, según lo poco que hemos podido reconstruir, ha trabajado como consultor de seguridad privada para varias empresas y particulares de alto patrimonio, sin que conste ninguna actividad delictiva formal en su historial.
—Un exagente de inteligencia reconvertido en seguridad privada explicaría perfectamente la sofisticación de todo lo que hemos visto estas últimas horas —dijo Roldán, con la voz tensa—.
La manipulación del sistema judicial, la llamada falsa para apartar al juez titular, incluso la persecución de Reyes camino de los juzgados semanas atrás.
Ese nivel de planificación no lo tiene un empresario de la construcción, por muy desesperado que esté.
—¿Para quién trabaja actualmente? —preguntó Reyes, aunque ya intuía, con una certeza incómoda, cuál iba a ser la respuesta.
—Eso es lo que necesitamos que él mismo nos confirme, Cala —respondió Ceballos—.
Y con un perfil como el suyo, no va a ser un interrogatorio sencillo.
La gente con ese tipo de formación sabe exactamente cómo resistir la presión, cuánto puede decir sin comprometerse, y cuándo simplemente quedarse callado hasta que aparezca alguien dispuesto a sacarlo de esto con la misma eficacia con que lo metieron dentro.
Interrogaron a Andrés Miralles esa misma noche, con su abogado ya presente, un hombre de expresión tan neutra e impenetrable como la del propio detenido, y el interrogatorio, tal como Ceballos había anticipado, se convirtió rápidamente en un ejercicio de paciencia frustrante para todos los presentes.
—Señor Miralles, ¿para quién trabajaba usted anoche en esa finca?
—Sin comentarios.
—¿Conoce a Gonzalo Valdelomar?
—Sin comentarios.
—¿Tiene alguna relación con la liberación de Roberto Salido, ocurrida apenas unas horas antes de que ustedes se reunieran?
Miralles ni siquiera se molestó en repetir la fórmula esta vez, limitándose a sostener la mirada de Reyes con una calma absoluta, casi profesional, la calma de quien ha sido entrenado, durante años, para resistir precisamente ese tipo de presión sin que ningún gesto delatara nada.
Reyes cambió de estrategia, decidida a probar un enfoque distinto.