Capítulo 14 — La noche de vigilancia #3
Ceballos, ya en la comisaría cuando llegaron con los tres detenidos, autorizó un primer interrogatorio preliminar a Gonzalo Valdelomar, todavía sin abogado presente puesto que este no había podido llegar hasta pasadas las siete de la mañana, aunque las preguntas se limitaron, por precaución legal, a cuestiones básicas de identificación y procedimiento, sin entrar en el fondo de las acusaciones.
Gonzalo, sentado en la misma sala donde semanas atrás Roberto Salido había roto por primera vez su silencio, mantuvo una actitud fría y calculada durante todo el proceso, respondiendo con monosílabos y remitiendo, ante cualquier pregunta comprometida, a la presencia futura de su abogado.
Solo una vez, cuando Reyes le preguntó directamente por la identidad del tercer hombre encontrado en la finca, algo pareció resquebrajarse, apenas un segundo, en aquella fachada de control absoluto.
—No sabe con quién está jugando, inspectora —dijo, con una voz baja que no llegó a ser del todo una amenaza pero que tampoco se quedó lejos de serlo—.
Yo ya he perdido. Lo sé, y lo acepto. Pero hay gente por encima de mí que no va a permitir que esto llegue mucho más lejos de lo que ya ha llegado.
Y usted, con toda su determinación, no tiene ni idea de la magnitud real de lo que ha destapado esta noche.
Reyes salió al patio interior de la comisaría poco después del amanecer, con el cansancio de una noche entera sin dormir pesándole en cada músculo del cuerpo, y se quedó un momento contemplando cómo el sol empezaba a teñir el cielo de Sevilla con esos primeros tonos dorados que anunciaban otro día de calor insoportable, el mismo calor que llevaba acompañando cada jornada de aquella investigación desde el primer momento.
Pensó en el dossier encontrado sobre la mesa del salón, en los nombres marcados con anotaciones frías sobre «resistencia probable», en la advertencia de Gonzalo sobre «gente por encima» que no iba a permitir que aquello llegara mucho más lejos, y sintió, mezclada con el agotamiento físico, una determinación renovada que no había sentido con tanta claridad desde el primer día, cuando había cruzado la frontera de Cádiz sin saber todavía que aquel distrito periférico, aquella comisaría sin recursos, iba a llevarla hasta el corazón mismo del poder que gobernaba, en la sombra, buena parte de la ciudad que tanto amaba.
Roldán se acercó a ella con dos cafés, el mismo gesto silencioso de siempre, y se quedaron los dos apoyados contra la pared del patio, viendo cómo la luz de la mañana iba ganando terreno sobre las últimas sombras de la noche.
—Ha sido una noche larga, Cala.
—La más larga de todo el caso, Roldán. Y algo me dice que las que quedan por venir no van a ser mucho más cortas.
—¿Cree que el hombre del abrigo va a hablar?
Reyes le dio un trago al café, sintiendo cómo el calor del líquido le devolvía, poco a poco, algo de claridad a un cuerpo exhausto.
—No lo sé. Pero sea quien sea, ha demostrado esta noche que tiene la capacidad de mover hilos judiciales en mitad de la madrugada sin dejar rastro.
Eso significa que estamos ante alguien con un poder que va mucho más allá de cualquier cosa que hayamos investigado hasta ahora.
Y hasta que no averigüemos quién es, ninguno de nosotros, ni Rocío, ni su familia, ni la propia El Vacie, va a estar completamente a salvo.
Terminó el café en silencio, dejando que el sol siguiera ganando terreno sobre el patio, y antes de volver adentro para empezar la larga jornada de papeleo, declaraciones y coordinación con la fiscalía que sabía que le esperaba, marcó el número de Custodio, consciente de que aquella comunidad merecía saber, antes que nadie más, lo que había encontrado esa noche escrito en un dossier con su apellido y el de los Bermúdez anotados al margen.
—Custodio, soy Reyes. Sé que es temprano, pero necesito contarle algo antes de que se entere por cualquier otro sitio.
—La escucho, inspectora. A estas alturas ya nada me sorprende demasiado.
—Anoche detuvimos a Gonzalo Valdelomar, a Salido, que había sido liberado sin nuestro conocimiento, y a un tercer hombre que todavía no hemos identificado.
Y encontramos, entre sus papeles, un plan detallado para el desalojo forzoso de El Vacie, con una lista de familias marcadas como «resistencia probable».
Su apellido está en esa lista, Custodio. El de los Bermúdez también.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea, el silencio de un hombre procesando, de golpe, la confirmación documental de un miedo que había cargado toda su vida sin necesidad de que nadie se lo demostrara con papeles.
—Noventa años, inspectora —dijo finalmente, con una voz que temblaba apenas, contenida por una entereza que a Reyes le pareció, en ese momento, casi sobrehumana—.
Noventa años sabiendo que algún día alguien iba a escribir nuestro nombre en un papel así, calculando cuánta resistencia íbamos a ofrecer antes de rendirnos.
Y ahora que por fin tenemos la prueba escrita, resulta que ha sido usted, una inspectora de fuera, quien nos la ha traído.
—Vamos a usar esa prueba para protegerles, Custodio. Se lo prometo.
—Lo sé, inspectora. Y por primera vez en mi vida, le creo sin reservas.