El Vacie Capítulo 14 — La noche de vigilancia #2
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Capítulo 14 — La noche de vigilancia #2

Avanzaron entre los olivares con la mayor rapidez que la oscuridad y el terreno irregular permitían, y cuando estuvieron a apenas veinte metros de la vivienda, Reyes dio la orden por radio, con la voz firme aunque el pulso le latiera con una fuerza que sentía en cada terminación nerviosa del cuerpo.

—¡Ahora!

Los focos de los coches policiales, aparcados minutos antes en las salidas de la carretera, se encendieron de golpe, iluminando la fachada de la finca con una claridad brutal, mientras Reyes y su equipo irrumpían por la puerta principal, gritando identificaciones que se mezclaban con el sonido de otras puertas cediendo bajo el impulso de Roldán y su gente por el flanco norte.

El caos duró apenas unos segundos, pero a Reyes le pareció una eternidad comprimida: Gonzalo Valdelomar, paralizado por la sorpresa, con las manos alzándose instintivamente ante la luz cegadora de los focos; Salido, con un reflejo más entrenado, moviéndose hacia el todoterreno como si todavía pudiera intentar una huida imposible, hasta que dos agentes lo derribaron contra el suelo de grava con la precisión de quien ha practicado ese mismo movimiento cientos de veces.

Y la tercera figura, la que Reyes llevaba minutos intentando identificar, se giró hacia la puerta trasera de la vivienda con una rapidez que delataba, mejor que cualquier otra cosa, la experiencia de alguien acostumbrado a anticipar precisamente ese tipo de situaciones.

—¡Salida trasera cubierta! —gritó Ismael por radio, apenas unos segundos después, y Reyes corrió hacia el otro extremo de la vivienda con el corazón en la garganta, encontrando, al llegar, al agente Duarte sujetando con firmeza a la tercera figura contra la pared exterior de la casa, con las manos ya esposadas a la espalda.

El hombre, de mediana edad, con el pelo oscuro entrecano y unas facciones que a Reyes no le resultaban familiares en absoluto, guardaba un silencio absoluto, sin oponer resistencia pero también sin pronunciar una sola palabra, ni siquiera cuando Reyes le exigió, cara a cara, que se identificara.

—¿Su nombre?

El hombre la miró, con una expresión que no era de miedo ni de desafío, sino algo mucho más frío, casi profesional, como quien ha ensayado mentalmente ese mismo silencio durante años, preparándose para un momento exactamente como aquel.

—No tengo por qué decírselo, inspectora, y usted lo sabe tan bien como yo. No hasta que mi abogado esté presente.

No llevaba ningún documento de identidad encima, ni cartera, ni teléfono, ni una sola pista que permitiera a Reyes averiguar, en aquel mismo instante, quién era el hombre que acababa de intentar escapar por la puerta trasera de una finca donde Gonzalo Valdelomar y Roberto Salido, en teoría bajo custodia judicial, se habían reunido en mitad de la noche sin que nadie del equipo de Reyes lo supiera.

Dentro de la vivienda, Roldán ya había asegurado a Gonzalo Valdelomar, sentado en una silla del salón con las manos esposadas al frente y el rostro descompuesto por una mezcla de rabia y de pánico que ya no se molestaba en disimular, tan distinto del hombre frío y calculador que Reyes había entrevistado semanas atrás en su despacho.

—Esto es un abuso, inspectora. No tienen ninguna orden para entrar en esta propiedad, ninguna causa justificada. Mi abogado va a hacer pedazos cada minuto de lo que ha ocurrido aquí esta noche.

—Tenemos una orden de retención cautelar de su pasaporte, señor Valdelomar, y usted ha decidido, en mitad de la noche, reunirse con un hombre que debería estar bajo custodia judicial y con una tercera persona que se ha negado a identificarse tras intentar huir por la puerta trasera.

Cualquier juez razonable va a considerar que esta reunión, por sí sola, ya justifica sobradamente nuestra presencia aquí.

Gonzalo no respondió a eso, y se limitó a apretar la mandíbula, con la mirada fija en algún punto de la pared, mientras dos agentes empezaban a fotografiar y catalogar cada documento visible sobre la mesa del salón: mapas, planos, y lo que parecía, a primera vista, un dossier completo sobre el asentamiento de El Vacie y su entorno inmediato.

Reyes se acercó a la mesa, con las manos protegidas por unos guantes de látex que un técnico le tendió sin que ella tuviera que pedirlo, y hojeó el dossier con una atención creciente: fotografías aéreas del asentamiento, informes de tasación, un cronograma detallado que marcaba fechas concretas para lo que el documento denominaba, con una frialdad burocrática que a Reyes le heló la sangre, «fase de desalojo acelerado».

Entre las páginas, encontró también una lista de nombres, familias enteras de El Vacie con anotaciones al margen sobre su disposición a resistirse a un realojo forzoso, entre las que reconoció, con un nudo en el estómago, el apellido Bermúdez y el apellido Heredia, marcados ambos con una anotación manuscrita que decía, simplemente, «resistencia probable, requiere atención especial».

Reyes sintió una rabia fría recorrerle el cuerpo entero, mucho más intensa que cualquier otra emoción que hubiera experimentado en las últimas semanas, al comprender que aquel dossier no era solo la prueba de un plan urbanístico corrupto, sino el mapa deliberado de una operación diseñada para desmantelar, familia por familia, casa por casa, una comunidad entera que llevaba noventa años resistiendo precisamente ese tipo de amenazas.

—Roldán, necesito que esto se documente con la máxima precisión posible.

Cada página, cada anotación, cada nombre.

Esto no es solo una prueba contra Gonzalo Valdelomar.

Es la confirmación de que todo lo que Custodio me advirtió el primer día, sobre el miedo real que sentía esa comunidad ante cualquier interés económico sobre su tierra, tenía un fundamento mucho más concreto y mucho más siniestro de lo que ninguno de nosotros llegó a imaginar.

—Lo voy a documentar todo, Cala. Pero ahora mismo tenemos tres detenidos que trasladar, y todavía no sabemos quién es el hombre del abrigo. Puede que él tenga las respuestas que nos faltan sobre quién está realmente detrás de todo esto.

Trasladaron a los tres detenidos hacia la comisaría central ya de madrugada, con el cielo empezando a perder su negrura más profunda por el este, y Reyes llamó a Ceballos desde el coche, incapaz de esperar hasta llegar para compartir lo ocurrido.

—Comisario, tenemos un problema grave. Salido fue liberado bajo fianza hace unas horas, en un procedimiento que nadie de nuestro equipo autorizó ni conoció, y lo hemos encontrado reunido con Gonzalo Valdelomar y con un tercer hombre que se niega a identificarse.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio que a Reyes le pareció, incluso a través del teléfono, cargado de una furia que Ceballos apenas conseguía contener.

—¿Liberado por quién, Cala? Necesito un nombre, un juzgado, un número de expediente, algo que me permita empezar a tirar de ese hilo ahora mismo, antes de que amanezca del todo y alguien tenga tiempo de tapar sus huellas.

—Roldán está en ello. Pero comisario, esto confirma lo que llevamos semanas temiendo.

La fuga no viene solo de dentro de nuestra comisaría.

Viene de mucho más arriba, de alguien con capacidad para mover a un juez, o a un funcionario judicial, en mitad de la noche, sin que quede ni rastro visible del procedimiento hasta que nosotros mismos tropezamos con él.